José Cortés Forteza

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Nicolás Pascual · Year of first publication: 1950 · Source: Anales Barcelona.
Estimated Reading Time:

Biografias PaúlesTengo ante mi vista una fotogra­fía verdaderamente hermosa. En el centro, el busto de unos padres todavía en plenitud de vida. A su alrededor, formando bellísima corona, doce rostros jóvenes que son doce brotes de un hogar profunda­mente cristiano. Entre los doce se ven cuatro sotanas clericales y una toca religiosa. La toca corresponde a una Hija de la Caridad de la Congregación diocesana mallorquina; las cuatro sotanas, a dos estudiantes Je­suitas y a dos Paúles. Son éstos el H. Cayetano, cuya vida conserve el Señor largos años, y el P. José, cuya muerte prematura e inesperada para nuestra Viceprovincia peruana, dán­dose la coincidencia de ser éste el mayor de todos sus hermanos, y aquél el primero del segundo matrimonio, de don Ra­fael con doña Ana, hermana de doña Ignacia, madre del Pa­dre José.

Esta bella corona de hijos e hijas —cinco de ellos consa­grados a Dios— constituyen el mejor Diploma de Honor y la gloria más pura de sus cristianos padres.

Afincados éstos en la capital balear, Palma de Mallorca, allí vino al mundo su primogénito el 9 de noviembre de 1910, siendo bautizado al día siguiente en la parroquia de Santa Eulalia, muy próxima a su hogar.

Como un anticipo de la oratoria fácil y brillante con que iba a envolver el futuro misionero la palabra de Dios, hemos oído contar a su hermano que en una de las romerías familiares, al santuario de Lluch —la Virgencita morena cuya santa mon­taña escalan gozosamente casi cada año todas las familias ma­llorquinas—, José, niño entonces de unos diez años, subióse la una especie de púlpito excavado en la roca junto al lugar de la aparición de la Señora, y desde allí arengó con gran desparpajo a los presentes excitándoles al amor de la Virgen y apostrofando severamente a los vicios y pecados…

Ya mayorcito, perteneció a lana asociación juvenil —que suponemos sería la Congregación Mariana—, en la cual apren­dió, juntamente, una sólida piedad y el amor a los pobres en­fermos que visitaba en los hospitales periódicamente.

Y a los dieciséis años escasos, cuando tenía ya adelantados sus estudios de bachillerato, pidió ser admitido en la Congre­gación de la Misión.

Hijo de San Vicente

El noviciado de la Provincia estaba entonces en, su ciudad natal y en él vistió la sotana de misionero el joven José el día 5 de septiembre de 1926, demostrando en seguida que no se contentaba con la sotana, sino que quería también asimilar el espíritu de la Misión.

Dos años después vino a Espluga para sus estudios de Filo­sofía y Teología, emitiendo, con gran contento de su alma, los santos Votos apenas cumplidos los dieciocho años, el 10 de no­viembre de 1928.

Los que convivimos con él en esta época de sus estudios y formación —el que esto escribe le alcanzó todavía tres cur­sos—, conservamos del H. José Cortés un amable recuerdo. Porque fue siempre amable, bondadoso y servicial. Y además, piadosamente edificante. Durante algún tiempo se le aludió con un mote harto significativo: «el buen espíritu». Y el buen espíritu, al ser anunciado sotto voce en un corro donde la con­versación bordeaba caminos inconvenientes, tenía la virtud de cortarla inmediatamente. Y este mismo espíritu no permitió pudiera contársele jamás entre los ganados por el descontento, la crítica o la oposición a la autoridad en los pequeños choques inevitables.

Como prueba de este buen sabor de boca dejado entre sus condiscípulos por el joven, novicio y estudiante, he aquí este testimonio del P. Miguel Pique:

«Durante un año de noviciado y seis de estudiantado tuve la suerte de convivir con el P. Cortés. El recuerdo que con­servo de aquellos dichosos años, por lo que se refiere al que­rido compañero, es excelente sin ni un pero que oponerle.

Entró, sin pasar por la Escuela Apostólica, al Noviciado, y por lo visto nada le costó amoldarse a la nueva vida, tan distinta, que comenzaba. Su carácter bondadoso, complaciente, le hacía muy querido de todos. En las recreaciones era alegre como pocos y nos hacía pasar ratos inolvidables. Pocas veces me he reído más a gusto que oyendo al buen compañero imitar al órgano de la catedral tocando el famoso Tedeum del no menos celebrado organista Tortell. Con manos, boca y nariz, el buen Hno. Cortés conseguía un efecto mágico. ¡Cómo sona­ban aquellos «nasards» al natural! En días de recreación abu­rrida era casi de ritual pedirle que levantara un poco los áni­mos con sus imitaciones inimitables. Y él, amante y fomentador de la alegría fraterna, se prestaba gustoso a recrearnos ino­centemente.

Nos edificó siempre con su piedad, en la que descolló desde los primeros días que perteneció a la Congregación.

