Jesucristo, vida nuestra

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Author: Antonino Orcajo .
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Las reflexiones siguientes giran todas en torno al Espíritu de Jesús, señor y dador de vida. Jesucristo es criatura del Espíritu (cf. Mt. 1, 18-20: Lc. 1,35), ungido por el Espíritu como Mesías (cf. Lc. 4,18), portador y dador suyo (cf. Jn 39; Hch 2,23), El Espíritu actúa particularmente en Jesús, como él mismo dice: “El Espíritu es el que da vida… Las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn. 6,63).

El seguimiento implica un deseo de configurarse con “el hombre Crito Jesús” (1 Tim 2,5), por la participación de su Espíritu, haciéndolo todo por Cristo, con él y en él. Como enseña la Gaudium et Spes: “El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29); Col 3, 10-14), recibe las primicias del Espíritu, las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor (cf. Rm 8, 1-11). Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Ef.1-14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rm 8,23). La cristificación no es un medio más para el creyente, sino el fin señalado por seguimiento de Jesús.

Esta orientación de la vida cristiana da consistencia y actualidad a las enseñanzas de Vicente de Paúl, a quien no se le oculta la complejidad y riqueza del término espíritu, que, como ocurre con las traducciones de la Escritura, no sabe si llamarlo con mayúscula o minúscula. Cuando habla del Espíritu de Dios, de Jesucristo, del Hijo, o simplemente del Espíritu Santo, se está refiriendo a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad; pero, cuando emplea el término genérico de espíritu, puede designar el talante espiritual de Jesús, una fuerza sicológica, intelectual, o un principio inmaterial, ético, opuesto a lo sensible, a lo corporal, a lo sensual.

I. «El Espíritu de Jesucristo extendido por todos los cristianos»

La participación del Espíritu de Jesús no es restrictiva de un grupo selecto de cristianos, sino que se extiende a todos los bautizados, pues «en un mismo Espíritu, todos tenemos acceso al Padre» (Ef 2,180, y «todos los bautizados en Cristo estamos revestidos de Cristo» (Gal 3,27):

«Cuando se dice: el Espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que ese Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas disposiciones e inclinaciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu».

Luego se entiende por Espíritu de Jesús, en primer lugar, el Espíritu Santo, persona divina, don y dador de vida, que todo lo crea, cuida y conserva. El Espíritu convierte a los bautizados en hijos adoptivos de Dios y en templos de la divinidad: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que se nos ha dado» (Rm 5,5; cf. Rm 8,14; Gal 4,6). El Espíritu como persona distribuye sus dones según quiere (cf. 1 Cor 12,11), sobre todo los siete de sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios, así como los frutos del «amor, alegría, paz… y libertad, porque donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (Gal 5,22; 2 Cor 3,17). El dinamismo de los dones y frutos otorga a los bautizados las mismas disposiciones interiores del Hijo de Dios para con su Padre y con los hombres. La fuerza divina del Espíritu los convierte en testigos de la muerte y resurrección de Jesús hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Por eso, es justo concluir:

«El Espíritu de Jesucristo está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del Espíritu de Dios».

Pero, desgraciadamente, no todos los cristianos viven según las exigencias del bautismo. Los hay que ignoran su nacimiento «de agua y de Espíritu» (Jn 3,5), quienes desconocen que «hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios» (Rm 5,14), y quienes no se percatan que «ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rm 5,16).

II. «Vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo»

La vida del bautizado está fundida en la vida de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra santificación y salvación; queda sepultada en Cristo, para que así como él fue resucitado de la muerte por la fuerza del Espíritu del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva (cf. Rm 6,3-5). Todos los consejos de san Vicente van orientados hacia la práctica de esta mística;

«Acuérdese —escribe al P. Portail— de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo».

A otro sacerdote de la Misión le recomienda la misma práctica, atendida la vocación y misión del seguidor de Jesús:

“Le pido a nuestro Señor que podamos morir a nosotros mismos para resucitar con él, que él sea la alegaría de nuestros corazones, el objeto y el alma de sus acciones y su gloria en el cielo. Así será si nos humillamos ahora como él se humilló, si renunciamos a nuestras satisfacciones para seguirle, llevando nuestras pequeñas cruces, y si entregamos voluntariamente nuestras vidas, como él dio la suya por nuestro prójimo, a quien él ama tanto y quiere que nosotros le amemos como a nosotros mismos”.

