José Ibáñez Mayandía (1877-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
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Hombre sin miedo, forzudo, de arrestos, audaz, generoso, de grande y firme voluntad, «indomable, impávido, tallado en bloque granítico, arranque de héroe y empaque de caudillo’.

Era de mediana estatura, chaparro, de temperamento san­guíneo, andar firme y seguro, bien alzado el cuerpo, con un defecto notable en el ojo derecho, tanto que le hacía aparecer como tuerto.

Aragonés de pura cepa se decía y, realmente, lo era, no ya sólo por su nacimiento —era natural de Puebla de Híjar (Teruel)—, sino por cuanto en él estaban como grabados a cincel los valores y los defectos del tipo de Aragón.

Hijo de Pedro Juan y de Quiteria, había nacido el 26 de agosto de 1877. Adolescente, ingresó en la Escuela Apostólica de los Paúles en la ciudad de Teruel. Empezó el noviciado para Misionero el 18 de abril de 1893. Hizo los votos el 27 de agosto de 1895. Realizó sus estudios eclesiásticos en Madrid (Chamberí). Se ordenó de Menores el 21 de diciembre de 1900 y de Subdiácono al día siguiente. Recibió el Diaconado el 23 de marzo de 1901 y subió al altar santo, Sacerdote, el 1 de junio del mismo ario.

Sus destinos: Tres años en la Iglesuela del Cid (Teruel); dos años en Tardajos; otros dos en Avita; cuatro en Orense; nueve en Alcorisa, siempre dedicado a la predicación prefe­rentemente misional por pueblos y aldeas.

Desde 1921 a 1923 estuvo en Africa, al servicio de las Hijas de la Caridad ¡Con qué fruición recordaba su estancia en estas tierras marroquíes!

Los cuatro años posteriores dio Ejercicios a Hermanas en diversas poblaciones de la Península.

El 24 de septiembre de 1927 llegó a Cádiz, como miembro de la Comunidad de aquella ciudad, y el 29 de junio de 1928 fue nombrado Superior de la misma. Cesó en dicho cargo en 1935 y fue trasladado a Zaragoza primero y luego a Madrid, para Asistente del Superior de la Casa Central.

Pláceme copiar aquí una de sus cartas, pues ella reflejará para los avisados lectores algunas de’ sus características face­tas. Está escrita desde el Asilo Reina Victoria, en San Sebas­tián, con fecha 14 de julio de 1925. Dice así:

«La gracia del Señor sea siempre con nosotros.

«Mi muy estimada e inolvidable Sor Carmen: Muchas ve­ces he pensado escribir a usted, y sin poder decir que la pe­reza o las ocupaciones me lo hayan impedido, se han pasado los meses.

«Hoy, ya no puede ser; tengo muy presente el día 16, fies­ta de la Santísima Virgen del Carmen, y hago memoria de las Cármenes, entre las cuales hallo a mi antigua compañera de penas y trabajos.

«Que lo pase muy feliz, y Dios la bendiga, como hasta el presente. Puede figurarse cuán de corazón pediré por usted, conociendo los peligros en que se halla, y los deseos que tengo de que sea una santa.

«¡Pobrecita! Ha quedado V. sola de las diez que llevé el último día del año 1921. Usted tan delicada siempre y ha sido ahí la valiente, la constante, la imperturbable, la inquebran­table a los choques de las inclemencias, de las enfermedades y del clima.

«He visto varias veces, y ha hecho ejercicios conmigo Sor Paradela, y muchas de Larache están, aquí o muy cerquita. Haga V. porque la traigan; casi cuatro años son méritos suficientes para llevar con honra muchas cruces, además que es bueno que otras prueben esas tierras.

«¡Cuántas veces me acuerdo de la última vez que fui a esa casa! Era el último día de este mes y creí morir asfixiado. Me aseguraron había 52 grados a la sombra y 73 al sol; yo sólo sé decir que al bajar del tren me pareció respirar fuego, me tapé la boca con un pañuelo doblado, y sólo de trecho en trecho miraba un poco para no desviarme del camino.

