José María Fernández (1875.1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
Estimated Reading Time:

Nació el P. José María Fernández Sánchez el 15 de enero de 1875, en la ciudad de Oviedo. Sus padres, José y Manuela. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Oviedo. Ingresó en el Noviciado de los PP. Paúles, en Madrid, el año de 1895. Profesó el 25 de abril de 1897. Se ordenó de Menores y Subdiácono en Madrid, el sábado de Pasión de 1898; de Diá­cono, en las Témporas de septiembre, y de Sacerdote, el 18 de octubre, festividad de San Lucas Evangelista. fue destinado por los Superiores de la Congregación a dar misiones en la Provincia de Madrid, durante el curso 1898-1899; fue profe­sor de Filosofía en Hortaleza tres arios; de Teología y Dere­cho, en Madrid, siete arios; el 1911 fue a la fundación de Gua­dalajara en calidad de Superior; en 1921 marchó a la India en compañía de otros tres PP. Paúles, haciéndose cargo de la Misión de Cuttack, de donde vino a España para asistir a la Asamblea Provincial en 1925, haciendo luego propaganda en favor de aquella difícil encomienda evangelizadora y restau­rando su quebrantada salud por espacio de casi un año; al cabo de dicho tiempo volvió a la Misión, ahora de Vicevisitador; en 1928 fue llamado a España y destinado a Oviedo, con el cargo de director espiritual del Seminario Conciliar, y en 1931 fue nombrado Subdirector de las Hijas de la Caridad de la Provincia española.

SEMBLANZA

Era el P. Fernández de mediana estatura, color trigueño, más reposado que ligero en sus andares, de habla suave e in­sinuante, razonador y lógico; poseía grandes conocimientos, especialmente eclesiásticos, hasta el punto de poderse decir de él con justicia que era un sabio; era más teórico que práctico; su predicación estaba impregnada de unción evangélica; no rehuía el trabajo, antes se abrazaba al mismo con ardor; cum­plidor exacto de su deber, en, todo tiempo, era rígido en ha­cerlo cumplir a los demás; fue hombre de oración, de gran mortificación, de acción y de celo.

De los años que estuvo en Guadalajara podríamos decir en frase que resumiera toda su actuación brillante y ejemplar di­ciendo que fue el oráculo de la ciudad.

MISIONERO

Respecto a su actuación en la India, quien le conoció y trató muy de cerca dice de él: «Fue un gran Misionero, dotado de todas o casi todas las cualidades que hacen que un Misionero lo sea en gran escala. Era de una naturaleza dura para el trabajo; comía poco y mal, a veces por carecer de lo más imprescindible, se contentaba con cualquier cosa; dormía en cualquier sitio, debajo de un árbol, en chozas sin puertas, en camastros que servían sólo para dejar los huesos molidos. A la edad de cincuenta años aprendió a andar en bicicleta, aun­que esto le ocasionara serias caídas y la fractura de un brazo. . Era cariñoso y amable con los paganitos, y más aun con los cristianos; se compadecía de su pobreza y sufrimientos, y esto mismo le inducía a ser generoso y dadivoso en cuanto su po­breza se lo permitía. Como se estropeó la dentadura, sufrió verdadera hambre, y como tenía que injerir los alimentos sin masticarlos, se le descompuso el estómago, y en su conscuen­cia le sobrevinieron gástricas molestísimas. El en persona abrió las casas de Kattinga y Digui, cuya subida por caminos de montarla es durísima hasta para un joven. Tenía una facilidad asombrosa para aprender las lenguas del país; se las arregla­ba en inglés, se explicaba con bastante soltura en uria, cono­cía el mecanismo del télegu, sánscrito y kondo. Pero sobre todo era un hombre espiritual, interior, hombre de oración, lleno de fe viva. Tenía verdadera vocación de Misionero; esto le tiraba en tal grado, be, estando definitivamente en España, rogaba se le admitiese en un rinconcito de Digui. Todos estábamos convencidos que el P. Fernández hubiera sido un gran, Misionero, un verdadero Apóstol.