La vida en Jesucristo conduce a la santidad verdadera, “asunto éste más del Espíritu Santo que de los hombres”. San Vicente no distingue, de acuerdo con la doctrina de san Pablo, entre “vida en Cristo” y “vida en el Espíritu”, fórmulas que se intercambian fácilmente en el lenguaje escriturístico. La expresión original ”bautizados en Cristo” –eis Christon- indica un movimiento, una tensión hacia la incorporación plena en Cristo Jesús. Los textos paulinos expresan dicha comunión vital por el uso corriente del prefijo “con”. Los bautizados en Cristo han muerto con él –conmortui-, han sido injertados en él –complantati-, vivificados con él –convivificati-. Con razón comenta san Agustín: “El cristiano es otro Cristo, y nada más verdadero. Pero es preciso no equivocarse. Otro no significa aquí diferente. No somos otro Cristo diferente del Cristo verdadero. Estamos destinados a ser el Cristo único que existe”.

III. Vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo

El revestimiento del Espíritu de Jesús, (expresión den hondo sabor paulino), no indica una mera envoltura superficial y externa, sino una penetración profunda que urge a obrar desde dentro con los mismos sentimientos de caridad del Hijo de Dios, a permanecer unidos a él, como el sarmiento a la vid, para dar fruto (cf. Jn 15,5-8). El vacío de sí mismo es un paso simultáneo con el revestimiento de Jesús. Existen otras fórmulas equivalentes que explican la misma realidad espiritual: «despojarse del hombre viejo y de las obras de las tinieblas, para revestirse del hombre nuevo y de las armas de la luz» (cf. Ef 4,23-24; Rm 13,12 y otros). San Vicente maneja indistintamente todos estos consejos para exhortar a la santidad basada en la vivificación del Espíritu de Dios. Al P. Durand le aconseja: «Debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo».

El vacío hecho en nombre de Dios, a semejanza del anonadamiento de Jesús en la encarnación —kénosis—, lejos de crear esterilidad, prepara al hombre para ser auténtica criatura nueva. El Espíritu se encarga de llenar con sus dones y frutos el vacío que el hombre viejo ha hecho, liberándose del pecado y demás esclavitudes, «para caminar según el Espíritu y no según las apetencias y pasiones de la carne» (Rm 8,1-13; Gal 5,16-26).

IV. «Se necesita vida interior»

El vacío fertilizado por la presencia del Espíritu produce vida interior; lo constata la Escritura y la experiencia de los santos, que encuentran en el himno Veni Creator Spiritus y en la secuencia Veni Sancte Spiritus los anhelos más profundos de trabajar por la consolidación del Reino de Dios. A propósito del consejo evangélico: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia…» (Mt 6,33), comenta san Vicente:

«Hay que buscar el Reino de Dios. Eso de buscarlo no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas. Quiere decir que debemos obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesantemente por el Reino de Dios, sin quedarnos en una situación cómoda y parados, prestar atención a su interior para arreglarlo bien… Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo… Se necesita vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo».

La semántica del verbo buscar —zetein en griego, quaerere en latín— incluye en su raíz cierta tensión del hombre por encontrarse consigo mismo y con Dios. La experiencia de san Agustín confirma la necesidad de ser interiores, de saber entrar dentro de sí mismo, donde se gusta la presencia del Espíritu de Dios y se actualiza vivencialmente el Reino encarnado y predicado por Jesús. De nuevo insiste san Vicente:

«Procuremos, hermanos míos, procuremos hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros; busquemos, salgamos de ese estado de tibieza y de disipación, de esa situación secular y profana, que hace que nos ocupemos de los objetos que nos muestran los sentidos, sin pensar en el Creador que los ha hecho».

En las exhortaciones vicencianas no quedan plenamente reflejados nuestros actuales planteamientos sobre la secularización y el secularismo. Estos fenómenos socio-religiosos contienen hoy aspectos más amplios que los simplemente contemplados por san Vicente, aunque ya en su tiempo apareciera la «secularización», con la paz de Westfalia (1648), para designar la transferencia de terrenos y propiedades de la Iglesia al Estado. En labios de san Vicente, la situación secular —de saeculum— significa una actitud de mundanidad, de apego a las realidades terrenas, a lo sensorial, sin excluir el derecho a «usar y gozar de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, según el dicho de san Pablo: «Todo es vuestro: vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (1 Cor 3,22-23)» (12).

Lo mismo cabe decir del estado «profano» —pro-fanum , que significa una actitud de frialdad y de alejamiento de la religión. El hombre profano se niega a entrar en el santuario interior donde habita el Espíritu, animando y santificándolo todo. El profano prefiere detenerse en la periferia del templo, atraído por el espejismo de lo creado y por la figura que pasa de este mundo.

