Jean Martin (1620-1694) (Capítulo V)

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Author: Noticias de los Misioneros · Translator: Máximo Agustín, C.M.. .
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Biografias PaúlesXVII. Su caridad para con sus cohermanos de la Congregación.

Si la caridad que el Sr, Martín tenia con los externos era tan grande, la que demostraba a los de la Congregación demostraba bien que tenía para ellos entrañas de madre. Su modo de tratar con ellos, aunque fuera superior, era del todo fraternal; no era de los que quieren dominar dominantes in cleris, sino que los consideraba como a sus iguales, y los trataba como hermanos; de manera que, en una misión, los seglares dijeron que no se podía distinguir quién era el superior, el Sr. Martín respondió que todos eran hermanos, y que no había superior. Por esta afabilidad y por este respeto se ganaba de tal forma el corazón de sus súbditos, de tal manera que todos y cada uno se encariñaban con él y no había nadie que no se creyera feliz de vivir bajo su dirección, y le proponían de ordinario como un modelo de dulzura digno de ser imitado por todos los superiores. Y sin embargo no dejaba pasar las ocasiones de corregir cuando era necesario, pero con maneras tan dulces, que se ganaba al mismo tiempo el corazón de aquél a quien reprendía, y le obligaba a aceptar la corrección y a aprovecharse de ello.

Un día encontró a dos de estos cohermanos que hablaban durante el tiempo del silencio, en un pasillo estrecho, por donde él iba a pasar, les dijo con una dulce sonrisa: Señores, entonces quieren cerrarnos el paso». En otra ocasión, al ver a alguien en la tribuna ante el Santísimo Sacramento, durante el tiempo de la recreación, le dijo: «Ahora es el tiempo de tener el recreo», luego se lo llevó con bondad a donde sus compañeros, al lugar de la recreación y se volvió. Ejerció durante algún tiempo el oficio de director del seminario; creyó darse cuenta que los seminaristas al verse en poco número y muchos de ellos enfermos, estaban abatidos y desanimados; él los fortaleció entonces y dio ánimos con sus dulces exhortaciones de tal modo que todos se llenaron de un nuevo ardor y se pusieron con alegría a hacer las obras más duras y más difíciles de la casa de buena gana; él los animaba más todavía con su ejemplo que con sus palabras y a menudo se le veía con ellos barrer la casa, lavar la vajilla y cumplir otros oficios más bajos aun con gran satisfacción, sobre todo con los enfermos, cuyos orinales vaciaba, y si algún seminarista se olvidaba de alguno en las habitaciones o en la casa, tan pronto como lo veía lo vaciaba él mismo. Cuando veía a alguno triste o tentado, le llevaba a su habitación o le mandaba llamar, y con palabras llenas de dulzura, abría su corazón y después de descubrir la llaga, le aplicaba los remedios de su caridad paternal y le devolvía consolado. Un clérigo que tenía un gorro bastante ligero durante el invierno fue a pedirle permiso para pedir uno mejor al sastre de la casa; pero el Sr. Martín le ofreció el suyo que era bueno y por muchas dificultades que puso el clérigo, debió aceptarlo. En cuanto a los enfermos, no quería que les faltara nada, no sólo cosas necesarias, sino también de puro alivio; iba visitarlos de vez en cuando y los recreaba con alguna charla agradable y alegre. Cuando veía a alguien con alguna preocupación, por pequeña que fuera, no paraba hasta que su caridad le hubiera proporcionado algún remedio. Cuando se encontraba en la sacristía para prepararse a la santa misa, si veía que algún sacerdote se revestía sin tener a nadie para ayudarle, acudía enseguida para prestarle este servicio. Vio una vez al sacristán que preparaba la lámpara, y que, teniendo varias cosas entre las manos no sabía cómo arreglárselas; se levantó enseguida, pues estaba de rodillas en la iglesia y fue a ayudarle. Se encontró otra vez con un seminarista en la escalera que llevaba dos cajas muy pesadas hasta el granero, y como no podía subir sin gran esfuerzo, el Sr. Martín le cogió una y la llevó hasta arriba. Estos casos se presentaron con mucha frecuencia, y se le veía ayudar a los seminaristas a llevar agua u otras cargas, o hacer otras cosas aún bien anciano y con las piernas débiles.

