Copiamos la siguiente relación, escrita a raíz de su muerte : «Fue admitido al Seminario de la casa de Barcelona a 24 de marzo de 1755 e hizo su profesión a 25 de marzo de 1757. Era del Obispado de Gerona, del lugar de las Planas, donde fue bautizado a 13 de abril de 1729. Entró estudiante, prosiguió después del Seminario los estudios, se ordenó y empezó a ir a las misiones. Este buen sacerdote estuvo lleno del espíritu de su vocación, dando a toda la casa la más particular edificación por su modestia, recogimiento interior y exterior, silencio tanto que jamás se observó faltase a él, pobreza, obediencia y demás virtudes. Lleno de una santa sencillez y pureza de intención en todas sus acciones que dirigía a solo Dios, sin otro respeto que el de darle gusto. Se despreciaba a sí y gustaba de ser despreciado, sin dar la más leve señal de sentimiento cuando le decían alguna palabra de desprecio, y solía decir, que por más que le despreciasen, jamás le podían hacer injuria. No apreciaba en nada sus opiniones y cedía siempre de buena gana a cualquiera, sabiéndole mal que en recreación se tratasen cuestiones controvertidas, diciendo que a la postre se terminaban en faltas de caridad. Su mortificación interior fue muy particular, sujetando sus apetitos siempre al espíritu. Extremado recogimiento, abstracción de seglares, presencia de Dios, modestia de ojos, tanto que decían sus compañeros no sabían de qué color eran. En la exterior puede ser que pecase por exceso; jamás en las verduras cocidas o crudas ponía condimento alguno, y por disimular y más mortificarse echaba un poco de agua y lo mismo hacía con el potaje y pitanza para hacerla desabrida. En la cama nunca quiso colchón, ni aun enfermo, y así murió sobre la dura paja; ni almohada usaba, diciendo no ser necesaria, hasta que en los últimos meses de su enfermedad se vio precisado a admitir dos por causa de ahogo del pecho. En la obediencia, si se le decía: de parte del Superior o Director que, si no estaba ocupado, hiciese esto o lo otro, respondía: «Yo nunca estoy ocupado ni tengo nada que hacer, sino lo que quisieren los superiores». Ni se sabe que jamás pusiese dificultad a obediencia alguna.
En la pobreza su mayor gusto era de que le diesen lo peor: zapatos remendados, medias y vestidos recosidos, etcétera, y dándole ropa nueva, lo sentía; mas se sujetaba y callaba. Deseaba morirse, teniéndose por inútil y sin provecho y no servir sino de carga a la casa.
Su celo de la observancia era particular… Podía, verdaderamente, decir: Mihi vivere Christus est, et mori lucrum); porque estaba siempre en Dios, lleno de Dios. En los paseos hablaba de Dios, y de todo sacaba aspiraciones al cielo. Si es tan hermoso este monte, este campo—decía—a qué tal será el cielo? Por esto repetía muchas veces: Nunquam minus solus, quanti cum solus. Y no temía
la muerte, mas antes decía: que aunque era formidable aquel paso, para él el día más alegre sería el de su muerte, y realmente así lo probó ; pues cinco o seis horas antes de expirar, dijo al Hermano que le asistía: Que jamás había estado tan alegre.
Su devoción al Santísimo Sacramento era muy singular. Sentía vivamente no poderse detener por más tiempo en la misa, y decía: ¡Qué dicha la del sacerdote que todos los días tiene en sus manos a la eterna bondad! Lo malo es que no quieren me detenga por largo tiempo en el altar. ¡Qué gusto es tener al mismo que me ha criado! Y concluía, que todo el día se había menester para decir bien una misa: siempre hallaría que contemplar. A otro dijo : Confieso ingenuamente que en ninguna cosa de esta vida hallo contento y alegría, sino en este soberano sacramento; y Dios le premió esta devoción concediéndole el consuelo de recibir cada día la comunión en los tres meses que estuvo sin celebrar, llevándosela a su aposento hasta el mismo día de su feliz tránsito, que fue a los 18 de noviembre [1761], a las ocho y media de la noche, al mismo tiempo que la comunidad, acabado el examen general, rezaba un Yacer noster y Ave María, rogando al Señor que le asistiese en aquella hora. Su enfermedad fue de tisis; le duró, desde la cuaresma pasada con admiración del médico que no pensaba alargase tanto, y se creyó que era efecto de la diaria comunión. Padeció mucho, sin saber cómo estar en la cama, porque se ahogaba; mas nunca se quejó, y su jaculatoria ordinaria a cualquier pregunta era siempre: Alabado sea Dios.» (Biblioteca Prov. Univ, de Barcelona. Mss. .Sign. 17-3-1.)








