El Sr. Pierre-Joseph Buzani murió en la casa de Perugia, el 20 de junio de 1765, a la edad de 71 años; tenía cincuenta de vocación. A la edad de veintiuno, había dejado el mundo y había sido recibido en el seminario interno de la Congregación de la Misión en Roma. Se puso en camino a este efecto con otro postulante piamontés y los dos se embarcaron en Génova para Livorno. Mas como el Sr. Buzani se mareaba, abandonó el barco con su compañero en Rerici y continuó su viaje hacia Roma por Florencia, durante el viaje el Sr. Buzani, que tenía una bonita voz cantaba con frecuencia algún cántico para animarse a sí mismo y a su compañero en su piadosa empresa y, varias veces, con las lágrimas en los ojos, repetía: » Vanidad de las vanidades, todo es vanidad; el mundo entero y todo lo que encierra no es más que vanidad».
Llegados a Roma, después de visitar los principales santuarios de esta gran ciudad fueron a Monte-Citorio, de donde pasaron luego a Monte Celio donde se encontraba el seminario interno, hicieron el retiro bajo la dirección del director del seminario que en ese tiempo era el inapreciable Sr. Jacques Maineri. El Sr. Buzani se distinguió pronto por su fervor y no había nada difícil para él en el seminario.
Cuando se ordenó de sacerdote, le enviaron a la casa de Fermo donde, durante tres años, se preparó para las funciones del Instituto; puso en orden conferencias para un retiro a los ordenandos, catecismos e instrucciones sobre los mandamientos de Dios, sin olvidar el estudio de la teología moral. Cuando estuvo preparado para las misiones de esta forma, le enviaron a la casa de Perusia donde, durante varios años le dedicaron a las misiones para las que tenía disposiciones fuera de lo ordinario; Dios bendijo sus trabajos y sacó de ellos su gloria para la conversión de muchas personas de todo rango y condición. Fue luego llamado a Roma y encargado, durante varios años, de la dirección del seminario interno. Sentía alguna repugnancia hacia este empleo porque a su humildad le hacía creer que no era capaz de cumplir con ello. No obstante, su obediencia le hizo superar el temor y llevó este oficio con gran prudencia y gran caridad. Más tarde, le encomendaron el superiorato de la casa de Perugia, y en este nuevo empleo puso de manifiesto una vez más su notable habilidad en la dirección de esta familia. Precedía a todos sus cohermanos en el camino de la virtud y sobre todo en la práctica de las que componen el espíritu de un verdadero misionero. La que, durante toda su vida, formó como su carácter especial, fue la que es la reina de todas las virtudes: la santa caridad; por ello su muerte fue llorada universalmente. – Notices manuscrites.