Durante los recreos estas conversaciones estaban llenas de afabilidad y de cordialidad y sabía siempre sazonar sus charlas con algún gracejo modesto. Era tan enemigo de las disputas testarudas, incluso en materia de estudios que no podía soportarlas y, aunque estuviera bien instruido y tuviera una gran experiencia en asuntos de caso de conciencia y sobre otras materias cedía a las opiniones de sus inferiores, antes que sostener la suya contestando, y llevaba la condescendencia hasta tal punto que, cuando salía para tomar el aire, fuera enviado por el superior o fuera el superior mismo, quería siempre que fuera su compañero, quien a menudo era un simple clérigo quien le llevara allí donde le parecía. Las burlas, las gracias a cuenta de los demás, las palabras picantes, las palabras ásperas, despectivas u otras parecidas eran totalmente extrañas en su boca, y tenía cuidado de que no las pronunciaran los demás, insistiendo mucho en las casas cuya dirección llevaba él, en la conservación de la caridad fraterna. Se podrá ver además, por el rasgo siguiente, cómo estimaba la reputación de los suyos. Un misionero, hallándose en una casa en ausencia de un superior se creyó obligado, por gratitud, a hacer algún regalo considerable a un personaje muy afecto a esta casa; y, a este efecto, pidió a crédito a un comerciante, esperando pagarlo con las rentas de su patrimonio; pero su esperanza quedó frustrada, ya que sus padres no quisieron enviarle la suma que pedía. El superior de la casa, por su parte no quería pagar la deuda, por haber sido hecha sin su autorización, y el comerciante amenazaba con citar al misionero en el tribunal del obispo, y el pobre, en un gran apuro, no sabía ya qué hacer. Le vino al fin un pensamiento de recurrir al Sr. Martín, que era superior en Roma, contando con que en él encontraría socorro; no se equivocó; y éste vino en su ayuda efectivamente para salvar su reputación.

Mostró igualmente su gran caridad en tiempos de la peste de Génova, en 1657; como casi todos los misioneros de la ciudad habían muerto sirviendo a los apestados, san Vicente, que era entonces Superior general, envió a algunos de Francia para reemplazar a los que habían muerto; el Sr. Martín los recibió con toda caridad durante un año, en el Piamonte, donde era entonces superior, y no quiso dejarles volver antes de cesar totalmente la enfermedad, por miedo a exponerlos al contagio haciendo el viaje antes. . Cuando era superior en Perugia, a causa de la pobreza de esta casa, iba a misiones de ordinario a pie; pero no quería permitir que los demás hicieran lo mismo, y su caridad llegó a tal punto que el hermano coadjutor con un ligero mal en las piernas, le buscó un caballo, le hizo montarse y le siguió a pie. Lo volvió a hacer en otra misión que siguió a aquélla. En este viaje, el Sr. Martín se cayó en una cuneta llena de agua; salió todo calado, pero no dejó por ello de continuar el viaje a pie, bromeando con su desgracia, sin dar señal alguna de impaciencia o de descontento. En el curso de esta misión se dio cuenta que el hermano parecía un tanto sombrío, y para aliviarle quiso hacer él mismo la lectura de la mesa, diciendo que le iba mejor cuando comía más tarde, lo que no era sino un pretexto para ocultar su acto de caridad. Tenía mucho cuidado también de enviar al mismo hermano a hacer algunas compras que, además, no eran del todo necesarias, para reemplazarle y hacer la cocina en su lugar, tan industriosa era su caridad. En esta casa había asumido el oficio de campanero por la noche y por la mañana con el fin de dar más tiempo de descanso al hermano que debía cumplir este oficio, y daba también a los demás el descanso que se negaba a sí mismo.