Orador y escritor.—Fué hombre de palabra y de pluma. En el uso de entrambas se manifestaba más macizo que brillante. Escribió varios artículos sobre la Medalla Milagrosa desde la India. Sus pláticas a las Seminaristas Hijas de la Caridad se han publicado en dos preciosos tomitos.

SERIAS PREOCUPACIONES

Los días que siguieron a las présagas elecciones de febre­ro de 1936 fueron para el P. Fernández pródigos en serias pre­ocupaciones, en el desempeño de su cargo, respecto a las Hijas de la Caridad, hechas blanco de especial enemiga de la im­piedad, que las zahería continuamente y hasta insultaba en la prensa, en las sesiones de organismos oficiales, etc. El P. Fer­nández tuvo que afrontar en su defensa circunstancias harto difíciles, como se deja entender. Y era de ver cómo a las veces, hecho lo posible y lo imposible, aquel varón de Dios se amoldaba y se resignaba, consolando a sus Hijas y dirigién­dolas por los espinos-os caminos de la renunciación con acier­to y maestría insuperables. Su consumada prudencia, su tacto exquisito, no fueron bastantes a impedir determinaciones de­sastrosas para los pobres. Y entonces su corazón se conmovía. Mas siempre fue optimista y creyó contra toda esperanza. So­bre su cabeza, como sobre pocas, se veía fulgir con brillo si­niestro el relámpago de la revolución. De ahí que en cierta ocasión el R. P. Adolfo Tobar, Visitador de los Paúles y Di­rector de las Hijas de la Caridad españolas, le dijese al Padre Fernández con tono profético: «Fue usted a la India y quiere volver en busca del martirio, y lo va a encontrar en España.»

PROCESO PERSECUTORIO

En estallando que estalló la revolución, tuvo el P. Fernán­dez que dejar el hábito talar, como todos; pero se resistía a abandonar la residencia de la calle de Lope de Vega, sita jun­to al Noviciado de las Hijas de la Caridad (Jesús, 3), ya que, buen pastor, no le sufría el corazón que las ovejuelas quedaran a merced de los lobos carniceros. Pero tales se pusieron las cosas, como es sabido, que su presencia, en lugar de beneficiar, comprometía. Por ello, el 23 de julio fue, en compañía del P. Guillén y los HH. González y Elexgaray, a hospedarse en la pensión del principal del número, 13 de la calle de Núñez de Arce, cuya familia y casa le había sido recomendada; mas no habiendo lugar para ellos en dicho principal, se les indicó el piso segundo. Su inquilina, mujer de buen, corazón, les re­cibió gustosa y su posterior conducta fue en todo caso co­rrecta. Ellos, por su parte, echaron sobre algunos de sus procederes el velo de un cristiano disimulo. Muy posiblemente, al morir ella, luego de terminada la guerra, su comportamiento con los santos del Señor le habrá servido ante el divino tribunal.

Hacia el 10 de agosto, en alas de su reconocido fervor y consciente del peligro a que se exponía, fuese el P. Fernández a celebrar la Santa Misa en la iglesia de San Luis de los Franceses, Tres Cruces, 12; mas en vista de que el día en que él iba se restringía el tal privilegio a otro de los PP. Paúles que allí solía celebrar, después de haberlo hecho dos o tres días alternos, renunció en favor de éste, el cual, por disimular mejor su carácter religioso, ofrecía menos blanco a la suspicacia marxista.

Por estos mismos días —mediando agosto—, ante el aban­dono y aislamiento, con las consiguientes necesidades, en que habían quedado muchas Rijas de la Caridad de Madrid, al ser echadas de sus residencias —solamente permanecieron en una de sus 39 casas—, el P. Fernández planeó las oportunas pro­videncias.

Pero los buscadores de riquezas tenían prisa por encontrar­las, y así los acontecimientos se precipitaron.

DETENCION

El 20 de agosto se presentaron en la pensión los ministros infames del mal. La portera de la casa trató de salir a la calle para telefonear a la Comisaría, según se había decretado y publicado por radio y en los periódicos del día 18; mas los milicianos, que advirtieron su propósito, lo impidieron. Al poco, el P. Fernández y sus compañeros de pensión bajaban, la es­calera entre escolta de fusiles y pistolas. Al trasponer el um­bral, dijo el P. Fernández, con aquella sonrisa y tono alentador: «Vamos, vamos.» ¿Adónde? El, sin duda, pensaría que a la muerte. La catadura de los milicianos y su fra­seología ya tan manida, a nadie dejaba lugar a engallo.