Creo que el mejor elogio que puedo hacer del biografiado es que, aunque quiera ser meticuloso y exigente, no puedo en­contrar, durante los muchos años que con él estuve, ni una palabra, ni una acción, ni el más pequeño roce del que pudiera sentirme herido o molestado. Y lo que afirmo yo lo podrán decir todos los compañeros. Nuestro cohermano habrá podido pre­sentarse delante de Dios sin haber dejado la menor ofensa contra sus hermanos. De aquí el profundo sentimiento que nos ha causado a todos su muerte prematura.»

Mediado ya el último curso de sus estudios, el 20 de abril de 1935, recibió en Barcelona, junto con sus dos compañeros de curso, los PP. Jaime Nadal y Andrés Pons, la unción sacer­dotal de manos del santo Obispo mártir Dr. Irurita, cantando solemnemente su primera Misa dos días después en la iglesia de nuestra Casa de Palma de Mallorca, cuna de su vocación misionera. La iglesia rebosaba de familiares y amigos, y ocupó el púlpito el P. Pablo Cortés, tío del misacantano,

Misionero en el Perú

Los quince años de su vida misionera en activo los ha vivi­do íntegramente el P. José Cortés en nuestras Casas del Perú, donde ha trabajado admirablemente —escribíamos en otra par­te— predicando con gran celo y competencia la palabra de Dios, gastándose sin medida al servicio de las almas de la in­diada y de las ciudades, y bajando prematuramente al sepulcro amando mucho cabía esperar todavía de él.

Embarcado en el trasatlántico «Orazio», en Barcelona, el I 1 de julio de 1935, junto con el P. Jaime Nadal, que se dirigía a su destino de Honduras, pisaba tierras de Pizarro, en Lima, el 31 del mismo mes.

«En el muelle estaban a esperarme —escribe pocos días después (Germanor, 1935, pág. 242) — los PP. Luis Bosch, de Mi­raflores, y Jaime Binimelis, de Mercedarias, acompañado de los cuales y en el auto de Miraflores partimos para Lima (desde el puerto de El Callao).

Recibimiento cariñoso el de estos cohermanos del Perú, saturado de amor de familia y de recuerdos de antaño, renova­dos hoy con el cariño y el amor de hermanos.

Después de los debidos saludos a la Comunidad de Mercedarias y del pequeño brindis, partimos el P. Bosch y el que suscribe hacia Miraflores, donde encontré a todos los PP. de la Comunidad sentados en su confesonario, atareados en la preparación de las almas para la Comunión general, que aquí se celebra los Primeros Viernes de cada mes con una solem­nidad que ustedes no pueden figurarse…

Tuve el gusto de celebrar la Misa de ocho del día 2, pri­mera Misa que celebraba en el Perú, y voy a guardar de este acto imborrable recuerdo. Una Comunión interminable de hombres, mujeres y niños, que religiosamente  se acercan a recibir el Pan de los fuertes todos los Primeros Viernes. Después de la Misa se expone a S. D. M., que queda expuesto durante todo el día con vela por parte de un gran número de devotos de su Sagrado Corazón; y por la tarde, a las seis, una función devotísima, consistente en Estación mayor, Rosario, Trisagio y procesión por el interior del templo, que va recorriendo su nave central entre un camino incontable de luces y mientras todo el pueblo, que llena el sagrado recinto, canta enardecido las alabanzas del Señor. Es algo emocionante…»

Hemos alargado algún tanto esta cita con toda intención, porque expresa las primeras impresiones que recibe el misio­nero novel en su tierra de adopción, y porque pinta al natural una de tantas estampas de la abnegada y fecundísima labor apostólica que incansablemente estuvieron realizando en toda el área de la ciudad miraflorina durante unís de veinticinco años los PP. de nuestra Viceprovincia peruana, que de la nada supieron forjar una cristiandad modelo, señalada repetidamen­te por la Jerarquía corno la mejor del Perú, cuyas corrientes de espiritualidad y apostolado remansan hoy sus aguas en un doble centro, la iglesia matriz, cedida a la Provincia de Madrid en 1945, v la nueva iglesia y casa San Vicente, que levan­taron de planta y regentan todavía los PP. de la nuestra.

Pasados unos días en Miraflores y Lima, el P. Cortés fue destinado a Tarma, en el corazón de los Andes. Tarma, con toda su región, extensa como una gran diócesis —irnos ocho mil kilómetros cuadrados, tres parroquias, ocho distritos y más de sesenta pueblos, caseríos y haciendas, cada uno con su igle­sia o capillita—, es otro de los puestos donde el celo, los sudo­res y fatiga apostólica de nuestros misioneros del Perú se han prodigado con generosidad y sacrificio sin límites, bendiciéndolos el Señor con grandes frutos de regeneración espiritual que los nativos son los primeros en apreciar.

En una carta-crónica de principios del año siguiente, con­taba el P. José a sus antiguos compañeros de estudios (cf. Germanor, 1936, pág. 52) las impresiones de sus primeros contac­tos con los indios visitados en su propio ambiente.

Y anotaba esta reflexión: «La vida en una parroquia como esta de Tarma, con sus inmensidades que recorrer y con sus miles de almas ignorantes de todo, es una vida pesadita, pero no deja de tener sus consuelos que a uno le alivian algo esos trabajos».