XVII. Su caridad para con los que le ofendían.

Como el corazón del Sr. Martín estaba moldeado, por decirlo así, por el amor y la caridad, no se contentaba con dar testimonios solamente a los de la Congregación o a los que le profesaban agradecimiento sino que lo extendía también a los ingratos y a los que le ofendían de alguna manera y se hacían indignos. . Fueran las que fueran las injurias de palabras o de acciones que se le pudieran dirigir, no demostró nunca ninguna señal de despecho o de venganza; aún más, tuvo siempre cuidado de hacer bien a los que le ofendían.

Un clérigo, que caminaba tras el Sr. Martín con cierta precipitación, caminó varias veces pisándole los pies, sin que éste diera ninguna señal de impaciencia, sino una vez que, volviéndose le echó una mirada llena de compasión. Pero estos son rasgos de una mayor importancia. Los principales personajes de una ciudad del Piamonte le rogaron que viniera a dar la misión; mas como no se había dado ninguna en esta diócesis, el Sr. Martín se excusó diciendo que no tenía poderes del obispo para darla. Al instante estos Señores escribieron al obispo, quien no solamente les respondió, sino que también escribió al Sr. Martín mismo, para declararle su gran deseo de ver de ver dar esta misión y otorgarle los más amplios poderes. El Sr. Martín se dirigió pues a los lugares, para dar esta misión, visitó al párroco de la iglesia principal donde debía predicar él y fue recibido con mucha consideración. Habiéndose difundido la noticia de la misión, al día siguiente, que era día de fiesta, acudió una multitud de gente de los lugares vecinos para oír el primer sermón. El Sr. Martín llegó pues para comenzar, y según su costumbre, antes de subir al púlpito, pidió la bendición al párroco. Éste que era un hombre amante de las bromas, aunque fueran escandalosas, le preguntó que si tenía la patente del obispo. El Sr. Martín creyendo tenerla en el bolsillo, la buscó; pero el no hallarla, dijo al párroco que debía haberla dejado en Turín, y que podía muy bien estar seguro que no había venido para dar la misión sin tener permiso para ello del obispo, tanto más cuanto que podía saber lo que el obispo mismo había escrito a los principales de la ciudad. Pero el buen hombre no quiso rendirse ante estas razones y persistió en no querer dejarle predicar antes de mostrar la patente; entonces el Sr. Martín, con una gran calma y una gran tranquilidad de espíritu, se disponía a regresar a casa. Algunos de los principales de la ciudad, viendo que el predicador tardaba en subir al púlpito, se decían entre ellos: «¿Qué es lo que pasa, no será que el párroco le estará jugando una mala pasada de las que gasta?» Uno de ellos, dirigiéndose a la sacristía, vio de qué se trataba y dijo al párroco que no debía hacer esto con un hombre de la condición del Sr. Martín, a quien nadie habría pedido una cosa parecida; y. en efecto, tenía tal renombre en todo el Piamonte, que su nombre solo valía por todas las patentes; pero el párroco no quería ceder, divirtiéndose en mortificar de esta forma al pueblo y al Sr. Martín, que lo soportaba con una indecible paciencia, sin proferir ni una sola palabra. El seglar, que estaba presente, explicó al párroco que la carta escrita por el obispo a los principales de la ciudad, explicaba bien claro el poder que había concedido al Sr. Martín. Pero el párroco respondió que no se lo creería sino veía la carta. Hubo que enviar a buscar esta carta al ayuntamiento de la ciudad, y durante aquel tiempo el pueblo murmuraba en la iglesia contra el párroco, y el Sr. Martín en la sacristía aguantando las ocurrencias de esta broma pesada.

