Jesucristo evangelizador de los pobres

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Author: Antonino Orcajo .
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El Jesús descubierto por Vicente de Paúl no es otro que Jesús de Nazaret, «nacido de mujer, sometido a la Ley» (Gal 4,4), con lengua y patria propia; pero es, a la vez, el Jesús coronado con las funciones gloriosas de Señor y Cristo (Hch 2,36) —Kyríos kai Chrístos, Salvador e Hijo de Dios. Lo que hoy preocupa a muchos creyentes, ligados a nuestra cultura e interesados en el retomo al Jesús histórico, no tiene coincidencia literal con el seguimiento de Jesús según Vicente de Paúl. Para éste, el Hijo de Dios es siempre el hijo de María nazarena; el Cristo de la fe, el mismo que llevó el nombre galileo; el Salvador es el Profeta crucificado y resucitado, el Mesías que el pueblo esperaba. El cree y confiesa que Jesús de Nazaret es verdadero Dios y verdadero Hombre, sin más distinciones de fe. Le llama e invoca con los títulos majestuosos con que la comunidad pascual le amó y le siguió.

Vicente de Paúl se diferencia de otros creyentes anteriores y contemporáneos suyos por el modo peculiar de interpretar la vida y obra de Jesús. Los «místicos abstractos» prescindían de la mediación de Cristo Jesús. Los «devotos modernos» imitaban al artesano de Nazaret oculto y silencioso. Los «humanistas» convertían al hombre en centro espiritual. Vicente, en cambio, elige a Jesús, evangelizador de los pobres; su experiencia teologal se funda en Jesús, por Jesús y con Jesús, destinado a la liberación de los pobres. De ahí que escoja para sí y para el pequeño grupo con el que vive fraternalmente el lema: Evangelizare pauperibus misit me Dominus (El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres); y para las Hijas de la Caridad: Caritas Christi urget nos (2 Cor 5,14) (La caridad de Cristo nos apremia). Toda la familia vicenciana se siente urgida a anunciar la Buena Nueva encarnada y predicada por Jesús de Nazaret.

I. Jesús, evangelizador de los pobres

El pasaje evangélico de Vicente de Paúl es, sin duda, el de san Lucas: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos…» (Lc 4,18-19). Jesús hace suya la Escritura de Isaías 61, 1-2. En él se cumple todo lo predicho y figurado en los profetas: va en busca de la oveja perdida, colma de perdón a los pecadores, cura a los enfermos, a todos otorga el amor.

Jesús evangelizador encarna la ternura y misericordia del Padre; a través de signos y milagros realiza las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento; se solidariza con los humildes del pueblo, enfrentándose contra los abusos de los poderosos, que le condenan a muerte de cruz. La evangelización de los pobres es la señal que le identifica como Hijo y enviado del Padre, como Cristo y Salvador.

a) «El Mesías que el pueblo esperaba»

Durante muchas generaciones el pueblo elegido esperó la liberación de todas sus esclavitudes. Los profetas le fueron guiando por el desierto y el destierro. La palabra profética alentaba la esperanza del pueblo en aquel que «librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres» (Sal 71,12-13).

Jesús es ese Mesías, ungido por el Espíritu para realizar la obra salvífico-liberadora. Al precursor Juan el Bautista, aprisionado en la cárcel por valiente y sincero, le entran dudas sobre la conducta desconcertante del nuevo Profeta. Jesús contesta a los  emisarios de Juan: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído; los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios… a los pobres se les anuncia la Buena Nueva. Y dichoso el que no se escandalice en mí» (Lc 7,22-23). La respuesta de Jesús disipa los temores de Juan.

Vicente de Paúl presta atención continua a los dos pasajes citados (Lc 4,18-19; 7,22-23) y se determina a hacer lo mismo que Jesús: evangelizar a los pobres de palabra y de obra:

«Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres; es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros… El Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indicó esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que había venido el Mesías que el pueblo esperaba».

b) «Jesús, que quiere decir Salvador»

No es frecuente que Vicente de Paúl se detenga en explicaciones etimológicas de los nombres, a no ser de paso y brevemente; pero, tratándose de Jesús, explica que él es el Salvador; vino al mundo para eso: para salvarnos, librándonos del pecado y de la muerte eterna. La exclamación tan repetida por el Santo, ¡oh Salvador!, revela su fe en la misión de Jesús en la tierra.

