I. Nacimiento y educación del Sr. Martín en el mundo.
El Sr. Jean Martín nació en la ciudad de París e 1620, el 10 de mayo, un día de domingo, y fue bautizado en la iglesia parroquial de Saint.Benoît; tuvo por padrina al Sr. Jean de Nauré consejero en el parlamento de París y más tarde consejero de Estado. Su padre, Jean Martín, era doctor en medicina; dotado mediocremente de los bienes de la fortuna era rico en los dones de la gracia y muy estimado en su profesión. Su madre, Gillete du Noyé, mujer de gran piedad, tomó en serio alimentar con la leche de la devoción a su hijo Jean y viendo que desde su infancia tenía mucho gusto por las ceremonias religiosas y que no se ocupaba sino en hacer pequeños altares, ella le procuraba gran número de estampas y otros objetos para adornar su pequeño oratorio. Ello no le resultaba difícil pues era hija de Guillaume de Noyé y de Marie Nubert, libreros de París. Desde sus primeros años este niño anunció el gran talento que debía tener en una edad más avanzada para el santo Evangelio y convertir las almas a Dios. Reunía a menudo a los niños de su edad y a las gentes de la casa, luego echándose un manto a los hombros, levantaba el cuello a guisa de capuchón, se subía a un banco y echaba un sermoncito con tanta energía y fervor que edificaba y conmovía a los asistentes, haciendo ver desde entonces que un día sería un gran predicador. Esto fue lo que dio pie a Marie du Noyé, su tía, a decir que Jean era un tesoro escondido. Tenía los ojos hermosos, el exterior afable, las maneras dulces, lo que encantaba a los que le veían; por eso, sus compañeros de edad apostaban a quién le precedería en su compañía. Se entregó desde la infancia al estudio de las letras, y aunque fuera de una complexión muy delicada y de salud débil, y que durante su infancia y su juventud, sufrió un continuo mal de cabeza y de estómago, no por eso dejó de hacer progreso notables superando en lengua latina o griega a sus condiscípulos, en la retórica y en la filosofía, de las que siguió cursos en París en el colegio de Clermont y en el de la Marche.
II. 1638-1645. Su entrada en la Congregación. –Sus empleos hasta la ordenación del sacerdocio.
Jean se sintió atraído a la Congregación por los buenos ejemplos del Sr. Bourdet, excelente sacerdote, que poco tiempo antes se había unido al venerable siervo de Dios san Vicente de Paúl, fundador de esta Compañía. Pidió con mucha insistencia ser admitido en esta nueva milicia y, tras las pruebas convenientes, san Vicente halló en él bastante determinación y le recibió el 9 de octubre de 1638. Sólo tenía 18 años. Tal fue la generosidad de su desprendimiento de la casa paterna y de sus padres que, aparte de los treinta y tres francos que le envió su madre por su hermano a la casa de la Misión y que sirvieron para su dote, él no se ocupó ya más, ni de su patria ni de sus padres ni de sus bienes y vivió como un verdadero Melquisedek, como si no hubiera tenido ni padre ni madre ni genealogía, olvidándose del todo al entrar en la Congregación. Fue este desprendimiento que mostró el Sr. Martín por lo que se refiere a la carne y a la sangre lo que decidió a san Vicente, su verdadero padre espiritual, a servirse de él en tantas fundaciones y trabajos para gloria de Dios, y esto no solamente lejos de París, sino lejos de Francia. El Sr. Martín apreció siempre en alto grado la gracia que Dios le había dado llamándole a la Congregación que todos los años, el 9 de octubre, día en que se comienza el retiro anual, se ponía de rodillas delante de los de la casa en que se encontraba, aunque de ordinario allí fuera el Superior y les pedía perdón por los malos ejemplos que en su humildad creía haberles dado, y les suplicaba que le ayudaran con sus oraciones a obtener de Dios el perdón de sus pecados y la gracia de corregirse y vivir en lo sucesivo con más fidelidad a las reglas y más edificación en su conducta. Tomó también por su abogado particular ante Dios al apóstol de Francia, saint Denys, el Areopagita, cuya fiesta se encuentra ese mismo día, 9 de octubre, y tuvo siempre hacia este santo una devoción particular.
