El 6 de marzo, al despedirse el Padre Serrano de sus compañeros de Barcelona para un viaje a Madrid de unos pocos días; lo hizo como si se tratara de fina larga ausencia, dándoles un apretado y emocionado abrazo. ¿Sería por impulso de un presentimiento inconsciente? El viaje iba a ser tan largo que ya no volvería jamás…
Parece que el traqueteo del tren ya le perjudicó, dada su alta tensión arterial. Pero, llegado a Madrid al día siguiente, y hospedado en la Casa Central de la Provincia hermana, no dio muestras de grave malestar e hizo vida normal hasta la hora de cenar, en que al dirigirse a la capilla de Comunidad, rodó por la escalera, de la que fue recogido sin sentido, con medio cuerpo paralizado por un fuerte ataque hemipléjico y sin habla que ya no recobró. En su habitación había indicios de haber sufrido algún otro ataque, tal vez momentos antes.
Fue asistido inmediatamente y con gran caridad en la enfermería de la Casa que, como se sabe, tiene adjunta la Clínica de La Milagrosa, servida por Hijas de la Caridad. Prodigáronsele todos los remedios de la ciencia, pero no se pudo vencer la fuerza del mal, agravado por parálisis intestinal, y en .la primeras horas de la madrugada del jueves 16 de marzo dejaba de existir.
Apenas sabida en Barcelona su gravedad, trasladóse al lado del enfermo el Superior P. Cortés, que llegó a Madrid el día 9. Conocible todavía el P. Serrano y agradeció con sus ojos esta delicadeza, y lo mismo hacía con el P. Visitador, Superior y demás PP. de la Casa Central, que le visitaban y se interesaban por su estado.
A los funerales y sepelio, con toda la Comunidad de Madrid, asistieron por la Provincia los PP. Binimelis y Matas Está enterrado en el nicho número 50 de la cripta de los Padres Paúles del cementerio de San Isidro, junto al P. Tobar.
Contaba el P. Serrano, al morir, 60 años cumplidos de edad, y llevaba casi 43 en la Congregación.
El marco de su vida
Había nacido en Jérica (Castellón) el 9 de noviembre de 1889, siendo sus padres don Antonio Serrano Huerta y doña Luisa Casas Bori.
Después de algún tiempo de apostólico en Teruel, ingresó en nuestro Seminario Interno, en Barcelona, el 7 de junio de 1907, y qué admitido a la profesión dos años después, el 8 de junio, en la Casa de Palma de Mallorca, a donde se había trasladado el Noviciado.
Cursó todos los estudios superiores en el Estudiantado de la Provincia.
Recibió las Ordenes menores y el Subdiaconado en Barcelona, el 18 de marzo de 1915; el Diaconado el 21 de abril y el Sacerdocio el 29 de mayo del mismo año, en Tarragona.
Una vez ordenado y terminados sus estudios, quedó destinado en Barcelona. Pasó después a Bellpuig en septiembre de 1918, y cuando fueron allí nuestros teólogos al año siguiente, el P. Serrano fue nombrado profesor, desempeñando —según unos apuntes del propio interesado— las cátedras de Sagrada Escritura, Derecho Canónico, Historia Eclesiástica y Liturgia.
En mayo de 1921, el Visitador P. Comellas le destinó al Perú, para donde partió el 11 de mayo de aquel año, llegando o nu destino del Seminario de Arequipa el 7 de julio. Se ocupó allí en enseñar las mismas asignaturas arriba mencionadas hasta finalizar el curso de 1923, en que recibió orden de trasladarse a la Casa de Mercedarias (Lima).
Esto significaba dejar el campo de la enseñanza para pasar al parroquial, en el que continuó por todo el tiempo que permaneció en el Perú.
De Lima fue trasladado, en marzo de 1925, a Miraflores, ciudad entonces naciente, donde todo estaba por hacer en el orden religioso cuando fue confiada a la Provincia unos años antes.
Tenemos a. la vista unas notas de las que hemos sacado los datos precedentes y en las que se dice que nuestro Padre Serrano se entregó celosamente al trabajo para organizar aquella feligresía y empezar la construcción del bellísimo templo parroquial que hoy es orgullo de los barrios aristocráticos del gran Miraflores, ocupándose, además, en la formación de los primeros grupos juveniles de Acción Católica.
Pisco, otra importante ciudad peruana confiada al cuidado espiritual de la Congregación, le vio llegar destinado en julio de 1933 y le retuvo hasta los primeros días de 1937, en que, dañado ya notablemente su organismo por la enfermedad tropical de la anemia maiárica, fue enviado a las alturas de Tarma.
Focos meses después era llamado por eI Visitador P. Corridas, embarcando para Europa el 4 de mayo del mismo ario 1937, con la orden do no parar en España, donde estábamos en plena guerra de liberación, sino de proseguir hasta Italia y permanecer en Turin hasta encontrarse completamente restablecido. Esta su estancia en Turín duró cerca de un .año, siendo tratado por los superiores y misioneros con exquisita caridad, como él se complacía en recordar y testificar siempre que se le ofrecía ocasión. Allí se encontró con el P. Vigo, escapado de la zona roja, y se ocupó con él en asistir espiritualmente a los refugiados españoles, en especial a las Hijas de la Caridad.