El nombre de Jesús ayuda, por otra parte, a penetrar en el significado de apóstol o misionero, nombre que han recibido los enviados por la Iglesia para realizar la misión misma del Mesías:

«Quien dice misionero, dice un hombre llamado por Dios para salvar a las almas; porque nuestro fin es trabajar por su salvación, a imitación de Jesucristo, que es el único redentor verdadero y que cumplió perfectamente lo que significa su nombre amable de Jesús, que quiere decir Salvador… Vino y viene cada día para eso, y por su ejemplo nos ha enseñado todas las virtudes convenientes a “su cualidad de Salvador».

c) «Señor y Cristo» Jesús, entregado a la crucifixión y vuelto a la vida gloriosa, es creído e invocado como «Señor y Cristo» (Hch 2,26).

Por decirlo con palabras de Ch. Duquoc: «Como Señor, Jesús ejerce en este mundo la función de Dios; como Cristo o Mesías, lleva a cabo la renovación del mundo y no existe ningún otro ser del que podamos esperarla».

La aportación vicenciana a la cristología es más dinámica que teórica; no basta, en efecto, con conocer a Jesús por los tratados de teología. Bien se le considere como Mesías o ungido para la tarea evangelizadora, bien como enviado del Padre en orden a la salvación de los hombres, o como Hijo de Dios que sella la Alianza de amor, o como Señor de la vida y de la muerte, Jesús de Nazaret pone en movimiento la fe y caridad de los cristianos. Él es la clave de interpretación de toda Palabra revelada.

II. Evangelizar a los pobres

Recordemos el significado del término «Evangelio» —euangélion—, del que se deriva «evangelizar» —euangelídseszai—, para entender la obra y mensaje de Jesús. El Evangelio entraña una Alegre y Bueva Noticia de salvación. Evangelizar equivale a proclamar dicho mensaje, asegurar al hombre la realización de sus esperanzas. Lo esencial del anuncio se condensa en las enseñanzas del Reino, inaugurado y personificado en Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca» (Mc 1,15), tan cerca que «ya está entre vosotros» (Lc 17,21). El Reino es una realidad viviente que no espera demora. Jesús comienza su tarea urgiendo la conversión y la fe en el Evangelio: «Convertíos y creed la Buena Noticia» (Mc 1,15).

Vicente ha meditado muchas veces esta invitación del Señor y, por eso, hace consistir la evangelización, «[…] en dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de Dios, y que ese Reino es para los pobres… Sí, evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios» (4).

Aunque Vicente de Paúl trata de situarse en la línea más pura del acontecimiento salvífico, interpretando los «dichos y hechos» de Jesús —ipsissima verba et facta Iesu,— y su lenguaje está inspirado en la Biblia, sin embargo predomina en él la orientación dogmática y moral de Trento. La salvación o condenación de las Arias es su tema ordinario de predicación.

Hoy se insiste en el mismo problema de la salvación del hombre, aunque el enfoque y lenguaje hayan cambiado. Se acentúa la salvación integral, «ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él, de entregarse a El»(5). Se recalca la dimensión cultural, trascendente y religiosa de la evangelización en su doble función profética de anuncio y denuncia, «aunque el anuncio es siempre más importante que la denuncia, si bien ésta no puede fuerza de su motivación más alta».

Las medidas adoptadas por Vicente para evangelizar a los pobres responden a las necesidades concretas y más urgentes del momento histórico y revelan un alto exponente de sensibilidad y de compromiso con los necesitados.

a) La catequesis

La evangelización se realiza de palabra y de obra; compete además a todo cristiano: hombre o mujer, laico o clérigo. Las catequesis son el medio más eficaz de evangelizar a las gentes, ya que erradican del «pobre pueblo» la ignorancia religiosa e intentan crear una comunidad ferviente de cristianos, donde reinen la justicia y la caridad.

A juicio de Vicente de Paúl, la ignorancia es el peor de los males que padece el pueblo. Cada vez que sale a misionar las aldeas constata la misma realidad: «El pobre pueblo se condena por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner remedio a ello».