El Sr. Martín mostró tanto fervor en los años de su probación y dio tan hermosas muestras de de su talento por el ministerio apostólico que san Vicente no tardó en emplearle en obras muy importantes para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Cuando se celebró la misión en Saint-Germain-en-Laye , donde se encontraba entonces la corte del rey de Francia, el Sr. Martín, que sólo era clérigo, fue encargado de dar el catecismo, al que asistía con frecuencia el Delfín, que fue más tarde Luis XIV, y que no era entonces más que un niño, con un gran número de gentilhombres y damas de la corte. Lo hizo con tanta soltura, viveza y espíritu que la Reina madre
Se lo pifió a san Vicente para enseñar los misterios de la fe al Delfín en particular, como lo hizo en realidad. En esta circunstancia, se hizo notar también sobre manera por su modestia angelical, ya que había entonces en la Corte un gran abuso en el atuendo de las mujeres, que llevaban el seno descubierto, abuso al que se puso remedio en esta misión, pues uno de los misioneros habiendo hablado al Sr. Martín, éste respondió de tal suerte que se podía entender que no se había dado cuenta de nada. Daba el catecismo de un modo tan agradable y tan propio para instruir a los oyentes, que san Vicente se lo mandó hacer varias veces a los pobres en la capilla de San Lázaro, en lugar del seminarista que lo daba de ordinario, a fin de enseñar a los demás misioneros el medio de cumplir bien esta función. Y en efecto, toda la casa quedó grandemente edificada, bien por su humildad en instruir con tanta afabilidad y caridad a estos pobres mendigos, bien por el método de que se servía para enseñarles las verdades de la fe. Tenía costumbre de decir que para dar bien el catecismo de manera que se aprovecharan los oyentes había que pedir poco, pero repetirles con frecuencia hasta que todos puedan retenerlas, y repetirlas sin cambiar los términos ni intercalar ninguna reflexión; y recomendaba como algo muy importante guardarse de hablar demasiado.
San Vicente depositaba en el Sr. Martín tan grandes esperanzas que cuando se trató de enviar a varios sujetos a Roma para fundar allí una casa de la Misión, previendo bien que sería una de las más importantes de la Congregación, y que de esta capital de la cristiandad debía difundir el buen olor de la edificación a toda la Iglesia; conociendo por otro lado cuánto importa en el éxito de las nuevas fundaciones estar provistos desde el comienzo de excelentes obreros, destinó en su sabiduría al Sr. Martín, que no era aún más que un simple clérigo, a ser una de las piedras fundamentales de este nuevo edificio espiritual. Este edificio, desarrollándose con el tiempo por los buenos ejemplos, la excelente administración y los santos trabajos del Sr. Martín, debía un día parecer en Roma como una de las obras más notables de esta ciudad e incluso de toda la cristiandad. Durante su viaje de París a Roma le sucedió algo que pareció milagroso y que dará a conocer su confianza en Dios y la eficacia de sus oraciones. Habiéndose embarcado en Marsella para Génova, sufrió un terrible mareo, lo que le dio para siempre una gran aversión hacia toda esta clase de viajes, y siguió tan enfermo que se vio obligado a guardar cama al llegar a Génova; además, una se sus rodillas se inflamó de manera muy dolorosa. Como la Congregación no tenía entonces ninguna casa en esta ciudad, debía quedarse en el hotel con el Sr. Bernard Codoing, misionero en cuya compañía viajaba, lo que debía suponer grandes gastos. Pero éste dijo que si la curación se hacía esperar habría que ir al hospital, porque se le acabarían las existencias. Jean viendo esta dificultad se encomendó a Dios de buena gana y con tanta confianza que sus oraciones fueron pronto escuchadas, la noche misma se vio curado de tal forma que al día siguiente pudo continuar el viaje hasta Roma, donde entró con el Sr. Codoing el 8 de abril de 1642. Se puso desde entonces a aprender la lengua y a perfeccionarse en el estudio de la teología, luego a traducir al italiano catecismos y sermones. En todos estos trabajos no tuvo otra ayuda que la de su perspicacia natural, ya que no podía tener maestros, en vista de que el número de misioneros era pequeño y sus ocupaciones en el santo ministerio no des permitían encargar a uno de ellos de la clase Por lo demás, el Sr. Martín era el único clérigo estudiante que la Congregación tuvo entonces en Roma.
