XX. Su pobreza y su alejamiento de los bienes de este mundo.
Dios había dotado a su servidor de un alma muy generosa, que despreciaba todos los bienes de la tierra de tal suerte que no dio un solo paso para procurar ventajas temporales a las casas de las que tenía la dirección sino que también, lleno de confianza en la divina Providencia, no se apenaba siquiera por lo necesario. Por eso ha tenido que verse a veces en privaciones, con el fin de experimentar los efectos de la pobreza que había prometido a Dios en voto. Se le presentaron muchas ocasiones como en las fundaciones de casas, en que él pudo satisfacer su deseo de sufrir algo por el amor a su Dios y entonces no quería aprovecharse de la facilidad que se le podía ofrecer de estar provisto abundantemente. Se vio en particular en la casa de Turín; el Sr. marqués de Pianezza, con su generosidad y su magnificencia acostumbrada, quería asignarle un fondo más considerable que el fijado; ofrecía muchos muebles para la casa y la sacristía, en proporción con su grandeza; además quería dar tela para las sotanas y los manteos de los misioneros; pero se sorprendió grandemente y edificó a la vez por la modestia del Sr. Martín quien le pidió que disminuyera el fondo de la renta para el mantenimiento de los misioneros, diciendo que en calidad de pobres debían contentarse con poco, y en cuanto a los muebles y las ropas, no quiso más que lo más sencillo, incluso menos de lo necesario. Cuando se trató de comprar un terreno para la construcción de la casa y para tener un jardín, Mons. el Arzobispo de Turín quiso tener su parte en esta adquisición. El Sr. Martín, no contento con admitirle como parte en la compra le cedió también la parte del terreno más cómoda y la más útil que estaba la más cerca de las casas de la ciudad y cuando, en la edificación de su palacio, Monseñor apoyó su construcción sobre el muro medianero, lo que constituía una servidumbre para el jardín de los misioneros, no solamente se quejó el Sr. Martín de ello, sino que se mostró también muy satisfecho de poder ofrecer así algo agradable a un prelado de tan gran mérito y tan amigo de los misioneros.
No era sólo cuando tenía que tratar con grandes personajes cuando el Sr. Martín se mostraba enemigo de toda discusión sobre el asunto de los derechos de su casa; estaba tan distante de los procesos y de las disputas que, incluso con cualquiera que fuese, prefería ceder y dejar sufrir a su casa antes que pleitear y demostrar apego a los bienes temporales. El Sr. Prior Rovengo de los condes de Lucerna obtuvo de la Santa Sede la alienación del curato de Saint-Roch de Turín, del que era rector, y se llegó al acuerdo de que los parroquianos se repartieran por varias parroquias vecinas, y las rentas del párroco, después de la muerte del Prior, se quedarían en la casa de la Misión. La cofradía de los Disciplinantes , que celebraba sus oficios en esta iglesia de Saint-Roch, de acuerdo con los parroquianos obtuvo después un breve por el cual, sin perjuicio del primer favor hecho a los misioneros, se le permitía erigir de nuevo la parroquia haciendo ella misma el sueldo del párroco. Se pidió entonces al Sr. Martín que vendiera la iglesia, mas, para agradar al arzobispo, la regaló más que venderla, pues se la cedió a un precio tan bajo que era menor que la renta que logró esta cofradía por una tienda que construyó al lado de la iglesia, cuya situación era muy estimada por hallarse en un barrio muy comercial. El Sr. Martín considerando el malestar que habían experimentado la Cofradía y los parroquianos por la alienación de su iglesia a favor de los misioneros no tuvo ninguna consideración con los intereses de su casa, y no pensó más que en compensar el daño que habían sufrido, aun sin que hubiera culpa por su parte.