El concepto de lo «sagrado» también ha evolucionado mucho desde el Renacimiento hasta nuestros días. Es innegable la prevalencia de lo «sacro» en el pensamiento de san Vicente, pese a sus esfueros por no caer en una sacralización de los fenómenos atmosféricos, culturales y cúlticos. Su temperamento práctico y realista le ponía en guardia contra el fetichismo y lo mágico de las gentes. No pocas de las ironías del Santo recaían sobre esas gentes crédulas e ingenuas.

V. Reglas para descubrir a Jesucristo y revestirse de su Espíritu

El bautizado adulto puede servirse de tres reglas para crecer en la plenitud de vida en Cristo: contemplarle en la vida y acontecimientos de los hombres, juzgar como él juzgó y obrar como él actuó. Tales criterios contribuyen a «entrar en el Espíritu de Jesús a fin de realizar sus acciones». El creyente encuentra en Jesús la razón de su ser y de su hacer: «No solamente no conocemos a Dios sino por Jesucristo, sino que tampoco nos conocemos a nosotros mismos sino por Jesucristo. No conocemos la vida, la muerte, sino por Jesucristo.

Fuera de El, no sabemos lo que es ni nuestra vida, ni nuestra muerte, ni Dios, ni nosotros mismos». En la misma línea, afirma san Vicente: «nada me agrada que no sea en Jesucristo».

a) Ver a Dios en todas las personas

El Espíritu actualiza en la historia a Jesucristo, su persona, sus palabras y sus obras. Por la primera regla enunciada, el cristiano descubre a Jesús presente en todas las personas que ostentan alguna autoridad y en los más débiles.

«Cuando Dios quiso llamarme —dice el Sr. Vicente—a casa de la Sra. Generala de las galeras, yo miraba al Sr. General como a Dios y a la Sra. Generala como a la Santísima Virgen… No recuerdo haber recibido nunca sus órdenes más que como venidas de Dios; no sé que haya obrado nunca en contra de eso».

El Santo atribuye a ese espíritu de fe las bendiciones que recibieron sus obras. De igual modo se había comportado san Francisco de Sales. El descubrimiento de Dios y de su Hijo en la persona sobre todo de los pobres sensibiliza el juicio y acción del creyente comprometido.

b) Juzgar de las cosas como juzgó Jesús

El segundo criterio consiste en “tener como regla inviolable la de juzgar en todo como ha juzgado nuestro Señor”. Se trata de ajustar nuestras creencias a los principios evangélicos apartándonos de la ideología del mundo y de sus normas de conducta. A fuerza de preguntarse uno cómo juzgaría Jesús tal acontecimiento o cómo se comportaría ante tal situación, se consigue su Santo Espíritu.

“Cuando tenga que actuar –recomienda al P. Durand– haga esta reflexión: ¿Es esto conforme con las máximas del Hijo de Dios? Además, cuando se trate de hacer alguna obra buena, decir: Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿Cómo instruirías a este pueblo? ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?”

c) Obrar siempre in nomine Domini

La tercera regla es consecuencia de las dos anteriores y da unidad al proyecto existencial del cristiano, cuyo ideal no ha de ser otro que el de “obrar siempre en el nombre del Señor» –in nomine Domini–. San Pablo había exhortado: “Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Col 3,17). Y es que no le basta al cristiano con obrar, sino que ha de hacerlo todo como bien, como Jesús, “de quien se dice en el Evangelio que todo lo hizo bien” (Mc 7,17)”.

Obrar siempre en el nombre del señor implica una teología práxica, de la acción. En el nombre del señor hay que ir y venir, hacer o dejar de hacer, acudir a la oración o salir de ella… El nombre del Señor es “el único nombre sublime” (Sal 148, 13): “Ante él se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra” (Fil 2,10). Jesús promete su presencia a los que se reúnan en su nombre (cf.Mt 18-20) y concede lo que s ele pide al Padre en su nombre (cf.Jn.14,13; 15,16). Los apóstoles actúan siempre en el nombre de Jesús. San Pedro dice al tullido que pedía limosna junto a la puerta del templo: “No tengo plata ni oro, pero de lo que tengo te doy: en nombre de Jesús, el nazareno, ponte a andar” (Hch 3,6).

De igual modo, el cristiano hace todo en el nombre del Señor Jesús, rechaza lo que es indigno del nombre que lleva y cumple cuanto en él se significa”.

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