Jesús hace siempre la voluntad del Padre

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Author: Antonino Orcajo .
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La docilidad a la Providencia y el cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque encierran consejos evangélicos distintos, se confunden muchas veces en la práctica. El que sigue el plan de Dios, descubierto en la oración y en el quehacer diario, ése practica la voluntad del Padre; pero quien no presta oído a la Palabra y a los gritos de los pobres tampoco obedece la ley del Señor.

No resultada siempre fácil saber lo que san Vicente quiso enseñarnos acerca de la voluntad de Dios. Es necesario encuadrar su palabra y sus obras en el contexto general de la vida, si queremos entender tan preciosa lección. “En el ejercicio de la voluntad de Dios alcanza la clave de la síntesis espiritual; une en él sus dos preocupaciones: continuar la obra de Jesús, revistiéndola de su espíritu, y ajustar la prudencia que guía en la acción los procederes de la adorable Providencia”.

Según esto, los principios hermenéuticos que ayudan a discernir “el querer o no querer de Dios”, se cifran en la continuación de la obra salvífico-liberadora de Jesús y en el revestimiento de su espíritu. Jesús hace de la voluntad del Padre la norma suprema de conducta: «Para mí es alimento cumplir el designio del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). En el momento agónico de Getsemaní, ora al Padre: «Si quieres, aparta de mí este trago, sin embargo, que no se realice mi designio, sino el tuyo» (Lc 22,42). Había enseñado, además, a sus discípulos a orar de esta manera: «Llegue tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). No basta con decir: «Señor, Señor, para entrar en el Reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo» (Mt 7,21). Es tan excelente este ejercicio que crea verdadero parentesco con Jesús, pues «el que cumple la voluntad de mi Padre, ése es hermano mío y hermana y madre»  (Mt 12,50).

El ejemplo y doctrina de Jesús sobre la voluntad del Padre ha de ser también la regla de vida de sus seguidores, que han de convertir su existencia en «un sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como su culto auténtico; y sin amoldarse al mundo éste, sino transformándose con la nueva mentalidad, ser capaz de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado» (Rm 12, 1-2).

I. Perfección cristiana y voluntad de Dios

El ejercicio de la voluntad de Dios es el medio por excelencia para alcanzar la santidad a la que está llamado el cristiano. Para significar la realidad de la unión con Dios Padre, Vicente utiliza in distintamente los términos «perfección», «justificación», «santidad» y «santificación». Partiendo del sentido etimológico de «perfección» —perfectio–, acción acabada, hace consistir la santidad en el cumplimiento de la voluntad de Dios, ejercicio que lleva a la aceptación plena del designio divino. Pesa sobre él la exhortación paulina: «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4,3). No olvida, sin embargo, que la santidad es exclusiva de Dios y que Él es quien santifica al hombre por la efusión del Espíritu Santo.

Si la santidad, por otra parte, «se encuentra en la caridad», es necesario descubrir y vivir el designio de Dios en el amor, ya que la práctica de la voluntad divina «es un ejercicio de amor y sólo de amor, anticipo del paraíso, donde todo es amar». Si falta la respuesta del amor, de nada aprovecha cumplir materialmente las leyes, aunque éstas sean cauce de la voluntad divina. Por el contrario, el amor adelanta la felicidad eterna, agrada al Señor: «empieza a hacer ya en la tierra lo que constituye la bienaventuranza del cielo, empieza el paraíso en este mundo».

Vicente de Paúl no dedica a ninguna virtud tantos elogios como al ejercicio de la voluntad de Dios. Dice de él que es un medio «infalible», «seguro», «universal», «rápido», «fácil», «excelente», «compendioso» y «el menos expuesto a engaño», y «si hay algún otro ejercicio que lleve a la perfección se encontrará eminentemente en éste». Escribe lapidariamente a Luisa de Marillac: «¡Qué poco se necesita para ser santa: basta hacer en todo la voluntad de Dios». Y con los misioneros comenta: «La perfección no consiste en éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios». Por consiguiente,

«¿Quién será el más perfecto de entre los hombres? Será aquél cuya voluntad sea más conforme con la de Dios, de forma que la perfección consiste en unir nuestra voluntad con la de Dios hasta el punto que la suya y la nuestra no sean, propiamente hablando, más que un mismo querer y no querer».

El designio de Dios sobre la familia vicenciana no termina en la obra de evangelización, sino que se extiende al ejercicio de las virtudes características, como la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por la salvación de los hombres. El ser y actuar del vicenciano se nutren y expresan en la práctica del querer divino. Dios quiere que seamos sencillos, humildes y caritativos, porque estas virtudes definen los rasgos del evangelizador de los pobres y de la familia que Él mismo ha fundado.

Vicente de Paúl, tras exponer distintos pareceres de maestros espirituales, concluye que ningún medio puede compararse, para alcanzar la santidad, con el de la voluntad de Dios: “El cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere es un medio infalible para conseguir en poco tiempo la perfección cristiana”.

a) La opinión de Francisco de Sales

El santo obispo de Ginebra enseña que la presencia de Dios y la indiferencia en todas las cosas son los dos medios poderosos para llegar a ser santos. El Sr. Vicente no discute el parecer de su “venerable padre”, que escribió  además: “Prefiero el infierno con la voluntad de Dios al paraíso sin la voluntad divina”. Vicente acepta del autor del Tratado del amor de Dios la máxima de “no pedir ni rehusar nada”. Acerca de los medios aconsejados por Francisco de Sales se limita a decir:

“La práctica de la presencia de Dios es muy buena, pero me parece que adquirir la práctica de cumplir la voluntad de Dios en todas nuestras acciones es todavía mejor, pues ésta abraza la otra. Por otras parte, el que se mantiene en la presencia de Dios puede a veces no cumplir con ella la voluntad de Dios”.

b) El parecer de Pedro de Bérulle

El Fundador del Oratorio de París propone como medios extraordinario y eficaz: “obrar con pureza de intención, hacerlo y sufrirlo todo ante la mirada de Dios”. Tenemos a Berulle sometido a examen por su discípulo. Le parece a éste que la consigna de su antiguo maestro resulta sutil y embarazosa. Eso de la «mirada» y «vista» a Dios es otra cosa distinta de la espiritualidad dinámica que él propone a los evangelizadores de los pobres. Después de una breve reflexión sobre las preferencias espirituales del aristócrata Bérulle, termina diciendo:

«¿Hay alguien que tenga una pureza más perfecta que el que quiere y hace todo lo que Dios quiere y de la manera como lo quiere? Que se comparen todos estos ejercicios y se verá que Dios es más glorificado en la práctica de su voluntad que en todos los demás».

 c) El juicio de Benito de Canfield

Este famoso capuchino, de origen inglés, autor de la Regla de perfección, hace consistir la santidad en la práctica de la voluntad de Dios. Divide su obra en tres partes bien estructuradas: en la primera estudia la voluntad exterior de Dios; en la segunda, la voluntad interior de Dios; en la tercera, la voluntad esencial de Dios. Esta última es más complicada y difícil de entender que las dos anteriores. Por eso no fue aceptada unánimemente por todos los espirituales de la época; en cambio, la primera y segunda parte hicieron furor en el siglo XVII y sirvieron de manual a varias generaciones de místicos. El opúsculo de Canfield es aún hoy objeto de estudios interesantes, sobre todo en orden a conocer la espiritualidad de la «escuela abstracta», cuyo paladín es el mismo capuchino convertido del puritanismo.

El Sr. Vicente accede a los círculos abstractos a través de la lectura de la Regla de perfección, verdadero compendio de las teorías renano-flamencas. Hay que reconocer que la doctrina canfieldiana proporciona a Vicente de Paúl el lenguaje para hablar de la voluntad de Dios, aunque se aparte de ella en algunos de sus puntos.

II.- Grados y formas de ejercitarse en la voluntas de Dios

San Vicente es contrario a jerarquizar la vida espiritual; él tiende a la praxis. El mismo ejercicio de la voluntad de Dios, como indica su nombre, es más cuestión de práctica que de teoría. El ejemplo y doctrina de Jesús es el ideal, y no el parecer de un  místico abstracto». Cae, sin embargo, en la tentación, como tantos otros, cuando cataloga los pasos o formas de la voluntad de Dios. Inspirándose en la obra de Canfield, escribe en las Reglas o Constituciones de la Congregación de la Misión:

«Todos intentaremos en la medida de nuestras fuerzas el hacer (de la voluntad de Dios) una norma habitual. Para ello: 1. haremos lo que está mandado y evitaremos lo que está prohibido, siempre que veamos que lo mandado o prohibido viene de Dios, de la Iglesia, de nuestros Superiores y de las Reglas o Constituciones de nuestra Congregación; 2.º cuando se nos presenten a la vez varias cosas igualmente buenas, eligiremos más bien la que nos desagrada que la que nos place, a no ser que esta última sea necesaria, pues en este caso hay que preferirla a las otras. Pero la miraremos no por el lado que tiene de agradable para nosotros, sino porque agrada a Dios. Si se nos presentasen a la vez varias cosas de suyo indiferentes, ni agradables ni desagradables, entonces eligiremos sencillamente cualquiera de ellas como procedente de la providencia de Dios; 3.º aceptaremos con ecuanimidad,  como venido de la mano de Dios todo lo que de improviso nos acaezca bien sea adverso o favorable para el alma o para el cuerpo, y 4.º todo esto lo haremos sólo porque Dios lo quiere, y así imitaremos a Cristo, el Señor, que siempre obró así y por el mismo motivo, según él mismo dice: «Yo siempre hago lo que agrada al Padre».

¡Estupendo programa de vida espiritual si se tiene en cuenta que por encima de toda normativa está la caridad! Tiene razón Abelly cuando afirma del Sr. Vicente que «la conformidad de su voluntad con la voluntad de Dios era la propia y como la virtud general de este santo hombre, virtud que extendía su influencia sobre las demás virtudes; era como el resorte interior que movía todas las facultades de su alma y todos los órganos de su cuerpo; era el móvil primero de todos sus ejercicios de piedad, de todas sus santas prácticas y, en general, de todas sus acciones».

Pero ¿le faltó imaginación y libertad al Sr. Vicente para acatar servilmente parte del lenguaje canfieldiano? En todo caso, no asume todos los contenidos de la obra del capuchino ni es un repetidor mimético; pone mucho cuidado de no caer en un legalismo a ultranza que estaría en contradicción con la vida. Las reglas apuntadas no son argumentos irrefutables, sino simples pistas de discernimiento de la insondable voluntad de Dios, sujeta a tan diversas interpretaciones por parte de los hombres. A primera vista, podrían parecer tiznadas de espiritualismo e intimismo religioso; pero un examen a fondo de las mismas, y en el contexto de la vida, demuestra que fueron inspiradas por la práctica evangélica.

a) Crítica a las reglas apuntadas sobre la voluntad de Dios

Para no incurrir en una condenación a priori de las cuatro normas dictadas, hay que partir del criterio y conducta de Jesús frente a la Ley. Este juicio bastaría por sí solo para agradar al Padre en todas las cosas, obrando con entera libertad y llaneza.

El primer elemento de juicio para discernir el querer o no querer de Dios lo centra San Vicente en la obediencia a la Ley, bien provenga ésta de Dios, de la Iglesia o de los Superiores, bien se encarne en mandamientos, códigos, normas o reglas. ¿Está el Santo totalmente seguro de lo que acaba de decir? Se dan tantas excepciones de este criterio que no puede resultar infalible para todos los casos. El ejemplo de Jesús, enfrentándose contra los poderes religiosos y políticos, defensores de la Ley, contradice el principio expuesto. San Pablo enseña a los gálatas: «Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la Ley» (Gal 5,4). Y a los romanos: «El fin de la Ley es Cristo, para justificación de todo creyente» (Rm 10,4). Otros muchos textos paulinos no defienden la Ley como criterio de salvación (cf. Rm 7,1-4; Gal, 19-21; 3, 13-14; Ef. 2 13-16).

En vista de la actitud de Jesús y de san Pablo frente a la Ley, la reacción del Sr. Vicente no se hace esperar. El Santo busca incansable el designio divino traspasando incluso los límites impuestos por la Ley. La caridad le permite excusarse de los mandamientos y disciplinas comunitarias, como sabemos a ciencia cierta, y aconseja, por los mismos motivos de caridad, dejar la misa de los domingos y festivos, la oración expresa, la lectura, el silencio y demás normas, cuyo cumplimiento arrastraría un legalismo nefasto.

La segunda regla está inspirada en los consejos evangélicos de la mortificación y de la indiferencia. El sr. Vicente simplifica y adapta, en este punto, la doctrina del bien intencionado capuchino. La formulación del criterio vicenciano tiende a suministrar unos medios prácticos que hagan de la acción algo agradable a Dios y eviten a toda costa el embarazamiento espiritual. La selección de medios sugeridos puede ocasionar, no obstante, ciertos enredos a personas propensas al escrúpulo o con escaso criterio moral práctico. El Sr. Vicente se muestra receloso de las mociones interiores en personas proclives al engaño, pero reconoce que “el cumplimiento de la voluntad de Dios no consiste sólo en seguir lo que nuestros superiores nos ordenan, sino en responder a todos los movimientos interiores que Dios nos envía”.

El tercer criterio se refiere a la ecuanimidad de ánimo como señal de la voluntad de Dios; responde a la voluntad pasiva de Dios, es decir, a aquella que “se cumple en nosotros sin nosotros, como son las enfermedades, las calumnias, las malas o buenas noticias». En estos casos, la estabilidad de ánimo patentiza un equilibrio mental y emocional, una salud espiritual que no se deja invadir por la euforia ni por el desaliento. La paz interior, fruto del Espíritu, no se confunde con la insensibilidad ni con el estoicismo moral.

Parece que todo lo dicho es fácil de comprender; sin embargo, el mismo san Vicente advierte que «se necesitan varias conferencias más para explicar la máxima sobre la voluntad de Dios». ¿Significa esta declaración que las reglas anteriores no dan seguridad para acertar con el designio de Dios? Donde verdaderamente él se encuentra seguro es hablando del seguimiento de Jesús y de la extensión del Reino.

Jesús, al que hay que escuchar como «el amado y predilecto del Padre», y los pobres que le representan en la tierra, ofrecen los cauces verdaderos para conocer la voluntad de Dios. El Espíritu concede entonces «saborear lo que es recto y agradable» a Dios, y produce los frutos «del amor, alegría, paz, tolerancia, agrado, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí» (Gal 5,22). La caridad, esa «gran dama», está por encima de toda ley; ella manda y ordena «lo que hemos de hacer y cómo hemos de obrar», sin miedo a equivocarnos. Vicente de Paúl tiene la experiencia del amor que hace crecer más y más «en penetración y en sensibilidad para todo, a fin de discernir lo mejor» (Flp 1,9-10).

III. Seguimiento y voluntad de Dios

El espíritu de Jesús es el aglutinador de la acción espiritual y apostólica con la que el cristiano trata de agradar a Dios. La llamada de Jesús a seguirle no anula la voluntad del hombre, sino que la respeta, como en el caso del joven rico (cf. Mt 19,16-22). Toda invitación de Jesús a seguirle puede aceptarse o rechazarse, pero, en el peor de los casos, él permanece fiel al amor.

El cristiano ha de prestar atención para no caer en un voluntarismo en el que el seguimiento de Jesús dependa principalmente del esfuerzo y voluntad propios, ni en un perfeccionismo cultivado por los estetas apasionados del espíritu. No; seguir a Jesús, obedeciendo las sugerencias del Espíritu es gracia que viene de lo alto; no depende del hombre, sino de un beneplácito divino. El llamado a seguir a Jesús cumple con la voluntad del Padre respondiendo a la gracia con fidelidad.

En resumen, los criterios que regulan la docilidad a la Providencia, ésos mismos han de emplearse para discernir el querer o no querer de Dios. Las otras reglas, aunque muy buenas y recomendables, no tienen tanta fuerza para lanzar al creyente al compromiso de salvar al mundo, clara expresión del designio divino.

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