Josefa Gironés Arteta (De la Facultad de San Carlos)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
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Profesó el mismo día 19 de julio de 1936. Y momentos des­pués decía: «Ya le he dicho al Santo Padre que me dé for­taleza, si me llama para el martirio. ¡Pero no tendré tanta dicha!…»

Al día siguiente, en San Carlos, y al oír el tiroteo del Cuar­tel de la Montaña, comentando la situación: «Yo ya lo he ofrecido todo. ¡Qué bien si Dios quisiera hacernos mártires!»

Y dentro, muy dentro de la persecución, otra Hermana, ha­blando con ella, expresó su decisión de no desprenderse del Crucifijo de los votos, y Sor Josefa dijo entonces, enardecida: «¡Pues yo tampoco lo dejaré, aunque me maten!»

Estos tres parrafitos que acabamos de escribir se nos anto­jan tres pinceladas magníficas para retratar la faceta heroica de esta Hermanita de la Caridad, joven en años y ya plena en vigor espiritual.

Para detallar más su retrato moral digamos sus cualidades y defectos: Era de carácter fuerte, cuyo dominio le daba bas­tante que hacer; ¿qué haríamos para vivir siempre con igual­dad de ánimo?, preguntaba una vez. Era seria y poco comu­nicativa. Para reírse una vez, nos asegura en frase feliz una compañera, había que darla en el codo. Pero buena lo era de veras. Y quería eficazmente ser mejor. Con espíritu de gran delicadeza y siempre esclava de su deber buscaba su perfec­ción para servir mejor a Dios. ¿Qué nos importa la política?, solía decir; nosotras, a lo nuestro. Se había convenido con otra Hermana, mayor de vocación, en avisarse mutuamente los de­fectos, y ésta nos asegura que siempre que la avisó de ellos, por ejemplo, su sequedad en reprender a los empleados que estaban a sus órdenes, la falta de comprensión de algunas bro­mas de 103 médicos, en sí inocentes, aunque con ribete de pi­cardía, que a ella la desagradaban y volvía la espalda y se iba, con brusquedad ofensiva, su impaciencia cuando la lla­maban con importunidad, etc., siempre le resultaron vanos sus temores de chocar con su carácter; jamás notó que se moles­tara por ser avisada. Era muy fervorosa, sobre todo al acercar­se su profesión.

Nació el año 1908, en Garisoain (Navarra). Era la mayor de los once hijos que sus cristianos padres criaron para el Cielo, y, cuando entró en la Congregación el año 1930 llevaba el ti­món de su casa, que era de bastante trajín. No le valió •poco para lo sucesivo. Trabajadora y acostumbrada al trabajo, a más de que era inteligente, «en una vuelta que diera a la Sala ya ponía todo en orden», se nos asegura.

Estaba encargada de las clínicas de obstetricia, con agrado de todos, particularmente del médico director, el Dr. Varela, quien repetidas veces afirmó que lo hacía a maravilla, siendo de notar que fue a las clínicas directamente del Seminario. Una Hermana dice que daba gusto verla hacer la limpieza a los bebés; alta corno era, apenas se les veía cuando los sostenía en su regazo, y parecía que los cambiaba por ascensor. La asis­tencia de las madres le repugnaba; «pero lo hago y haré cuan­to me mande la obediencia», decía.

Al tener que abandonar su amado hospital de la Facultad de San Carlos, Sor Josefa se fué con Sor Dionisia a casa de unos paisanos de aquélla, por los Cuatro Caminos; pero a los ocho días se presentó el amable huésped en la casa donde se encontraban Sor Encarnación y Sor Angeles, de la misma Co­munidad de San Carlos, diciéndoles que era imposible que estuvieran un día más en su casa, pues la portera y las veci­nas proferían contra ellas grandes amenazas. Se juntaron, pues, por aquella noche las cuatro, repartiéndose el lecho; pero a pesar de la admirable caridad de la buena de Remedios, era menester buscarlas asilo en otra parte, y lo hallaron en casa de la enfermera del hospital, Tomasa. En casa de ésta estuvie­ron tranquilamente veintiún días, y al cabo se impuso un nuevo traslado. La misma Tomasa les preparó el camino para que pudieran instalarse en la calle de Lope de Vega, número 11, donde había ya unas cuantas Hermanas de diversas casas.

Siempre eran dolorosas estas peregrinaciones, y Dios quiso probar a Sor Josefa con tamaña aflicción. Cuando salió de Cuatro Caminos, dijo Sor Josefa, como respiro incontenible, al verse con sus otras Hermanas en Atocha: «¡Venimos llenas de incultos! ¡Sólo por Dios se puede pasar esto!» Y no era para menos, en Cuatro Caminos, con la facha de monjas que las dos -cuitadas tenían. Tanto, que fué lo primero que Sor Encar­nación y Sor Angeles las procuraron,: transformarlas en se­ñoritas.

Cuando, quizá, más asegurada se creía en Lope de Vega es cuando Dios había dispuesto su hora de martirio. Como se indica al hablar de Sor Josefa, la llevaban apuntada en una libreta los criminales que se la llevaron. Lo que claramente deja entender que estaba denunciada. ¿Por quién? Al pare­cer, por una matrona de San Carlos. Es probable que así fue­ra. Por ahí tenía que venirle el tiro, aun cuando esto tampoco fuera presumible, de venirle de algún lado en forma de de­nuncia. Expliquémonos.

El Dr. Varela, izquierdista en política, pero recto en su conducta profesional, fue quien pidió que le dieran Hermanas para sustituir a las matronas, de las que estaba sumamente dis­gustado. Y, al dárselas, las echó, en efecto, de las salas de obs­tetricia a su cargo. Nada tiene de extraño que alguna de di­chas matronas cobrara odio a las Hermanas, y, llegada la hora del desfogue de las bajas pasiones, cometiera la villanía de denunciarlas para que las dieran muerte. Lo extraño, en, ver­dad, es que la denunciada fuera Sor Josefa, pues mal pudieron reñir con ella, ya que llegó a San Carlos en el punto mismo en que salían las matronas, y después, dado su modo de ser, un si es no es misantrópico y de retraimiento, nadie la cono­cía en el hospital. Lo natural hubiera sido que las denuncia­das hubieran sido todas las Hermanas menos ella. Ahora bien, cabe que realmente lo estuvieran otras, al menos las compa­ñeras de oficio de Sor Josefa y no habrían, dado con ellas.

Lo que hay que deducir, en última conclusión, es que el Señor es quien dispone de las vidas de todos y quiso honrar con la palma del martirio a la más joven de las Hermanas de la Comunidad de San Carlos. ¡Sea El bendito!

 

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