El hecho siguiente, que pasó en una de las principales ciudades del Piamonte, no es menos curioso y nos muestra la invencible paciencia del Sr. Martín en soportar las injurias. Damos aquí en toda su extensión el relato que ha hecho un misionero que estaba presente. «Llegó a esta ciudad para dar la misión la víspera de Pentecostés; el clero y los principales de la ciudad vinieron en corporación a visitarle después de cenar y decirle que no habiendo sido advertidos a tiempo de su llegada, habían invitado a un religioso a predicar para estos tres días de fiesta; pero si lo quería, le pedían que no predicara en absoluto. El Sr. Martín respondió que este religioso no predicando más que una vez al día, no le impediría dar la misión, y que él iría en persona a ver a este Padre para ofrecerle el púlpito, así como la elección de la hora que más le conviniera, bien por la mañana, después de la misa mayor, bien por la tarde después de las vísperas. Estos señores quisieron acompañarle en su visita, y fueron todos juntos a ver al Padre predicador quien, en un principio, pareció aceptar esta oferta y escogió la mañana, aunque fuera costumbre por aquellos días predicar por la noche; pero no tardó en mostrar su disgusto porque otro predicara el mismo día que él: por eso el Sr. Martín, al salir de su casa, dijo a estos Señores que, para no causar daño a nadie prefería no comenzar la misión hasta el martes después de vísperas. Estos Señores dijeron que no tenían nada que ver con el Predicador, que no había sido llamado más que a falta de la misión y en el casi de que no se pudiera tener, que por consiguiente él no era ya necesario; y estaban a punto de despedirle, si el Sr. Martín no se lo hubiera impedido, diciendo que prefería ceder ante que causar el menor daño a este buen Padre. Uno rogó pues al Predicador, el martes siguiente, que advirtiera a la gente en su sermón de la mañana que por la noche, después de vísperas, comenzaría la Misión. En consecuencia, al llegar al segundo punto de su sermón, comenzó en estos términos: «Adhuc quadraginta dies et Ninive subvertetur. Cuarenta días más y Nínive será destruida. Oiréis esta noche a un Jonás…». Y el resto de toda la segunda parte fue una retahíla de palabras de desprecio a cuenta de los misioneros, tales como éstas: «Santos Doctores, excelentes predicadores, Salomones de su tiempo, no han podido convertir a esta ciudad, y ahora acude a extranjeros para ponerlos a todos en el infierno». Todo el pueblo se reía y miraba la actitud del Sr. Martín, que escuchaba el sermón, teniendo a su lado a un misionero y a un eclesiástico de calidad; éste demostraba un gran descontento; el misionero, compañero del Sr. Martín, no podía por menos que reírse, pero el Sr. Martín seguía guardando una modestia y una calma imperturbables. Escuchó toda la predicación y cuando terminó, dijo de vuelta a casa: «Este buen Padre se ha equivocado ya que en lugar de ponerlos en el infierno queremos enviarlos a todos al Paraíso». El Sr. Martín tuvo el sermón de la noche, y fue tan bien recibido que al día siguiente acudió una multitud de oyentes, no sólo de los habitantes de la ciudad, sino también de los soldados y oficiales franceses que se hallaban allí de guarnición en gran número. Al final del sermón, la emoción fue tan viva que no se veía más que a personas con lágrimas y no se oían más que suspiros y sollozos; los soldados mismos gritaban misericordia y el buen Padre que había recomendado tanto la misión lloraba como todo el mundo. Los oficiales franceses al salir de la iglesia se fueron a ver al Gobernador que estaba en cama a causa de la gota, y que habitaba en el otro extremo de la ciudad; ellos le dijeron: «Oh Señor lo que os habéis perdido, si hubierais oído. Es un ángel, es un apóstol!» y, al decirle esto, lloraban. El Gobernador, estupefacto al verles derramar lágrimas de esta forma: «Sin duda que será un buen gran hombre, y algo extraordinario para hacer llorar así a estos oficiales franceses.» Después de la cena, los principales del clero y de la ciudad vinieron a ver al Sr. Martín para pedirle perdón por lo que había dicho el predicador, protestando que ellos no le habían dado importancia, que lo habían sentido mucho y que y que le habían querido dar a entender que pasaban de su predicaciones. El Sr. Martín se esforzó por excusarle lo mejor que pudo y nunca demostró que se había sentido ofendido por aquello. Más aún, se fue a visitar a este Padre que le devolvió la visita y siguió muy afecto al Sr. Martín. La paciencia de éste en soportar los insultos fue tan recompensada por Dios que esta misión fue una de las más fervientes que haya dado nunca.