SECUESTRADO

Y a la muerte caminaba; empero, con estaciones en el largo y penoso camino. La primera fue el Real Noviciado de las Hijas de la Caridad. Tremenda debió de ser la impresión del P. Fernández; sumamente pálido, aunque al parecer tranqui­lo, fue visto al bajar, con un miliciano delante y otro detrás, por la escalera que conducía al cuarto de música. Los demás compañeros debieron de ser encerrados, en otros departamen­tos por separado. Del P. Fernández se sabe que, fatigado y sin tener donde sentarse, después de bastante tiempo de encierro, pidió una silla, que le fue dada. El responsable Montequi, es decir, el carcelero mayor, entró a hablar con él, sin que se­pamos de qué se trató en la larga conversación que mantuvie­ron; lo sabido es que Montequi cambió por completo su opi­nión respecto del P. Fernández. Dijo que se lo habían pin­tado como pájaro de cuenta, y había advertido en él un hom­bre de alta cultura y razonable, con quien daba gusto hablar. Semejante impresión suavizó las relaciones, al desaparecer los prejuicios, y al día siguiente el propio Montequi condujo al P. Fernández a la enfermería de Profesas, donde estaba re­cluida la Madre Sor Justa. Durante la conversación tripartita y con ocasión de una disputa sobre justicia objetiva y subjetiva, suscitada por Montequi, el P. Fernández hizo una her­mosa profesión de fe en la existencia de Dios. Acto seguido fue alojado el P. Fernández en la pieza de la enfermería, don­de habían colocado una cama y una silla. A lavarse salía todas las marianas al grifo común, secándose con el pañuelo.

Los que «estaban al servicio de la Diputación,» completa­ron la caza de sus víctimas preferidas y codiciadas con la de­tención de los HH. Tobar y Nogal, por una parte, y del P. Pa­radela y el H. Juan, por otra. A todos ellos encerraron los es­birros en diversas dependencias del Noviciado. Y transcurrió, por lo menos, una semana entre tormentos crueles, privaciones y minuciosos interrogatorios, para hacerlos cantar. Menudea­ba las visitas el Presidente de la Diputación, Henche. Vamos a perfilar la triste figura de este máximo responsable de los lamentables hechos que reseñamos, mojando el pincel en su misma boca.

PONIENDO PUNTOS Y COMAS

El veterano socialista Rafael Henehe pronunció el 29 de julio de 1936 las siguientes palabras: «En estos momentos his­tóricos por que pasa la vida española, han de ser todo pala­bras de condenación para quienes han traído esta perturba­ción a la vida del país, de manera artera y criminal. No con­fío sólo en la historia para que les juzgue y dé su merecido. Confío en la virilidad del pueblo español…» Rebota contra él semejante sentencia, como sucede a quien escupe al cielo, que encima le cae. El 25 de noviembre de 1937, en pública sesión, afirmaba: «El 17 de marzo, visitaba el que os dirige la pala­bra, por primera vez siendo Presidente de la Diputación, el Colegio Pablo Iglesias, y fue tal la impresión que recibí al ver los maestros aherrojados, al ver una Dirección y una Administración en manos de funcionarios de la Diputación en­tregados a las Hermanas, que el día 18 presenté una moción a la Gestora proponiendo el acuerdo de la separación inme­diata de las religiosas de este establecimiento. Se acordó el día 18, y el 19 no quedaba una religiosa. Y así siguió la Corporación separando a las religiosas del Depósito de Farmacia, de las farmacias de los Hospitales, donde habían llegado las cosas a tal extremo, que los farmacéuticos se limitaban a co­brar el sueldo, y las fórmulas y las recetas las hacían las pro­pias Hermanas de la Caridad; y se quitaba la cocina del Hos­pital Provincial de manos de las religiosas, y se las quitaba también el Pabellón de Cirugía Infantil y los Colegios de la Paz y las Mercedes, que regían y administraban ellas, y cuando vino el movimiento fascista tenía la Diputación hecho el estudio profundo de la transformación de los servicios hospi­talarios, separando a las religiosas y arrancando de sus manos estos establecimientos.» «… y a mí me cupo el honor de ven­tilar el asunto de los bienes que fueron entregados a la Dipu­tación, mediante acta suscrita por la Superiora de las Herma­nas de San Vicente de Paúl.»