La catequesis consiste en explicar los contenidos del «depósito de la fe» y la moral de los sacramentos y mandamientos. El mismo san Vicente compone dos catecismos: el mayor y el menor; ambos están inspirados en el Catecismo romano de Trento, aunque más breves y acomodados a la capacidad de los campesinos.

El Sermón sobre el catecismo nos recuerda la obligación de instruir a los ignorantes en materia de religión, así como el método práctico de transmitir las verdades fundamentales, sobre todo los misterios de la Trinidad y de la Encarnación del Verbo. El catequista ha de esforzarse en hacer comprensible a niños y a adultos la Buena Nueva de la salvación, sirviéndose de muchas comparaciones y evitando cuestiones inútiles y oscuras.

b) Las fuentes de la gracia

Es impensable una evangelización que no incluya la práctica cal del Reino, la clave para descifrar la dignidad o indignidad del de los sacramentos. La vida sacramental culmina la obra evangelizadora, que exige, como principio, la conversión del hombre, la vuelta al Evangelio. Jesús de Nazaret predica la penitencia —metanoia— como cambio radical de la mente y del corazón, para ajustar nuestros juicios a los criterios del Evangelio.

Las campañas misionales vicencianas tienden a atraer al pueblo hacia la penitencia, que no termina en una confesión general, sino en volver a las fuentes vivas de la gracia. Abelly hace notar de su biografiado que «distribuía el pan de la Palabra divina en las predicaciones y catequesis, mostrando las fuentes de la gracia por la administración de los sacramentos».

La penitencia sacramental estaba ordenada a la recepción de la Eucaristía. El Sermón sobre la comunión, (escrito con iguales características bíblicas, teológicas y pastorales que el sermón sobre el catecismo), insiste en la necesidad de preparar a los fieles para el Sagrado Banquete. Notamos en dicho sermón la            concepción dualista del hombre y el pesimismo sobre la naturaleza humana, herencia del agustinismo platónico:

«Nosotros no somos más que gusanillos de la tierra, vapor de humo, saco lleno de suciedad y antros de mil malos pensamientos. Nuestro Señor, en cambio, es un ser eterno e infinito, esplendor de la gloria y fuente de toda gracia y hermosura».

Los ejemplos contrapuestos de la Virgen María y de Prometeo indican, respectivamente, la limpieza de corazón con que se ha de recibir el Cuerpo del Señor y el remordimiento de los que se acercan a comulgar «con indignidad, indisposición y falta de devoción». Si bien es cierto que nunca faltarán temores sobre una digna preparación para recibir el Sacramento del Amor, la caridad con el prójimo es, sin embargo, «una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios». No en vano, el amor al prójimo es la exigencia más radical del Reino, la clave para descifrar la dignidad o indignidad del cristiano ante le eucaristía, fuente y culmen de toda vida cristiana.

Tanto la penitencia como la eucaristía son los dos sacramentos más recomendados a los seguidores de Jesús. Estos han de beber las fuentes de la salvación, sumergiéndose en las aguas purificadoras de la penitencia, segundo bautismo laborioso, y celebrando la eucaristía «con la que se rinde la gloria suprema a Dios, Uno y Trino, y al Verbo encarnado». La recepción de los sacramentos hace suspirar al cristiano por la vida eterna, por el banquete de bodas (cf. Mt 22, 1-44 y otros).

III.  «De los pobres es el Reino de Dios»

Un convertido al Evangelio, como Vicente de Paúl, no duda de la «utopía» de Jesús: «Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Lc 6,20). Jesús predica un Reino universal en el que tienen cabida todos los hombres, pero va dirigido principalmente a los pobres. En primer lugar, a los realmente pobres —ptóchoi—, a los que carecen de lo necesario para cubrir sus necesidades vitales: alimento, vestido, casa, libertad. En segundo lugar, a los pobres de espíritu, a los pequeños y humildes —nepioi kai tapeínoi.

El Reino de Dios está formado por el grupo de seguidores de Jesús, que exige como condición para ser discípulo suyo dejar de ser rico, para ser pobre (cf. Mc 10.21; Mt 5,3). El mismo Señor da ejemplo de pobreza y de humildad (cf. Lc 2,7; Mt 11,29; Jn 13,12). Sin la presencia de los pobres no se entiende a Jesús ni su mensaje, como tampoco la vida y obra de sus discípulos.

