Jerónimo Torra

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1935 · Source: Notas Biográficas.
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P. Jerónimo Torra

Copiamos la siguiente re­lación, escrita a raíz de su muerte : «Fue admitido al Se­minario de la casa de Barcelona a 24 de marzo de 1755 e hizo su profesión a 25 de marzo de 1757. Era del Obispado de Gerona, del lugar de las Planas, donde fue bautizado a 13 de abril de 1729. Entró estudiante, pro­siguió después del Seminario los estudios, se ordenó y empezó a ir a las misiones. Este buen sacerdote estuvo lleno del espíritu de su vocación, dando a toda la casa la más particular edificación por su modestia, recogimiento interior y exterior, silencio tanto que jamás se observó faltase a él, pobreza, obediencia y demás virtudes. Lleno de una santa sencillez y pureza de intención en todas sus acciones que dirigía a solo Dios, sin otro respeto que el de darle gusto. Se despreciaba a sí y gustaba de ser des­preciado, sin dar la más leve señal de sentimiento cuando le decían alguna palabra de desprecio, y solía decir, que por más que le despreciasen, jamás le podían hacer inju­ria. No apreciaba en nada sus opiniones y cedía siempre de buena gana a cualquiera, sabiéndole mal que en recrea­ción se tratasen cuestiones controvertidas, diciendo que a la postre se terminaban en faltas de caridad. Su mortificación interior fue muy particular, sujetan­do sus apetitos siempre al espíritu. Extremado recogi­miento, abstracción de seglares, presencia de Dios, modes­tia de ojos, tanto que decían sus compañeros no sabían de qué color eran. En la exterior puede ser que pecase por exceso; jamás en las verduras cocidas o crudas ponía condimento alguno, y por disimular y más mortificarse echaba un poco de agua y lo mismo hacía con el potaje y pitanza para hacerla desabrida. En la cama nunca quiso colchón, ni aun enfermo, y así murió sobre la dura paja; ni almohada usaba, diciendo no ser necesaria, hasta que en los últimos meses de su enfermedad se vio precisado a admitir dos por causa de ahogo del pecho. En la obedien­cia, si se le decía: de parte del Superior o Director que, si no estaba ocupado, hiciese esto o lo otro, respondía: «Yo nunca estoy ocupado ni tengo nada que hacer, sino lo que quisieren los superiores». Ni se sabe que jamás pu­siese dificultad a obediencia alguna.

En la pobreza su mayor gusto era de que le diesen lo peor: zapatos remendados, medias y vestidos recosidos, etcétera, y dándole ropa nueva, lo sentía; mas se sujeta­ba y callaba. Deseaba morirse, teniéndose por inútil y sin provecho y no servir sino de carga a la casa.

Su celo de la observancia era particular… Podía, ver­daderamente, decir: Mihi vivere Christus est, et mori lucrum); porque estaba siempre en Dios, lleno de Dios. En los paseos hablaba de Dios, y de todo sacaba aspiraciones al cielo. Si es tan hermoso este monte, este campo—de­cía—a qué tal será el cielo? Por esto repetía muchas ve­ces: Nunquam minus solus, quanti cum solus. Y no temía

la muerte, mas antes decía: que aunque era formidable aquel paso, para él el día más alegre sería el de su muer­te, y realmente así lo probó ; pues cinco o seis horas an­tes de expirar, dijo al Hermano que le asistía: Que jamás había estado tan alegre.

Su devoción al Santísimo Sacramento era muy singu­lar. Sentía vivamente no poderse detener por más tiem­po en la misa, y decía: ¡Qué dicha la del sacerdote que todos los días tiene en sus manos a la eterna bondad! Lo malo es que no quieren me detenga por largo tiempo en el altar. ¡Qué gusto es tener al mismo que me ha criado! Y concluía, que todo el día se había menester para decir bien una misa: siempre hallaría que contemplar. A otro dijo : Confieso ingenuamente que en ninguna cosa de es­ta vida hallo contento y alegría, sino en este soberano sacramento; y Dios le premió esta devoción concedién­dole el consuelo de recibir cada día la comunión en los tres meses que estuvo sin celebrar, llevándosela a su aposento hasta el mismo día de su feliz tránsito, que fue a los 18 de noviembre [1761], a las ocho y media de la noche, al mismo tiempo que la comunidad, acabado el exa­men general, rezaba un Yacer noster y Ave María, rogan­do al Señor que le asistiese en aquella hora. Su enferme­dad fue de tisis; le duró, desde la cuaresma pasada con admiración del médico que no pensaba alargase tanto, y se creyó que era efecto de la diaria comunión. Padeció mucho, sin saber cómo estar en la cama, porque se aho­gaba; mas nunca se quejó, y su jaculatoria ordinaria a cualquier pregunta era siempre: Alabado sea Dios.» (Biblioteca Prov. Univ, de Barcelona. Mss. .Sign. 17-3-1.)

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