Jean Guibaud nació en Auxtonéas, en la antigua diócesis de Toulon, el 26 de enero de 1761. Acababa apenas de cumplir sus diecisiete años cuando pidió su admisión en San Lázaro. La Congregación le admitió en su seno el 14 de marzo de 1778 y quedó incorporado definitivamente por los santos votos el 20 de junio de 1780. En 1787, participó como misionero en le Mans. Apóstol lleno de celo, no cesó de evangelizar a los habitantes del campo, hasta la instalación del obispo constitucional.
Rechazó el juramento y, a pesar de las leyes inicuas votadas contra los sacerdotes refractarios, no quiso dejar a los fieles sin pastor legítimo. Un honorable habitante de la ciudad le ofreció un asilo en su casa. Lo aceptó con gratitud. A últimos de febrero de 1793, viéndose descubierto, cambió de residencia y se instaló en casa de la Sra. Pavet, en una casa llamada La Motte, en el lugar de las Arenas cerca del Mans. En una carta al abate Lochet, vicario de La Couture, en el Mans, el hijo de la Sra. Pavet nos da informaciones sobre la familia y de su huésped : «Era en la casa perteneciente a mi madre cuando el Sr. Guibaud llevaba oculto, yo creo, dieciséis o diecisiete meses; la religiosa que el abate Perrin ha citado en su libro era mi tía ; mi madre le había ofrecido un asilo en La Motte cuando ella había sido expulsada de la abadía de Montsors, cerca de Alençon, donde había recibido el velo ; tenía consigo a una de sus cofrades igualmente refugiada en La Motte cuando el Sr. abate Guibaud llegó allí…Nunca he visto a este noble y piadoso mártir, que deseaba mucho verme, como me lo dijo mi madre bastantes veces para distraerse un poco conmigo, hacerme jugar y acariciarme, pues amaba de manera singular a los niños. Era para él un dolor cuando me veía desde la ventana de su pequeña habitación, donde estaba casi recluido. Me veía jugar en el jardín sin poder comunicarse conmigo. Mi madre temí que yo cometiese inocentemente en mis amistades alguna indiscreción que hubiera hecho descubrir el misterio de su retiro».
Una mujer, que quería ganarse las 100 libras de prima prometidas a todo denunciante, vino a la casa so pretexto de confesarse, y nada más salir traicionó a quien acababa de pronunciar sobre ella las palabras del perdón. Unos gendarmes se presentaron en La Motte y preguntaron a la dueña de la casa si no alojaba en su casa más que a las personas mencionadas en la lista del comisario de l0os cuarteles. A su respuesta afirmativa, ellos visitaron los apartamentos y descubrieron a Jean Guibaud. Precintaron los muebles y los efectos y arrastraron al sacerdote y a las personas caritativas que le hospedaban, en el Mans, en la prisión del obispado, en el viejo torreón situado cerca de la catedral. El 8 y 11 de marzo de 1794, Jean Guibaud fue interrogado por el comité de vigilancia. La Sra. Pavet y la
Srta. de Cordouan trataron de que se evadiera. Los guardianes estaban vendidos; solo tenía que salir de la prisión. Se negó para no comprometer a los carceleros.
El 18, compareció ante el tribunal criminal del departamento, que le juzgó digno de muerte, por no haberse expatriado, como se lo prescribía la ley. Al día siguiente subió al cadalso, a las ocho de la tarde. «Mi madre, escribe el Sr. Pavet de Courteilles, fue inscrita en una lista de proscripción, que debía conducirla a la guillotina, y mi tía, encarcelada primero en la casa de las Ursulinas, fue deportada a la isla de Ré por el solo motivo de haber sido la compañera del abate Guibaud en su retiro, y su correligionaria de opinión y de fe católica».
SOURCES. – Lettre de M. Pavet de Courteilles, imprimée dans le tome II des Circulaires des Supérieurs généraux de la Congrégation de la Mission, p. 607; — Le Schisme constitutionnel dans le Var, par l’abbé Laugier.







