Reunimos, en esta noticia, el recuerdo de estos dos estimables misioneros que, sus virtudes y su celo, han hecho particularmente honor a la Congregación en la Isla de Francia o Mauricio.
Una flota holandesa de cinco embarcaciones abordó por primera vez en esta isla, el 20 de septiembre de 1598, y tomaron posesión de ella. En 1606, estaba todavía deshabitada cuando el almirante Vaareck, al verse obligado a reparar sus navíos, mandó construir allí tiendas. Los holandeses habitaron algunos cantones; entre otros el que nombró Plack, hasta 1660; no habiéndoles parecido este terreno bastante bueno, lo abandonaron. Desde entonces los barcos iban allí a fondear según su necesidad. Los filibusteros sobre todo encontraron allí un retiro seguro, de donde hacían sus salidas. Francia tomó posesión de ella el año 1721, enviando un destacamento de cien soldados, que se establecieron en el Petit-Port.
Para el servicio espiritual de la colonia, la Compañía de las Indias pidió a Sr. Bennet dos sacerdotes y un hermano. En el contrato que se firmó el 21 de marzo de 1721se estipulaba que construiría dos iglesias y dos presbiterios convenientes, le ocurrió a Mauricio con este contrato lo mismo que a Bourbon. Los Srs. Berthou e Igou se embarcaron ese mismo año.
Más de treinta años después de su entrada en Mauricio, los misioneros no habían conseguido la construcción de las iglesias prometidas por la Compañía de las Indias y, en 1758, no tenían por alojamiento más que una choza de veinte pies de larga y doce de ancha, levantada a expensas suyas.
A pesar de todas estas dificultades, el celo apostólico de los pastores no se quedó sin éxito; sus oraciones, sus buenos ejemplos, la predicación incesante, los catecismos multiplicados y diversificados, los avisos paternales dados en particular acabaron por conciliarles la benevolencia y el afecto de algunos colonos, su asiduidad con los enfermos y los cuidados que les prodigaron no contribuyeron poco a disponerlos para hacer una buena confesión y a morir como buenos cristianos. Respecto de los negros, se adaptaban en todo al método seguido en Bourbon.
«Sean los que fueren los obstáculos que superar, escribía en 1735 el Sr. Igou a uno de sus cohermanos de San Lázaro, yo no me desanimo, abandonándome por completo a la bondad divina. Sentimientos de tristeza asaltan de vez en cuando mi alma. Solo tengo a Dios en quien confiar. Los vicios más groseros y los más vergonzosos, de los que se glorían los principales colonos, es algo desolador para mí; su fiereza y su orgullo que les hace incapaces de aprovecharse de todo de todo cuanto se les puede decir, me producen una tristeza extraordinaria; la desgraciada suerte de tatas almas que se pierden porque así lo quieren, me desgarra el corazón.
«Esta es, mi querido Señor, mi situación por ahora. He enterrado en seis meses a más de cien personas, he tenido a más de doscientos en brazos, y en dos meses consecutivos, he enterrado todos los días a varios. Es verdad que tantos enfermos provenían de los buques que llegaron de Francia, donde el escorbuto se ha propagado de una forma tan extraña que no hemos podido procurarles camas para acostarlos, hemos tenido que ponerlos sobre la paja, sin más. Nada les faltó por lo demás».
El Sr. Iglou tuvo ayudas especiales, en su penoso apostolado, por el Sr. Arieti, a quien una muerta prematura se lo llevó de esta Misión. Veamos algunas informaciones biográficas sobre cada uno de estos dos misioneros.