En otro lugar de su crónica se entrevé que una de las cosas que unís siente en sus excursiones misioneras a través de los montes y quebradas andinas es la soledad y el aislamiento opuestos a su carácter tan expansivo y jovial en la intimidad de la vida de Comunidad. Tengo para mí que éste es uno de los grandes sacrificios de la vida del misionero destacado en los puestos avanzados de las misiones u obligado a largas correrías apostólicas para visitar a sus cristianos diseminados en extensas jurisdicciones.

Una de estas excursiones misioneras, la de la Cuaresma de 1936, la narra con profusión de detalles en una carta fami­liar fechada el 1.0 de mayo y que cierra el último número de Germanor que publicó la oficina tipográfica del estudiantado en vísperas de la guerra de liberación.

Esta santa Cruzada española hizo vibrar intensamente la libra patriótica del misionero que siempre amó como buen hijo a la tierra de sus padres y que ahora desde lejos se crecía en su u icor y santo orgullo

«contemplando admirado — dice — estas proezas de las que parecía incapaz la raza española, que, según decían algunos cobardes, había decaído y era incapaz de las hazañas por otros realizadas… ¡ Cuántos heroísmos, cuánta bravura y cuántas cosas que no se saben, o bien porque no pueden decirse, o bien porque tan sólo Dios las ha registrado en los anales del heroismo que merece premios eternos!… Una felicitación efu­siva a los héroes nuestros… Desde aquí me descubro y militar­mente les saludo como a héroes de mi España querida.»

Esto lo escribía desde Lima, en octubre de 1937, cuando llevaba ya alrededor de un año destinado en nuestra parroquia obrera de Mercedarias, en la que permaneció hasta principios, de 1040 desarrollando una activa labor religiososocial, como vicario coadjutor,

«Nosotros, por aquí trabajando, como siempre, con ánimo creciente, en bien de estos pobres de Mercedarias_ Tenemos en todo auge las cuatro ramas de la Acción Católica, y no ha mu­cho se fundaron los dos grupos de Cruzados Eucarísticos, niños y niñas. Por otra parte, nuestro trabajo entre los jóvenes obre_ ros aumenta cada día, si bien es lo más consolador por los frutos prácticos que uno recoge entre ellos. Tenemos una bri­gada de unos ochenta boy-scouts, que son la esperanza de ma­ñana en este barrio eminentemente obrero.»

Algo significará en relación a esta labor religiososocial eI hecho de que, al celebrarse en la capital peruana solemnísimo triduo conmemorativo del bicentenario de la canonización de San Vicente N. S. P., fueran escogidos para desarrollar los te­mas «San Vicente -de Paúl y la clase obrera» y «San Vicente de Paúl y la asistencia social», el Superior-Párroco de Mercedarias, P. Luis Bosch, y su Vicario, P. José Cortés.

El catálogo de 1940 sitúa aI P. José en Pisco, la fundación más meridional de la Provincia en el Perú, que ahora podrá disfrutar poco tiempo del activo y piadoso misionero, pero que más adelante lo verá volver como Párroco, será- testigo de su afanoso y cotidiano quehacer apostólico, gastará sus postreras energías y guardará piadosamente sus despojos mortales como uno de sus más preciados tesoros,

Antes de que termine 1941, los superiores devuelven aI P. José a su primer destino de Tarma, donde esta segunda vez va a permanecer por espacio de más de cinco años, Ios dos últimos (1945-194W como superior.

Al P. Andrés Pons, uno de sus condiscípulos desde el pri­mer día de noviciado y durante todos los años de estudio, y su compañero en estos años tarmeños de vida parroquial y misio­nera entre los indios de las abruptas serranías de los Andes peruanos, agradezca el lector, con nosotros, esta sentida sem­blanza que nos envía del P. José. Dice así:

«Cinco años largos conviví con el P. José Cortés en Tarma: desde fines de 1941 hasta febrero de 1917. Y pude comprobar en todo momento la bondad de su carácter, su observancia regular, su espíritu de trabajo, su abnegación y celo por la gloria de Dios y salvación de las almas.

Era el P. Cortés de carácter bondadoso, jovial, franco y optimista por temperamento. Brillaba en toda su persona la ingenuidad de un niño, y brotaba de sus palabras y obras una sencilla y natural espontaneidad, que reflejaba la transparen­cia de un alma sin doblez ni malicia y la hermosura de un cora­zón sin hiel ni trastienda. Jamás empañó la buena armonía y unión fraterna entre los cohermanos, haciendo gustar de las delicias -del «quam bonum et jucundum habitare fratres in unum».

Era muy asiduo a la oración de la mañana y demás actos de Comunidad. En distintas oportunidades pude observar su fidelidad a los Santos Votos. Edificaba por su desprendimiento de los bienes terrenos, hasta tal punto, que en más de una ocasión en que recibiera «dinerillos» de sus familiares, muy pronto los invertía en obras de caridad o en la compra de ense­res útiles al Misionero, en particular libros, por los que sentía una laudable «debilidad», y con cuya lectura asidua, —o, por mejor decir, diaria— había alcanzado un grado más que regu­lar de ilustración y cultura que utilizaba maravillosamente en sus predicaciones. En materia de castidad, ni una tilde ensom­breció jamás la virtud angélica ante propios o extraños. Se manifestaba su obediencia a la menor sugerencia de los Supe­riores, ya fuese con miras al régimen interno o se tratase de labores ministeriales en la vasta Vicaría Foránea, cuya asis­tencia espiritual, por la escasez de personal y continuas sali­das al campo, exigía de ordinario espíritu de trabajo y no pe­queña, dosis de abnegación y sacrificio.