En estos comienzos, los misioneros totalmente entregados a sus trabajos, no tenían tiempo de escribir largos relatos, y esa es la razón por la que no sabemos sino muy poco sobre los actos de virtudes y de los empleos del joven estudiante. Muy dispuesto para llevar una vida oculta y apartarse del trato con los hombres y de cuanto podía suponerle algún descanso. Era muy reservado para hablar de sí mismo y de cuanto le concernía sobre todo cuando se volvía a su favor. Se sabe tan sólo que en el principio, cuando no eran más que dos, es decir el Sr. Codoing superior y él que sólo era clérigo, a falta de un hermano coadjutor para servirles, el Sr. Martín se vio obligado a cubrir el oficio de Marta. Habitaban por entonces una pequeña casa en el Pont Sixte. Martín se iba con su cesto bajo el manto a buscar las provisiones, luego volvía a hacer la cocina y ponía tanto gusto en este oficio, como hubiera puesto un hombre ambicioso en los empleos más altos del mundo.
No se entregaba sólo al estudio y los empleos más humildes de la casa, sino que como había aprendido rápidamente y muy bien el italiano, no le quedaba casi acento del francés y cualquiera que le oía hablar le costaba creer que no hubiera nacido en Italia; por eso, apremiado por el celo de la salvación de las almas, pidió ir a la misión, y fue enviado varias veces aunque sólo fuera clérigo. Daba el catecismo con su soltura habitual y recogía muchos frutos de salvación en medio de la gente del campo a los que distribuía el pan de la palabra de Dios, y les explicaba tan bien los misterios de la fe, que no había un campesino por rústico que fuera que se quedara sin entenderlos lo suficiente. Los primeros lugares de Italia que sintieron los efectos de celo fueron las dependencias de la abadía de Saint-Sauveur de Cane Morto.
El 25 de abril de 1645 fue ordenado sacerdote y celebró su primera misa con tanta devoción como se podía de un hombre que entre las demás virtudes sobresalía en celo por la Religión y ponía tanto cuidado en celebrar los divinos oficios y en guardar cuidadosamente todas las ceremonias sagradas.
III. 1645-1664. Martín va a Génova y a Córcega.
Poco tiempo después que el Sr. Martín fuera ordenado sacerdote, fue enviado por san Vicente a Génova donde el cardenal Stefano Durazzo, de feliz memoria, arzobispo de esta ciudad, deseaba fundar una misión de la congregación de la Misión. Escogió de preferencia para esta empresa al Sr Martín como siendo el más idóneo para introducir en esta nueva casa la perfecta observancia se las reglas, el desarrollo completo de las funciones propias del Instituto. El Sr Martín se empleó durante varios años en dar misiones en esta diócesis, y acompañaba a menudo al cardenal en sus visitas pastorales. Éste habiendo reconocido sus talentos y su virtud, le profesó toda su vida un afecto particular, quiso tenerle a su lado para ayudarle y fortalecerle en el momento de la muerte. Fue en estas misiones donde se vieron su gran talento y su celo apostólico. Aunque joven y sacerdote hacía poco, sus primeras actuaciones en este ministerio produjeron una impresión tal que su recuerdo se conserva aún vivo de sus misiones en la región de Génova. A pesar de que haya misioneros mayores que él y que le eran superiores por su posición, no se oye sin embargo más que el nombre del Sr. Martín repetido por los mayores de la región, cuando se llega a hablar de estas primeras misiones. Se necesitaría un grueso volumen para relatar con detalles todas estas misiones y las conversiones extraordinarias, así como las demás obras que se realizaron. Nos reservamos decir algo cuando se trate de las misiones dadas sin el P. Aquí no hablaremos más que de lo que hizo en la Isla de Córcega.
El Gobierno genovés, para remediar ciertos desórdenes que existían en esta Isla, juzgó conveniente en 1652 enviar siete misioneros acompañados de otros ocho sacerdotes, de los que cuatro eran seculares y cuatro religiosos de diversas órdenes para dar misiones en diferentes lugares. El Sr. Martín, que era director de la Misión, escogió para sí las localidades más necesitadas y más difíciles. Hubo mucho que sufrir, bien por razón de los viajes, bien a causa de la alimentación, no teniendo siempre lo necesario, pero más trabajo le costó todavía romper esos corazones de bronce y traer a tantas ovejas descarriadas al camino de la verdad. Si estos trabajos fueron grandes la cosecha fue abundante. Nos contentaremos aquí con dos rasgos que sucedieron en estas misiones.
