M. Jean David, né à Mézières, en 1627 ; reçu à Paris, le 29 octobre 1647-
M. Edme Deschamps, né à Dié, alors du diocèse de Langres, en 1617 ; reçu à Paris, le 5 octobre 1643.
Guillaume Seguin Patrocle, frère coadjuteur, né à Paris en 1616 ; reçu dans ta Congrégation, le 9 octobre 1650.
«Parece que estemos ahora en lo más duro de las grandes miserias, escribía san Vicente, de París, el 24 de julio de 1652. Nos duelen en el alma las aflicciones comunes, y además Dios se complace en ejercitarnos en las particulares.
«Acabamos de perder a dos excelentes sujetos, el uno sacerdote y el otro clérigo. El primero es el Sr. David, a quien habíamos enviado a Étampes para la asistencia corporal y espiritual de los pobres habitantes que el ejército y el asedio habían dejado enfermos a casi todos y en una extraña pobreza. Este buen sacerdote se comportó allí con tanto ardor y sacrificio que allí le atacó la fiebre continua de la cual ha muerto, hace tres o cuatro días: enviamos mañana a tres personas para asistir al buen Sr. Deschamps, que aguanta todavía en este gran trabajo. Hemos emprendido otro parecido en Palaiseau, donde otro ejército ha acampado veinte días, donde la enfermedad y la pobreza, son también extremas, y nuestros operarios han caído enfermos, en número de siete u ocho, unos tras otros lo que nos obligaba a enviar a más, y mandar volver a aquéllos. El otro de estos queridos difuntos es el buen hermano Patroclo, que era un joven muy prudente y piadoso, de París, de familia honrada». Veamos en qué términos el propio san Vicente anunciaba a otro Misionero la muerte del Sr. Jean David:
«La providencia de Dios ha llamado a sí al Sr David, sacerdote de nuestra Compañía, de quien se puede decir que en poco tiempo, explevit tempora multa. Hacía tan sólo diez o quince días que asistía a los pobres enfermos de Étampes, donde el ejército de los príncipes se estacionó por largo tiempo, y dejó allí un aire infecto, si bien no era contagioso. El Sr. Deschamps, con quien estaba, me ha hecho saber que había hecho todo lo que habría podido hacer un hombre bajado del cielo, en cuanto a las confesiones, los catecismos, la asistencia corporal y la sepultura de los cadáveres ya en putrefacción. Se fue a enterrar a doce en Estrechy que apestaban el pueblo; tras lo cual cayó enfermo y se murió. El mismo Sr. Deschamps me escribe también que este difunto tenía algún miedo a la justicia de Dios, antes de expirar, y que exclamó: «No importa, Señor, aunque me condenéis, yo no dejaría de amaros, incluso en el infierno».
San Vicente tuvo que anunciar a la hermana del piadoso Misionero el duelo que la agobiaba; después de hacerlo en términos debidos a un legítimo dolor, añadía:
«Ruego a Nuestro Señor, Señorita, que es el único consuelo de los corazones en estas aflicciones, que él sea también el vuestro; y os suplico que contribuyáis por vuestra parte al alivio de vuestra pena. Las razones que tenéis para ello son: en primer lugar, la voluntad de Dios que ha querido recompensar a esta querida alma por los servicios que le ha prestado y por los que esperaba seguir prestándole, en particular trasladándose a la isla de Madagascar, para la conversión de los infieles de los que habéis oído hablar. Era una empresa apostólica que no ha podido ejercer, pero la voluntad es considerada como efecto ante Dios.
«En segundo lugar, el ejercicio en que estaba cuando le sorprendió la enfermedad es de los más santos que se puedan hacer aquí en la tierra, a saber asistir a los miembros de Jesucristo que sufren espiritual y corporalmente, en la persona de los pobres habitantes de Étampes y alrededores, donde el ejército se había estacionado mucho tiempo. El Sr. David los ha dejado a casi todos enfermos y totalmente arruinados de manera que la mayor parte habrían perecido sin el socorro de París, que les llevó este buen Misionero y algunos más que todavía están en los lugares y que me han escrito que se había comportado en esta gran obra con tanta exactitud, celo y caridad como lo hubiera podido hacer un hombre bajado del cielo.
