La primera vez que le vi fue en Guadalajara, el año 1921. Venía de Madrid, donde acababa de hacer el noviciado como Hermano Coadjutor de la Congregación de la Misión.
Alto, juncal, color pálido algo rosado, de mirada recogida, hablar reposado y juicioso, daba la sensación de ser un gran mozo y un buen muchacho.
Advirtiéronle de cierto peligro que podría tronchar su formación moral en ciernes, y él dijo resuelto: «¿Y para qué está la prevención contra el escándalo?» Frase que constituyó una revelación. Cifráronse en él esperanzas que no quedaron fallidas, a fe.
Dentro de tal marco se desenvolvió, en efecto, su vida religiosa.
La intuición infantil de los colegiales, tan certera en, tus apreciaciones, a las veces, cuando el juicio se efectúa de conjunto, sobre todo, en su definición ex cathedra, cuán felizmente presagió. Reíanse de momento los muchachos de aquél llamarles el Hermano Zubillaga a todos hermanos. El «Hermano «Valentín», como invariablemente llamaba al aludido que gustaba de ayudarle, a su modo, en el oficio de albañil que entonces ejercía, se hizo proverbial. Y tras los jocosos comentarios y las inocentes bromas, el estribillo: «¡Qué bueno es este Hermano!».
Brillaba más su conducta por el contraste. Para que redunde en su alabanza, como de premio le habrá servido en, el cielo, no hemos de silenciar que tres de los Hermanos que trabajaban con él de albañiles dejaban tanto que desear en su comportamiento, a pesar de llevar varios años de profesos, que tenían escandalizada a toda la comunidad. Sólo diré, para muestra, que cierto día se declararon en huelga como protesta de órdenes emanadas del Superior. Y aquel día, el H. Zubillaga, a las órdenes de su maestro el H. Belascoain, trabajó como los demás días. Por eso, él perseveró en su santa vocación, mientras que los otros, sin tardar, la abandonaron, como no podía menos de suceder.
La .prueba con semejantes compañeros era difícil; pero salió triunfador.
Nació el H. Zubillaga en Echeverri, pueblecito del pintoresco valle de Araquil, al nordeste de Navarra, anejo, en lo eclesiástico, a Echarren, el 31 de enero de 1899 fue bautizado el 1 de febrero. Confirmado, el 25 de octubre de 1902. Hizo la Primera Comunión el 20 de octubre de 1910. Todo en la iglesia de Santa María de Echeverri.
Sus padres, Celestino y Josefa. Su única hermana, la hoy Hija de la Caridad de San Vicente, Sor Benita.
Desde niño se distinguió Joaquín por su bondadoso carácter e inclinación a la piedad, atestigua su Sr. Cura párroco.
Su ingreso en la Congregación, de la Misión, efectuada el 2 de septiembre de 1919, parece impulsado por el ejemplo de su hermana y las Misiones que los PP. Paúles predicaron en el pueblo el año 1918.
Con motivo casi siempre de su principal oficio en la Compañía, albañil, tuvo varios destinos. Así, estuvo en Cuenca desde 1923 a 1928; un año en Villafranca del Bierzo, el 1928; el 1929, en Madrid; el 1930, en Nueva York; el 1932 y 1933, en Petters Bar (Inglaterra); el 1934, en Pamplona; desde aquí fue enviado a San Sebastián, para cocinero.
Como nos hemos propuesto ser claros y decir toda la verdad, para no disimular la trayectoria de las almas por los caminos de la santidad, a fin de que esta serie de monografías pueda ser escuela de virtud, haciendo se destaquen los planes de la Providencia, no queremos dejar de manifestar aquí lo siguiente:
El Sr. Superior de la residencia de San Sebastián era el mismo que había estado con semejante cargo en Villafranca, y, como entonces, tampoco ahora se entendieron del todo. Por ello, cierto día el Hermano Zubillaga, después de meter por debajo de la puerta de la habitación del Superior un papelito en que le comunicaba su determinación, se fugó, digámoslo así, a Pamplona. Llegado a ésta, el Superior de la residencia le afeó la conducta y le mandó escribir al de San Sebastián, pidiéndole perdón y diciéndole estaba dispuesto a volver.
Obedeció puntualmente el H. Zubillaga, y lo hizo en términos de gran humildad.
El 21 de agosto de 1935 pasó a Madrid. Dios le traía, sin duda, para concederle la palma del martirio.
Empezando que empezó la revolución, en julio de 1936, para esquivar sus efectos el H. Zubillaga, que, por cierto, desde hacía algún tiempo estaba delicado, consiguió plaza en el Asilo de Convalecientes. Y allí estuvo capeando el temporal bastantes días, aun después de haber sido echadas del establecimiento las Hijas de la Caridad.
El 11 de septiembre le encontramos en la Posada del Peine, pagando nueve pesetas diarias. Estaba hecho un príncipe. Pocos tuvieron por entonces la fortuna de un regular montón de pesetas y el hallazgo de una morada fija y confortable. Los dineros provenían del malogrado P. Ibáñez, a través del Padre Martín Ignacio: se los habían repartido en previsión de cacheos en el Asilo de Convalecientes, allá por los últimos días del mes de julio. Y aun había dado el Hermano otra cantidad al buen amigo Sr. Gándara, para que lo pusiera a buen recaudo.
De los demás sucesos hasta su muerte y sepultura puede enterarse el atento lector repasando lo que escribimos al ocuparnos del II. Belascoain.







