La casa naciente de Lisboa tuvo el dolor de perder, el 19 de enero de 1743, al Sr. Joseph Joffreu, su superior. Residente en esta capital de Portugal durante un buen número de años, con el permiso de sus Superiores, se le tenía como una semilla que, pronto o tarde, debía germinar y producir el hermoso establecimiento que fue fundado en este reino.
Nacido en Barcelona, el 16 de febrero de 1676, había sido recibido en el seminario de esta misma ciudad el 20 de julio de 1704. Su familia, que vivía noblemente, le dio una educación conveniente. Hacia la edad de veinticinco años, se destinó a la abogacía. Defendió varias causas con éxito; pero, poco halagado por las esperanzas que podía ver para el futuro, el rechazo de los asuntos le hizo nacer el deseo de dejar el tumulto del mundo. Su amor por la soledad cambió su primera intención por la orden de los Cartujos, a ejemplo de uno de sus hermanos.
Más, ante el ruido de que nuestro Instituto iba a penetrar en Cataluña, y que se pensaba en fundarnos sólidamente en Barcelona, tuvo el deseo de ser una de las primeras piedras fundamentales de este nuevo edificio. Fue efectivamente el primer misionero recibido en España. Se sirvió útilmente para la santificación de los Srs. eclesiásticos, y para la conversión de las almas, del don de la palabra que había ensayado en el siglo.
Obligado a salir su país, pasó a Roma. Fue allí cuando visitando la iglesia del Vaticano, mostró el primer rasgo de esta rígida virtud que formó siempre su carácter. Aquel de nuestros cohermanos que le acompañaba quiso hacerle advertir los soberbios mausoleos y demás rarezas que todo el mundo admira en este suntuoso edificio, el Sr. Joffreu siguió guardando un riguroso silencio, y no dio siquiera la razón hasta salir de la iglesia. » Tengo por costumbre, dijo, hablar con fuerza del respeto que se debe guardar por los lugares santos, y del silencio exacto que allí se debe guardar. Por eso no llevéis a mal que no haya respondido a lo que me habéis dicho respecto de las grandes bellezas de esta basílica «. Su aplicación a la lengua italiana le puso pronto en el estado de trabajar útilmente en las misiones de Roma. Empleado poco después en las de Florencia, se entregó a ellas con tanto celo como fruto.
Por último fue destinado a Portugal, donde, como él se lo ha dicho con frecuencia a sí mismo, ha tenido que sufrir mucho por parte de una persona cuyo celo mal reglado daba fatales ataques a la subordinación tan justa como necesaria en nuestro Instituto. Pertenece solo a Dios juzgar de las intenciones de este particular, pero una vez de que los que estaban bajo su dirección hubieron conocido cuál era su plan, le declararon claramente que querían vivir y morir hijos de san Vicente y en la obediencia que habían prometido a los superiores generales, sus sucesores. Luego tres de entre ellos, sea por no obedecer a un hombre que sacudía él mismo el yugo de la obediencia, sea por el temor de no resistir de continuo a sus solicitaciones, le abandonaron y siguieron a Italia. Solo el Sr. Joffreu se quedó, y nunca entró por las sendas de un hombre a quien veía claramente apartarse visiblemente de la orden de Dios y no poder evitar ser la víctima de su celo o ambicioso o mal reglado. – [Se trata del Sr. Gomez da Costa. (Nota de los Annales)] Así el Sr. Joffreu, instruido por lo que había pasado en Cataluña, no se dejaba arrastrar por los consejos que las personas del interior y del exterior le dieron frecuentemente contra la subordinación. Ni los presentes ni las caricias, ni las promesas más halagadoras han podido, durante el espacio de veinte años, quebrantar su constancia, igualmente insensible a las dispensas que le han ofrecido en este asunto. Cada tres años, hacía renovar el permiso de seguir en Lisboa, ofreciéndose a cualquier otra casa de la misión donde la obediencia querría colocarle. Esta constancia y esta fidelidad le han merecido la íntima confianza con que le honraba el Rey de Portugal, y por último ha dado lugar al sólido establecimiento que este religioso príncipe ha fundado con tanta magnificencia, Su Majestad habiendo querido desistir de su primer proyecto, para que finalmente nuestra Congregación se estableciera según los principios que le son esenciales.
El Sr. Joffreu ha visto sus felices inicios, y con este consuelo en el corazón, se murió el 19 de enero de 1743, en Lisboa, asistido con los auxilios que la santa Iglesia otorga a los moribundos. – Anciennes Notices p. 491.