«¡Qué diferencia de esto, donde estos días hemos tenido frío, y se puede pasear a cualquier hora del día!

«Como no conozco a ninguna H.a de las que componen comunidad, no puedo decir cosa particular.

«Cariñosos recuerdos a todas, en especial a su Sra. Supe­riora, quedando de V. afmo. s. s. y H.° en San Vicente,

José Ibáñez, C. M.»

Espiguemos en su anecdotario, abundante en gestos de sin­gular bravura.

La malhadada República puso bien a prueba su paciencia. Y él era de los de El Siglo Futuro.

En el alumbramiento de la Niña, hecha de pronto mujer bravía y salvaje, cuando los incendios de iglesias y conventos en Cádiz —1931—, el P. Ibáñez se parapetó bien detrás de la puerta de la casa, acompañado de otro individuo de la comu­nidad de la cual era Superior, también de los arriscados de veras, y, dejando aquélla entreabierta, esperaron a «los ma­jos»…, que no llegaron; en vista de lo cual, ellos, terminada la vorágine revolucionaria, cerraron bonitamente la puerta y se quedaron tan satisfechos, como Don Quijote cuando los leo­nes le tuvieron miedo. «¡Leoncitos a mí!» A buen seguro que si aquellos perros republicanos se acercan nada más que a ladrar a las barbas del P. Ibáñez…

El 3 de mayo de 1936, ya en Madrid, recibida noticia del criminal incendio de las Escuelas del Pilar en Cuatro Cami­nos y de los atentados contra las Hermanas, acompañado de un Hermano de su Comunidad —por ausencia del Superior, hacía las veces de tal—, se personó inmediatamente en el lu­gar del siniestro. Eran las once y media de la noche.

Y al día siguiente, corriendo el reguero incendiario hasta su misma casa de García de Paredes, creyendo que asaltarían los forajidos la casa por la parte de la huerta, como más asequible, tras un portón los estuvo aguardando impertérrito, armado de un estaca.

Por eso fue mayor, imponderable, la rabia que le produjo el verse cacheado y manoseado, sin poderlo remediar, por «aquellas piojosos», que él decía acompañando las palabras con un rictus de concentrado furor y repugnancia enorme, en paseo de investigación por las calles de Madrid, en la tarde del 18 de julio del mismo año 36. ¡Asquerosa pesadilla! Al oírle relatar el caso, se adivinaba la lucha que en su interior enta­blaban el arrojo y la prudencia.

Al par que valiente era generoso. Y por generoso se con­virtió en protector de unos cuantos falangistas amenazados de muerte, y los admitió en casa. Pareció a alguien imprudente su conducta, porque —se decía— aquellos muchachos comprome­tían a toda la Comunidad. Realmente, fueron imprudentes y desconsiderados, y por ello, con sentimiento profundo, se vio obligado el P. Ibáñez a despedirlos. Pera, ¿no ha habido que lamentar tantas cobardías y tanto miramiento a no compro­meterse, cuando se trataba de nosotros, los sacerdotes, los re­ligiosos, que comprometíamos —decían—, y, por ende, nos dejaban en la calle? Y si muchos no caímos, en horas trágicas, presa de las iras persecutorias, ¿no fué quizá porque hubo quien jugó al compromiso y nos amparó?

Cuando el asalto a la casa en la noche del 24 de julio, dio el P. Ibáñez la cara como Superior; en calidad de tal sufrió un minucioso interrogatorio de los jefes de la cuadrilla y, des­pués, acompañolos en el registro general, y supo mantenerse sereno y prudente. En marzo de este año había escrito:

«Mucho agradezco su felicitación, y más sus oraciones por necesitarlas más que otras veces, para que el Señor me dé su fortaleza y resista a todos los enemigos que vengan con malas intenciones.»

No eran buenas las que animaban a los asaltadores de esta noche memorable. Y los supo resistir con la fortaleza que pedía al Señor, que no es precisamente la fuerza de los puños, en horas tan trágicas y de la máxima responsabilidad.

Visto lo insostenible de la situación por el suceso a que aca­barnos de aludir, que nos colocó al borde de una magna catás­trofe, cada día más cercana a una probable realidad, dispuso el P. Ibáñez que todos abandonáramos nuestra solariega mo­rada, y él fue despidiendo a cada uno en el umbral interior de la puerta. ¡ Cuánto le debió de costar tomar tal resolución, que suponía un fracaso para su, llamémoslo capricho, instin­tivo de capitán defensor y liberador de los suyos!

¡Y después de habernos ilusionado con que aquella maña­na de la festividad del glorioso Apóstol Santiago las campa­nas todas de la población habían de lanzar al aire sus voces broncíneas, para corear nuestros vítores a las columnas vic­toriosas que del norte bajaban!

Todavía durmió el P. Ibáñez aquella noche en casa. Su va­lentía se rebelaba contra la triste realidad. ¡Cómo le costaba convencerse de que aquello había terminado, que ya no se repe­tiría el caso del 4 de mayo!

Al amanecer el día 26, domingo, no salió a celebrar la Santa Misa a primera hora, como lo venía haciendo, en calidad de primer capellán de convalecientes, pues había convenido con el segundo, el P. Martín, que, pues éste pernoctaba allí, altera­rían el orden. ¿Razón? Se estimaba menos peligroso salir de casa a plena luz que entre dos luces. Mas el hombre propone y Dios dispone. De haber seguido la costumbre, quizá no hubie­se pasado nada, y así…

A las siete de la mañana pululaban ya por la entrada de las Escuelas Católicas, García de Paredes, 37, convertida en «Ateneo Libertario de la F. A. I.», multitud de milicianas, en­tre los cuales había quien conocía al P. Ibáñez. Al ver salir a éste de casa regodeáronse ante la perspectiva de la codiciada pre­sa, y, al efecto, esperaran a que pasara delante de ellos, como tal vez imaginaron; pero el Padre entró en la finca de Convale­cientes por la puerta que da a García de Paredes, lo cual visto, ante el temor de que se les escapara, corrieron y le echaron mano, cuando todavía estaba en la huerta.

—¿Adónde lo han llevado? Era el interrogante angustio­so de los que bien le queríamos. Se nos decía que al edificio del Colegio Salesiano del Estrecho. Lo cierto, cierto, ¿quién sino Dios lo sabe? Es probable lo siguiente:

En Convalecientes estaban refugiadas unas monjitas fran­ciscanas de Aranjuez. Conocían bastante bien, al P. Ibáñez de haberle visto celebrar durante algunos días en Convalecientes mismo la Santa Misa. Pues bien, alguna de estas monjitas dice haberle visto pasear, el día 27 de julio, por el corredor de las Escuelas Católicas, una de cuyas ventanas da a la huerta colindante con la finca de Convalecientes, y da el detalle de que iba en mangas de camisa.

Y en ese día o el siguiente (no pueden precisar), no una, sino varias de dichas monjitas, Sor Cira, Hija de la Caridad, y un empleado del Asilo, contemplaron, con horror, que un grupo de milicianos sacaba del lavadero un envoltorio grandey lo llevaron hacia el noreste de la huerta. La Hija de la Ca­ridad tuvo que retirarse en seguida de la ventana, porque uno de los milicianos apuntó con el fusil hacia ella y aun vestía el santo hábito. Las monjitas y el empleada pudieron seguir viendo la escena, ocultos por las persianas.

Y la escena fué horripilante y macabra: soltaron los mili­cianos el envoltorio, y apareció un cadáver atrozmente muti­lado: segada la cabeza y separadas las extremidades del tronco. El crimen debía de haberse perpetrado momentos antes, pues el tronco se conmovía.

Echaron estos humanos despojos en, una fosa abierta re­cientemente y, como ésta fuese poco profunda y el cuerpo grueso, abultaba éste sobre la superficie. Para hundirlo, sal­taron sobre el túmulo, primero; mas, en vista de que no ce conseguía el intento, uno de los infames sepultureros dio va­rios golpes de pico contra el cuerpo, para vaciarlo, y ¡surti­dores de sangre roja se elevaron clamando al Cielo!

El cadáver pareció a los testigos ser del P. Ibáñez, espe­cialmente la cabeza: calva y con mechones, o mejor, cerqui­llo de pelo semicano.

Y nada más se ha sabido de su suerte, si no es otro rumor que supone haber visto el cadáver en las tapias del Retiro.

Al terminar la guerra, hiciéronse excavaciones oportunas para hacernos con los gloriosos restos; mas sin éxito. Volvióse a la carga en noviembre de 1941, por afirmar uno de los testi­gos que no se había cavado precisamente en el sitio donde es­taba, y hoy se puede afirmar que no está el cadáver en la huer­ta, porque toda ella se ha removido.

¿Qué ha ocurrido, pues? Pudiera ser que los mismos mi­licianos u otros lo trasladaran, y quizá a poco de enterrarlo, moviéndoles a ello seguramente el pésimo olor que al empe­zar la corrupción infestaría el ambiente, máxime teniendo en cuenta que, como se ha dicho, estaba enterrado a flor de tie­rra y eran los días más calurosos del año.

Aquí podía terminar la relación del martirio del P. Ibá­ñez; mas no podemos resistir al impulso de trasladar a este lugar la descripción realista y viva y al mismo tiempo com­plementaria de lo arriba expuesto, salida de la pluma maes­tra del P. Franco.

«La refinada maldad de los torturadores inventó un, nuevo suplicio. El día 27, tres fosas desgarraban el suelo. Le obliga­ron a trenzar sus bordes en greca macabra de paseo. Frente a las fauces del sepulcro, que le iba a devorar, pensaron sonsa­carle un secreto. ¿Las fantásticas riquezas de los frailes? ¿Las posadas que eran sus albergues? Su hermetismo les encoraji­nó. Se detuvieron en el ángulo sur del patio. Allí se abría la huesa que le destinaban. Se hundían sus pies en la tierra re­movida. Blasfemias, insultos, golpes eran la marcha fúnebre. El, esposadas las muñecas, doblada la cerviz y erecto el busto, permanecía impertérrito: antes enronquecieron y se fatiga­ron ellos que él de callar y sufrir.

«En la mañana del 28 todo estaba consumado. Del lava­dero sacaban un bulto en, una sábana que chorreaba sangre. Era la procesión del mártir. Como espeluznante lámpara vo­tiva, una mujer portaba un cubo. En, él relucía una calva enor­me veteada de ramalazos rojos y temblantes. Unos ojos vi­driosos y unos labios contraídos infundían estupor. Se cruza­ban unas extremidades como en un croquis vivo de la muerte.. Volcaron el corpachón en la hoya superficial y no cabía en ella. Unos azadonazos sobre él, para reducirle. Surtidores de sangre que les hacen retirarse para evitar las manchas. Aque­llos impetuosos borbotones delatan que el asesinato está recien­te. De otro modo, las profundas heridas que recibió, en pocos minutos le dejarían exangüe. Paletadas de tierra amortajan sus restos como un paño de altar.

«Así fue glorificado por el Dios de los fuertes el P. Ibáñez. Genio y figura hasta la sepultura, mereció una muerte a tono con su temple guerrero y tenaz. Fue el capitán que se obstina en no abandonar el barco hasta que la tripulación no se pone a salvo y cuando ya la cruz de la hélice quiere atornillarse en vano al mar y se paraliza en un brazo a los aires de la bo­rrasca. A ella se abrazó el capitán Ibáñez, como a una espada triunfal.»

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