¿Para qué seguir copiando? ¡Qué parrafitos! No hacen falta comentarios, ¿verdad que no? Solamente diremos que la Su­periora de las Hermanas de la Caridad, al suscribir el acta de la cesión de bienes, estaba secuestrada por los mandatarios de Henche, estaba en su poder.

EL ÚLTIMO COLOQUIO

El 26 de agosto determinaron los carceleros de la Diputa­ción trasladar las Hermanas a la casita adjunta al Real Novi­ciado, residencia de los PP. Capellanes. Al comunicárselo, cre­yendo ellas que los Padres y Hermanos los trasladarían igual­mente a otra casa, o peor, que los llevarían al suplicio, suplicó la Madre una comunicación de despedida. Fuéle otorgada, y tuvo lugar en la enfermería de Profesas. Frente por frente los Hijos y las Hijas de San Vicente, en semicírculo, con milicia­nos y milicianas a la vista, aunque un poco retirados, conver­saron durante un rato. Rato inolvidable. Entre las frases me­morables que allí se pronunciaron, aquella impregnada de pa­ternal solicitud del respetable Subdirector, P. Fernández: «Desde el día en que supe su detención no tuve momento de reposo hasta que me detuvieron a mí, pensando que partici­paría de sus trabajos.» Se dieron el último adiós. No se vol­vieron a ver. Las Hermanas, en efecto, fueron trasladadas a la casita. Los Padres y Hermanos permanecieron, en cambio, al­gunos días aun en el Noviciado.

EL NUMERO 4 DE SAN FELIPE

El principal izquierda del número 4 de San Felipe Neri, escogido por mansión recoleta, para arca de discreción (a él había sido trasladado parte del archivo de los Paúles, en los preliminares de la revolución), quedó convertido en cárcel, o mejor, en semicheca, al ser al mismo trasladados los detenidos del Real Noviciado. Allí, si bien se moderaron las torturas, si­guieron los interrogatorios, pues, sin duda, pensaban que ha­bía algo que descubrir. El lugarteniente del indigno Presiden­te de la Diputación, Montequi, menudeaba las visitas, para saber de la custodia de milicianos rojos si habían logrado al­guna declaración interesante. De puertas adentro, a pesar de todo, gozaban de cierta libertad. Para su sustento llevábanles, sin preparar, los alimentos desde el Noviciado; condimentábalos el H. Nogal. Mientras allá hubo en abundancia, no pade­cieron hambre: «Vengan a ver la comida», dijo el Hermano co­cinero a una Hermana de las detenidas en el Noviciado, que, bienquista por Montequi, éste la llevaba de cuando en vez para que pudiera ver a los Padres. Y la comida consistía en verdu­ra y pescado. Mas no tardó en llegar el tiempo de las vacas flacas. Los milicianos y la portera les entregaban lo que les so­braba. Y fue entonces cuando permitieron que algunas perso­nas les suministraran alguna ayuda, especialmente leche. Oca­siones hubo en que, requerida la portera —que tenía más de una razón para estar agradecida (la casa era de la Comuni­dad) para que les prestara algunos servicios—, «Yo no soy re­cadista de nadie», respondía. Y a renglón seguido profería de­nuestos y aviesas palabras, originadas por antiguos rencores hacia el H. Tobar.