El Sr. Martín mostró otra vez su espíritu de desapego en que queriendo el padre de un misionero indemnizar a la casa por los gastos de dispensa y del breve de Extra tempora para la ordenación de su hijo, puso muchas dificultades para aceptar este dinero y no lo consintió al final sino como limosna, por lo cual este Monseñor se sintió muy edificado, pero donde mostró más su desprendimiento de los bienes de la tierra fue en lo que le pasó con el Sr. Joseph Palamella. Este buen Señor quien, según se expresa en su testamento, había pensado durante treinta y siete años en hacer bien a los misioneros, pareció hacia el final de su vida demostrarles de nuevo querer, de manera que un día habiendo ido a verle el Sr. Martín, oyó que decía al que le anunciaba; «¿Y qué quieren de mí estos Padres?» y le despidió de malas maneras. Más aún, algunos años antes había dado objeto s de plata a la Misión, y se habían hecho candeleros para la iglesia con ellos. Los Padres [363] de la otra comunidad le respondieron que este dinero estando ya incorporado a su sacristía, no estaban ya libres para devolverlo. Pero el Sr. Martín, sin más reflexión que si se tratara de bagatelas, no escuchó más que el primer movimiento de su generosidad habitual y mandó devolver el dinero. Ahora bien, se ha observado luego que fue ese mismo día cuando el Sr. Palamella firmó su testamento a favor de la misión y le dejó una herencia de veinte mil escudos que alivió mucho a la casa de Roma, pues se encontraba gravada por muchas deudas a causa de los grandes dispendios que realizaba para mantener a numerosos misioneros y a tantos externos que vienen a hacer el retiro: de esta forma fue como quiso el Señor recompensar el espíritu de desinterés de su siervo devolviéndole el ciento por uno.
En cuanto a lo que se refería a él personalmente, era tan pobre que no sólo no tuvo nunca nada en propiedad, sino que incluso siendo superior no quería ni guardar ni manejar dinero y dejaba este cuidado al procurador y al despensero. Antes de que fuera superior, durante doce años, no tuvo nunca ni tijeras, ni corta papeles, ni navaja, privándose de estas pequeñas comodidades, permitidas no obstante en la Congregación. En todas las demás cosas o muebles de su habitación y de su persona se veía brillar la virtud de la santa humildad y la pobreza pues, aparte de lo que pertenecía al cargo de superior, no quería en su habitación más que el mobiliario ordinario de los misioneros, es decir una silla de madera o de paja, un lecho sin cielo ni cortinas una mesita de madera blanca y una estampa. Si en su habitación y en sus ropas no quería nada superfluo ni más que los demás, no por eso olvidaba la limpieza, y en su ancianidad como en su enfermedad siempre se presentaba amable por su limpieza, acordándose de estas palabras de san Bernardo: «Paupertas semper mihi placuit, sordes vero nunquam. La pobreza siempre me agradó, pero la suciedad nunca». Su alejamiento de la corte y de los palacios de los grandes fue igualmente el resultado de de su humildad y de su desprendimiento de los bienes de la tierra y de las esperanzas del mundo. Hemos visto anteriormente la estima que le tenían los príncipes de la casa de Saboya, y el gran crédito del que gozaba ante los principales personajes de la nobleza de Génova y del Piamonte. En Roma, donde fue tanto tiempo superior y donde había prestado tantos servicios a prelados, a príncipes y a cardenales por las misiones, retiros y otras funciones, no se puede decir la estima en que le tenían por su prudencia y su piedad, y cuando alguna necesidad le llamaba a estar presente en algún palacio, era admirado y recibido como a un ángel del Paraíso; pero él más contento con su pobreza que los mundanos lo están con sus riquezas, él sentía horror de parecer en las cortes, y cuando era forzoso ir por asuntos urgentes, se retiraba a un rincón con un aire muy modesto y esperaba su turno para la audiencia, sin buscar ningún privilegio; por el contrario, estaba contento porque los demás fuesen preferidos, y tenía a gala que le reprocharan las rareza de sus visitas que hacerlas superfluas. Y esto, no sólo porque tenía horror a las grandezas, sino también porque era por decirlo así avaro de su tiempo y no quería perderlo en visitas que no hubieran sido necesarias. Dios, que no se deja nunca vencer en generosidad con sus servidores, y que no abandona a los que se confían en él, mostró mas de una vez el cuidado que tenía del Sr Martín y de su familia al proveerla por medios extraordinarios. La primera vez que estaba en Roma como superior envió al procurador a misiones; éste por olvido se llevó la llave de la caja fuerte que encerraba el dinero, y se veían en apuros para hacer las provisiones necesarias. Al día siguiente por la mañana llegó a la casa un criado del cardenal Stefano Durazzo, de feliz memoria, trayendo cincuenta escudos y diciendo que su Eminencia había tenido esa noche misma un pensamiento que le decía que los misioneros estaban sin provisiones.
XXI. Su obediencia.
San Vicente quería que sus hijos estuviesen adornados con todas las virtudes; pero exigía sobre todo que se distinguieran en la obediencia, y tal se mostró el Sr. Martín. Se ve en tantos empleos que ha ejercido por obediencia, en países diferentes unos de los otros, por el clima, el carácter y el lenguaje; en todas partes estaba presto a obedecer a la menor señal de sus superiores y a dejar sin ninguna dificultad a sus amigos, a sus padres y sus comodidades. Deja París, su patria, no siendo todavía más que un clérigo, en, un momento en que la Congregación acababa de comenzar, y en el que no existía aún la obligación de los votos, y él se dirige a Italia. Aprende el español para ir a España sin prestar atención a las dificultades que encontraría en ese país por ser de una nación que le es por naturaleza adversa. Ya avanzado en edad, deja Roma, para ir a fundar la casa de Perugia; el aire frío de esa región no le impide ir allí, y no le lleva a pedir su cambio, aunque sufre mucho, y sigue fiel a la máxima de nuestro fundador, de no pedir ni rehusar nada. Si varias veces ha dado pasos para ser descargado del oficio de superior, sólo ha sido llevado por el deseo de obedecer, y en el empleo mismo de superior, él se sometía en todos a los superiores mayores, y mostraba el mayor respeto a sus disposiciones. Se advertía esto a menudo con ocasión del cambio de los súbditos; ya que por útil y querido que le fuera alguno, no ponía dificultades al privarse de su ayuda una vez que el visitador lo disponía así, así como recibía con indiferencia a todos los que le enviaban, sin mostrar nunca más inclinación por uno o por el otro. Se hubiera dicho que se encontraba en su elemento cuando se veía bajo la dirección de otro; y aunque sus superiores fueran más jóvenes que él, no ponía dificultades en obedecerles; y como san Francisco, estaba preparado a someterse aunque fuera a un seminarista de un día, si se lo hubieren asignado como superior. Y en efecto, cuando salía a tomar el aire, se sometía a su acompañante, aunque fuera un clérigo y se dejaba llevar allí donde quería éste; y cuando iba a decir la misa, esperaba siempre la señal del sacristán quien, de ordinario, era un clérigo seminarista.
Su gran devoción a la Santísima Virgen le lleva una ocasión que él se hallaba bastante cerca de la marca de Ancona a ir a venerar a la santa casa de Loreto, ofreciéndose a hacer el viaje a pie. El visitador le respondió que no creía conveniente porque muchos más, a si ejemplo, harían la misma petición. El Sr. Martín se conformó con esta respuesta sin decir palabra, aunque habrías podido fácilmente obtener este permiso por el mismo deseo expresado al Superior general quien le estimaba mucho.
Él dio una prueba de su gran obediencia, en su última enfermedad. El médico había ordenado que se le administrara el santo viático a las tres de la tarde, creyendo que estaba en peligro próximo de muerte. Cuan llegó esta noticia por medio de un sacerdote de la casa al Sr. Martín, éste a quien probablemente dios había dado a conocer la fecha de su muerte, o que no se sentías aún tan próxima a morir, respondió que no creía que hubiera necesidad de comulgar a aquella hora. El sacerdote respondió que el médico lo había decidido así, y que no debía oponer resistencia; ante estas palabras, se sometió al punto, y pidió tan sólo un poco de tiempo para prepararse, sometiendo así su voluntad y su juicio en cosa tan importante, con el fin de imitar a nuestro Señor hasta la muerte.
XXII. Su observancia de las Reglas.
El Sr. Martín estaba tan presto en someter su voluntad incluso en las cosas que no eran de obligación, y en relación con aquellos que no eran sus superiores era mucho más exacto en someterse a las reglas que él consideraba como el medio fijado por Dios para poder llegar a una gran perfección; por ello tenía en cuenta las menores reglas, como de no romper el silencio, barrer la habitación y otras parecidas.
Iba a veces a desayunar durante el verano, y se veía que se comportaba como un seminarista, tomando en pie un poco de pan y algo de agua enrojecida, sin permitirse nunca nada más que no permite la regla.
Cuando regresaba tras una salida, no dejaba nunca de ir a ver al superior y darle razón de su viaje, tanto por obediencia como para observar la regla, y ello incluso en su vejez, y bien a pesar de lo que le costaba subir la escalera por los dolores de sus rodillas.
Así como él se sometía a la regla también exigía regularidad en los demás, y aunque estaba dispuesto a agradar a todos, él sabía no obstante, cuando era preciso, tener la firmeza de negar los permisos que preveía que introducirían algún relajo en la observancia de la regla. Un misionero que ha sido su asistente durante muchos años en Roma ha declarado que había ido muchas veces a verle para pedirle permiso de dar algún alivio a los enfermos de quienes se cuidaba, pero que él no quiso dárselo porque la cosa no era necesaria, solo de pura comodidad, y que podía abrir la puerta a la falta de regularidad. El mismo misionero añadía incluso que él no había recibido nunca de nadie tantas negativas como del Sr. Martín. Es verdad que sabía endulzarlas con su afabilidad.
Un señor de alta condición quería colocar a uno de sus hijos abate en la casa de la misión, no tanto para estudiar en la pensión ya que era bastante joven y no podía estudiar aún la teología, que es la única facultad que se enseña allí, como para castigarlo y mandarle hacer penitencia por alguno falta que había cometido. El Sr. Martín que preveía que este joven podía traer algún desorden a la pensión, no tuvo miramientos ni por el desagrado que podía significar para el padre, y más aún a la madre, que era la hija del fundador de esta casa, ni a las grandes obligaciones que tenía con esta familia; se mantuvo firme en no admitir a este joven, a pesar de todas las instancias que le pudieron hacer, prefiriendo conservar la regularidad en la casa a toda ventaja temporal, cualquiera que fuere.
Es a su buen ejemplo y a su vigilancia a los que se ha de atribuir en gran parte este espíritu primitivo de esta regularidad que, por la gracia de Dios, se conservan en tantas casas que él ha fundado y gobernado, sobre todo en la de Roma o durante todo el tiempo que la ha dirigido, ha implantado este espíritu de devoción y de regularidad perfecta en cuanto a las menores observancias que se conservan todavía.
Esta exactitud en observar la regla producía en el Sr. Martín una gran prontitud en obedecer al son de la campana, de manera que, al oírlo, dejaba imperfecta hasta una carta para correr a donde la voz de Dios lo llamaba. Y en este punto fue verdaderamente admirable; pues, estando abrumado como lo estaba por tantas ocupaciones tan diversas, él ere de todas las maneras exacto en todos los ejercicios. El asistente de quien ya hemos hablado ha observado que durante tantos años no le ocurrió más que raramente hacer el oficio de superior, porque el Sr. Martín se hallaba en todos los ejercicios y llegaba siempre uno de los primeros. Había contraído una costumbre tal de dejarlo todo al sonar la campana para ir donde ella llamaba que, algunos días antes de morir, al oírla llamar al examen, se levantó rápido de su cama y dijo al que le asistía: «Vamos, de prisa, ya ha sonado el examen, hay que obedecer prontamente a la campana«. Y lo decía, no delirando, sino poseyendo total conocimiento, y fue preciso que el superior viniera a decirle que no podía levantarse en aquel estado, y que se quedara tranquilo, en vistas de que una obediencia debía ceder el lugar a otra. No solamente era exacto en observar las reglas, sino que se entregaba también a mantener todas las prácticas y costumbres santamente introducidas en la Congregación, y en observar las prescripciones de los visitadores o de los superiores generales. Citaremos como ejemplo lo que pasó con un caballero de la orden de la Santa Anunciata, uno de los principales favoritos de la Sra Royale de Saboya. Un día, acosado por un sentimiento de penitencia, este caballero había venido a la casa de la Misión en Turín, para confesarse con el Sr. Martín; pero éste le respondió que fuera de las misiones y de los retiros no estaba permitido no estaba permitido a los misioneros oír las confesiones de los de los seglares y bien que este señor se mostrara ofendido por esta negativa, el Sr. Martín se mantuvo firme y no tuvo en cuenta el daño que podía venirle por indisponer a un personaje tan grande, ni de la utilidad que podía sacar de un servicio prestado en semejante ocasión, y prefirió conservar intacta la costumbre establecida en la Congregación; cosa tanto más admirable en él que, por naturaleza, era muy inclinado a no causar desagrado a nadie, y que por celo estaba siempre preparado a rendir servicio a las almas. Pero supo siempre moderar este celo según las reglas de la prudencia y las de su Instituto.
XXIII. Su mortificación.
Si el Sr. Martín había hecho tantos progresos en todas las demás virtudes, y había .llegado a un tan alto grado de perfección, él había debido ejercitarse mucho en la práctica de la mortificación, virtud sin la cual no se puede practicar ninguna otra. El ejercicio de la mortificación era tal en él , lo había hecho tan familiar, que lo practicaba casi sin prestar atención, y como por costumbre, de manera que no se veía en él ni afectación ni esfuerzo, sino una moderación tan reglada y tan suave que hacía su virtud imitable y amable.
No le gustaban los rigores excesivos que en algunos santos son más admirables que imitables; sino que prefería para exterior una vida común como la que llevó Nuestro Señor. Por eso, aparte del ayuno el sábado y de las vigilias de las fiestas de la santísima Virgen, él seguía en todo el uso ordinario de la Congregación. Pero en la mesa era muy sobrio; en el comer y en el beber, no bebía más que dos veces, o a lo más tres veces, y eso sólo agua enrojecida. Sabía tanto disimular su mortificación, que apenas podían verlo sus vecinos; y siendo superior, tenía la costumbre de doblar la servilleta el último con el fin de dejar a los demás el tiempo para comer a su aire; pasaba a menudo el tiempo masticando un poco de pan para hacer ver que comía. Y vigilaba atentamente que no faltara nada a los demás, y cuando veía que alguno no comía de un plato que hubiera dañado su salud, hacía que le llevaran otra cosa enseguida. Pero él mismo se contentaba siempre con lo que se daba a la Comunidad, sabiendo que la mayor penitencia es la vida en común; Poenitentia maxima, vita communis. Si el sirviente de mesa se olvidaba de llevarle algo, se quedaba tranquilo, sin hacer señal alguna, aceptando con gran paciencia esta mortificación que le venía de Dios inmediatamente sin que él la hubiera buscado.
Una vez que había tenido que guardar cama por alguna indisposición, quien le trajo la cena se olvidó de traerle vino. Cuando volvió para recoger la vajilla, se dio cuenta y miró al Sr. Martín con un aire que indicaba su pena por este olvido. El Sr. Martín le respondió con rostro sonriente: «Dios ha querido hacerme beber agua esta mañana«. Aborrecía de tal forma todas las particularidades, que un día un hermano al traerle fuego a la habitación, donde durante los dos últimos años de su vida sufría mucho por el frío, no quería dejárselo hacer, diciendo que era una delicadeza y que escandalizaba a los otros; no consintió en aceptarlo hasta que le dijeron que el superior lo había ordenado así.
Varias veces también tuvo que practicar la mortificación en la sacristía, cuando llegaba a decir la santa misa. Se ponía de rodillas para hacer la preparación esperando que el sacristán viniera para avisarle; pues había otros sacerdotes, sobre todo externos, quería que se los hiciera pasar antes que a él. Uno de los que han hecho el oficio de sacristán ha confesado que, durante algunos meses que ejerció este oficio, se había olvidado varias veces de advertir al Sr. Martín y le había dejado esperando largo tiempo; no obstante había seguido de rodillas sin decir nada. Tan sólo cuando tenía algún asunto que le urgía, iba a colocarse cerca de la credencia donde se hallaban los ornamentos, y permanecía de pie sin revestirse esperando que el sacristán se diera cuenta que no había dicho la misa aún y le dijera que fuera a decirla.
Terminaremos esta historia con un trazo de la protección especial que Dios concedía a su servidor y que hemos oído de sus propios labios. Una noche que dormía en su lecho, soñó que un escorpión le mordía y le picaba. En el mismo momento se despierta, se levanta y ve en una almohada dos escorpiones que estaban uno a la derecha y el otro a la izquierda de su cabeza. Dios quiso así, por este sueño librar a su siervo del peligro de muerte y conservar largamente esta vida, que debía emplear tan bien para su gloria y hacerla tan útil para la salvación de las almas.