Vino a, Palma de Mallorca, ya repuesto, en mayo de 1938 y empezó a tomar contacto con sus compaisanos de la región valenciana, refugiados eta la isla, esperando el momento de poder entrar en Valencia y llevar a término el restablecimiento de nuestra antigua. Casa, de Monteolivete, aspiración muy legitima del Sr. Visitador y de toda la Provincia.
Apenas liberada la capital levantina, pudo entrar en ella detrás de las fuerzas nacionales en calidad de capellán de Auxilio Social, el ? de abril de 1939.
Y el 1.° de septiembre del mismo año, terminadas felizmente las gestiones y recobrada (en cierto sentido) nuestra antigua iglesia de Monteolivete, no la casa, se instalaba oficialmente la primera Comunidad en un piso adjunto, con el P. Serrano de Superior y las crónicas publicadas en años sucesivos ofrecen no pocos pormenores de la labor realizada en los tres años que rigió el P. Serrano la nueva fundación y su feligresía, que al lado de hondas satisfacciones le proporcionó sinsabores muy amargos.
Destinado en 1943 a Barcelona, en ella ha permanecido Basta su muerte, cerrándose así el ciclo de sus años misioneros en la misma Casa Central donde lo había comenzado 35 años antes.
La sacristía, el confesionario, el púlpito, las asociaciones, el culto de nuestra iglesia de San. Vicente, han visto ejercitar su celo al buen misionero durante los ocho años últimos de su vida.
Tenía un don especial para ganarse la confianza de la juventud masculina, que en gran número acudía a su confesionario y buscaba so dirección.
Predicó también ejercicios espirituales casi todos los años a las Hijas de la Caridad y algunas veces al clero. Su facilidad natural de palabra (y lo mismo le pasaba al escribir) perjudicaba la precisión, claridad y estilo de sus sermones. Le sobraba doctrina y le faltaba orden.
No dejó de seguir cultivando sus estudios de Sagrada Escritura y Liturgia, produciendo algunos trabajos de investigación, en especial un estudio sobre la poligamia en el Antiguo Testamento y otro sobre el pan ácimo empleado por Nuestro Señor en la Institución de la Santa Eucaristía, que llamaron la atención de eminentes profesores especialistas en estas materias, quienes le animaron a publicarlos y aun se ofrecieron a patrocinarlos, como el Excmo. Sr. Nuncio, Mons. Cicognani y el P. Bover. Ignoro la suerte que habrán corrido estos manuscritos, alguno va a punto para ir a la imprenta, pero supongo habrán sido hallados entre sus papeles y estarán a salvo.
En el orden interno, tuvo algún tiempo los oficios de procurador y subasistente de la Casa Central y últimamente, desde 1947, el de Consejero Provincial.
Notas edificantes
Son en gran parte refundición de unas cuartillas que me han entregado compañeros suyos de la Comunidad de Barcelona. Pero —si algo vale el testimonio de quien convivió con él cuatro años en la Casa Central— doy fe de que así conocí yo también al P. José María Serrano y hago propias estas apreciaciones.
No vamos a negar que nuestro amado difunto tuviera sus defectos, defectos por cierto bien visibles y que por su mismo infantilismo aparecían más notorios pero también Inés perdonables. Tenía muchas casas de niño grande el P. Serrano. Y aquella su facilidad en dejarse convencer por el último que le hablaba un poco fuerte y aquel su natural prurito de contar y airear sus cosas de algún viso, como amistades con altos personajes (que de hecho tenía), etc., eran manifestaciones de éste su modo de ser que a mí me parecieron siempre desprovistas de malicia y aun de aquella vanidad de grueso calibre que tanto nos desagrada en los demás. En él, más que repugnar hacía sonreír, algo así como la vanidad femenina o las proezas que nos cuenta un niño.
Tenía, es verdad, sus pequeñas deficiencias que la malignidad humana tiende siempre a aumentar, pero sobresalían inmensamente sus buenas cualidades y virtudes dignas de ser aquí señaladas para edificación de todos, que para esto se escriben en Anales las noticias biográficas de nuestros difuntos.
Buena opinión entre los fieles. — Tiene eI valor de mi plebiscito cuando se trata, como en nuestro caso, de un misionero que se roza continuamente con los fieles por causa de su ministerio. «¡Cuánto lo encontraremos a faltar! ¡Era tan bueno!…» Así se oía exclamar a toda suerte de personas al conocerse la noticia de su muerte inesperada. Su confesonario era de los más frecuentados. Supo hacerse amar por Ia bondad de su corazón y con sus consejos siempre paternales llevó a Dios muchas almas.
He aquí el testimonio de uno de sus dirigidos, un eminente doctor de Barcelona: «El P. Serrano era realmente para mí un verdadero padre, y continuará siéndolo para siempre, pues en todo cuanto yo hago o dejo de hacer, hay siempre actuado o implícito el consejo o la norma de conducta que él me dio y me hizo aceptar con una bondad y solicitud inigualable. Sin él yo no sería hoy Io que soy ni sentiría lo que siento. Por esto, su pérdida es para mí tan sentida».