En otro lugar del Piamonte, se encontró con un individuo tan mal dispuesto, que tomaba como dicho a él mismo todo lo que el Sr. Martín decía indistintamente a iodos desde lo alto del púlpito. Fue bastante osado para elevar la voz en medio del sermón, diciendo: «Padre, habéis mentido, vos y cuantos dicen eso, porque yo no lo he hecho nunca». Se puede imaginar el rumor que organizó un incidente así, capaz de desconcertar a otro cualquiera que no fuese el Sr. Martín. Éste se excusó con dulzura y dio satisfacción a este hombre, y más al resto de la audiencia que quedó más edificada por la modestia y la paciencia del Sr. Martín que escandalizada por la brutalidad de su interlocutor.

Un día que pasaba por las calles de Roma fue abordado por un individuo que le reprochó públicamente, de muy feas maneras y en términos muy poco respetuosos, que siendo Superior, permitía en su iglesia cierto defecto en las ceremonias, que tan sólo era una bagatela que no merecía la pena ni de hablar de ello; él lo exageró hablando en alta voz y se fue. Una vez alejado, el compañero del Sr. Martín comenzó a decir algo para afear el hecho de este personaje; pero el Sr. Martín tomó su defensa y dijo que tenía razón, y que no se debía permitir darle vueltas al asunto.

Terminaremos este capítulo refiriendo lo que sucedió con otro religioso, en una circunstancia en la que se vio aparecer su paciencia en soportar las injurias y su caridad para con los que le ofendían, tanto más cuanto el asunto le atañía de verdad. Este buen religioso, llevado de un celo mal reglado, acusó al Sr. Martín ante la Inquisición por haber avanzado en el púlpito ciertas proposiciones mal sonantes. El Padre inquisidor mandó venir al Sr. Martín y después de escucharle lo que había dicho, no sólo quedó desengañado, sino que también le demostró todos sus respetos y concibió por él una alta estima, el Sr. Martín, muy lejos de vengarse por lo que había hecho aquel religioso contra él, no dio nunca la menor señal de descontento; no lo hizo nunca, Se advirtió que si había en los alrededores algún convento de esta orden, les enviaba algún pequeño regalo los días de fiestas y les procuraba limosnas, manifestando la gran estima por esa orden, y no habló nunca de ella sino con el mayor respeto. Es lo que había aprendido de quien dijo: Noli vinci a malo, sed vince un bono malum (Rom. 12. )No te dejes vencer por el mal, sino triunfa del mal con el bien».

XIX. Su humildad.

Si el Sr. Martín ha brillado en todas las virtudes, por confesión de cuantos le han conocido, se puede decir que se superó a sí mismo en la práctica de la humildad. Y quien preste atención a lo que diremos a propósito de esta virtud no tendrá dificultad en creer que este buen misionero había llegado a un grado muy alto de santidad; pues debía haber un edificio muy alto de perfección allí donde se encontraban fundamentos tan profundos de humildad. En toda esta historia hemos contado aquí y allá algunos rasgos de su humildad, a medida que la narración de los hechos lo exigía, pero tenemos otros que citar que no son menos extraordinarios. Ha pasado más de cincuenta y cinco años en la Congregación, y ha sido superior unos cuarenta años. Cuando murió era el decano y el más anciano de todos los miembros de la Congregación y sin embargo sus modos eran tan humildes que no se le vio nunca actuar como superior o adoptar un aire de mando. Trataba a todos como si hubiera sido él mismo su igual o su inferior. Cuando algún sacerdote iba a su habitación para pedirle penitencia por alguna falta, él mismo se ponía de rodillas, y la penitencia que daba consistía tan sólo en despedir a su cohermano con alguna palabra graciosa, como ésta: «Soy yo quien comete las faltas más groseras, las vuestras son mucho menores«. Cuando se encontraba en alguna puerta con otro de sus cohermanos, aunque fueran sólo clérigos, él no podía permitir que quisieran cederle el paso por respeto o bien que al pasear le dieran el lugar del medio, y cuando se encontraba allí, se retiraba tranquilamente para ceder este lugar a otros de sus cohermanos, aunque fueran clérigos. En una procesión solemne del Corpus Christi, en el Piamonte, donde daba la misión, recorrió casi toda la ciudad procesionalmente, a la izquierda de un joven sacerdote, súbdito suyo, hasta que éste, dándose cuenta hacia el final, se fue a ocupar graciosamente el lado izquierdo. El primer acto por el que tenía por costumbre tomar posesión de una casa donde era nombrado superior, era servir en la mesa yendo después de la comida a las cocina para lavar la vajilla ; hacía lo mismo en varias ocasiones más, por ejemplo, en las fiestas por las que sentía más devoción, y tenía la costumbre de celebrarlas con estos actos de humildad.