En un lugar en el que reinaban muchas enemistades, se había esforzado, ya en público con sus predicaciones, ya en particular con sus exhortaciones, en restablecer la paz entre los habitantes; pero sus esfuerzos no tuvieron éxito, cuando un día que estaba en el fuego de su discurso, uno de los vengativos de entre los asistentes no pudiendo resistir más a la gracia de Dios, que la tocaba el corazón, se levantó, se puso de pie en un banco y le dijo en alta voz: «Basta ya, padre, dejadme hablar. Yo pido perdón a toda persona cristiana por el escándalo que he dado no queriendo reconciliarme; yo ya estoy listo, llamad a mi enemigo». Al presentarse éste, le abrazó y los dos hicieron la paz. Su ejemplo fue seguido al punto por todos los que hasta entonces se habían obstinado.
En otra ocasión predicaba también a gentes ávidas de venganza; durante el sermón uno de ellos se subió a la escalera del púlpito y tirándole al Sr. Martín de la sotana, le puso a los pies del crucifijo las armas que llevaba, pidió perdón a todo el; pueblo y a sus enemigos y abrazó a éstos como prueba de su reconciliación. No será inútil traer aquí una carta que escribió a su regreso a Génova a san Vicente en la que le da cuenta de lo que se había hecho en Niolo, región de Córcega. Aunque sea larga, merece ser conservada a causa de las cosas interesantes que encierra.
«Niolo es un valle largo de una tres leguas y de media legua de ancho. Está rodeada de montañas infranqueables más que por el camino más espantoso que haya visto nunca, en los Pirineos o en la Saboya. Esta situación ha hecho de ella la guarida de todos los bandidos de la Isla; teniendo allí un refugio asegurado, se entregan a sus violencias y a sus asesinatos sin ningún miedo a la justicia; hay en este valle muchas aldea pequeñas que forman una población de dos mil habitantes. No he encontrado nunca ni creo que se puede encontrar en toda la cristiandad gentes más abandonadas como aquellas. El único vestigio de fe que hayamos visto es que decían que habían que habían sido bautizados y que había una iglesia, en el estado más lastimoso. Tal era su ignorancia de las cosas necesarias para la salvación, que panas si había un centenar que se sabían el Credo y los mandamientos de Dios. Preguntarles cuántos dioses hay y cuál de las tres personas divinas se hizo hombre, era hablarles árabe: Los vicio pasaban allí por virtudes y la venganza era tan común que los hijos no aprendían a caminar o a hablar que a vengarse de la menor ofensa. Las predicaciones no podían aportar ningún remedio a este mal, hay que el ejemplo de sus antepasados y los malos consejos de sus padres sobre este vicio lo habían enraizado de tal manera en sus mentes que no eran ya capaces de ninguna persuasión contraria. Los había que pasaban de los siete u ocho meses sin oír la misa y de los tres, cuatro, ocho o diez meses sin confesarse. Además, estaban dominados por muchos otros vicios, eran muy inclinados a robar, no les producía ningún escrúpulo comer carne en cuaresma y los demás días prohibidos; se demandaban como bárbaros, y cuando tenían enemigos, veían ningún problema en calumniarlos acusándoles en juicio de delitos graves, y encontraban tantos falsos testigos como querían. En cuanto a los que eran acusados con razón o sin ella, no les faltaba nunca gente dispuesta a sostener las cosas más falsas para defenderlos. La consecuencia era que, siendo incapaz la justicia, se asesinaban unos a otros por los motivos más ligeros. Aparte de estos desórdenes, hay también un abuso en la Isla en el tema del matrimonio. Raramente se celebra sin que haya habido antes cohabitación, y de ordinario, apenas se hacen los esponsales, los prometidos viven juntos y en concubinato durante dos o tres meses, y algunas veces dos o tres años, sin preocuparse del matrimonio, y lo que es más, una gran parte de estos esponsales se realizan entre parientes sin dispensa y se sigue en este estado de incesto público durante ocho, diez, quince años y más. Y si sucede que el esposo muere, la mujer abandona a los hijos como ilegítimos y toma otro marido, a veces incluso a un pariente, como el primero, se han visto mujeres que habían vivido a sí de manera incestuosa con tres mal llamados maridos.