«Y en tercer lugar, es una suerte para él ser apartado joven como lo estaba de la corrupción de este mundo, en el que las ocasiones del mal son tan frecuentes y las miserias tan grandes que hacen pensar a los vivos, que son bienaventurados los muertos que ya no están sujetos a ellas; Y esto es lo que podemos decir de este buen sacerdote que todavía no había degustado las falsas dulzuras ni las verdaderas amarguras del siglo, al ser llamado en su infancia al servicio de Dios de tan hermosa manera que, desde que está entre nosotros se ha entregado a práctica de las virtudes y a los ejercicios de su vocación para convertirse en un buen obrero evangélico, y por este medio asegurar su salvación procurando la de los demás, en lo que trabajaba, como os he dicho, con mucho ardor y éxito, cuando Dios ha tenido a bien enviarle una fiebre que le llevó al delirio el séptimo día de su enfermedad, y el día quince, le puso en posesión de la gloria de su Señor, lo que tenemos motivos de creer.
Los Misioneros que sobrevivían al Sr. David se repartían el trabajo en medio de la multitud de desgraciados y de enfermos de Étampes, de Lagny, de Palaiseau. Varios de estos hombres apostólicos fueron alcanzados de graves enfermedades contraídas en sus cuidados incesantes en medio de los pobres y a la cabecera de los moribundos. Delafosse, uno de ellos, fue traído a San Lázaro por su compañero en una camilla; François Labbé y Edme Deschamps fueron transportados al castillo de Basville, vecina de Étampes, y generosamente ofrecido por el presidente de Lamoignon.
Deschamps sucumbió allí. Era un celoso Misionero que ya, el año anterior, se había entregado a en Rethel adonde había ido, por orden de san Vicente, a socorrer y consolar a las poblaciones arruinadas y enterrar a los muertos que habían quedado en el campo de batalla. Más de mil quinientos cadáveres habían sido pasto de perros y de lobos, objeto de horror y que llenaba el aire de infección.
Había cumplido con su misión con inteligencia y con grandes sentimientos de piedad. Él mismo daba cuenta a san Vicente de Paúl de ello:
«Hoy hemos cumplido a la letra, escribía él al santo, lo que Jesucristo dijo en el Evangelio, amar y hacer bien a sus enemigos, habiendo mandado enterrar a os que habían arrebatado los bienes y causado la ruina de nuestros pobres habitantes, y que los habían golpeado y ultrajado. Me siento dichoso por haber tenido el bien de obedeceros en una cosa que se recomienda en particular en la sagrada Escritura. Diré a pesar de todo que estos cuerpos estaban esparcidos acá y allá por todo el campo, y nos ha costado mucho trabajo recogerlos, porque el deshielo que se produjo al final nos ha molestado un poco. En lo cual vemos que Dios ha favorecido esta piadosa empresa, por el gran frío que la ha acompañado: pues si se tratara de comenzar ahora que ha llegado el deshielo, no hay nadie que se hubiera comprometido ni por mil escudos, y sin embargo a nosotros nos ha costado mucho menos. Por este medio estos pobres cuerpos, que deben resucitar un día todos, están ahora sepultados en el seno de su madre; y toda la provincia tiene un deber particular con las personas caritativas que han contribuido a esta buena obra, aparte de la corona que Dios les prepara en el cielo como recompensa de su virtud».
Enviado en 1652 a Étampes, el Sr. Deschamps se presentó allí, dice san Vicente, como «un hombre de gracia, y que hacía maravillas por los pobres enfermos». Su tarea se cumplía; agotado, cayó de alguna manera en el campo de batalla. El Sr. de Lamoignon, que le había mandado trasladar a su habitación en Basville, cerca de Étampes, asistió a su entierro. Le hizo inhumar en el panteón de su familia y le compuso un epitafio en verso que grabó en el mármol. (Ver COLLET, Vida de san Vicente de Paúl, lib V.)