M. JEAN-DOMINIQUE ARIETTI
El Sr. Arietti nació en Brugasco, en Piamonte, hacia 1709. Su juventud se pasó loablemente en la práctica de la piedad y el estudio de las ciencias humanas, hasta que se sintió inspirado para entrar en nuestra Congregación. Abrazó esta vocación con tanta generosidad que, para alejarse más del mundo y entregarse por completo a Dios, resolvió ir a París. Allí hizo el seminario con gran fervor para edificación de todos sus cohermanos. Una vez admitido a los votos fue dedicado a los estudios teológicos, se consagró generosamente a imbuirse de la ciencia necesaria para cumplir convenientemente las funciones de nuestro Instituto; y no fueron menos los cuidados para adelantar en la virtud, hizo tales progresos que se mereció la gracia que deseaba ardientemente, la de ir a trabajar a la Isla de Francia. Allí consumó el resto de su vida en el ejercicio continuo de todas las virtudes y sobre todo de las que componen el espíritu de un verdadero misionero. Tenemos una prueba de ello en la carta siguiente escrita por el Sr. Delfolie, sacerdote de la Misión, residente en la Isla de Francia:
«La muerte del Señor Jan-Dominique Arietti, ocurrida el 22 de julio de 1748, hacia las dos de la mañana, ha sido una gran pérdida para la Isla de Francia, para la casa del barrio de Pamplemousse de donde era párroco, y también para toda nuestra Congregación : ya que difícilmente podrá sustituir a un hombre así. Poseía un espíritu dulce, amable e insinuante, con el que se había conquistado la confianza de todos sus parroquianos. Su vida muy regular y entregada a todos sus deberes, su piedad consumada, su virtud sólida que no mostraba nada de austero, le hicieron a todos, incluso en el trato de la vida civil, a la vez amable y respetable. Las principales cualidades que se señalaban en él eran: una ardiente caridad, un celo verdaderamente pastoral, una dedicación infatigable a la educación de los pequeños de su parroquia y a la instrucción de los esclavos en la doctrina cristiana. A la entrega que desplegó en estos diferentes trabajos se ha de atribuir la muerte prematura que nos lo ha llevado. Este elogio es tan verdadero porque se lo han dedicado gentes que no lo hacen sino al verdadero mérito.
«Desembarcó en esta isla el 11 de abril de 1743, poco después de su llegada le dieron el cuidado del hospital y de la parroquia de Saint-Louis. Cumplió tanto mejor estas dos funciones porque a su talento natural unía una gran abundancia de las gracias especiales que Nuestro Señor concede a sus ministros fieles para la dirección de las almas que le están confiadas. Al cabo de cinco años, es decir el 18 de abril de 1748, reemplazó al Sr. Robinel en la parroquia de San Francisco, en el barrio de Pamplemousse y allí, qué bien no habría operado por sus parroquianos en lo espiritual como en lo temporal, si hubiera sido del agrado de la divina majestad conservárnoslo. En cuanto a lo espiritual, no estuvo menos atento en esta parroquia que en la primera para hacer avanzar a las almas por la vía de la salvación eterna. En lo temporal, después de atender a las reparaciones de la iglesia que eran muy necesarias, al amueblamiento de la sacristía, a la construcción de un campanario, a la adquisición de una campana y a todo cuanto concierne al servicio divino, pensó en prepararse para él y sus sucesores un presbiterio cómodo, y alejado de las fábricas que los ingleses acababan de instalar en la isla.
«Por las últimas cartas que nos ha escrito, podéis juzgar de la prudencia y de la inteligencia que ha demostrado en este asunto. Ha conducido verdaderamente con una rara prudencia mientras que la enfermedad se lo ha permitido, y la muerte ha llegado a llevárselo al comienzo de una carrera que prometía mucho para el éxito de su misión, para el buen orden y el progreso de esta segunda parroquia que le estaba confiada. Pero Dios, que lo dispone todo para nuestro bien, se ha contentado con sus santos deseos: ha aceptado su buena voluntad y le ha trasladado a una habitación mejor, a la patria de los bienaventurados, a donde todo nos lleva a pensar que ya ha llegado.
«Un temperamento robusto y una bella apariencia de salud parecían permitirle una más larga vida pero su celo acabó pronto con sus fuerzas; después de una grave enfermedad, estaba en convalecencia, cuando el 7 de julio, llegó la noticia que veintidós navíos enemigos se habían presentado en las costas de la Isla, cerca de Port-Louis. Al instante, monta a caballo, para subir una montaña vecina y asegurarse del peligro y mandar a sus parroquianos tomar las medidas necesarias para su seguridad. En esta excursión fue atacado de un violento mal de riñones que le obligó a apearse del caballo, y le costó Dios y ayuda llagar hasta casa. Seis días después, su primera enfermedad volvió a presentarse, acompañada de síntomas alarmantes. Todos los médicos de la isla fueron convocados para aliviarle un poco; el 18 del mismo mes, un ataque súbito le quitó el habla, dejándole apenas de vez en cuando algunos instantes de conocimiento. Se aprovecharon estos momentos para administrarle los últimos sacramentos, y expiró le 12 a las dos de la mañana, dejando a todos penetrados del más vivo dolor».
El Sr. GABRIEL IGOU
Los elogios tributados al celo del Sr. Arietti el Sr. Gabriel no los merecía menos, y él practicó por más tiempo aún en la Isla de Francia las virtudes apostólicas. Este venerable misionero, nacido en Rouen el 22 de febrero de 1670, seguía trabajando a la edad de más de ochenta años, con tanta asiduidad y vigor como un hombre de treinta, aunque extremadamente incomodado por sus piernas, y por otras muchas más debilidades muy dolorosas, cuando el 1º de septiembre de 1758 perdió totalmente la vista al comenzar la santa misa. Obligado a bajar del altar, creyó que no era más que un simple deslumbramiento; pasado un cuarto hora de reposo, volvió a subir al altar, y no pudiendo leer bien, tuvo por fin que quitarse los ornamentos. Al día siguiente trató otra vez de celebrar la santa misa, pero por fin debió dejarlo. Algunos días después, no le fue posible reconocer a las personas que le hablaban, más que por el sonido de la voz; [526] apenas podía defenderse solo. Por muy sumiso que estuviera a los designios de la Providencia, el Sr. Igou no dejó de sentirse penosamente afectado por este accidente, que no le permitía ya continuar los cuidados del rebaño que el Señor le había confiado. La sobrecarga de trabajo que recaía sobre sus cohermanos, ya de por sí agobiados le desolaba. Poco después, la parálisis que había comenzado por los ojos se extendió a todos sus miembros.
El Sr. Jacquier, Superior general, dio noticias del venerable misionero a toda la Compañía en las circulares de 1764 y 1765, en estos términos: «El trabajo del que están sobrecargados nuestros cohermanos de la Isla de Francia es abrumador. Mientras el venerable Sr. Igou ha podido trabajar, valía él solo por dos obreros. Por ahora inclinado bajo el peso de los años y privado de la vista, no tiene apenas otro movimiento que el que le dan. Le llevan, los domingos y fiestas, a la iglesia para satisfacción y consuelo de los insulares. Creerían haberlo perdido todo, si no le vieran ya. Se complacen en recoger algunas palabras de vida que pueda pronunciar aún su voz débil y moribunda. Ellos le miran como a su apóstol, y sienten por él la misma admiración que los fieles de Éfeso sentían por el discípulo bien amado cuando en su extrema ancianidad le llevaban a las santas asambleas».
El año siguiente el Superior general escribe : «El Sr. Borgne nos ha anunciado que, el 2 de abril último Dios había llamado a mejor vida al Sr. Gabriel Igou, uno de los primeros apóstoles de la Isla de Francia, a la edad de 86 años y unos meses, y sesenta y seis de vocación. Aunque desde hace tres años, se viera privado del uso de la vista y del oído, y casi reducido a la infancia, se tenía por él la mayor veneración. Su presencia sin la ayuda de la palabra bastaba para hacer la función de un predicador patético; tan respetable y respetado es un hombre de Dios, aun siendo mudo. Desde que se le veía aparecer, todos contentos y en los rostros los sentimientos de estima y gratitud que merecían la santidad de sus costumbres, los importantes servicios que ha prestado a los isleños de toda edad y condición, y los frutos abundantes y subsistentes del santo ministerio que ha ejercido. Por ello se le han tributado las honras fúnebres más pomposas. La lúgubre noticia de su fallecimiento fue en primer lugar anunciada a toda la isla por el ruido del cañón: fue repetida por el mismo eco, de hora en hora, hasta la del entierro, al que asistieron los señores del consejo superior, el batallón de la marina en armas con crespón, y todos los habitantes que pudieron estar presentes». – Annale de la Mission, t. XXVII, p. 228 et suiv.