«En este solo valle de Niolo hemos encontrado ciento veinte concubinarios, y entre ellos había cuarenta denunciados públicamente y excomulgados por un tal exceso, que sin embargo trataban libre mente con los demás, como si no estuvieran excomulgados».
Tal es el estado deplorable en el que se encontraba este pobre pueblo cuando el Sr. Martín y sus compañeros llegaron a dar la misión. Ahora se le nota bien cambiado después que se continúan las misiones en él y que los misioneros se han establecido en la Isla. Veamos ahora de qué medios se sirvió el Sr. Martín para poner remedio a tantos desórdenes.
«1º En primer lugar, dice él, hemos puesto todos cuidados posibles para instruir al pueblo en las cosas necesarias para la salvación. Fue la obra de tres semanas. 2º Hemos mandado separar a los que vivían en concubinato, al menos los que nosotros conocíamos y que estaban en el lugar; el día de la fiesta de san Pedro y de san Pablo, patronos de la iglesia en la que nos encontrábamos, esta pobre gente, reconociendo el miserable estado en que se hallaban, conmovidos por los sentimientos de una verdadera penitencia, se pusieron de rodillas al final del sermón y pidieron perdón a todos por el escándalo que habían dado, prometiendo con juramento separarse; y después de separados, en efecto, se presentaron para confesarse. 3º Hicimos separarse también a los que estaban excomulgados, luego vinieron con señales de una verdadera contrición a presentarse a la puerta de la iglesia para ser absueltos. Después de mostrarles la gravedad de la censura en la que habían incurrido, ellos se obligaron por juramento unos tras otros a separarse el uno del otro y a no volver más a la casa uno del otro bajo cualquier pretexto que fuera, después de lo cual fueron absueltos públicamente, y al cabo de algún tiempo admitidos a la confesión y a la comunión. Como existían algunos eclesiásticos que fomentaban estos desórdenes con sus malos ejemplos, favoreciendo estas alianzas entre sus sobrinos y sus parientes, la misericordia de Dios se dignó conmover sus corazones por medio de las exhortaciones particulares, o por las conferencias espirituales a las que todos asistieron; de manera que todos hicieron confesión general con los sentimientos de una verdadera penitencia y repararon en público el escándalo que habían dado. Pero lo más difícil fue reconciliar, y puedo decir que hoc opus, hic labor est, pues casi todo el mundo vivía a en las enemistades. Quince días transcurrieron sin que se pudiera ganar nada; un joven solo perdonó a otro, que le había herido de un pistoletazo en la cabeza. Todos los demás permanecían en sus pertinaces disposiciones sin dejarse impresionar por lo que se les decía. Esto no impedía que vinieran en masa a todos los sermones a los sermones que se tenían por la mañana y por la tarde. Los hombres venían con sus escopetas y sus puñales, equipaje ordinario del país; los bandidos llevaban además dos pistolas y algunas dagas en la cintura. Esta gente estaban tan preocupados por el pensamiento y el deseo de la venganza, que todo lo que se les pudiera decir para curarlos de esta pasión extraña no producía ninguna impresión en sus almas. Muchos, al oír hablar de perdón, dejaban de venir a los actos, y nos temíamos mucho, y yo más que los demás, porque era yo quien estaba obligado a tratar de los arreglos.
«Por fin, la víspera de la comunión general, al final de la charla, después de exhortar de nuevo al pueblo a perdonar, Dios me inspiró empuñar el crucifijo que llevaba y decirles que los que querían perdonar que vinieran a besarlo, yo los invité de parte de Nuestro Señor que les tendía los brazos, y añadí que los que besaran el crucifijo mostrarían de esa manera que estaban dispuestos a reconciliarse con sus enemigos. Ante estas palabras, se miraron unos a otros, y yo viendo que nadie se movía, hice como que me marchaba y oculté el crucifijo quejándome de la dureza de sus corazones y diciéndoles que no merecían la gracia que el buen Dios les ofrecía. A estas palabras, un religioso reformado de san Francisco se puso a gritar: «Oh Niolo! Niolo! ¿quieres entonces quedar maldito de Dios? ¿tú no quieres pues recibir la gracia que Dios le envía por estos misioneros que han venido aquí de un país lejano para tu salvación»? Mientras que este religioso hablaba de esta manera, un párroco a cuyo sobrino habían matado, viendo al asesino entre el auditorio, vino a ponerse de rodillas y a pedir besar el crucifijo, diciendo en alta voz al asesino de su sobrino que se acercara para abrazarle.
