En la carta circular del 1º de enero de 1758, el Superior general, Sr. Debras, daba a conocer en estos términos el fallecimiento del Sr. François Poiret:
El 9 de marzo del año que acaba de terminar ha sido, para toda esta casa de San Lázaro, un día de profunda tristeza, por la muerte del Sr. Jean-François Poiret, ocurrida ese mismo día en Saint-Cyr, en el ejercicio actual de las confesiones extraordinarias. Todo el mundo está convencido de que ha sido la pérdida de un santo, que era aquí nuestra edificación, nuestra alegría y modelo vivo de todas las virtudes. Hombre sabio, pero en la verdadera ciencia que hace a los santos y a los apóstoles, sus éxitos en la regencia, en varios superioratos de seminario le han hecho conocido; pero hombre sencillo, humilde y virtuoso, nunca se ha servido de su saber, mostrando en el curso de toda su vida que no había estudiado más que para edificar, instruir y servir útilmente al prójimo. Verdadero hijo de obediencia no sentía inclinación por nada; que le cambiaban de oficio, de empleo, de casa: todo le era igual ya que, verdaderamente espiritual, interior, mortificado y desprendido de este mundo, encontraba en todo y en todas partes el medio de servir a Dios. Los límites de esta carta no nos permiten continuar su elogio. Añadiremos no obstante un rasgo tanto más edificante cuanto más raro pueda parecer. Tenía un patrimonio muy bueno y nunca misionero alguno vivió tan pobre. No tomaba absolutamente nada para sí, sino que todo era para los pobres. Los ha aliviado por encima de sus rentas, habiendo muerto sin un céntimo, y cargado de promesas, a las que su familia, igualmente virtuosa, ha hecho honor «. Circul., t. I, p. 599.
En la colección de Noticias manuscritas se encuentran además estos pocos detalles: «El Sr. Jean-François Poiret entró en el seminario el 16 de marzo de 1701; su salud era tan delicada que hizo que se dudara si se le admitiría a los votos; su exactitud escrupulosa en todos los empleos, la modestia, el fervor, la piedad, los talentos y la dedicación que mostró preparándose a las funciones de la Congregación permitieron pensar con razón que se le podría admitir. Los hechos sobrepasaron las esperanzas, pues fue seguidamente dedicado a todos los empleos de la Congregación. Fue varios años profesor, superior en diversas casas, luego visitador, director de las Hijas de la Caridad y por último subasistente de la casa tan numerosa de San Lázaro. En cada uno de estos oficios se portó como el hombre más propio para ejercitarlos y desplegó tanta ciencia, prudencia y celo por el verdadero bien de la Congregación que no dejó nunca nada que desear.
Su celo se mostró a lo largo de su vida en que hacía él solito el trabajo que varios habrían podido hacer. Después de ejecutar todos los cargos que se han dicho, fue nombrado subasistente de la casa de San Lázaro, oficio bien pesado porque se debía hacer lo que hacen los asistentes en las demás casas; era al mismo tiempo el director espiritual de los hermanos coadjutores, que eran casi siempre unos ochenta; llevaba además la dirección de los ejercitantes y era él quien les daba casi siempre las conferencias durante sus retiros. Confesaba también a mucha gente de la casa y de fuera, como también a los detenidos que se hallaban en la casa por orden de los magistrados. Parecía imposible que un hombre realizara tantos trabajos a la vez, pero sabía arreglarse de tal manera y medir el tiempo que ha cumplido su deber en todo. Si se tomaba alguna distracción, consistía en ir a visitar
Las cárceles de París para consolar a los detenidos, ayudarles a convertirse y proporcionarles los auxilios que estaban en su poder.
Fue también designado confesor extraordinario de las Religiosas del Monasterio de San Luis en Saint-Cyr que estaban bajo la dirección de los Misioneros. Un día allí, el 1º de marzo de 1757, estuvo en el confesionario cerca de diez horas, aunque afectado por la fiebre. Al día siguiente, se levantó como de ordinario a las cuatro y llegó a la oración con todos, pero al salir sintió que no podía más. Dándose cuenta un sacerdote de su desfallecimiento le siguió y le obligó a acostarse. Pronto se dieron cuenta que su edad de setenta y cinco años junto con la enfermedad le ponían en un estado peligroso; al darse cuenta pidió los últimos sacramentos que recibió con vivos sentimientos de piedad. Conservó hasta el último suspiro su tranquilidad y su dulzura ordinarias y guardó hasta el final una serenidad que se puede decir verdaderamente de él que se durmió en el Señor. – Anciennes Notices manuscrites.