Otro caballero entró en la sacristía y con un sentimiento que no podía ocultar, entregó 500 pesetas para un trentenario de Misas Gregorianas en sufragio del alma del Padre Serrano.
Caritativo y servicial.—Era muy difícil encontrar un no rotundo en el P. Serrano cuando se le pedía un favor. Ordinariamente, estaba siempre dispuesto a complacer, a servir, a dar gusto. Si de momento decía que no, bastaba insistir un poquitín para que accediera, si no se lo impedían otros graves quehaceres o compromisos. Por esto, era el refugio universal, no tan sólo de los superiores, sino también de los compañeros que no pocas veces abusábamos de su bonachona condescendencia.
Así para la celebración de la Misa a hora incómoda; así para ir a la estación o esperar en casa a los viajeros nocturnos, así para el recado urgente o la espera enojosa en un ante-despacho, así para el sermón «sorpresa», así para acompañar al misionero en tránsito que desea mi «cicerone» amable en su visita a la ciudad, así… siempre, sin consultar ni su bolsillo ni sus comodidades, y sin detenerse a ponderar la santa «explotación» de que era objeto en una edad en que ya muchos no están para demasiados paliques ni ceremonias.
Desprendido y generoso.—Este mismo espíritu de caridad le impulsaba a verdaderos actos de desprendimiento y generosidad que hacía con una alegría que le rebosaba por todos los poros cuando con ello conseguía alegrar a un compañero y más a toda la Comunidad. Tenía en ello una verdadera debilidad un poco excesiva e ingenua en ocasiones. ¡Con qué gusto iba él a buscar unos dulces o cosa parecida para celebrar un acontecimiento agradable u honrar a un compañero en el café doméstico! ¿Y no es esto hermoso y clara expresión de su amor fraterno y de una gran generosidad?
Pasó mucho dinero por sus manos, pero murió con apenas unas pocas pesetas. Casi todo lo dio o lo gastó para los demás, un poco pródiga y desordenadamente, si se quiere, pero ¿no suelen pecar un poco o un mucho de esto los grandes limosneros y los santos?
Lo que hacía con su dinero, hacía con todo lo demás: libros, enseres, pequeñas chucherías a que uno suele aficionarse tan aferradamente. Se desprendía de ellas con la mayor facilidad y naturalidad, y hasta se le veía gozar en hacer contento con aquellas cosas a los demás, aunque después le hicieran falta a él.
En los vestidos, habitación, comida, trato de su persona, nunca fue exigente ni remirado. Se contentaba con cualquier cosa y sabía sufrir sin queja las privaciones y mortificaciones que impone la pobreza religiosa.
Espíritu de familia.—Era, a mi modo de ver, una de las cualidades más hermosas y dignas de imitación del buen Padre Serrano. Su presencia contribuía a la alegría y al buen humor. Nunca solía vérsele taciturno ni malhumorado. Reía de buena gana las gracias de los demás aunque —como acontecía no pocas veces— él fuera lo que vulgarmente se llama »el sac del cops», el blanco preferido por su bonhomía y paciencia. Sobre todo, los misioneros jóvenes nos excedíamos a veces en bromear a su costa —y el que esto escribe confiesa en esto su pecado— sin que él se manifestara nunca ofendido ni disminuyera el gran aprecio que nos tenía.
Manifestación de su espíritu de familia era el recibimiento y las muestras de satisfacción con que saludaba y atendía a cuantos llegaban a la Casa Central y aún a los que regresaban de un pequeño viaje, congratulándose con ellos de los éxitos obtenidos en el ministerio.
Amaba y fomentaba las santas expansiones, que son la sal de la vida común.
Su trato efusivo, optimista, jovial, su risa franca y comunicativa, es una nota que creo se habrá notado a faltar en la Comunidad de Barcelona.
En la intimidad inspiraba confianza, y eran muchos los que descansaban en él semanalmente su conciencia.
Acudía puntualmente a la oración de la mañana y a los actos de Comunidad, a pesar de que le costaba sobreponerse al sueño debido a residuos de la grave anemia que antes hemos mencionado.
Amó a la Congregación y en particular a la Provincia. Tanto aquí como en América, procuró poner todo su leal saber y entender en servirla con abnegación e inteligencia, ejemplar disposición aprovecha la últimamente por los Visitadores en la fundación o restablecimientos de la Casa de Moteolivete y en el puesto de Consejero Provincial.
La muerte lo encontró precisamente mientras estaba en Madrid cumpliendo una misión de confianza que le había sido confiada por el P. Visitador. Se sentía mal, pero llevado de su gran espíritu d servicio que ya antes hemos subrayado, partió contento para no volver. Murió, por tanto, trabajando por la Provincia, “con las armas en la mano”, en expresión de San Vicente, en acto de servicio, diríamos hoy.
Descanse en paz el siervo bueno y fiel y reciba en el seno de la Misión del Cielo el premio de tantas dulces alegrías como hizo disfrutar su bondadoso corazón a la Misión de la tierra.
Nicolás Pascual