«Otro sacerdote hizo lo mismo con uno de sus enemigos que estaba presente y fueron seguidos por una multitud más. Por el espacio de más de una hora no se vio otra cosa que abrazos y reconciliaciones: se ponía por escrito las cosas más importantes y el notario levantaba acta pública.
«Al día siguiente, día de la comunión, quiere una reconciliación general de todo el pueblo que, después de pedir perdón a Dios, se lo pidió a los párrocos y los párrocos se lo pidieran al pueblo.
«Yo pregunté si había alguno que no se hubiera reconciliado con su enemigo; uno de los párrocos se levantó y me dijo que sí, nombró a varios por sus nombres; éstos se acercaron, adoraron al Santísimo Sacramento que estaba expuesto y sin ninguna dificultad se abrazaron cordialmente.
«Oh Señor, qué edificación en la tierra y qué alegría en el cielo al vera padres y madres que por el amor de Dios perdonaban la muerte de sus hijos, a mujeres la de sus maridos, a hijos la de sus padres y de sus hermanos, a parientes la de sus prójimos, y por último ver a tantas personas abrazarse y regar con lágrimas a sus enemigos. Por las mañana prediqué el sermón sobre la perseverancia. La asistencia fue tan grande que hubo que predicar fuera de la iglesia. En este sermón se renovó la promesa de llevar una vida cristiana y perseverar en ella hasta la muerte; los párrocos prometieron públicamente dar en adelante el catecismo al pueblo y entregarse más al cumplimiento de sus deberes. La lluvia que cayó al fin del sermón nos impidió partir ese día y por la noche yo me fui a un lugar a una legua de distancia para hablar a dos personas que no había querido asistir a ningún sermón por miedo a tener que perdonar a sus enemigos que les habían matado a un hermano. El párroco les había pedido que suspendieran al menos la venganza hasta que ellos no hubieran hablado. Lo hicieron y quiso Nuestro Señor conmoverles tanto el corazón con su gracia, que perdonaron la muerte de su hermano, y el miércoles por la mañana, después de confesarlos y comulgar, nos marchamos».
Éstas son las palabras del Sr. Martín. Nos ha parecido conveniente colocar esta larga carta en toda su extensión, por razón de los milagros de la gracia de Dios que contiene, milagros que se han producido por medio de las predicaciones y del ingenio del Sr. Martín; ya que su prudencia se acomodaba a la calidad de los pecadores a los que se proponía captar en las redes de Nuestro Señor.
IV. 1654-1657. Va Sedan y luego a París. –Es enviado en calidad de superior para fundar la casa de Turín, en el Piamonte.
En 1643, se había fundado en la ciudad de Sedan, de la provincia de Champaña en Francia, una casa de la Misión con carga de almas. San Vicente quería dotar a esta casa de un superior y de un párroco capaz por su ciencia, su piedad y su prudencia de cumplir un empleo tal en una ciudad llena de soldados y de herejes hugonotes, puso los ojos en el Sr. Martín, en cuyas cualidades él recibía excelentes enseñanzas. Le mandó pues venir de Génova y le envió como superior y párroco a Sedan. Allí, no contento con mantener en la piedad a los católicos confiados a sus cuidados, se dedicó también a convertir a los herejes, a consolar a los prisioneros, a asistir a los condenados a muerte y por último a todas las obras de misericordia. No dejaremos escapar aquí un rasgo que le acaeció en esta ciudad contado por él mismo. Estaba un día en el cadalso asistiendo a un pobre condenado a muerte; Para animarle a sufrir con decisión el suplicio a ejemplo de Jesucristo sacó de su seno el crucifijo y se lo presentó. El verdugo que era hugonote y religioso apóstata de una de las órdenes más severas de la Iglesia, tomó el crucifijo de las manos del condenado y le arrojó al suelo con desprecio. Los católicos, indignados ante esto, querían vengarse de esta profanación, pero el Sr. Martín, con su dulzura, logró calmarlos. Empleaba toda clase de medios para atraer a los herejes a la fe católica, pero el gobernador, que era mejor político que buen cristiano y que tenía costumbre de decir que quería dejar vivir a los herejes en Sedan con tanta tranquilidad como en Ginebra, se empeñó en que llamaran al Sr. Martín a París, lo que en efecto sucedió. Se hizo estimar en la casa de San Lázaro donde tantos misioneros viven en la observancia.