Con razón comenta R. Mc Cullen a propósito del seguimiento de Jesús y de la evangelización de los pobres: «Se puede decir que hay una lógica interna entre mi seguimiento personal de Cristo y la proclamación que hago de él a los pobres. Mi identificación con Cristo pobre debe preceder a la obra de la evangelización de los pobres, si mi predicación quiere ser plenamente auténtica. Porque es en nombre de Cristo pobre por el que yo hablo a los pobres y en favor de ellos» (17).

a) «Asistir y cuidar a los pobres»

La asistencia, el cuidado y el servicio a los pobres son formas de evangelizar con obras. Aquí late una eclesiología basada en la diakonía, sermón más convincente que la simple palabra. La ayuda corporal y espiritual al necesitado testimonia elocuentemente la fe y el amor de los creyentes. Jesús establece con su ejemplo esa entrega, pues «vino no para ser servido, sino para servir y dar la vida como rescate por muchos» (Mc 10,45).

Las necesidades del pobre reclaman la ayuda indistinta de clérigos y laicos; aquéllos, en particular, pueden sucumbir a la tentación de no asistir materialmente al pobre so pretexto de dedicarse a la predicación. Vicente sale al encuentro de esta objección:

«Si hay alguno entre nosostros que crea está en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás… Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto, y es lo que nuestro Señor practicó»

Las funciones de servicio de las antiguas diaconisas fueron retomadas por las Cofradías de la Caridad. Pero tanto los ministros de la Iglesia como los laicos han de persuadirse que, al hacer un servicio a los pobres, «practican la justicia, no la misericordia. Son hermanos nuestros esas personas a las que Dios nos manda que ayudemos».

b) «Servir a los pobres es servir a Jesuscristo»

El servicio a los pobres lo identifica Jesús como hecho a su propia persona: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40-45). Según esta revelación, los pobres son lugar teológico y signo de la presencia de Jesús en la tierra. Los pobres son también como un sacramento en el que se oculta el misterio de Cristo, al que no es posible acercarse sino con fe viva o caridad actuante:

«No hemos de considerar a un pobre campesino o a una mujer pobre según su aspecto exterior ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre».

El que descubre a Jesucristo en los pobres se encuentra con Dios Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). En los pobres se manifiesta la inmanencia de Dios Amor, que espera de sus hijos el socorro para los necesitados. Mil veces podrá ir un sirviente a cuidar y a asistir a los pobres, y otras tantas encontrará a Dios en ellos. Esto es tan cierto que «lo que vemos no nos da más seguridad, porque nuestros sentidos pueden engañarnos, pero las verdades de Dios no engañan nunca».

La doctrina y experiencia de san Vicente sobre este particular enlazan con la tradición práxica de la caridad, que ve en los pobres el signo revelador del anonadamiento —kénosis— del Hijo de Dios. San Gregorio había glosado: «Mientras hay tiempo todavía, queremos visitar a Cristo, cuidar a Cristo, alimentar a Cristo, vestir a Cristo… Queremos ejercitar la caridad con Cristo a través de los pobres y de los que aquí son hoy despreciados». Iluminado por la enseñanza y praxis más antigua de la Iglesia, el Sr. Vicente exhorta a las Señoras de la Caridad:

«¿Y qué amor podemos tener a Dios si no amamos , a los que  Él amó? No hay ninguna diferencia entre amarle a El y amar a los pobres, entre servir bien a los pobres y servirle a El».

c) «Nuestros amos y señores»

Los pobres han sido considerados siempre, en cualquier tiempo, cultura y orden establecidos, como «mulos de carga», «deshechos de la sociedad», «objetos molestos», « animales selváticos», «cargas pesadas». Para san Vicente, en cambio, son «personas», «imagen de Dios», «hijos de Dios», «hermanos nuestros», «miembros dolientes y distinguidos del Cuerpo de Cristo», «destinatarios y depositarios principales del evangelio», «introductores del Reino de Dios», «encarnación y representación de Jesucristo», «tranquilizadores en la hora de la muerte», «jueces de bienaventuranza o de condenación», «intercesores en el cielo», «amos y señores».

Cada uno de estos títulos forma parte de un tratado de antropología teológica, manejado a diario por Vicente de Paúl. No encontramos en todos sus discursos ni una sola palabra injuriosa o irrespetuosa contra los desheredados de la tierra, por más que reconozca en ellos lacras reales.

Los pobres son «personas» dignas de todo respeto, conjunto unitario de cuerpo y alma destinado a la gloria, aunque deformaciones corporales y psíquicas parezcan desmentirlo. El caso extremo de los profundos mentales confirma el aprecio con que han de ser honrados.

Los pobres añaden a su dignidad humana la de ser «imagen de Dios», cuyo modelo arquetípico es Cristo, «imagen de Dios invisible» (Col 1,15). Hacia Cristo anonadado ha de tender la persona que desea alcanzar su plenificación. La consideración del misterio de Cristo encarnado induce a rodear a los pobres de gloria y dignidad. La imagen de Jesús en los necesitados espera un trato impregnado de «dulzura, compasión, cordialidad, respeto y devoción». Es de notar que esta última palabra, consagrada para designar lo que es santo o santificado, o está declarado por la Iglesia como objeto de veneración, la aplique san Vicente a los miembros dolientes del Cuerpo de Cristo.

La cualidad de «hijos de Dios», que igualmente disfrutan los pobres como los demás redimidos, los convierte en «herederos de Dios y coherederos con el Mesías; el compartir sus sufrimientos es señal de que compartirán también su gloria» (Rm 8,17).

Que sean los «depositarios del Evangelio» y los maestros que nos enseñan a vivir la religión, pese a que sus creencias están llenas frecuentemente de supersticiones, brujerías y asaltos de la imaginación, no cabe la menor duda:

«Si existe una verdadera religión… ¿qué es lo que digo, miserable? […] ¡Si existe una verdadera religión! ¡Dios me lo perdone! Hablo materialmente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir…, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol…».

El papa Pablo VI ha suscrito recientemente los valores de la religiosidad popular: «Los pobres reflejan una sed de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante; engendran actitudes interiores que, raramente, pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, despego, aceptación de los demás, devoción». Los pobres construyen el Reino más con testimonios de vida que con palabras.

Pocas doctrinas han adquirido tanta fortuna como la de que los pobres son «jueces de bienaventuranza o de condenación». Está garantizada por el Evangelio según san Mateo 25, 31-36. Sólo el amor, expresión de la voluntad de Dios, puede salvar. El que renuncia al amor del prójimo se condena, «porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se siente superior al juicio» (St 2,13).

Finalmente, los pobres son nuestros «amos y señores». Ellos mandan en la vida de sus servidores, ellos evangelizan desde una teología de la cruz. Nada se les puede negar de lo superfluo que poseemos y hasta de lo necesario:

«Con tal de tener para comer y vestir, lo demás pertenece a los pobres y hasta tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria».

d) «Saber dejar a Dios por Dios»

El seguidor de Jesús no se debe a sí mismo, sino a aquél que le ha llamado para servirle en la persona de los pobres; menos se debe a la ley material y a la programación intocable de actos. Lo contrario significaría renegar de Jesús, que dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27-28). El cristiano auténtico supedita su persona, su tiempo y su oración expresa a las llamadas urgentes de sus «amos y señores»:

«No tenéis que inquietaros, ni creer que habéis faltado, cuando perdáis la oración; porque no se pierde cuando se la deja por un motivo legítimo. Y si hay un motivo legítimo es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios… Dejáis la oración o la lectura, o perdéis el silencio por asistir a un pobre; pues sabed, hijas mías, que hacer esto es servir a Dios».

El dinamismo de la caridad no se detiene en devociones particulares, sino en compromisos de amor afectivo y efectivo al pobre. Dios se complace en el que hace justicia al prójimo necesitado, aunque tenga que dejar de momento el sosiego de la oración; más tarde volverá al diálogo expreso con Dios, donde se recuperan fuerzas para el trabajo apostólico. Y en medio del fragor de la     caridad, pensará que es indigno de rendir sus pequeños servicios a los pobres.

IV. El humanismo vicenciano

El humanismo vicenciano rebasa los cálculos de los filántropos renacentistas, supera los ideales de los «devotos», trasciende los programas políticos de los gobiernos de turno y se aparta de la ideología de los filósofos ateos.

Los humanistas del Renacimiento, cultivadores de las Letras Clásicas, contemplan al hombre como centro de la creación. Hay humanistas, como J.L. Vives, que sienten verdadera preocupación por los pobres, pero el amor que les profesan se agota en la producción literaria: aman al hombre sólo por el hombre.

El humanismo devoto, liderado por san Francisco de Sales, ensalza la grandeza y el poder de Dios en sus criaturas racionales, vocacionadas a la excelsa dignidad de hijos adoptivos por la gracia de Jesucristo; pero no se caracteriza por una espiritualidad del trabajo, fuente de riqueza y de bienestar temporal.

Todos los gobiernos políticos presentan programas, que, en principio, ofrecen mayor felicidad a los ciudadanos, pero luego atropellan los derechos del pueblo pobre. La lucha por el poder y el dinero siembra rivalidades entre los mismos partidos políticos, que fraccionan la unidad y la paz del pueblo, víctima principal del hambre, de las guerras y de la muerte. Los pobres sufren las consecuencias de la ambición desbocada de los poderosos.

No es éste el lugar para hacer una relación de los distintos movimientos humanistas que han aparecido en los últimos tiempos, cuya nota más característica es el ateísmo. Baste recordar que ni Hegel con su juicio sobre «la alienación religiosa», ni Feuerbach con la teoría de «el hombre es el ser supremo del hombre», ni Marx con su acerba crítica de la religión como «opio del pueblo», ni Nietzche con la «aparición del superhombre y de la muerte de Dios», ni Freud con la nueva crítica a la religión como «ilusión» […] llegan a implantar un humanismo satisfactorio.

Aunque estas aportaciones del humanismo sean todas respetables, no consiguen liberar al hombre de sus esclavitudes económicas y sociales, pero ni siquiera de las culturales, políticas y religiosas. Frente a las formas mencionadas de humanismo, el de Vicente de Paúl destaca principalmente por las cuatro notas siguientes.

Parte de un humanismo centrado en la persona y obra de Jesús de Nazaret, ungido por el Espíritu para evangelizar a los pobres. No son los literatos, ni los filántropos, ni los filósofos, ni si quiera los teólogos los que movilizan su celo, sino Jesuscristo, «manantial y modelo de toda caridad, a quien hay que servir corporal y espiritualmente en la persona de los pobres».

El compromiso pronto y alegre especifica la praxis humanitaria, extensiva a hombres de toda raza, lengua y color, sin que cuente la etnografía ni la confesionalidad. No pide nada a cambio por el servicio prestado. La dimensión universal del humanismo vicenciano reviste las notas de una antropología cifrada en los títulos más nobles del hombre: «imagen de Dios», «hijo de Dios» y «miembro del Cuerpo de Cristo». Se trata de una antropología poco desarrollada bajo los conceptos filosófico-ónticos, pero muy cimentada en los principios ético-morales derivados de la Escritura.

El humanismo vicenciano está motivado por el amor, por un amor gratuito, fraternal y solidario. Cuanto más desgraciado es el hombre tanto más se esmera el amor en mostrarse «afable, compasivo, cordial, respetuoso y devoto», expresión del amor teologal —agápe—, superior a la filantropía y al erotismo. El amor erótico, pasional, egoísta e interesado por naturaleza, no se columbra en el humanismo vicenciano.

En fin, se trata de un movimiento que nace de Dios y va a Dios por Jesucristo. Jesús en los pobres es el lugar de la experiencia religiosa. Según san Vicente es inconcebible un humanismo que niegue a Dios o lo relegue al campo de la ideología.

Los elementos enumerados, vividos armónica y simultáneamente, resultan otros tantos medios para liberar al hombre de toda clase de esclavitudes: poder, dinero… La opción preferencial por los pobres no es sólo un modo de seguir a Jesús, sino «una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana». A partir de esta opción, renovada con un amor siempre nuevo, la familia vicenciana se esfuerza por levantar la ciudad terrestre, asemejándose a Jesús, constructor de la Nueva Humanidad.

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