Jean-Pierre Busca (1668-1743)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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El Sr.Jean-Pierre Busca, nacido en Pontecurone, diócesis de Tortone, el 7 de septiembre 1668, y recibido en el seminario en Roma, el 4 de noviembre de 1700, murió el 8 de febrero de 1743, en nuestra casa de Cremona.

Nacido con felices talentos  para las funciones de nuestro estado, las había cultivado bien  en sus primeros años. Una vez habilitado para el ministerio, se entregó a él, sobre todo en las Misiones, durante cuarenta y siete años, con mucho celo y afecto. Estaba en Cremona desde hacía veintinueve años.

Perfecto misionero, se  sentía extraordinariamente unido a su estado por estima y por amor. El tiempo que estas ocupaciones le dejaban libre lo empleaba casi todo en oraciones en la iglesia. Amante de la palabra de Dios, la costumbre de anunciarla, no le había vuelto sino más ávido de escucharla, todas las veces que podía.

A la exactitud de la doctrina unía  tanto celo y afecto que parecía no tener otro deseo que penetrar los corazones a fin de ganarlos todos para Dios. Se ponía tan bien al alcance, incluso de los más  sencillos, que acudían a él en particular y le llamaban de todas partes para las funciones. Él ha sido su inspirador, y las ha acreditado considerablemente en la diócesis de Cremona, y en varias diócesis vecinas.

Los fieles deseaban en gran número confesarse con él en las Misiones; y en la casa había también una afluencia extraordinaria de penitentes que venían, no sólo de la ciudad, -bien eclesiásticos bien seculares,-  pero incluso de muy lejos, impresionados como estaban por su unción y por su celo. No contento con este ministerio laborioso, visitaba también con frecuencia el hospital y las prisiones. En especial durante la última guerra, pasaba a veces días enteros en los hospitales, haciendo la fama de su santidad que los enfermos le llamaran, para oír sus confesiones. Tres meses antes de su muerte, Mons. el obispo le envió a unas millas de la ciudad, a donde un anciano moribundo, quien no quería en absoluto oír hablar de sacramentos.

El Sr. Busca se ganó primeramente su confianza, después le dispuso para la confesión, le hizo prepararse con los demás sacramentos, y tuvo el consuelo, cuando el enfermo murió al día siguiente, de verle animado con los más hermosos sentimientos de una piedad verdaderamente cristiana. Este consuelo se cruzó con un triste accidente. Al volver a la ciudad, este celoso misionero se partió el brazo derecho. Acostumbrado a reconocer en todas las desgracias de esta vida la mano de Dios, recibió este accidente como una visita del Señor, que él debía transformar en bien suyo. Valeroso en los sufrimientos de esta cura dolorosa, durante todo el tiempo que duró, no cesó por ello de oír las confesiones con la misma asiduidad, y con ocasión de la ordenación de Navidad, él dio no obstante todos los ejercicios.

Durante todo el tiempo de su enfermedad,  que ha sido de veintiséis días, los médicos decían que no era  peligrosa, que duraría, y que probablemente se secaría; pero él, al contrario, aseguraba siempre que dentro de poco vería la muerte. Con este convencimiento, empleaba todo el tiempo en fervientes oraciones, en piadosas aspiraciones, conversando dulcemente con Dios, y siempre perfectamente en su presencia hasta el último suspiro. Penitente, hasta en la ancianidad, la debilidad y flaqueza, no contento con mortificar sus disposiciones interiores, ejercía en su cuerpo un santo rigor para reducirle a esclavitud, como lo han descubierto instrumentos de penitencia, teñidos de sangre y encontrados después de su muerte.

Al recibir la noticia de su muerte, el comentario común le daba por santo. Muchas personas, sobre todo los eclesiásticos y los regulares, que habían visto de más cerca su eminente piedad, decían que no les habría sorprendido verle hacer milagros durante su vida. Después de su muerte, no se ha podido evitar a los sacerdotes, que en gran número han honrado sus funerales, cortar sus cabellos y sus hábitos, que conservan como reliquias.

Cuando murió, el 8 de febrero de 1743, se le miraba como un perfecto siervo de Dios. Muchas personas distinguidas por su dignidad y por su nacimiento, han pedido, por respeto a su memoria, algo de lo que había usado. Muchos enfermos se han encomendado a él para obtener su curación.

El día de sus funerales, el Sr. vicario general, varios canónigos de la catedral, y otros sacerdotes en gran número, vinieron a la iglesia a ofrecer el sacrificio por él y otros esperaron a recitar el oficio y a hacer diversa oraciones hasta la tarde cuando se le dio sepultura. Mons. el obispo celebró la misa y la mandó celebrar a todos los sacerdotes de su acompañamiento. En varios lugares donde nuestro celoso misionero ha dado misiones, se le han ofrecido magníficos servicios con una gran presencia de pueblo. Todo el que le había conocido se encomendaba a él y varios aseguraban haber recibido gracias por su intercesión. – Anciennes Relations, p. 494.

 

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