Puso íntegramente al servicio de Dios y de las almas los buenos talentos con que le dotó el Señor. Por su carácter bon­dadoso y jovial, gozaba de merecida simpatía entre todos los Feligreses. Puede decirse que estaba habitualmente preparado para subir al púlpito, o cuando menos, bastábanle un par de horas para componer y echar un sermón, en cuyo menester se desempeñaba muy bien, ayudado por ciertas cualidades inna­tas —palabra fácil, imaginación brillante, inteligencia despe­jada—, cualidades que utilizaba para instruir y conmover a las almas. ¡Qué ardor y unción pondría en sus palabras, cuan­do en cierta ocasión, predicando en nuestra iglesia de San Vi­cente de Surguillo un triduo a los Obreros del Sagrado Cora­zón, prorrumpieron éstos insospechada y espontáneamente en una ovación cerrada al terminar el Padre uno de sus sermones sobre temas sociales!

Activa y múltiple en todo momento la labor ministe­rial realizada en Tarma, pese a frecuentes dolencias que a ve­ces limitaban, muy a pesar suyo, sus ocupaciones parroquiales. Terminada la, oración de la mañana, era de los primeros en acudir al confesonario, donde, breviario en mano, aguardaba a los fieles madrugadores en demanda de perdón. Esclavo del despacho, en sus horas de turno, atendía amablemente a to­dos, y dejaba al día los libros parroquiales. Acudía presuroso a la llamada de cualquier enfermo de la ciudad o el campo. Cuidaba con regularidad y general beneplácito del Catecismo parroquial, de varios colegios, algunas asociaciones parroquia­les y demás obras particularmente encomendadas.

En una palabra, creo poder condensar su vida parroquial y misionera, su temperamento dinámico y amor al trabajo en estas palabras, que constituyen el mejor elogio de quienes se consagran a Dios y a la propagación del Reino de Cristo en las almas: «Brevi explevit tempore multa». Dios, al llamarlo para. Sí, antes de alcanzar la plenitud de la vida, habrá sin duda aquilatado sus méritos y virtudes.

» N o ha podido el buen P. José, como eran sus deseos, ce­lebrar este Año Santo en la Ciudad Eterna; pero Dios le ha llamado a. participar del eterno Año Santo en la Misión del Cielo.

Queden ahí, en las páginas de ANALES, estas sencillas im­presiones para edificación de sus lectores. Y en homenaje pós­tumo y personal al cohermano desaparecido, sean al mismo tiempo colocadas sobre su tumba recién abierta, como delica­das siemprevivas del afecto sincero y fraterno de un compañero de estudios y de afanes apostólicos en tierras peruanas.»

En el diario íntimo del P. José hay esta página, escrita en Tarma, que es fiel retrato de su alma misionera:

«Correr tras las almas sin descanso, pasando de las dulzu­ras ideales a las duras realidades… como en la vida de Cristo, sin pensar en sus propias comodidades, sufriendo los fríos de estos cuatro mil metros de altura, todo por salvar almas, para que fructifique la sangre redentora de Cristo. ¡Señor!, dadme fuerzas y valor para seguir en mi duro ministerio, sin acordar­me de mí, tan sólo pensando en que Vos me precedisteis y que la única razón de mi (vida) es salvaras muchas… ¡muchas almas! Y por lo menos haré todo lo que pueda de mi parte. ¡ Qué consuelo es en la vida sacerdotal pensar que el premio se nos dará no tanto por los éxitos cuanto por la labor y los trabajos.»

Otra muestra íntima de su espíritu interior y de su sentir apostólico y misionero la encontramos en una carta escrita a sus dos hermanos Luis y Jorge, que acababan de ingresar en el noviciado de los jesuitas, en Veruela. Esté fechada en Tarma, a 7 de febrero de 1945, poco después de ser nombrado su­perior de la Comunidad. Dice:

Apreciados en Cristo: En mi poder sus dos cartas fechadas el 3 de octubre del año pasado, que llegaron a mis manos a principio de este mes, junto con una de nuestros padres.

Veo por ellas que la vocación que Dios les regaló tan bondadosamen­te se va fortaleciendo en sus almas. Ojalá estos buenos deseos se vean coronados por el más halagüeña éxito en tiempo no lejano.

¡Qué alegría ver cómo van dando frutos las santas enseñanzas que tuvimos la suerte de recibir en nuestro hogar! Y qué distinto es esto de lo que se ve por estas tierras, donde la mayor parte de los hogares se hallan destrozados por las malsanas doctrinas modernistas.

Yo creo que mientras nosotros, los Misioneros, vamos predicando por aquí, una de las obras de celo que les toca a ustedes más de cerca es no cesar de pedir a Dios por la restauración cristiana de las familias.