I. El gobernador de Sedan, cuando el duque de Bullen entregó el principado a Luis XIII, fue un oficial de mérito llamado Fabert, quien más tarde fue mariscal. Fue en setiembre de 164? Cuando Fabert tomó posesión del gobierno. Esta nota del autor de la vida de Sr. Martín es un poco severa, sobre todo si la relacionamos con las cartas de san Vicente, a los misioneros de Sedan y al gobernador mismo de quien habla siempre con el mayor respeto. No obstante la correspondencia de Fabert con Arnauld y su inclinación declarada por el jansenismo explican un poco su conducta la más exacta de todas las prácticas de toda la Compañía. Se advirtió sobre todo cómo un día tomó en el seminario una bata de tela, se la puso y se fue a lavar la vajilla a la cocina con tanta humildad y modestia que parecía el último de la todos.
El marqués de Pianezza, caballero de la Santa Anunciata y primer ministro de Estado de la corte de Saboya deseaba fundar una casa de la Misión en la ciudad de Turín. San Vicente destinó a esta fundación al Sr. Martín, era quien debía ser la primera piedra fundamental de este edificio espiritual, que debía, con el tiempo, producir tanto bien en el Piamonte. Se dirigió a esta ciudad en 1654, y fue allí donde el Sr. Martín dio el mayor impulso a su celo apostólico para la salvación de las almas en tantas y tantas misiones fervorosas que dio durante diez u once años en ese país vasto y poblado; allí se mereció el título de apóstol del Piamonte; allí donde hizo que los misioneros se ganaran el nombre de Padri santi (los santos sacerdotes): «Y yo he visto, dice un misionero de ese tiempo, un retrato del Sr. Martín, hecho en forma de agnus dei, que un gentilhombre piamontés tenía junto a su lecho en medio de las imágenes para recomendarse a sí mismo en vida, tan grande era la veneración que se sentía por él. Dio la misión en casi todos los burgos y ciudades del Piamonte. ; allí acudían no de un solo lugar, sino de los lugares circunvecinos, a la hora del sermón el país se quedaba desierto, los mercaderes cerraban las tiendas y se interrumpía la marcha de los asuntos públicos. No había iglesia, por grande que fuese, que pudiera contener a la cantidad de gente. Se quitaba todo el aparato de los altares, menos de dos o tres de ellos para la celebración de las misas, y se levantaban tribunas en forma de gradas como en un teatro para recibir a más gente. En muchos lugares, se hacían también tribunas alrededor de la iglesia, y todo ello no era suficiente aún para la gente que ascendía a veces a diez, quince y veinte mil personas. En los días de fiesta y de ceremonia, había que predicar en las plazas o en los campos y, aunque estas predicaciones fuesen bastante largas y durasen a veces una hora y media (en aquél tiempo no se había fijado aún en una hora todo lo más la duración de los sermones y catecismos, lo que no se hizo hasta la asamblea general del 1668), ellas no producían aburrimiento a nadie; le escuchaban con una atención admirable, y aquella gente parecía no saciarse nunca de oírle. Referiremos aquí un hecho sucedido en un lugar vecino de Lucerna. En esta parte, el Piamonte estaba en plena guerra, todos los habitantes, en su mayoría herejes, caminaban siempre armados; los odios y las enemistades se habían multiplicado entre ellos, y se habían vuelto muy violentos y listos a hacer uso de sus armas. Diez mil personas habían acudido para la comunión general, lo que obligó a los misioneros a tener esta ceremonia en una gran plaza y a cantar la misa en un altar levantado en el aire para este fin, cosa muy ordinaria en el Piamonte. Uno de estos batalladores, armado de una espada y varias pistolas, se había apoyado contra un muro, cuando en el momento en que la multitud guarda gran silencio para escuchar el sermón, le cae una teja en la cabeza que le hiere y hace brotar la sangre. En este momento, no se le oyen más que estas breves palabras:»Ah, justo cielo, si esto me hubiera pasado en otro momento!» y viendo que se sorprendían de su paciencia, añadió: ¿Qué queréis que haga? Son mis pecados los que me han merecido esto y más aún», luego se fue a vendarse la herida y volvió con la cabeza vendada a escuchar el resto del sermón tan tranquilamente como si nada hubiese pasado.
El Sr. Martín anunciaba la palabra de Dios con tanta facilidad, eficacia y fervor que encantaba por así decirlo a todos los corazones, y por duros que fuesen, tenían que ceder a la fuerza de sus palabras. No buscaba producir bonitos conceptos, sino que todo su discurso tendía al provecho de las almas, y se ajustaba tanto al alcance de sus oyentes que a ejemplo de san Agustín prefería servirse de los barbarismos de la lengua vulgar a no darse a entender por la gente más sencilla. Por eso se servía de las expresiones propias de la región y sabía adaptar el alimento a la calidad del pescado que pretendía atrapar en las redes evangélicas; vamos a referir algunos resultados operados por sus predicaciones.
Lo principal era un gran movimiento de penitencia y de una compunción extraordinaria que llevaba a los oyentes a llorar sus pecados a lágrima viva y a hacer una confesión general. La multitud que acudía a hacer sus confesiones generales era tan grande que los misioneros no bastaban para oírlas; llamaban a otros sacerdotes en su ayuda, a veces hasta quince o veinte, y a todos los de la región aprobados para la confesión, y aún así no llegaban a ser suficientes. Incluso en el rigor del invierno se llegaba a medianoche para ocupar los primeros puestos para la confesión. Los ricos pagaban a la gente para que les guardaran un sitio o enviaban a criados y criadas para guardárselos. En otros lugares se tenían que pasar la noche entera en la iglesia para lograr confesarse, tan grande era el número de los que asediaban los confesionarios. En ese tiempo no se habían fijado aún las horas en que los misioneros están en la iglesia para oír las confesiones, con el fin de conservar la salud de los operarios; ya que para ellos se ha creído conveniente fijar las cinco de la mañana y las tres de la tarde. Como no se había tomado aún esta medida, el Sr. Martín, descuidando su salud y no pensando en otra cosa que en la salvación de las almas, no se tomaba más que el tiempo necesario para la oración, el oficio divino y las comidas y empleaba el resto en predicar, en confesar o establecer los arreglos.
Los pecadores, movidos por sus predicaciones no le dejaban un momento de reposo y venían hasta durante las comidas y durante el sueño a llamarle para oír su confesión. Hubo alguno que llegó hasta esconderse debajo de su cama durante el día, y a quien por la noche, en el momento de acostarse le vio salir el misionero para pedir confesarse. Aparte de la compunción y la abundancia de lágrimas de los que se confesaban, se veían multitudes de malas confesiones reparadas, prácticas malas destruidas, restituciones, reconciliaciones de gentes hasta entonces envenenadas por la venganza. Dios solo puede contar su número. Lo que podemos decir es que la cifra de las comuniones en la comunión general de la misión alcanzaba en cada lugar las ocho, diez o doce mil. Y lo más sorprendente es que el Piamonte estando por entonces lleno de soldados franceses y de todas las naciones, en los sitios donde tenía lugar la misión, había con frecuencia compañías o regimientos enteros que eran los primeros en los sermones y los más diligentes en confesarse. Veamos el extracto de una carta que escribió de Savigliano a san Vicente, en junio de 1657. «La providencia de Dios, dice él, nos ha traído aquí a tiempo, ya que los soldados que tenían los cuarteles de invierno allí, estaban a punto de partir para el ejército, de manera que antes de salir, un gran número de ellos, sobre todo entre los oficiales y los soldados franceses, pudieron asistir durante una semana al sermón y a los catecismos, y hay muchos que han hecho su confesión general antes de exponerse a los peligros de la guerra, y ello con sentimientos de compunción poco ordinarios. Debo confesar que nunca en mi vida he tenido una satisfacción parecida a la que experimenté en esta ocasión, al ver a estos soldados, que no se habían acercado a los sacramentos desde hacía muchos años, derramar lágrimas al pie del confesor, y retirarse con resoluciones verdaderamente cristianas y extraordinarias para gentes de esta profesión. Son efectos tan particulares de la misericordia de Dios que espero que nos ayudéis a darle gracias».
No sólo los laicos, sino también los eclesiásticos, seglares y religiosos, querían hacer su confesión general a los misioneros, tan conmovidos se sentían de las instrucciones y conferencias familiares que se les daban en particular durante el tiempo de la misión; muchos religiosos venían a asistir, y se notaba un gran cambio en su conducta.