Prosternarse a los pies de sus cohermanos y besárselos para pedir perdón era también una de sus prácticas habituales. Cuando se percataba de que había podido ofender a alguno, incluso sin querer. Lo hacía incluso los días más solemnes para él, como el de su nacimiento, de su entrada en la Congregación y otros parecidos. Las palabras con las que acompañaba este acto mostraban muy bien cuáles eran los sentimientos humildes que penetraban su alma; él se llamaba un miserable anciano, un sujeto de mortificación y de escándalo para los demás, y la causa de todas las faltas que se cometían en la casa. Actuaba incluso así con ocasión de la visita de las casas en que se encontraba, y se alegraba entonces por verse suspendido del oficio y por saber que se darían a conocer sus defectos. Tenía también la costumbre, al final de la visita, de expresar al visitante, de rodillas ante él, su insuficiencia para el oficio de superior, y de suplicarle que le consiguiera del Superior general que le descargara de ese peso, pues era así como él veía este empleo; y lo decía con expresiones tan humildes que todos los que le oían se sentían conmovidos. Por lo demás, se vio en varias ocasiones que estas palabras no eran puro ceremonia, sino la expresión fiel de los sentimientos de su corazón.

Después de tanto insistir, había obtenido del Superior general colocar en su lugar para superior de la casa de Roma al Sr. Pancrazio Gini; mas temiendo que este fiel imitador de su humildad se negara, o al menos difiriera aceptar hasta que hubiera presentado sus excusa al Superior general, como lo había hecho ya otras veces en parecidas circunstancias, inmediatamente después de dar a conocer al Sr. Gini la patente de superior que había recibido para él, se lo comunicó también a toda la comunidad en los términos siguientes: «Por fin, la divina bondad se ha dignado levantar el obstáculo que se oponía a todo el bien que se debe hacer en la Congregación. Dios ha hecho hoy una gran gracia a esta casa quitándome el oficio y la carga de superior, ya que yo era muy indigno e incapaz de ejercerlo. A fin de reparar los males que he causado y de destruir los escándalos que he dado, el Sr. Superior general ha elegido como superior de esta casa al Sr. Pancrazio Gini«. Y dicho esto, pidió perdón a todos por los escándalos y motivos de dolor que les había dado. Y continuó siendo el súbdito más sumiso del nuevo superior; pero su gozo no le duró mucho, pues al cabo de unos meses, falleció el Sr. Gini, y el Sr. Martín, en calidad de asistente y de más antiguo de la casa fue obligado a retomar este oficio. Pero deseaba tanto vivir bajo obediencia que reunió a los antiguos de la casa y les suplicó que eligieran a otro en su lugar para gobernarlos hasta que el Superior general hubiera nombrado otro superior. No fue escuchado y todos declararon estar sobradamente satisfechos con su dirección para renunciar. Por último, al cabo de algunos meses, el Sr. Pietro Terrarossa fue nombrado superior de la casa de Roma, y el Sr. Martín demostró su alegría en una carta del 22 de diciembre de 1691 en los términos siguientes: «Ya sabréis que acaban de confiar esta casa de Roma al Sr. Terrarossa y ha sido nombrado superior. Es una gran gracia que Dios acaba de concederme, y os suplico que me ayudéis a darle gracias, las más vivas acciones de gracias, como por uno de los mayores beneficios que haya recibido de la divina misericordia«. No sorprenderá que se comportara con tanta humildad con los suyos, sin tomar ningún aire de superioridad o de dominio, cuando se sepa que su alejamiento del superiorato llegaba hasta no querer ser conocido como tal, de manera que un día un externo al preguntarle si era el superior, respondió: «Soy el último de la casa«.

No sólo expresaba con palabras su alegría de verse descargado del oficio de superior, sino que la mostraba también en su conducta portándose con los nuevos superiores, aunque hubieran sido sus súbditos por largo tiempo, con tanta sumisión y obediencia como sería de desear en un seminarista de unos meses. Se observó, una vez entre otras, que al volver a casa fue a ver al superior para darle cuenta de lo que había hecho fuera; y como su compañero se quedó un poco de tiempo en la habitación del superior, el Sr. Martín, de pie y con el sombrero en la mano, esperaba en la puerta que su compañero fuera despedido por el superior. Su humildad no le permitió nunca dejarse prestar ninguno de los servicios que él podía hacerse a sí mismo, como barrer la habitación, vaciar la palangana o limpiar la lámpara; y un día que encontró al seminarista en cargado de arreglar las lámparas ocupado, en esta calida, en preparar la suya, le dijo: «Hermano, déjemelo hacer a mí, porque yo también he hecho ese oficio».

Por ello lo único que le causó pena durante su enfermedad era verse servido, sobre todo de los sacerdotes, y para compensar este servicio con un acto de humildad, les obligaba a bendecir los platos y remedios que le presentaban o asperjarlos con el agua bendita. Cuando se revestía para la santa misa o se quitaba los ornamentos después de decirla, se apresuraba para no ser ayudado, incluso al lavarse las manos se guardaba el bonete bajo el brazo para que no viniera el sirvienta para cepillarlo. No quiso que le abrieran las puertas o los visillos que las recubren. Por último, no podía sufrir que le hicieran ninguna señal de honor, lo que no podía por menos de hacer a causa de la gran estima en que le tenían. Se observó también que los últimos años de su vida, cuando el estrechamiento de la garganta no le permitía ya elevar la voz, y decía la santa misa muy bajo, cuando llegaba sin embargo al Domine non sum dignus, su humildad daba nuevas fuerzas a su voz para expresar los más vivos sentimientos de su corazón, y se le oían esta palabras muy distintamente.

Las alabanzas le eran más penosas de lo que le serían las injurias a un orgulloso. Al volver de una misión, varios campesinos le acompañaban, él iba caminando con ellos, en la conversación aquellas gentes le dieron el título de ilustrísimo; el Sr. Martín lo aguantó por algún tiempo, pero el final su humildad no puede resistir más, y les dice: «No nos honréis tanto, hermanos, porque no somos más que pobres sacerdotes como los vuestros». Un día que estaba en el lecho debido a la gota, se entretuvo durante media hora con quien le traía la cena y toda su charla consistió en humillarse y demostrar que no había hecho ningún bien y que había hecho como los farmacéuticos que preparan medicinas para los demás y no para ellos mismos: «Esto es todo, decía él, cuanto he hecho». En una ocasión semejante, insistió a un sacerdote del seminario que había venido a visitarle para que le diera la bendición. Apuntemos a propósito lo que le pasó algunos días antes de su muerte. El hermano que le servía pensando darle algún consuelo, le dijo: «Señor Martín, qué contento debe sentirse ahora al recordar tanto bien como ha hecho, tantas almas convertidas y al pensar que vais muy pronto a recibir de Dios la recompensa!» Ante estas palabras, el Sr. Martín miro al hermano con un ojo un tanto airado contra lo ordinario y le dijo: Vade Satana; haciendo alusión a lo que respondió Nuestro Señor a san Pedro cuando le decía que morir en la cruz era cosa indigna del Hijo de Dios. Se por esto qué lejos estaba de atribuirse cualquier cosa buena que hacía o sacar vanidad de ello; antes bien la aprovechaba para humillarse y se sorprendía que Dios quisiera servirse de él para hacer cosas tan grandes. Traeremos aquí las palabras de una carta en la que daba cuenta a san Vicente del gran bien que Dios había operado en una misión: «Todo eso, dice, nos hace ver las buenas disposiciones de este pueblo y los grandes frutos que podrían recoger si hubiera un mayor número de operarios evangélicos. Es verdad que, aunque seamos tan poco numerosos, tan pobres y tan malos, la voluntad de Dios no deja de servirse de nosotros para recoger muchos frutos; digo pobre y malo, porque no podría admirar nunca lo suficiente cómo esta buena gente tienen la paciencia de aguantarme, pues soy más propio para rechazarlos que para atraerlos. Es Dios quien lo hace todo por la pura gracia y quien, sin duda, haría más aún si no pusiera impedimento con mi ignorancia, mi poco espíritu y mis demás miserias«.

De esta baja opinión que tenía de sí mismo y de esta persuasión en la que estaba de que ponía obstáculo a las gracias de Dios, procedía esta facilidad con la que cedía los demás el cargo de predicar en las misiones, y aunque tuviera una gran facilidad y mucho talento para esta función y fuera siempre escuchado con más placer que cualquier otro, no obstante, cuando no había podido ,hallarse al comienzo de una misión y otro la había comenzado, quería siempre que él la terminara y no quería hacer ningún sermón a menos que fuera para aliviar a alguno de los misioneros. un día, un misionero le dijo que era mejor que predicara él mismo, que la misión marcharía con más fervor y más éxito y que no parecía conveniente que un joven predicara y tratara los mandamientos mientras él estuviera allí, él superior, ya avanzado en edad y experimentado en tales funciones, él le respondió: «¿Es que no lo hacéis bien, no está satisfecho el pueblo, vienen a confesarse, se realizan los arreglos, qué más se puede pedir? Y le despidió sin querer intervenir en nada, aunque se lo pidiera el propio sacerdote que predicaba los sermones.

Este sentimiento de humildad y esta baja opinión de sí mismo hacían también que, cada vez que oía las comunicaciones interiores de sus inferiores, o en toda otra ocasión, en que se veía obligado a darles algún aviso o hacerles alguna corrección, les pedía primero con expresiones plenas de aflicción y de sinceridad que le dijeran libremente lo que habían advertido en él que los desagradara y les pedía que le avisaran de sus faltas, sirviéndose entonces de las palabras siguientes o de otras: «Ego a te debeo baptizari, et tu venis ad me?» ¿debo ser bautizado por vos y venís a mí«. Y si le daban algún aviso, él lo recibía, lo escuchaba con mucha humildad y se lo agradecía, declarando estar contento de ser avisado, no sólo por su admonitor, que lo debía hacer por oficio, sino también por quien fuere y hasta por los Hermanos sobre todo en las cosas relativas a sus oficios; los escuchaba de buena gana y no ponía la menor dificultad en dejar su modo de ver para adoptar el de ellos.

Terminaremos el capítulo contando un hecho que le sucedió en una ciudad del Piamonte. Debía cantar la misa el día de la comunión general, en el que debía de haber un concurso de varios miles de personas; se designaron los diferentes oficiales que debían servir en esta misa, y como llegó a saber que alguno se había disgustado porque se hubiera preferido a otro, para corregirle de este defecto, el día siguiente en que se cantaba la misa de acción de gracias con una afluencia de gente más considerable aún que quizás que la víspera, el Sr. Martín quiso hacer de oficio de último acólito, con gran admiración de todo el pueblo, que se quedó estupefacto a la vista de su humildad y de su modestia por realizar este oficio, ya que tal vez nunca se lo había visto cumplir por un sacerdote en esta ciudad, ni siquiera en la catedral. No por ello fue menos venerado [360]a causa de su humildad, y le estimaron más que si hubiera realizado funciones más nobles. Ya habían admirado mucho su humildad la víspera, pues ese día había querido llevar la cruz durante todo la procesión, que era muy larga, a la vista de una grande multitud de gente que asistía y no se cansaba de admirar cómo un hombre tan célebre en el Piamonte hacía una función tan poco estimada por lo vulgar.

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