COMPLICIDAD DE LAS AUTORIDADES ROJAS

Los capitostes que sojuzgaban al P. Fernández y sus com­pañeros de martirio aparentaban mantener la custodia para su seguridad; pero en realidad lo que pretendían era tenerles siempre a mano, para que un día u otro revelaran los secretos. Cierto día díjoles Montequi que si querían podían marcharse, pero que él no les respondía de su vida. «Entonces —dijeron ellos— mejor estamos aquí.» Por dos o tres veces, es verdad, se presentaron los de C. N. T. dispuestos a matarlos y lo impi­dieron los guardianes, exponiendo que tenían órdenes de di­latar su muerte para sacarles cuanto pudieran. Na era, pues, piedad, sino cálculo malvado. La complicidad de las autori­dades rojas quedó bien patente con el siguiente sucedido: En­terado otro P. Paúl de tan dolorosa y triste situación de rus Hermanos, escribió una carta, firmada de puño y letra, al Di­rector ‘general de Seguridad, abogando, no por la libertad ab­soluta, sino porque los tomara bajo su autoridad, llevándoles a la cárcel pública y así les librara del secuestro. Lo que consiguió fue que a las pocas horas he presentaran en la casa, 4 de San Felipe, policías y milicianos para echarle mano al abo­gado, a quien suponían viviendo en ella. Y a este propósito no hemos de silenciar que Henche prometió solemnemente a las Hermanas que no morirían los Padres. ¿Podría decirnos qué es lo que hizo para impedirlo?

TRISTEZAS DE MUERTE

En aquel encierro, como en todos, vivíanse momentos de esperanza y de calma y horas de tribulación amarga, flamea­das con luces siniestras de desalienta y locura. Transcribamos las estampas vivas que allí divisaron ojos escrutadores: El Pa­dre Fernández, leyendo en el Breviario, junto a la ventana y recibiendo a la Hermanita que le iba a ver con el afecto pa­ternal tan característico en aquel dignísimo Subdirector cuan‑

do trataba con sus Hijas espirituales. El mismo, hablando con sencillez y prudencia a la par que con el tan traído Montequi (Dios le haya perdonado). En otra ocasión, escribiendo a una Hermanita la siguiente esquela, que entregó a la misma uno de los guardias rojos: «¡Muchas gracias! Estoy bien y los de­más compañeros también. Siento no poder verla. No necesito nada. Muchos recuerdos.» Más estampas, tristes estampas: El P. Paradela: «Ruegue a Dios que me pueda escapar, porque si no, me matan.» Y en diferente ocasión a los milicianos que le torturaban: «¡Mátenme ya; que es mejor morir que vivir así!» Y en otra a un Hermano de la Congregación: «No venga, no venga por aquí, que corre mucho peligro.» ¿Y cómo olvi­dar aquella visión del H. Nogal, asomado, tras de los crista­les, a la calle, con los ojos desorbitados, mirando al infinito.?

EN LA CHECA DE FOMENTO

Y llegó el momento que tenía que llegar. Los milicianos, que, como mandatarios de la Diputación, custodiaban a los re­cuestrad.as, se retiraron y… cumplieron el antiguo propósito: hacía tiempo que uno de ellos había dicho: «Cuando tenga­mos que retirarnos será después de tener al tanto a los que deben encargarse de ellos definitivamente.» Los patibularios de la Checa de Fomento los tomaran a su cuenta y allá se los lle­varon. ¿El día 20 o 21 de octubre? En la noche del 21 cierta­mente estaban en aquellas hórridas mazmorras rojas. ¿Les so­metieron a nuevos tormentos? A escrupulosos y acres interrogatorios, sí. Es cuanto sabemos al presente.

CONSUMMATUM EST

El Bolean Oficial de la Provincia de’ Madrid, en su núme­ro correspondiente al día 2 de diciembre de 1936, hacía saber que en el Juzgado de Alcalá de Henares y con el número, 506, se seguía sumario por muerte de varios individuos en término de Vallecas, y entre los sumariados aparece: «Otro hombre, como de cincuenta años, complexión fuerte, canoso, con ame­ricana y chaleco de paño gris, pantalón negro, camisa a rayas azules, camiseta color caña, calzoncillo blanco y largo, ambas prendas con la inicial P. Fernández, calcetines y medias botas negras de elástico, llevando dos rosarios negros y un escapu­lario.»

Y en nuestro poder obra un acta de defunción, que dice del P. Fernández que «falleció en las inmediaciones del ce­menterio de Vallecas el día 23 de octubre de 1936, a conse­cuencia de fracturas múltiples del cráneo, según resulta de in­forme facultativo».