Mucho me ha gustado la idea de Luis sobre la Liga de los cinco. Ade­lante y a confiar de veras en las palabras del Maestro sobre la eficacia do la oración confiada. Yo no sé si vosotros habréis leído el libro del Podre Heredia, S. I., «Una fuente de energía». Lo que es yo lo he leído no sé cuántas veces y él me ha convencido, aún más de lo que lo estaba, dé la fuerza incomparable de la oración de petición cuando ésta es de veras confiada.

¿Noticias de por acá? Las que podéis imaginares en una parroquia cual como la de Tarma, que, situada en el mismo corazón de los Andes, tiene olla extensión de 8.000 kilómetros y que, de los 52.000 habitantes con que cuenta, tan sólo 7.000 se hallan en la población, y los demás están es­parcidos en innumerables caseríos que hay que visitar ya sea para atender a los enfermos, ya para celebrar misas, ya para hacer las Primeras Comuniones en las diversas escuelitas que en ellos hay.

Vida movida y agitada que unas veces permite el uso del automóvil y otras hace necesario el empleo del caballo, subiendo y bajando cerros

Tarma se encuentra a 3.100 metros de altura sobre el nivel del mar pero hay pueblos a más de 4.000 metros, y otros que para llegar a ellos tienen altu.as de 4.300 y un poquito más.

Desde Europa no puede darse uno cuenta de lo que es esto. Ahora, por ejemplo, en el tiempo de Cuaresma, los Padres de la Parroquia visi­tamos todos y cada uno de los pueblos, distribuyéndonos el trabajo por quebradas.

Sale un Padre de la parroquia y se está ocho días fuera de Tarma, recorriendo caseríos, comiendo lo que le dan y durmiendo a veces sobro unos troncos, donde colocan ellos unos pellejos que a veces están llenos de piojos que no le dejan a uno pegar los ojos en toda la noche.

Vida eminentemente misionera que el mundo no puede comprender, pero que se lleva con gusto cuando uno piensa en el inmenso valor do las almas y en el premio de los apóstoles que trabajan por Cristo.

¡Qué hermosos son los pies del que evangeliza!

Rogad por mí para que, en medio de mis labores cotidianas, no me falte ni por un momento la gracia divina, que es la única que aguanta al Misionero en sus fatigas.

Llenaos ahora, en vuestro tiempo de formación y estudios, de esta piedad sólida y fundamental que tanta falta os hará después en medio de vuestro apostolado, ya que ella ha de ser la que después os dé fuer­zas sobrehumanas para correr detrás de las almas como el buen Pastor tras la oveja perdida.

Pero, ¿para qué extenderme? Santos y buenos directores tendréis vosotros que sabrán infundir en vuestras almas mucho mejor que yo estas máximas y normas que son la fuente de vida misionera para el mañana.

Aquí me tenéis a mí. Acaban de nombrarme Superior de esta Casa, y, sin embargo, estoy plenamente convencido de ser el último de ella, ya que estoy con Misioneros que llevan dieciocho y veinte años traba­jando entre estos indios, y están ya gastados, como quien dice, en estas lides difíciles y abrumadoras.

Mi único anhelo es trabajar y mi lema es que el Misionero debe esperar su descanso en el Cielo, donde Dios nos tendrá preparada la recompensa a todas las gotas de sudor que por El hayamos derramado.

Ojalá Dios conserve en vuestras almas el santo entusiasmo y opti­mismo que se deja traslucir en vuestras cartas para que pronto seáis sus Apóstoles más fervorosos juntamente con los que están con vosotros.

Un saludo muy cordial a los primos que están por allá.

Item: mis respetos a los Superiores de esa Santa Casa de Veruela, así como a los buenos compañeros.

No os olvidéis de mí ante Jesús Sacramentado, y yo procuraré acor­darme de vosotros en el Memento de la Santa Misa.

Vuestro siempre en Cristo y María Inmaculada. — José Cortés, C. M.

Su último destino

Cuando escribía él a sus hermanos: «mi lema es que el misionero debe esperar su descanso en el Cielo», no sospecharía él que este descanso iba a llegar muy pronto para el Pa­dre José.

La santa Obediencia lo llevó a Pisco de párroco en febre­ro de 1947.

La guadaña de la muerte segó su vida en la madrugada del 28 de mayo de 1950.

Pero, durante estos tres años, la ciudad de Pisco y su co­marca vallo constantemente fiel a su único anhelo: «tra­bajar».

Trabajar, darse, gastarse, consumirse… en bien de las al­mas. En el confesonario, perdonando y dirigiendo. Eli la cate­quesis y en la cátedra, enseñando e iluminando las inteligen­cias en formación. En el púlpito, sembrando ardorosamente la semilla del evangelio. En las organizaciones parroquiales, infundiendo alientos y empujando a la obra. En la casa de los enfermos, reanimando el espíritu y repartiendo bondades. En el campo y en la aldea, llevando a toda su extensa jurisdicción foránea el consuelo de su visita de padre y pastor…

En sus apuntes particulares hay este desahogo íntimo: «Vuelvo de un enfermo que no ha querido confesarse. ¡Cuánta necesidad de ser párroco a lo Cura de Ars! Y, sin embargo, veo que me voy mucho al exterior y muy poco al interior.»

¡Santa preocupación! Como en sus años de novicio y de estudiante, la piedad y la vida interior siguen siendo el afán y el anhelo de todos los días del misionero. Sólo así puede de­jar de ser peligroso el activismo absorbente de una vida que­mada toda entera en el horno del quehacer apostólico in­acabable.

Los pobres y clases humildes son otro de sus grandes amo­res. En la escuela vicenciana perfeccionó lo aprendido en su juventud.

«Podemos decir que hacer el bien —escribe uno de los misioneros de Pisco— era para él una verdadera pasión y una especie de necesidad. Su bolsillo sólo dejaba de abrirse cuando estaba sin blanca, que solía, ser lo ordinario por haberlo dado todo. No eran pocos los que, conociendo su flaqueza, acudían a él con fingidas necesidades… Era feliz cuando había remediado algún mal.

Sentía en el alma el extravío de los seducidos por la propaganda protestante. Un 15 de mayo escribe en su diario: «Estos últimos días he predicado contra el protestantismo, que tiene en Pisco cuatro centros.» Y añade: «iOjalá que las ora­ciones que pedí a los feligreses al principio de mayo, muevan al Sagrado Corazón a compasión por estos pobres y los ilu­mine!…» Un joven le decía a otro de los misioneros, después de muerto el P. José: «Desde que él vino de párroco, han dis­minuido mucho los protestantes. Predicaba muy frecuente­mente y hablaba (en particular) a todos los que sabía habían sido engañados.»

Entregado así a un intenso trabajo pastoral, junto con su superior, el P. Daniel Aubach, y otro compañero (no siempre), su salud acabó de desmoronarse por completo.

No había sido nunca, demasiado robusto el organismo del P. Cortés. Su cabeza le dió que sufrir desde muy joven. Estos dolores arreciaron durante su permanencia en Mercedarias, según una carta de su superior. Una bronquitis mal curada y peor cuidada iba minando poca a poco su pecho. En un plan de menos trabajo y más cuidados, hubiera sido fácil ciertamen­te prolongar bastantes años su vida, pero ni en Pisco ni en Mercedarias, ni menos en Tarma, era posible el descanso cuando cada misionero había de multiplicarse por dos y por tres para poder atender sólo a lo más imprescindible de los ministerios.

Por eso cuando los médicos exigieron este reposo y el Pa­dre fue a tomárselo por unos días en Ica, ya era tarde. Sucedía esto a fines de abril de 1950, y desde su retiro le escribía el en­fermo al P. Paveras el día 23, agradeciéndole su felicitación de San José:

«… Muchas gracias y siga rezando por mí, que de veras lo necesito. Le escribo la presente desde Ica, donde he tenido que venir por prescripción médica para curar estos bronquios míos después de dos bronquitis casi seguidas y con sus residuos as­máticos. Sea lo que Dios quiera y nada más.

Le agradezco sus noticias acerca de Mallorca. ¡Lástima de no haber ido por allá en este Año Santo! Ya me había hecho la ilusión, pero… esta escasez de personal que tanto nos ha hecho sufrir siempre, sigue poniendo la nota negra en todo.

Imagínese que nos vamos a quedar otra vez dos (solos) en Pisco, y con mi salud tan quebrantada, no sé cómo va a ser… Las obras marchan bien, a Dios gracias… Yo creo que usted no debía haberse ido a España. Verdad que se sufre mucho con la falta de personal para el trabajo, pero aquí se le quería mucho…

Encomiéndeme a Dios, que de veras lo necesita su siem­pre a. s. s. y hermano en San Vicente. — José Cortés, C. M.

Cómo fue su muerte

Volvió a Pisco y volvió al trabajo hasta que un día… Pero, mejor será copiar aquí íntegramente la carta del P. Aubach al señor Visitador P. Jaime Roca, escrita dos días después de la inesperada desgracia, sangrándole todavía el corazón.

«Pisco, 30 de mayo de 1950.

»R.. P. Jaime Roca, Visitador. – Barcelona – G. D. N. – Muy apreciado Padre: Con el alma profundamente apenada y el corazón oprimido, le escribo estas líneas para que cuanto antes sepa de la muerte de nuestro querido P. José. No me repongo todavía del susto que tuve y de la tremenda impresión recibida ante tal desgracia, pero les supongo a todos ansiosos de conocer detalles, ya que la fatal noticia, recibida por cable, les habrá dejado suspensos y desorientados.

»El P. José ha muerto, y ha muerto repentinamente. Se durmió en la tierra y a las tres horas despertaba en el Cielo. El día anterior, sábado (de Pentecostés, 27 mayo), en la dis­tribución de las seis Misas que entre los dos teníamos que celebrar al siguiente día, domingo, le tocó a él la primera, que es a las seis. Faltando un cuarto de hora para empezarla, noté que en la habitación del Padre no había todavía luz prendida.; y me alarmé., pues, según su costumbre, tenía que estar ya en el confesonario. Con todo, lo creí profundamente dormido por no haber oído su despertador. Pero, dado lo avanzado de la hora y faltando diez minutos para los seis, lo llamé, golpeé la Muerta de su habitación y nada. Pensé entonces que alto le habría ocurrido. Abrí la puerta, prendí la luz, y al verlo re­costado sobre su lado izquierdo, con la cabeza fuera y bien arropado, con la duda ansiosa de si estaba o no dormido, lo llamé moviéndolo al mismo tiempo. Era ya cadáver y una sola pieza lodo su cuerpo. Con su cabeza y manos frías tenía, con todo, mi cuerpo caliente. Desorientado y mortalmente impresionado por tan tremenda desgracia, salita yo en casa, no sabía a dónde dirigirme ni qué hacer. Le doy la absolución y corro en busca ele los santos óleos. Estuve como un minuto con mi dedo sobre frente sin acertar a pronunciar las palabras de la fórmula. Notifiqué nerviosísimo la fatal noticia al Secretario de la Parroquia y volé a la iglesia en busca de manos amigas y piadosas. Las cuatro Madres del Colegio y otras buenas personas vistieron el cadáver del P. José, arreglaron su habitación y me ayudaron amorosamente en momentos tan difíciles para mí. Sollozos y lágrimas a mares…

»La iglesia estaba, llena de gente. Di orden para que nadie se enterara de lo ocurrido, pues hubiera sido aquello una con­fusión espantosa, y como pasaba ya, de la hora, empecé la Misa. Cómo pude aguantar tan terrible golpe, no me lo ex­plico. Dios me dio fuerzas y terminé la Misa con la impresión y el dolor violentamente cautivos, pero que a poco estallaron en inconsolable llanto. En la habitación del Padre todos reza­ban sollozando. Lo tocaban conmovidos unos y pasaban otros el Rosario por sus manos. Doblaron las campanas y la noticia se propagó rápidamente.

»A las ocho tuve que decir mi segunda Misa. Era de fiesta (Pascua de Pentecostés) y de Comunión general. No había más remedio. Creí que no la terminaba, me fallaban las pier­nas, las manos me temblaban y se me iba la cabeza. Unos hombres me vigilaban por lo que me pudiera suceder. Entre suspiros y lágrimas pude terminar. Y a las diez mi tercera Misa para que todos cumplieran y encomendaran a Dios el alma del P. José.

Así, sin dolor, sin sufrimiento alguno, pasó de este mundo a la eternidad nuestro querido Padre. El duelo ha sido gene­ral y muy sentida la manifestación de pesar. Todo Pisco que­ría y admiraba a nuestro Párroco. Su cadáver fue velado en la iglesia día y noche por compactos grupos de fieles.

El primer abrazo de hermano y de condolencia lo recibí del P. Placencia, venido inmediatamente de Ica. En la tarde llegaron de Lima los PP. Mariano Pérez y F. Martínez. Para el funeral y el entierro del lunes llegó el señor Obispo de Ica y varios sacerdotes, quienes celebraron Misa de cuerpo presente. Los restos mortales del llorado P. José han sido sepultados en Pisco y en nicho obsequio de la Beneficencia.

Y pongo punto final para que ésta llegue cuanto antes a sus manos y sepa cómo ha muerto el P. José Cortés.

»De usted affmo. s. s. y…», etc.

Por su parte, el P. Mariano Pérez, Vicevisitador, nos es­cribía algunos días después:

«Amado P. Pascual: Ya ve usted, otro misionero más que muere con las armas en la mano y deja sus despojos mortales en la tierra de Santa Rosa de Lima y Beato Martín de Forres. Dios Nuestro Señor quiso llevarse a nuestro querido P. Cortés en la madrugada de Pentecostés a celebrar sin preocupaciones la Pascua del Espíritu Santo…

Puede imaginarse el golpe que todos recibimos al anunciár­noslo el teléfono. Envié en seguida al P. Martínez y horas más tarde fui un servidor. Encontré ya al P. nacencia, que estaba en lca. En la mañana del lunes fueron llegando sacer­dotes de Ica y el bondadoso señor Obispo, quien quiso celebrar la santa Misa antes del funeral.

Yo el obispo —dijo emocionado ante la multitud de fieles que oraban y lloraban ante el cadáver— voy a ofrecer el santo sacrificio por vuestro Padre que habéis perdido… y deseo que recéis el santo rosario durante la Misa.

El P. Placencia dirigió el rosario. Yo celebré la Misa de funeral. El señor Obispo la presidió. La iglesia estaba llení­sima de fieles.

El entierro constituyó la manifestación de duelo más gran­de que se haya presenciado en Pisco. Alguien insinuaba llevar el cadáver a Lima El pueblo entero suplicó que su Padre que­dara con ellos y se les concedió. El Obispo cantó el Responso pie despedida. La Comunidad presidió el duelo y el pueblo todo, virtualmente, nos acompañé hasta el Camposanto, tan hermoso, debido en buena parte al P. Esteban Pons cuando fue Párroco de Pisco.

Todas las autoridades, todos los colegios, grandes y chicos, seguían atribulados el cortejo fúnebre. Alumnos del P. Cortés cargaban con la caja mortuoria y los coprofesores llevaban las cintas. El conjunto fue tan edificante como pocas veces es dado verlo.

Era la glorificación de un bueno e infatigable hijo de San Vicente. En medio de nuestro profundo dolor, el Señor nos confortaba bondadosamente. El mismo señor Obispo, como me manifestó, quedó conmovidísimo ante tanto amor de un pueblo a su párroco.

El Señor lo ha querido premiar ya, siendo tan joven. Aca­temos su Santísima Voluntad. Supongo que alguien one le conozca, mejor que yo, escribirá su biografía. Yo diré solamente las virtudes principales que noté en él: Incansable en el tra­bajo ministerial, gran afabilidad y cordialidad para con todos, pródigo de la palabra de Dios; en los colegios de Primaria y Secundaria, entregado a la enseñanza religiosa, cautivándose el cariño de alumnos y profesores…»

Habla la opinión pública

Los periódicos de la ciudad y los de la capital recogieron y contentaron extensamente los actos, haciéndose eco del senti­miento de la familia vicenciana y de todo el pueblo pisqueño, y subrayando con fuertes trazos la ejemplaridad de nuestro misionero.

«Verdades», de Lima, resumía:

«Su obra en las parroquias de Miraflores, Mercedarias, Tarma y Pisco, todas regentadas por los Misioneros Lazaristas (Paúles), y en «San Vicente», de Surquillo, ha dejado huella indeleble.»

«Fue —dijo en su discurso de pésame el representante de la juventud católica— un hombre de corazón al que todos que­ríamos… Día a día, en su larga y fecunda tarea, esparcía la semilla del bien sin pensar jamás en la recompensa. Nos deja, a los que tuvimos la suerte de conocerlo, su magnífico ejemplo, el recuerdo imperecedero de sus bondades, su vida de lucha­dor incansable, su conducta de ministro de Dios, intachable…»

«Su vida ha sido segada —asegura otro dirigente católico pisqueño— en plena florescencia, cuando su inteligencia, sus virtudes sacerdotales, su entusiasmo, su gran jovialidad con­quistadora de voluntades, su amor al necesitado, su generosi­dad a toda prueba, prometían a la feligresía el invalorable caudal de su actividad pastoral.»

«Su espíritu sencillo y caballeresco —dice una nota perio­dística de «La Reforma», de Pisco— le había captado en esta ciudad las simpatías de todos… Fué un gran trabajador al servicio de la fe cristiana.»

Sobre todos los testimonios de condolencia recibidos por la Comunidad, merece ser destacado el del Excmo. señor Emba­jador de España en Lima, que es lo mismo que decir el de la Patria toda, condolida por la pérdida de un hijo que tanto la amó y la honró siempre en país extranjero. Dice así don Fer­nando Mª Castiella, en su carta de pésame al P. Aubach

«Con hondo y sincero duelo leo la triste noticia del falle­cimiento del R. P. José Cortés Forteza, tan admirado y que­rido de todos, así por sus virtudes religiosas como por sus méritos seculares, y que, al frente de su parroquia, hubo de realizar tan extensa y profunda obra apostólica bajo la sola ins­piración de Dios y de nuestra Patria.

Consolador es, en verdad… el hecho de que el velatorio y los funerales constituyeran tal manifestación de duelo, de re­verencia y de fe… Pero ha de consentirme, R. P. Aubach, que le haga un reproche: el de no haberme notificado oportuna­mente el triste suceso, para haber corrido al lado de Vs. Rs. y asistido, cuando menos, al funeral. Vuestra R. pondera muy bien cuánto es el aprecio que les tengo a todos y el que sin­ceramente guardaba para el P. José; pues sepa V. R. cuánto pesar me queda por no haber asistido a las exequias.

Me complazco en remitirle adjunto cheque por 250 soles para contribuir a la erección del mausoleo.

Me complazco también en elevar al Ministerio de Asuntos Exteriores (de España) cumplida relación del suceso, así como de los ejemplares de «La Reforma», donde se relata…

Reciba, R. P. Daniel, la sincera y emocionada expresión de mi pesar, y hágame el servicio de ofrecérsela también a los RR. PP. Paúles con el testimonio de mi verdadero apre­cio, etc. — Firmado: Fernando M.. Castiella.

El mausoleo, un símbolo

La ciudad de Pisco, centro de los postreros años misioneros del P. José, no se contenté con convertir en imponente mani­festación popular, presidida por el Obispo y autoridades, su entierro y funerales. Quiere que se perpetúe a través de las generaciones el recuerdo y la gratitud de todo un pueblo. Y hoy está ya levantándole un mausoleo precioso al misionero-hijo de San Vicente que tanto a todos amó y de todos supo hacerse amar.

Este mausoleo lo veo yo como un símbolo.

Son ya numerosas las tumbas de misioneros paúles de nues­tra pequeña Provincia cavadas en el Perú. Sus cenizas, mez­cladas con la tierra peruana, serán siempre un lazo sagrado y un abrazo de amor difícil de olvidar. Para nuestra historia, si ha de ser completa, darán materia para uno de sus capí­tulos más interesantes y ejemplares. Este mausoleo podrá ser, pura todo el noble país sudamericano, el recordatorio en piedra de cómo supieron trabajar y sacrificarse, vivir y morir por su patria de adopción, un puñado de héroes anónimos, hijos de Su 11 Vicente y de España.

NICOLÁS PASCUAL, C. M. Espluga, diciembre 1950

Anales Barcelona 1950, 395-411

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *