Joaquín Zubillaga Echarri (1899-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
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La primera vez que le vi fue en Guadalajara, el año 1921. Venía de Madrid, donde acababa de hacer el noviciado como Hermano Coadjutor de la Congregación de la Misión.

Alto, juncal, color pálido algo rosado, de mirada recogi­da, hablar reposado y juicioso, daba la sensación de ser un gran mozo y un buen muchacho.

Advirtiéronle de cierto peligro que podría tronchar su for­mación moral en ciernes, y él dijo resuelto: «¿Y para qué está la prevención contra el escándalo?» Frase que constituyó una revelación. Cifráronse en él esperanzas que no quedaron fallidas, a fe.

Dentro de tal marco se desenvolvió, en efecto, su vida religiosa.

La intuición infantil de los colegiales, tan certera en, tus apreciaciones, a las veces, cuando el juicio se efectúa de con­junto, sobre todo, en su definición ex cathedra, cuán feliz­mente presagió. Reíanse de momento los muchachos de aquél llamarles el Hermano Zubillaga a todos hermanos. El «Her­mano «Valentín», como invariablemente llamaba al aludido que gustaba de ayudarle, a su modo, en el oficio de albañil que entonces ejercía, se hizo proverbial. Y tras los jocosos co­mentarios y las inocentes bromas, el estribillo: «¡Qué bueno es este Hermano!».

Brillaba más su conducta por el contraste. Para que redun­de en su alabanza, como de premio le habrá servido en, el cie­lo, no hemos de silenciar que tres de los Hermanos que tra­bajaban con él de albañiles dejaban tanto que desear en su comportamiento, a pesar de llevar varios años de profesos, que tenían escandalizada a toda la comunidad. Sólo diré, para muestra, que cierto día se declararon en huelga como protes­ta de órdenes emanadas del Superior. Y aquel día, el H. Zu­billaga, a las órdenes de su maestro el H. Belascoain, trabajó como los demás días. Por eso, él perseveró en su santa voca­ción, mientras que los otros, sin tardar, la abandonaron, como no podía menos de suceder.

La .prueba con semejantes compañeros era difícil; pero salió triunfador.

Nació el H. Zubillaga en Echeverri, pueblecito del pinto­resco valle de Araquil, al nordeste de Navarra, anejo, en lo eclesiástico, a Echarren, el 31 de enero de 1899 fue bautiza­do el 1 de febrero. Confirmado, el 25 de octubre de 1902. Hizo la Primera Comunión el 20 de octubre de 1910. Todo en la iglesia de Santa María de Echeverri.

Sus padres, Celestino y Josefa. Su única hermana, la hoy Hija de la Caridad de San Vicente, Sor Benita.

Desde niño se distinguió Joaquín por su bondadoso carác­ter e inclinación a la piedad, atestigua su Sr. Cura párroco.

Su ingreso en la Congregación, de la Misión, efectuada el 2 de septiembre de 1919, parece impulsado por el ejemplo de su hermana y las Misiones que los PP. Paúles predicaron en el pueblo el año 1918.

Con motivo casi siempre de su principal oficio en la Com­pañía, albañil, tuvo varios destinos. Así, estuvo en Cuenca des­de 1923 a 1928; un año en Villafranca del Bierzo, el 1928; el 1929, en Madrid; el 1930, en Nueva York; el 1932 y 1933, en Petters Bar (Inglaterra); el 1934, en Pamplona; desde aquí fue enviado a San Sebastián, para cocinero.

Como nos hemos propuesto ser claros y decir toda la ver­dad, para no disimular la trayectoria de las almas por los ca­minos de la santidad, a fin de que esta serie de monografías pueda ser escuela de virtud, haciendo se destaquen los planes de la Providencia, no queremos dejar de manifestar aquí lo siguiente:

El Sr. Superior de la residencia de San Sebastián era el mismo que había estado con semejante cargo en Villafranca, y, como entonces, tampoco ahora se entendieron del todo. Por ello, cierto día el Hermano Zubillaga, después de meter por debajo de la puerta de la habitación del Superior un papeli­to en que le comunicaba su determinación, se fugó, digámoslo así, a Pamplona. Llegado a ésta, el Superior de la residencia le afeó la conducta y le mandó escribir al de San Sebastián, pidiéndole perdón y diciéndole estaba dispuesto a volver.

Obedeció puntualmente el H. Zubillaga, y lo hizo en tér­minos de gran humildad.

El 21 de agosto de 1935 pasó a Madrid. Dios le traía, sin duda, para concederle la palma del martirio.

Empezando que empezó la revolución, en julio de 1936, para esquivar sus efectos el H. Zubillaga, que, por cierto, des­de hacía algún tiempo estaba delicado, consiguió plaza en el Asilo de Convalecientes. Y allí estuvo capeando el temporal bastantes días, aun después de haber sido echadas del estable­cimiento las Hijas de la Caridad.

El 11 de septiembre le encontramos en la Posada del Peine, pagando nueve pesetas diarias. Estaba hecho un príncipe. Po­cos tuvieron por entonces la fortuna de un regular montón de pesetas y el hallazgo de una morada fija y confortable. Los dineros provenían del malogrado P. Ibáñez, a través del Padre Martín Ignacio: se los habían repartido en previsión de ca­cheos en el Asilo de Convalecientes, allá por los últimos días del mes de julio. Y aun había dado el Hermano otra can­tidad al buen amigo Sr. Gándara, para que lo pusiera a buen recaudo.

De los demás sucesos hasta su muerte y sepultura puede enterarse el atento lector repasando lo que escribimos al ocu­parnos del II. Belascoain.

 

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