ANECDOTARIO

El P. E. Albiol publicó en La Milagrosa los siguientes apun­tes anecdóticos de su vida:

Los profesores del Seminario de Hortaleza se conmovieron ante la noticia del primer mitin socialista que iba a tener lu­gar en el pueblo. El P. Fernández pidió autorización para asis­tir. Y al divisar el orador en primera línea la gallarda serie­dad de una sotana, palidece, carraspea, se azora, balbuce, y, entre irritado y mohino, se despide, maldiciendo su fracaso, del público. ¡Oh desilusión!

Entonces toma la palabra el joven catedrático de Filosofía y lo que empezara en mitin acabó en sermón.

* * *

Los Superiores lo destinan a las misiones de la Diócesis de Madrid, que recoge las Primicias de su apostolado sacerdotal. Trabajo intenso, complejo, continuo, agotador…: los misione­ros pueden conmutar el Oficio Divino por el Oficio Parvo.

Pero el P. Fernández ni un solo día deja de rezar el Oficio Divino.

* * *

Siempre lo rezaba en voz alta. A veces, en la soledad de su aposento, crecía de tal modo su atención y fervor, que la pronunciación era declamatoria. Desde mi habitación, situada en­cima de la suya, seguí más de una vez el reza íntegro de algu­nos salmos.

Las oraciones de acción de gracias de la Santa Misa tam­bién las pronunciaba, abstraídamente, con voz inteligible, aun! que menos clara.

* *

Siendo Rector del Colegio Apostólico de Guadalajara, y ter­minados los exámenes del curso, los Profesores le pidieron va­caciones:

—Muy poca cosa. Permiso para salir de paseo dos tardes a la semana, con la cena hecha fiambre, para merendarla en el campo.

—Dos tardes, no; salgan tres. Y la cena ordinaria, tam­poco: que el Hermano cocinero les dé algo extraordinario. –Gracias, Padre Superior.

—Pero han de ir todos los Profesores todos los días; sí, sí; ¡todos! Con la única condición de volver antes de la hora del examen general.

Y aquel verano, mientras los Profesores se marchaban de merienda tres días cada semana, el Superior asumía la inspec­ción inmediata del colegio, aguardando siempre con la misma amabilidad el retorno de los excursionistas.

Cuando fui por primera vez al Colegio de Religiosas de la Reunión del Sagrado Corazón, de Guadalajara, supieron éstas que convivía yo con el P. Fernández en la misma residencia de Madrid; e inmediatamente me hicieron pasar al locutorio preguntándome por él con, tanto interés y afecto que se traslu­cía la gratitud de toda la comunidad a su antiguo director. La Ilvdma. Madre Angélica, Superiora general del Instituto, repetía sin cansarse: «¡Es todo de Dios!» «¡Es un verdadero santo!»

La misma veneración y estima gozaba entre las religiosas de la Sagrada Familia, Adoratrices, Jerónimas, Bernardas, Sier­vas de Jesús y mucho más entre las Hijas de la Caridad del Hospital y del Hospicio, cuyo confesor había sido y cuyos re­tiros había dirigido indefectiblemente cada mes, aunque fue­sen abrumadoras las preocupaciones que Bu cargo le imponía no pocas veces.

* * *

Más le veneraban, sin embargo, los sacerdotes que tuvieron ocasión de apreciar sus dotes de inteligencia en las conferen­cias semanales, llenas de unción y sabiduría, que brotaban, des­pués de seria preparación, de su espíritu selecto.

El muy ilustre Arcipreste de Guadalajara, que también ha muerto mártir, decía al salir de estas conferencias: «No hay valle que no se eleve, ni monte que no se allane a la voz de este hombre», aludiendo a la confianza que en altos y bajos despertaba la sencillez de su palabra.

* * *

Dos años estuve con, él en la misma casa. Durante ellos ha­cíamos la oración (él a mi derecha) en el mismo banco-reclinatorio.

Arrodillado, apoyaba las manos en el brazo del banco y el bonete en las manos. De pie, levantaba el bonete y las manos a la altura del pecho. Ordinariamente cerraba los ojos. No lo vi sentarse.

* * *

Misiones Vicencianas, la modesta publicación misional que en plan de propaganda publicaron los estudiantes del Semina­rio de San Pablo, de Cuenca, no tenía lector más entusiasta que nuestro P. Fernández. Con ella en la mano, leía los ar­tículos y los comentaba durante la hora de recreación. Siem­pre que la publicación ilustrada traía la fotografía de un paisa­je de Cuttack, lo sabía localizar rápidamente, refiriendo escenas de candoroso gracejo evocadas por la impresión de la fotografía.

Recuerdo que un día, al ver retratada la cara de un viejo flaco, desnudo y negro, dijo con ternura: «¡Oh, mi buen José!» Y en seguida nos explicó: «Es un criado fiel de los misioneros; lo bauticé a los sesenta años; pero a pesar de su edad, estaba tan fuerte que durante un día entero, desde la salida a la pues­ta del sol, estuvo luchando con un oso y consiguió vencerle. Cuando él me contó la hazaña, me declaró este detalle: «Ni un solo instante de la pelea he dejado de rezar el Padre­nuestro.»

Otro día, como viese en la misma publicación la estampa de dos niños, con la piel de luto riguroso, distendida en el abdomen, nos preguntó: «¿Saben por qué se ríen estos niños? Porque tienen llena la tripa. Los pobres indios veneran al vien­tre como a su dios. Cuando se alimentan, dicen: demos de comer a dios. Y el caso es que no comen, devoran. El arroz, que es su plato favorito, no lo mastican, lo tragan, llevándolo a puñados de la mano a la boca. Por cierto que al principio tuve empeño en enseñar a comer con, cubierto a dos mocitos como éstos, que querían ser sacerdotes, y uno de ellos me dijo muy formal: —Pero bueno… ¿entonces, para qué queremos los dedos?…»

Recordaba datos, fechas, anécdotas y nombres de la India, como si acabara de repasarlos.

* * *

En cierta ocasión le dije: «¿Por qué hemos de dedicarnos a instruir a las niñas de los colegios de nuestras Hermanas? Esas no están, tan necesitadas de nuestra catequesis corno los maleteros de la estación, por ejemplo.» Y con su inalterable sonrisa me respondió: «Bien está que se dedique un misionero a instruir a los maleteros de la estación; pero mejor está que ayude a las Hermanas a completar su obra de educación cris­tiana de los niños y niñas pobres: esto para nosotros es de obli­gación; aquello, de consejo.»

* * *

Al comienzo de la República, después del primer sacrílego incendio de conventos, una Religiosa, atemorizada, le pidió parecer.

—Padre, ¿puedo pedir permiso a los Superiores para :re­tirarme con mi familia, mientras pasan estos acontecimientos?

—Sí, señora; pero no intente volver más a la Comunidad: el soldado que en la hora de peligro deja el fusil, no merece ser Soldado.

—Cuando me destinaron a la India —me dijo un día— rompí todos mis apuntes y me despedí de cuanto estimaba, figurándome que acababa de morir y aceptando el nuevo des­tino como purgatorio de donde al fin volaría al cielo.

En 1936 le dice una Hermana del Noviciado de las Hijas de la Caridad:

—Padre Fernández, pronto vendrá su sobrina a aumentar el número de novicias.

—Cuando ella venga ya no estaré yo.

—¿Cómo?… ¿Le van a destinar fuera de aquí?…

Y él, recogiéndose en sí mismo, subrayó con una sonrisa: —¡Tantas cosas me pueden pasar!

En efecto, su sobrina ingresó en el Noviciado cuando el P. Fernández «ya no estaba».

Sabido es que el Noviciado de las Hermanas se trasladó a Sangüesa tres meses antes de estallar el Movimiento. El Sub­director sigue residiendo en Madrid, pero lo visita con frecuencia. Y en una de estas visitas le rodean seis novicias:

—Padre, ¿cuándo volveremos a Madrid?

Calló unos segundos como para meditar su respuesta, y con aplomo contestó:

—Cuando ustedes vayan a Madrid serán TODAS profesas.

La última de aquellas novicias pronunció los santos votos el 29 de junio de 1939; quince días antes de volver a instalar­se en Madrid el Noviciado de las Hermanas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *