Joaquin Masjuán (1907-1987)

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Author: José-Oriol Baylach, C.M. · Year of first publication: 1988 · Source: Vincentiana.
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Biografias PaúlesVíctima de un cáncer al pulmón, el P. Joaquín Masjuán falleció en la Casa de Figueres donde era el Superior, a las 12,30 de la noche, cuando empezaba el 9 de octubre de 1987. Unos meses antes, en junio, se había diag­nosticado que el mal era irreversible. Pero el P. Masjuán pudo proseguir su vida normal, salvo que, progresivamente, fue perdiendo fuerzas en la voz y en las piernas; concelebró hasta el penúltimo día. La «normalidad» exterior flaqueó bruscamente en este día. Lo previsto se precipitó en rapi­dez inesperada. Uno de los cohermanos, el P. Pratdesaba, logró adminis­trarle los sacramentos de la comunión y el de los enfermos. Solícitas, las Hijas de la Caridad del Asilo «Vilallonga», vecino a la residencia de nues­tros Padres, atendieron al P. Masjuán y estuvieron a su lado cuando expiró tranquilamente después de musitar algunas invocaciones.

Funerales en Figueres y en Quito

En la mañana del sábado 10, se celebró, «cuerpo presente», el funeral en la iglesia de nuestra residencia. Concelebraron 15 sacerdotes presidi­dos por el P. Biosca en calidad de Asistente Provincial (el Visitador, P. Mulet, se encontraba en América). A la concelebración se unieron, a nuestros Padres de la comunidad local y a otros de la Provincia, el Visitador de Toulouse y otro cohermano acompañante, sacerdotes de la ciudad y alrededores con el delegado del Obispo .de Gerona. Otros sacerdotes y Religiosos, Hijas de la Caridad y otras Religiosas, con amigos y fieles, ocupaban totalmente el templo. En torno al ataúd, se encontraban el hermano, cuñada, primas y varios familiares de Banyoles y de Lézignan (Francia), el Alcalde de la ciu­dad, el Presidente y Concejales de la Junta de la «Obra Vilallonga».

Al iniciar la ceremonia y al concluirla, el P. Biosca dijo unas palabras haciendo resaltar el sentido cristiano y vicenciano de estas exequias y agra­deciendo la piadosa y significativa participación de los presentes. Se había dado la casualidad de que el P. José-Oriol Baylach, de la Curia General, en Roma, y compañero del P. Masjuán en Ecuador, llegado a Figueres para visitarlo lo encontró ya cadáver. Siendo entre los presentes el que más tiempo había compartido la vida comunitaria con el P. Masjuán, fue invi­tado por el P. Biosca a que pronunciase la homilía.

Destacó sobre todo tres aspectos: una piedad sólida, sin sentimentalis­mos extemporáneos, basada en la meditación y el contínuo estudio de la Biblia, particularmente de San Pablo, y de las cartas y conferencias de San Vicente; una inteligencia penetrante, atenta y abierta a todo el hombre y a todos los hombres; un temperamento, tipo del «seny catalá», hecho de equilibrio y sensibilidad sosegada; todo ello animado por un inalterable espí­ritu de fe en las más adversas circunstancias. «Sacerdote de Dios según el corazón de San Vicente» fue el «hilo conductor» de la homilía.

Después del último canto, alternándose, como en los anteriores, los con- celebrantes y los fieles, bajo la dirección del P. Mercé, los restos del P. Mas­juán fueron sepultados en uno de los nichos del cementerio no muy dis­tante de nuestra residencia.

Entre los «pésames», un expresivo telegrama de la Visitadora, Conse­jeras y Director de la Provincia «Santa Luisa», desde Madrid.

El mismo día, 10 de octubre, el Cabildo de Canónigos de la Catedral de Quito, en Ecuador, celebró una «misa» por el alma el P. Masjuán. La «Radio Católica» de aquella ciudad presentó una biografía del difunto; varios periódicos reproducieron extractos; en ellos se hacía hincapié en la labor de «formación de sacerdotes».

El martes, 13, la Provincia Ecuatoriana y el Clero diocesano organiza­ron un funeral. Tuvo lugar en la capilla del Seminario Mayor de Quito. Con el Arzobispo y dos Obispos concelebraron unos 40 sacerdotes, entre ellos los Rectores de los seis seminarios mayores del país; participaron unos cien seminaristas y nuestros estudiantes con otros numerosos sacerdotes. En la homilía el Arzobispo, ex-alumno del P. Masjuán, recordó en particular las características de la formación que impartía su antiguo Rector: cultivo de una sólida piedad, de un sentido humano y práctico, firme rectitud en el pensar y en el obrar, equilibrada sensibilidad social y artística, todo ello acorde con las modalidades de los tiempos y de la cortesía en el trato con todos; afirmó que «la labor realizada por el P. Masjuán ha marcado un hito fundamental en la Historia de los Seminarios en Ecuador». El Visitador, P. Soria, en palabras de agradecimiento, concluyó diciendo: «aunque el P. Masjuán fue alejado del Ecuador, siempre estuvo con el corazón en Ecua­dor» y que «el mejor homenaje al difunto sería la fidelidad a sus enseñanzas y al sacerdocio». Se cantaron la «misa incaica» y estrofas del «Dios es amor, amor, amor» y «Salve, salve, gran Señora», cuyas melodías incaicas eran de sumo agrado al P. Masjuán y que siguió escuchando en cassettes cuando discurría en tierras catalanas en la segunda gran etapa de su vida sacerdotal.

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Trece años zigzagueando entre estudios, publicaciones, capellanías y cátedras

Aunque los Masjuán hundían sus raíces ancestrales en Banyoles (norte de Cataluña, en el nordeste de España), nuestro futuro cohermano nació accidentalmente en Barcelona el 25 de mayo de 1907, cuando su madre se aprestaba a embarcarse para Argentina. Las consecuencias de la guerra 14-18 y otras circunstancias por las que atravesaban en aquel entonces algu­nos sectores de la familia vicenciana, hicieron que el joven Joaquín Mas­juán estudiase las «humanidades» en la Escuela Apostólica de «El Berceau de S. Vicente», en el sudeste de Francia, no muy lejano de la región donde, en Lézignan, residían varios de sus parientes. Terminó los estudios de la secundaria con el bachillerato ante el tribunal académico de la Universi­dad de Bordeaux.

Admitido al Seminario Interno, en París, el 3 de noviembre de 1926, siguió el curriculum ordinario de los estudios de filosofía y teología en París y Dax, recibiendo la ordenación sacerdotal en Dax el 1 de julio de 1934. A los 27 años comenzaba un período de trece años caracterizados por el vai­vén de ocupaciones y destinos diversos.

Neo-sacerdote es nombrado profesor de castellano y griego en la Escuela Apostólica de Prime-Combe (centro-sur de Francia). En 1937, el P. Gounot, superior del Seminario Mayor de Montauban, es promovido arzobispo de Cartago (Túnez, África del Norte); regía la cátedra de teología dogmática y era asesor de la JOC. El P. Masjuán es llamado a sucederle en estos dos ministerios. Pero al cabo de un año, debe acudir a otro llamado desde España; es movilizado como capellán castrense y actúa como tal en el frente de Toledo. Cambio brusco en todos los aspectos.

Terminada la guerra civil, el P. Masjuán pasa a formar parte de la comu­nidad de la casa de «Fernández de la Hoz 21», en Madrid. Jurídicamente esta residencia pertenecía a la Provincia de Aquitania (sur de Francia) y su principal función era la «dirección espiritual» de las Hijas de la Cari­dad de la entonces segunda Provincia de las Hermanas en España.

En julio de 1947, el P. Scamps, Visitador de Ecuador y Rector del Semi­nario Mayor de Quito, es elegido Asistente General de la C.M. El P. Mas­juán es nombrado para sucederle en el rectorado del Mayor de Quito.

Concluía así un período de trece años de vida sacerdotal un tanto vapu­leada por bruscos cambios al socaire de acontecimientos, sobre todo de orden interno en la Congregación; éstos me resultan, por decir lo menos, sorprendentes y desconcertantes.

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El joven misionero, tenía 32 años, se acomoda con dificultad a un ambiente y a unas ocupaciones muy distintas a las de los cinco años ante­riores. Por otra parte comprueba cada vez más que debe superar un «defecto» si bien nunca lo logrará del todo: a la suma facilidad para «char­lar» en grupos pequeños, se contrapone su «titubeo» ante las grandes asam­bleas. Gran «conversador», pero «torpe arengador», como él mismo confe­saba. Sin embargo predica retiros; a falta de «palabra arrebatadora», des­cuellan la hondura y la amplitud de sus «charlas espirituales». Como «hobby», da clases de latín y dirige un orfeón.

En estos años, 1939-1943, dedica lo mejor de su tiempo al estudio y a las publicaciones; entre éstas, la edición de la revista mariana «Caridad». El Dr. Mérida, rector de la Universidad de Murcia y posteriormente Obispo de Astorga, gran amigo del P. Ballester, antiguo superior de la casa y ahora Obispo de León y luego de Vitoria, impulsa al P. Masjuán a profundizar en sus ya notables conocimientos de lenguas clásicas y de arte románico. Es así como cursa en la Universidad Central este curriculum en Filosofía y Letras; lo culmina con una tesina sobre «Filología paulina» y la Licencia­tura. Contemporáneamente edita dos volúmenes (gramática y ejercicios) para la enseñanza del griego.

Los Obispos Mérida y Ballester eran huéspedes acostumbrados en la casa de Fernández de la Hoz. También se hospedaban allí otros Prelados de paso por Madrid. Lo hacían con mayor frecuencia el Cardenal de Gra­nada y los Obispos de Málaga, Avila, Burgo de Osma y Barbastro (Parrado, Santos, Moro, Hurtado, Bueno y Monreal); otros residían allí, como Modrego e Iglesias (luego Obispos de Barcelona y Seo de Urgel), o como Okoniewski (exilado de Polonia); éste, como también el fundador del «Opus Dei», Mons. J.M. Escrivá, «vivían» allí a petición del Nuncio Cicognani. El Nuncio y su secretario Del Giudice venían varias veces por semana a «pasear por el jar­dincito». Si uno fuese malpensado, podría tal vez decir que «esto explica aquello». De hecho la «casita», como decían, era propicia, al menos por sus entornos recoletos, a «encuentros» variadísimos, pues igualmente «vivía» allí un monseñor dirigente de la Cruz Roja polaca y, de tanto en tanto, uno tenía que «introducir» a «personajes» de Embajadas, Ministerios, o al cape­llán de Franco, Mons. Bulart. Todo ello fue ocasión, para el P. Masjuán, de un contínuo contacto con personalidades. De este trato aprendió el teque­maneje de muchos asuntos y un cierto modo de plantear problemas espi­nosos a algunas autoridades quisquillosas en sus atribuciones.

A finales de 1943, cambio de panorama. Las secuelas de la guerra euro­pea transformada en guerra mundial, obligan a establecer, en Avila, un semi­nario interno provisional. Director, el P. Masjuán. Terminada la contienda, regresa a Madrid. Pero, no pasa un año, y nuevo cometido: en 1946, profe­sor de teología dogmática en Dax.

A los 40 años, comienza la etapa ecuatoriana

El 23 de septiembre de 1947, el P. Masjuán, en la juvenil madurez de sus 40 años, inicia su rectorado en el Seminario Mayor Interdiocesano de Quito, y lo proseguirá durante 15 años.

Este Seminario Mayor era el único en el país para el clero diocesano. Los alumnos pertenecían, de hecho, a cinco diócesis y eran 85. También encuentra un edificio algo vetusto por lo deleznable de los materiales de construcción que se vió obligado a utilizar el P. Schumacher que lo levantó con sus propias manos en 1884 (más tarde será Obispo de Portoviejo) y que completó otro cohermano alemán, el P. Brüning, en 1933.

Pasados los primeros meses de «tanteo», el nuevo rector ya está ba­rruntando algunas «mejoras». Empieza por editar, remozándolo, un «Manual del Seminarista». Al comentarlo a los estudiantes, ya insiste en los tres pun­tos que marcarán la pauta de la formación sacerdotal que impartirá: una piedad eucarística y mariana cimentada en pocos y claros principios teo­lógicos, sostenida por los ejercicios tradicionales y cuya autenticidad per­sonal será contrastada en el servicio concreto del apostolado parroquial; el estudio reflexivo, sistemático, evitando el memorismo y el mariposeo, pero abierto a las corrientes culturales del país y del extranjero; el desa­rrollo hacia una madurez tanto psíquica como física mediante ejercitacio­nes de «buenos modales», de «desafíos» intelectuales (actos académicos o teatrales) y deportivos (sobre todo fútbol), y, en todo ello, con la consigna de un constante «fair play».

Profesor de Dogma y de Pastoral, el P. Masjuán, aun ciñéndose a los manuales en uso, se esfuerza por «abrir ventanas» según repetía. Gran lec­tor de revistas y periódicos, inserta la actualidad en la intemporalidad de algunos tratados teológicos. En la actualidad del país, una, lacerante: con­traste entre el exiguo número de estudiantes en filosofía y teología y la reli­giosidad de un catolicismo viejo de cuatro siglos. La presenta, proponiendo remedios, en una serie de artículos en la revista «Mi Seminario», órgano de los mismos estudiantes.

Estos artículos son el punto de arranque de las «Semanas Vocaciona­les» que iniciará en 1950. Estas alcanzarán año tras año mayor volumen y extensión a medida que lanzará a sus alumnos en actuaciones en parro­quias, colegios, escuelas y en la prensa y en radios. Se logró, no sólo un acercamiento de las gentes al conocimiento de los valores del sacerdocio, sino también el aumento de las «vocaciones»; este aumento obligó a la fun­dación de cuatro Seminarios Menores en diversas diócesis y a la ampliación del Mayor de Quito a partir de 1955. Esta ampliación se inició con una serie de nuevos edificios adjuntos a los viejos tramos que, paulatinamente, fueron reemplazados por otros de moderna factura. En esta empresa, el P. Masjuán tuvo que «torear» reticencias y oposiciones provenientes, para­dójicamente, de algunas autoridades que normalmente hubiesen debido apoyarlo. No se amilanó, pues tuvo el apoyo constante del Nuncio de aque­llos años, el actual Cardenal Opilio Rossi, ex-alumno de nuestros Padres en el «Alberoni» (Piacenza) y de su secretario, Mons. Antonio Del Giudice, que ya había conocido en Madrid. Los dos Prelados, después Nuncios en otros países, seguirán siempre en estrecha amistad con el P. Masjuán e inter­vendrán en su defensa cuando la «tempestad» de 1962.

Vadeando los primeros escollos

Desde hacía unos quince años los seminaristas del Mayor de Quito publicaban «su» revista, «Mi Seminario». Al iniciarse el año escolar 1948-1949, el Arzobispo pide el cese de esta revista. Motivo: los encarga­dos, so pretexto de ir a la imprenta, pasan demasiadas tardes fuera del semi­nario. De nada sirven las explicaciones del Rector. Este acató con muy sufrida resignación la decisión que le daba al traste con los afanes de ejer­citaciones literarias y reporteriles de los seminaristas «más despiertos».

En cambio, con sorprendente facilidad y sobreponiéndose a un ambiente clerical «timorato» y «puntilloso», el mismo Arzobispo autorizó dos peti­ciones del Rector: la instalación de una comunidad de Religiosas en uno de los edificios del seminario para los servicios domésticos y el uso de la indumentaria seglar apropiada en los partidos de fútbol. Dos señales de un «cambio», acogidos con satisfacción en muchos sectores y con aspavien­tos en algunos «círculos» eclesiásticos.

Estos aguzaron sus oídos al enterarse de dos «ingenuidades» en que se «enredó» el P. Masjuán. La primera: avisando a los seminaristas del peli­gro de incendio si, después del «apagón oficial» a las nueve de la noche, encendiesen velas, añadió, «aunque no vendría mal algún incendio para obli­gar a construir un nuevo edificio». La segunda: unos juicios sobre algunos «hombres de la política» formulados en una conversación particular con un «personaje político» en el aeropuerto de Panamá fueron reproducidos en una revista «socialista». Ambas «ingenuidades» levantaron mucha pol­vareda; de refilón se despertaron animosidades contra el «clero extranjero» en general. El P. Masjuán, humillado, se prometió ser más cauto y menos «parlanchín». Tanto más que ya serpenteaba una cierta oposición capita­neada subrepticiamente por unos «eternos candidatos al episcopado», según se cotilleaba en corrillos eclesiásticos. Y cuando fueron nombrados obis­pos algunos «no eternos candidatos», corrió más insistente la voz de que «el rector del Mayor tenía vara alta en la Nunciatura».

A grandes zancadas dentro y fuera del Seminario

En los años 1955-1958, van surgiendo las construcciones del nuevo Semi­nario Mayor de Quito. Al mismo tiempo van aumentando los alumnos. Estos, de los 85, en 1947, pasarán a 117 en 1957. Al año siguiente se abrirá otro seminario mayor al sur del país. En el período 1947-1962, rectorado del P. Masjuán, los alumnos en llegar al sacerdocio serán 182 del clero diocesano y 35 pertenecientes a diversas Congregaciones, entre ellas la C.M. En la actualidad, entre estos ex-alumnos, se cuentan un arzobispo y ocho obispos.

Los alumnos, crecidos en número, se sentían estimulados y no solamente por las «mejoras» materiales de su «habitat». En efecto, participaban direc­tamente en la retransmisión radiofónica de la «misa solemne» dominical desde la capilla del seminario; comprobaban que la ejecución de las melo­días gregorianas u obras polifónicas conseguían notable audiencia. Se mul­tiplicaron las intervenciones litúrgicas y musicales del «Mayor» en ocasio­nes de solemnidades parroquiales, diocesanas, congresos, consagraciones de obispos, etc. El P. Masjuán irradiaba satisfacción al constatar las cre­cientes actividades de «sus» seminaristas fuera de los muros del semina­rio. También al poder «inaugurar» nuevos objetos al servicio del «culto litúr­gico»; particular relieve tuvo la «inauguración» de una muy artística cus­todia y de un moderno armonium; en cambio tuvo que «aguantar», por parte de algunas autoridades, recriminaciones al intensificar el uso de los orna­mentos de estilo gótico. Mayor «fastidio» le causaban las rémoras que el Cardenal anteponía a sus peticiones para enviar a jóvenes sacerdotes a Europa, pues disponía de algunas becas en varias universidades ecle­siásticas.

La actividad del P. Masjuán desbordaba fuera del Seminario. Formó parte de numerosas comisiones en los planos diocesano y nacional; la Nun­ciatura le pidió constantes trabajos; la Santa Sede lo envió a Chile como Visitador Apostólico de una diócesis; el Episcopado Ecuatoriano lo nom­bró su Delegado a varios Congresos en América y en Europa; un tiempo fue Consejero Provincial de la C.M. y nombrado Procurador Provincial; igual­mente tuvo el encargo de visitar, a nombre del Cardenal, seminarios y Comu­nidades de Religiosas. Obispos, Provinciales, Sacerdotes y Religiosas pedían su parecer en variados asuntos. Sin embargo no todo el «mundillo eclesiás­tico», incluso algunos de la C.M., aceptaban sin «murmuraciones» esta omni­presencia del Rector del Mayor.

En mayo de 1959, el Cardenal/Arzobispo de Quito es informado que el Seminario Mayor se apresta a celebrar los 25 años de sacerdocio de su Rec­tor. Y coge la ocasión para pedir que se dé a este aniversario una resonan­cia particular y que él mismo estará, presidiéndoles, al frente de todos los actos que se organicen. Quería, así, respaldar a su Rector, pues se conside­raba indirectamente involucrado en aquellas «murmuraciones». Y es así que, a fines de junio, la celebración de los 25 años de sacerdocio del P. Mas­juán tuvo un realce singular mucho más allá de los contornos eclesiásticos y comunitarios: la Santa Sede, los Gobiernos de Ecuador y España, el Epis­copado ecuatoriano se unieron con diplomas, condecoraciones, al home­naje del Clero.

La tempestad de 1962

Pasada la euforia de esta celebración, el rectorado del P. Masjuán siguió viento en popa. La visita del P. Slattery al Ecuador, la primera de un Supe­rior General de la C.M. a este país, en 1959, y, luego los actos conmemora­tivos del Tercer Centenario de la Muerte de San Vicente, pusieron, de nuevo, en evidencia la omnipresencia del P. Masjuán. Algunos se sentían «moles­tos» e iban repitiendo, de corrillo en corrillo, que «el Rector del Mayor des­cuidaba su oficio propio por ocuparse en demasía en asuntos fuera de su cargo».

Sobre todo a partir de 1960 se advierten repetidos signos contradicto­rios. Uno de ellos, promovido por sacerdotes graduados en el extranjero, decía: «son los sacerdotes diocesanos los formadores naturales de los sacerdotes diocesanos y no los religiosos ajenos a la labor parroquial». Otro signo: la formación de tipo más abierto que impulsaba el P. Masjuán y que, luego, se vería normalizado por Vaticano II, era criticada con mayor insistencia por algunos eclesiásticos. Otro signo, por el contrario, que la formación en el «Mayor» era de «invernadero», y algunos afirmaban que el prolon­gado régimen de «internado» durante el año escolar causaría «traumas» a los neosacerdotes y que éstos, por añadidura, saldrían a las parroquias con el marchamo de tipo «burgués» ya que, en el seminario, en las nuevas construcciones, gozaban de un confort que ciertamente no encontrarían en sus primeros destinos. El P. Masjuán registraba con atención éstos y otros signos sin darles excesiva importancia.

En cambio le fue un aldabonazo el vuelco de actitud de un nuevo Nun­cio. Este, al mes de su llegada, autorizó la creación de otro seminario mayor en el sur del país, creación que la misma Nunciatura había postergado durante unos cinco años. Presentado oficialmente como fruto y estímulo del «catolicismo incólume» de aquella diócesis, el significado real de esta creación no escapó a los ojos avizores del P. Masjuán y de los que estaban en el elenco del asunto. De hecho era la reapertura de un seminario cuyo cierre había sido decretado por la Santa Sede a raíz de una visita canónica unos treinta años antes. El Rector de aquel entonces, ahora Prelado de la diócesis, recuperaba lo que se le había quitado. Mas, bien pronto, los inte­resados en el nuevo plantel no ocultaron uno de sus propósitos: establecer un seminario mayor «serio». Clara indirecta al «Mayor» de Quito. «Nuba­rrones se acumulan en el horizonte», musitaba el P. Masjuán, «habrá que afrontarlos con serenidad».

Y los primeros estampidos sonaron cuando el Nuncio comunicó una Visita Apostólica «a los seminarios del país, una visita normal, de rutina». A ojos vista el nuevo Nuncio había recogido «aspiraciones» y «críticas». Otro estampido cuando se supo el nombre del Visitador Apostólico, el mis­misimo Rector del otro seminario mayor y que fuera confiado a sacerdo­tes diocesanos de la OCSHA, de España. «Aquí hay gato encerrado», fue uno de los comentarios más «suaves». Cundió aún más el desconcierto entre nuestros Padres, cuando oyeron a este Visitador Apostólico repetir públi­camente un estribillo: «la C.M. ha cumplido ya su misión; deben dejar esta misión de formadores del clero». No es aquí el lugar para explicitar los inve­rosímiles detalles de esta Visita, que se desarrolló en febrero/marzo de 1962. Como derivativo a sus temores, el P. Masjuán releía con complacencia los documentos laudatorios, sobre su modo de obrar en el seminario y en su Visita Apostólica en Chile, recibidos de dos Dicasterios de la Santa Sede en 1959 y 1960. En mayo de 1962, el Cardenal nombraba al P. Masjuán dele­gado de la Conferencia Episcopal a Congresos de Seminarios en México y de Vocaciones en Europa. Confiado en que la Visita Apostólica había sido tan sólo un amago de tempestad, partió a fines de mayo con un optimista «hasta septiembre!»

Pero a mediados de julio estalló, de verdad, la tempestad. Se comunicó entonces las decisiones del Dicasterio Romano referentes a la Visita Apos­tólica y concernientes a los seminarios que la C.M. dirigía en el país. La más contundente era: cambio gradual de todos nuestros Padres. Y el P. Mas­juán, estando actuando, muy lejos del país, en un Congreso como Delegado del Episcopado, fue cesado en su cargo de Rector. No se le pidió ninguna explicación, ni se le dio oportunidad de «defenderse», como la tuvieron otros Padres afectados por las decisiones.

Al mes siguiente, el Cardenal, la mayoría de los Obispos y nuestros Padres, estudiados con calma los informes y puestos de relieve un cúmulo de errores y exageraciones que contenían, actuaron ante la Santa Sede, igual que el P. General y otras personalidades. En noviembre, el Nuncio regresó de Roma y repitió una consigna: «de la Visita Apostólica y de sus resulta­dos, que no se hable más». Y nuestros Padres, como si nada hubiese suce­dido, oyeron o leyeron, entre atónitos y escépticos, los consabidos agrade­cimientos por la «meritoria labor de la C.M. en los seminarios». En este avatar el P. Masjuán fue, se decía, el «chivo expiatorio». En todo momento mostró obediencia, serenidad y espíritu de fe, aunque juzgó deber rehusar otro cargo importante que el Visitador de la C.M. le proponía. Terminaba, en honda amargura personal, sus 15 años de etapa ecuatoriana, cuando ya habían comenzado una serie de intervenciones y rectificaciones respecto a lo que se denominó un «tremendo desacierto» en los procedimientos del cese; no menciono otras más virulentas expresiones. Pero, ya a fines de julio, algún lenitivo oficial le llegó al P. Masjuán; el Visitador de la C.M., le escribía: «en todo caso, acepte Vd. la expresión de mi profundo sentimiento por la ingratitud e injusticia de que le han hecho víctima y reciba gracias muy fer­vientes en nombre de la Provincia por los largos e importantes servicios en sus quince años de una sólida labor». Pasado el verano se multiplicaron los testimonios de «pesar» y de adhesiones provenientes de muy diversos hori­zontes. En ellos, como un estribillo, se repetían frases como ésta: «Dios que permite estas pruebas hará oportunamente prevalecer la verdad y la justi­cia»; los alumnos le recordaban: «a pesar de todo, no olvide aquello que nos decía que hay para todos una justicia inmanente».

Cuando ya parecía amainar la tempestad en lo concerniente a la C.M. y que la suerte del P. Masjuán estaba echada, éste, con fecha 4 de octubre, despachó al Dicasterio correspondiente, desde Madrid, una «exposición». Comporta dos partes; en la primera se refiere a su propio caso y dice: «no pretendo hacer mi defensa personal ni rebatir con largas explicaciones los errores y las incomprensiones que manifiestamente contiene el informe de la Visita Apostólica… Quiero guardar silencio en lo que se refiere a mi per­sona procurando sacar provecho de la humillación recibida y dejar a Dios el cuidado de evidenciar la verdad y la justicia»; y en la segunda traza un detallado cuadro de la labor, y de sus resultados, realizada por la C.M. en los seminarios del Ecuador.

Fechada en Roma el 24 de octubre, le llegó la respuesta firmada por las dos máximas autoridades del Dicasterio; ente otras cosas decía: «le agra­dezco profundamente su carta a través de cuyas líneas he podido compro­bar, una vez más, su generosidad y espíritu de sacrificio. La labor que ha llevado a cabo… dedicando sus energías a la formación eclesiástica es una realidad de la que el clero ecuatoriano le quedará siempre reconocido… Acepte como venida de la mano del Señor esta prueba y ofrézcala sacerdotalmente en pro de los fines a los que ha dedicado una parte tan importante de su vida».

* * *

Tres años de «suplencias» e «interinidades»

A finales de 1962, el Superior General propuso al P. Masjuán dos car­gos importantes, sea en Centro-América, sea en el Medio-Oriente, pero el Visitador de París lo reclamó insistentemente para el profesorado en el Semi­nario Mayor de Beauvais. De hecho se trataba de suplir a otro profesor para un corto tiempo en una emergencia. Ya muy adelantado el año escolar, el P. Masjuán reanudó, pues, su enseñanza de la teología. Amén de su estado psicológico, ambiente y metodología eran muy distintos de los de Quito. Difícilmente se adaptó. Fue un breve paréntesis de unos meses, pues otra emergencia, causada por la enfermedad y la muerte de un cohermano, hizo que el P. Masjuán fuese enviado a Madrid, a la casa de Fernández de la Hoz.

Y a principios de 1964, el P. General le pide se encargue de la Direc­ción Provincial de las Hijas de la Caridad que dependían de la Casa de Mar­tínez Campos. En realidad se trataba sobre todo de ultimar la puesta en marcha de la creación de las nuevas Provincias de las Hermanas en España.

En este menester el P. Masjuán trabajó con inteligencia y notable espí­ritu de fe vicenciana. Consigno escuetamente esta afirmación, aunque la podría respaldar con muy significativos detalles que me narró, años des­pués, sobre el tejer y destejer en los posibles proyectos. Sólo relevo un aspecto que evidencia una de las facetas del P. Masjuán: sabía que, termi­nada esta tarea, tendría que desaparecer para favorecer la puesta en prác­tica de las nuevas administraciones, y, sabiéndolo, trabajó con ahínco. Al contarme incidencias de aquellos trámites se le notaba como una pizca de orgullo por haber sido uno de los instrumentos de una solución que califi­caba de «histórica».

El P. General, a mediados de diciembre, al comunicarle que «la nueva organización de las Hijas de la Caridad en España pone término» a su ofi­cio, le manifestó viva gratitud y le ofreció varias oportunidades de minis­terios, dándole a escoger. Pero el P. Masjuán prefirió pedir su incorpora­ción a la Provincia de Barcelona.

Mientras tanto le llegaban, desde Quito, confortantes noticias que, si bien restañaban heridas, abrían otras de ilusiones truncas de nostalgias insanables. En efecto, había tenido lugar la inauguración oficial del nuevo Seminario Mayor de Quito, ahora concluido, y cuya construcción él había iniciado en 1955. En esta ceremonia, los oradores recalcaron a porfía la labor del ex-Rector; uno de ellos, hablando en nombre de todo el Episco­pado presente, causó «desasosiego» en unos y «sonrisas» en otros, al des­hacerse en elogios, pues la mayoría de los oyentes conocía sus entreveros en la «tempestad» de dos años antes.

Le conmovió mucho más el recibir una carta oficial del nuevo arzobispo de Quito, pues éste, amén de su cargo, era un buen conocedor del trabajo en los seminarios, habiendo sido largos años profesor en ellos y Rector de la Gregoriana y del Piolatino en Roma; en la carta le decía: «esta gran reali­zación se debe a la iniciativa y a los nobles y perseverantes afanes de V.R. Por ello a lo largo de la ceremonia no pude menos de tener presente a este gran bienhechor de nuestra Arquidiócesis, que con tanta visión inició y llevó adelante esta obra. Ella será un recuerdo viviente de V.R. Cumplo en el deber de agradecerle, una vez más, a nombre de la Arquidiócesis y del Clero de nuestra Patria, por todo el trabajo y sacrificios de V.R. que el Señor ha reci­bido y ha hecho culminar tan espléndidamente». Años más tarde, al leerme esta carta, el P. Masjuán comentaba: «unos siembran en las lágrimas, otros cosechan en la alegría, pero de todos modos, si el grano no muere…».

Y el grano de la gratitud y de una cierta reparación germinaría en 1975 y en 1984, como se verá más adelante.

A los 58 años empieza la segunda gran etapa de su sacerdocioYa en 1962, en septiembre y noviembre, el P. Masjuán, había iniciado gestiones para su incorporación a la Provincia de Barcelona. Las «suplen­cias» e «interinidades» de los tres años sucesivos interrumpieron estas ges­tiones.

Ahora, 14 de diciembre de 1964, renueva su petición formal. Expone las razones y que está «con capacidad para prestar servicio durante unos cuantos años». También esclarece dos reparos que le habían manifestado y un tercero relacionado con el oficio cuyo mandato termina en estos días.

Por los antecedentes, y por la edad del solicitante, 57 años, me resulta aleccionadora esta petición. Un cohermano, con 30 años de ministerio sacer­dotal y una singular experiencia en cargos de notable responsabilidad que le valieron «coronas» y «cruces», que llama humildemente a una puerta. Sin duda, otras puertas le estaban abiertas de par en par: el Visitador del Ecuador le propuso el regreso a aquel país, en 1962, dándole un cargo impor­tante, y el Superior General hizo otro tanto para otros cargos y ahora, ter­minado un mandato, le ofrece varias posibilidades. El P. Masjuán agrade­ció propuestas e insinuaciones. Golpeado y sufrido, arrió las velas de una navegación de altura. Como la obediencia le dejó libre para elegir, eligió remansos de paz. Y eligió la Provincia de Barcelona, «habiendo desapare­cido las circunstancias a causa de las cuales fui encarrilado desde los trece años hacia las Provincias de Francia… creo llegado el momento de reinte­grarme a la que naturalmente tenía que haber sido mi Provincia». A princi­pios de 1965 empezaba su segunda gran etapa sacerdotal como miembro de la Provincia de Barcelona; lo será durante 22 años, hasta su muerte.

Comenzando de nuevo por donde había empezado

Todos saben que la isla de Mallorca es un sitio privilegiado para el des­canso si es que uno logra escabullirse de la invasión turística. En la ciudad de Palma, se encuentra, en la calle de la Misión, una «Casa de la Misión» fundada en 1736. Esta casa, con la de Génova y la del Alberoni, fundadas respectivamente en 1647 y 1751, es, pues, una de las tres más antiguas de la C.M. cuya construcción se conserva aún.

Allí el P. Masjuán comenzó de nuevo el trabajo con el cual había empe­zado su ministerio: la enseñanza del griego; se le juntaron otras clases. Este trabajo era para él un descanso tanto más que los alumnos de la Escuela Apostólica no superabundaban. Estando de paso por la ciudad, fui a visi­tarlo en 1967. «Estoy en situación de subempleo» me dijo con sonrisa un tanto irónica, «pero me esfuerzo por llenar los días». Amén de las clases se ocupaba en ministerios no muy absorbentes: confesor de Hijas de la Cari­dad predicándoles alguno que otro retiro, asesor de los Caballeros de S. Vicente (de Ozanam) y Director de las Damas de la Caridad. Estas aumen­taron en número. Con motivo de los 25 Años de este grupo, publicó en los «Anales» de la Provincia de Barcelona una serie de cinco artículos. El cro­nista de la casa, refiriéndose a ellos, escribe: «un documentado estudio… tras haber analizado con paciencia casi benedictina, una por una todas las actas de las reuniones (de) la junta directiva y las actas de las reuniones generales».

Rector de iglesias durante 15 años en tierras de Cataluña

En 1972, el P. Masjuán cumple sus 65 años de edad. Es nombrado Superior de la residencia de Figueres. Esta residencia tiene a cargo el culto en una iglesia y la atención espiritual a las Hijas de la Caridad y a los ancia­nos del llamado «Asilo Vilallonga». El conjunto depende jurídicamente de una Junta integrada por autoridades y personalidades de la ciudad.

Residencia e iglesia son las únicas en la ciudad a cargo de sacerdotes de una Comunidad. La disponibilidad y las características de nuestros Padres hacen que su casa y la iglesia son frecuentadas tanto por sacerdo­tes como por grupos de fieles, seguros de ser atendidos y con puntualidad horaria. También grupos, Asociación de la Virgen de la Medalla Milagrosa, Legión de María, encuentran en los Padres atención particular. El P. Mas­juán encauza las reuniones reglamentarias o los actos más solemnes. Una labor diaria, las confesiones.

El P. Masjuán, deseoso de continuar en su peculiar misión de ayuda al Clero, traba relaciones con varios sacerdotes. En 1973, organiza una tanda de ejercicios para ellos. Un buen grupo participa a este retiro aunque la casa sólo dispone de una terraza para solaz. Dentro del programa, el P. Mas­juán coordina los encuentros de pastoral. Son los tiempos en que empe­zaba a aplicarse la reforma litúrgica. Coordinación que requiere tacto, pre­cisión y paciencia; al coordinador parece que no le faltaron estos requisi­tos. El P. Masjuán «la gozó muchísimo» al poder reanudar su «ministerio al servicio de los sacerdotes».

Concluidos los seis años de superiorato en Figueres, el P. Masjuán pasa, en 1978, al superiorato de la casa de Reus. Fundamentalmente el trabajo pastoral es el mismo que en Figueres: servicio del culto en la iglesia y aten­ción a las Hermanas de la ciudad y alrededores. Empeñado en fomentar más la devoción a la Virgen hace labrar una estatua gran tamaño y de estilo neoclásico. Al mostrármela me dijo: «es un regalo mío personal y de mis antiguos alumnos de Quito; en mi viaje allí (en 1975), ellos me obsequiaron y la Virgen ahora ha sido también obsequiada».

En 1975, trece años después de la «tempestad», una especie de «reparación»

Sin confesarlo directamente, un grupo de obispos ecuatorianos, ex- alumnos del P. Masjuán, promovieron una especie de «reparación» de las injusticias que su ex-Rector sufrió a raíz de la «tempestad» de 1962. Y le invitaron a pasar una temporada en Ecuador, «recordando al buen Padre y amigo que supo darse a quienes tuvimos la dicha de ser sus alumnos en los felices años de nuestra formación sacerdotal e invocando esos recuer­dos, y el poder gozar al cabo de algunos años de su grata presencia en medio de nosotros».

Este viaje, iniciado en Roma (visita al P. General) y en Viena (visita al Nuncio, Mons. Opilio Rossi), prosiguió con etapas en New York y Hondu­ras (visita a los PP. de la Prov. de Barcelona), tuvo lugar desde a fines de mayo a mediados de julio de 1975. Dos días después de la llegada a Quito, se interrumpe el programa: el P. Masjuán debe ser operado urgentemente de la próstata. Los Obispos se empeñan en correr en todos los gastos.

Pasada la emergencia, es un rosario de encuentros, homenajes, en la capital y en diversas diócesis. Del Cardenal a simples sacerdotes, oye un repetido «ruego»: «mane nobiscum, dómine!» Aún aquellos que habían cri­ticado sus «métodos de formación sacerdotal», reconocen, ahora, que, en realidad, daban buenos resultados. Y el P. Masjuán, muy emocionado, tuvo que prestarse a muy significativas muestras de gratitud por sus «15 años en el Rectorado del Mayor de Quito». Nadie, públicamente, hizo alusión a los acontecimientos de julio de 1962, ni se pronunciaron palabras como «reparación, desagravio», pero estas manifestaciones borraban, de hecho, aquel negro capítulo. Así se comentaba, privadamente, después de algunas de estas manifestaciones.

Estas semanas llenaron de satisfacción a muchísimos, y no digamos al P. Masjuán, aunque por motivos diversos. De regreso a Figueres, nuevos intercambios epistolares expresando gratitud y contento por ambas par­tes. Cito dos de ellos: uno del P. Masjuán al Cardenal: «No olvidaré nunca esta estancia mía en este país tan querido por mí y donde pasé los mejores años de mi vida sacerdotal. Si, hace trece años, tuve que abandonar el Ecua­dor con honda pena y en circunstancias incomprensibles para mí este reen­cuentro con Vuestra Eminencia, con los Sres. Obispos y tantos Sacerdotes a cuya formación contribuí y muy queridos por mí, ha borrado el triste recuerdo que guardaba en el fondo del corazón». Y otro de un sacerdote a su antiguo Rector: «si para usted le parece un sueño el mes y medio de gira con la mayor parte en el Ecuador, para nosotros la impresión es la misma; ha sido y sigue siendo el tema favorito de la conversación entre los amigos sacerdotes… Tengo para mí que el mensaje que nos ha dejado de fidelidad al sacerdocio, fraternidad, corresponsabilidad y amor a la Iglesia, no se bo­rrará pronto; para muchos sus palabras han abierto grandes posibilidades de volver a un reencuentro consigo mismo y/o con los demás… para todos han sido el mejor retiro… sus palabras han quedado vibrando en nosotros y cuánto bien auguran!».

Sin embargo, esta visita acarreó al P. Masjuán algunas «desilusiones» y «pesares»: recorrer melancólicamente el grandioso edificio que ideó y empezó a construir y ahora ocupado por un reducido número de semina­ristas; también al leer la nómina de sacerdotes «secularizados», entre éstos algunos de sus ex-alumnos, y dos de los cuales, a pesar de todo, fueron a saludarle.

Los últimos seis años: alegrías, empeños renovados

A los 74 años, el P. Masjuán, es, de nuevo, nombrado Superior en Figue­res. Era en 1981 y fue su último destino. En junio de este año, publica un libro (219 páginas), «El Asilo Vilallonga». Patrocinado por la Junta de esta obra, con motivo de su Centenario, el libro narra la historia de esta Insti­tución típica de Figueres y, en buena parte, la historia de la C.M. y de las HH.CC. en esta ciudad fronteriza. La misma Junta de la Obra patrocinó igualmente la publicación del libro en el n° 123 de los «Anales» de la Pro­vincia C.M. barcelonesa. No existiendo antecedentes bibliográficos, el P. Masjuán tuvo que dedicarse, según dice, a «una búsqueda paciente y fervo­rosa de (los) datos». Lo inédito de muchísimos detalles referentes al Funda­dor, «Hijo Preclaro de Figueres», y sobre la misma «Obra», amén de la flui­dez del relato y el acopio de documentos, hicieron que este libro tuviese un éxito singular; así consta en reseñas de prensa y revistas locales y en los «Anales C.M.».

De tanto en tanto, el P. Masjuán publicaba artículos en el semanario comarcal, «L’Empordá». Entre ellos: el creador del primer colegio en Figue­res, el sacerdote Julián González de Soto, uno de los cohermanos disper­sos por las «ventoleras» del siglo XIX; S. Vicente, su misión sigue aún (en el IV Centenario de su Nacimiento); la C.M. y las HH.CC. (en ocasión de la visita del P. McCullen). En una nota necrológica, «L’Empordá» subraya que el P. Masjuán tenía «una gran capacidad intelectual y una gran facilidad de conversación» y comunica que se publicará en los Anales del Insti­tuto de Estudios Ampordanesos, una biografía sobre «Los Vilallonga». Esta biografía la había emprendido a raíz de otros estudios sobre un miembro de esta familia, próxima ya su Beatificación.

La Beatificación de Rafaela Ybarra de Vilallonga (fue casada con el her­mano del Fundador de la «Obra Vilallonga») y la Canonización del «Hno. Miguel», de las EE.CC. del Ecuador, fueron ocasión para que el P. Masjuán estuviese unas dos semanas en Roma, en octubre de 1984. Le fue un modo de celebrar sus 50 Años de Sacerdocio y que, en julio, habla conmemorado «en la intimidad».

Este aniversario le había proporcionado la satisfacción de recibir muy expresivas cartas, entre otras muchas, del P. General, del Presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y del Visitador de Ecuador. En ellas se le reiteraba la gratitud sobre todo por su «labor en la formación de sacer­dotes». Al leérmelas, me comentaba: «lo que más me gusta de las bellezas que me escriben es al referirme que mi sacerdocio se ha multiplicado en sacer­dotes que contribuí a formar». Ahora, en la Canonización del nuevo Santo ecuatoriano, también se encontraban en Roma los Obispos de aquel país; únicamente entre ellos y en honor de los antiguos Nuncios en Quito, estos Obispos organizaron un banquete y el P. Masjuán fué también invitado; oca­sión para salutaciones de «mutua cortesía» entre el ex-Rector de Quito y dos de los prelados enredados en los manejos de 1962; desde aquel año «fatí­dico» para el P. Masjuán, habían pasado 22 años sin encontrarse; uno de los comensales observó discretamente que el intercambio de salutaciones tenía lugar en un hotel sito en la «vía della Conciliazione», a dos pasos de la Basílica de «San Pedro»… .

Los Obispos ex-alumnos, allí presentes, quisieron, de nuevo, unirse a la conmemoración de los 50 años Sacerdotales de su Rector y le obsequia­ron para que pudiese realizar uno de sus últimos anhelos: visitar Grecia y Palestina. Esta «peregrinación» la realizó en junio de 1985. Siguiendo las «huellas» de Jesucristo y de San Pablo, el P. Masjuán disfrutó la última gran alegría de su vida.

No le habían faltado otras, no menos gratas, durante la segunda gran etapa en tierras catalanas. En efecto, los cohermanos de la Provincia de Barcelona le recibieron, primero, con una respetuosa acogida non exenta de temerosos interrogantes por lo fragmentario de sus conocimientos sobre este cohermano que «aterrizaba» entre ellos; más adelante, volatilizados los temerosos interrogantes, la vida comunitaria del P. Masjuán discurrió por cauces de vicenciana convivencia. Ciertamente no faltaron, de vez en cuando, algunas «ráfagas» de «tramontana» en el «rumiar» del prosaico cotidiano o en sesiones de reuniones y asambleas, pues el P. Masjuán expo­nía con tenacidad, y con cierto aire de superioridad, sus ideas no sólo sobre asuntos de la Comunidad, si no también cuando irrumpían exacerbacio­nes regionalistas de tipo lingüístico.

A lo largo de los 22 años en tierras catalanas, le fueron igualmente gra­tas, las numerosas visitas de ex-alumnos y de antiguos cohermanos del Ecua­dor que recibió, particularmente en Figueres. Luego les acompañaba en museos, monumentos, serranías y playas de la comarca, ensalzando «ex abundantia cordis», las bellezas del arte románico, la placidez de las aguas de un lago o la suavidad del mar. De regreso a casa, seguía en sus «diserta­ciones»; éstas se interrumpían de inmediato si la televisión retransmitía algún partido de fútbol, pues el P. Masjuán era un «encallecido» aficionado de este deporte, pero no de sus «quinielas». Igualmente se interrumpían si, del grácil campanario, se difundía, siempre con puntualidad imperté­rrita, el llamado a un acto litúrgico. A menudo, el P. Masjuán pasaba, del clamoreo de los estadios resplandecientes de sol o de reflectores, al mur­mullo del rezo del rosario en la penumbra de la iglesia. Con equilibrada compostura, tanto interior como exterior, el P. Masjuán imbricaba lo pro­fano con lo religioso; a ambos los separaba con rigor de teólogo; a ambos los unía con sapiente humanismo de fino cuño vicenciano.

Esta equilibrada sensibilidad y su temperamento realista encarrilaron su andadura sacerdotal y misionera. Su continua lectura de la historia de la Iglesia y de la Congregación le inducía, en reflexiones sobre su propia historia, a declaraciones de este tipo: «en la vida de la Iglesia y de la C.M., muchos aspectos proceden de Dios, y otros muchos derivan de los hombres; a veces parece que Dios «duerme en la barca» y sus representantes no acier­tan en el rumbo de la navegación; a los navegantes del común, y yo soy de esta clase, nos incumbe reafirmar la fe en el verdadero timonel, que un día u otro despertará y calmará la tempestad».

El P. Masjuán, sacerdote de Dios según el corazón de San Vicente, fue hombre de fe en tempestades y bonanzas. La barca de su vida nos deja una estela de fidelidad en las «noches oscuras» como en la luminosidad de «días de sol». Lo rubrica, indirectamente, unos meses antes de su muerte, al agra­decer la felicitación del P. General por sus 60 Años de vocación, en noviem­bre de 1986, escribiéndole: «meditando sus palabras de felicitación acerca de ‘la fuerte vitalidad y fidelidad en la vocación a pesar de los gozos y dolo­res por los que ha atravesado en estos sesenta años; puedo decirle que no me doy cuenta del mérito que pueda tener, pues jamás, a lo largo de estos sesenta años, la más mínima tentación ni siquiera la idea, de otra vida que la de ser hijo de San Vicente, ha pasado por mi mente».

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