Natural de Santa María de los Llanos (Cuenca), nació el 30 de julio de 1895. Sus padres se llamaban Juan Francisco y Cipriana.
«Huérfano de padre a los tres o cuatro años de edad, se ausentó, en, compañía de su madre, del pueblo de su naturaleza, sin volver más a él; pero que, según informes de personas fidedignas, es joven muy bien educado, de buenas costumbres, vida, fama y condición, no constando cosa en contrario.» Así rezan las testimoniales. ¿Pasó su adolescencia en Belmonte? Que él se decía natural de esta ciudad.
Estudió en nuestra Apostólica de Teruel. Hizo los votos el 9 de septiembre del año 1916.
Cursó Filosofía en Hortaleza, y Teología en Madrid.
Se ordenó: de Subdiácono el 28 de enero de 1923; de Diácono, el 4 de marzo y de Presbítero, el 27 de mayo del mismo año. De Subdiácono y Diácono fue ordenado por el Excmo. Dr. D. Julián, de Diego García Alcolea, obispo de Salamanca, en la iglesia de San Vicente de Paúl y de Sacerdote, por el Excmo. Sr. Obispo de Madrid, Dr. Prudencio Melo y Alcalde, en la Capilla de su Palacio.
Estuvo destinado cuatro años en Écija, tres en Granada y otros tres en Sevilla. También estuvo algunos meses de Misiones en Badajoz.
Al llegar a Écija se encontró con unas disposiciones un tanto rígidas del Entino. Sr. Cardenal con respecto a los exámenes previos para las licencias. Entre un grupo de examinados, sólo fueron aprobados dos, y uno de ellos era el P. Granado.
Desde que fue destinado a Écija el 18 de agosto de 1923 hasta el día de su muerte, estuvo dedicado a la predicación. En Écija fue asimismo Director de Hijas de María.
En Gijón, donde halló gloriosa muerte, vivía desde 1935. Y siempre con una preocupación que expresaba con frecuencia así: «¡Tengo un miedo a este Gijón!» ¿Presentía la cercana y terrible muerte?
Se nos dice que tenía un miedo cerval. Nada tiene de extraño. No era fácil, máxime viviendo en Asturias, olvidarse de la trágica revolución de octubre de 1934.
Así es como resplandece más el mérito de la obediencia a la superioridad que manda ir de aquí para allá, donde y conforme el servicio de Nuestro Señor lo requiere.
Antes de salir de Gijón, para predicar su último sermón, hablando de que parecía una locura y aventura por demás temeraria lanzarse por aquellos pueblos asturianos, tal como estaban las cosas (era el 15 de julio y había de predicar de la Virgen del Carmen), y añadiendo por su cuenta que tenía un miedo grande, alguien le sugirió que se lo manifestase al Superior; pero él se negó rotundamente, indicando que no quería oponerse ni indirectamente a los designios de Dios sobre él, manifestados en la obediencia.
Y dejo la palabra al P. Lozano, superviviente de aquella deshecha Comunidad de Paúles de Gijón, quien en mayo de 1937 escribía:
«… Había salido (el P. Granado) a predicar a un pueblecito de las cercanías de Luarca… Días y días pasaron sin tener de él una sola noticia. Inútilmente multiplicaba mis visitas al depósito de cadáveres, esperando encontrar el suyo en todo momento. Una noche, en un cafetucho, supe por los milicianos venidos del frente de Luarca, después de una gran derrota, que, a causa del avance de las tropas nacionales, el pueblo- en que había predicado el P. Granado había sido evacuado forzosamente por los rojos, y que de allí se habían traído a un cura, cuyas señas coincidían con las de nuestro buen Hermano.
«A la mañana siguiente se pusieron en movimiento algunas mujeres en busca de algunos de los refugiados de aquel pueblo. Pronto tuvimos noticias. El P. Granado había sido traído a fusilar en Gijón. Sublevados y desconcertados los rojos de aquel pueblo por las continuas derrotas que habían sufrido en sus cercanías, comenzaron a descargar su cólera en las gentes pacíficas de las aldeas.
«Avisado por el Párroco, el P. Granado, con sus hábitos sacerdotales, pues no había llevado ningún traje a prevención, se dispuso a ocultarse. Salió de casa en compañía del mismo Párroco, que ya se había vestido de aldeano, y a través de los campos se dirigieron a una casita aislada.
—Vaya usted a aquella casita, le dijo el Párroco; que yo iré a esconderme en otra.
Como un, mendigo, con la zozobra y la ansiedad pintadas en su rostro, nuestro Hermano llamó a las puertas de aquella casa que no. conocía, mendigando cobijo. Triste y sangrante realidad. Los que el Sr. Cura creía amigos, como tantos otros, en las horas de bonanza, se negaron a recibirle.
«Tenían miedo de verse comprometidos. El pobre Padre tuvo que volverse a la casa rectoral. Ninguna más conocía en el pueblo, adonde había ido por primera vez.
«Estaba sola la hermana del Sr. Párroco. Sola y atemorizada, se siente desfallecer, cuando vio llegar al que para seguridad suya había despedido hacía un momento. Lo recibió como las circunstancias lo permitieron, y se dispuso a esconderle. Todo inútil. Apenas habían recorrido la casa en busca de algún escondite seguro, una turba de forajidos comenzó a golpear la puerta, entre amenazas y blasfemias. Venían a por el Párroco y el fraile.
«Valiente, casi terrorífica la buena mujer, puesta en jarras en medio de la puerta, se opuso al paso de aquellos energúmenos, increpándoles vigorosamente. Aquellos ridículos aldeanos, que iban arrastrados y sin mando judicial ninguno (entonces aun se usaban ciertos trámites), lanzaron a la casa una mirada siniestra y volvieron sobre sus pasos. Iban seguramente en busca de una autorización del Comité de Guerra. Así lo entendió la pobre señora. Se lo comunicó al Padre, y le instó a que inmediatamente se escondiera en otra casa o en el monte.
«Fuera por falta de valor o por exceso de confianza, el Padre Granado se negó a salir a la calle. Horas después los energúmenos, en mayor número, exaltados con el documento ridículo en las manos y perfectamente armados, entraban en la casa arrollando a su defensora, se echaban sobre el pobre Padre desamparado y lo cargaban en una camioneta, para llevarle como un cordero al lugar del suplicio.»
Hasta aquí la narración del P. Lozano.
Nada cierto se ha podido lograr en posteriores averiguaciones.
Se insiste mucho en que es verdad que cuando le traían en la camioneta del pueblo (¿Soto del Barco?) hacia Gijón, milicianos y malas hembras le pinchaban por doquier en el cuerpo, y que al fin, al salírsele las vísceras, expiró antes de llegar a la sobredicha ciudad. Sin negar la posibilidad de tamaña muestra de fiereza, nos permitimos observar que más de una vez, ante el mesurado y justo examen de los hechos, han resultado enormemente exagerados informes de primera hora, trasmitidos en alas del terror pánico y recibidos en circunstancias en que el morboso afán por la pintura macabra dominaba los espíritus ganosos del desquite.







