Fue una pérdida considerable para la casa de Cahors, para la provincia de Aquitania, para toda la congregación, la muerte del Sr. Jean-Baptiste Pomiers, ocurrida el 23 de febrero de 1744 en esta familia de Cahors de la que era el regente. Nacido en Pontonx, diócesis de Acqs (Dax), el 5 de octubre de 1707, había sido recibido en el seminario de Cahors el 23 de noviembre de 1723.
Aunque entonces no tuviera más que dieciséis años, como había hecho perfectamente sus humanidades, poseía a fondo el latín y componía elegantemente en prosa y en verso. Espíritu excelente, sólido, extenso, penetrante, tenía una maravillosa memoria y a estas hermosas cualidades se juntaban las del corazón que no les cedían en nada. Desde su seminario, se pensó por su manera de comportarse, que sería un día un perfecto misionero, apto para todas las funciones y en situación de cumplirlas con honor. Su director encontró en él una docilidad completa, mucha rectitud, candor, delicadeza de conciencia y un alma inclinada a la piedad. Incorporado a la congregación por los votos, fue dedicado sucesivamente a los estudios de filosofía y de teología. Brilló en todo superando a sus condiscípulos. Nada le detenía; sus maestros estaban sorprendidos de sus progresos y de los descubrimientos que hacía por las solas fuerzas de su espíritu. Apenas se daban cuenta de que estudiaba, y no sólo poseía los autores a fondo, sino que estaba instruido de una cantidad de cosas que parecían sobrepasar su edad. Encargado de cuidar la biblioteca, daba cuenta de los libros de toda clase de temas y sabía indicar en cada uno las diferentes materias sobre las que se quería trabajar Esta superioridad de talentos no le hacía ni menos dócil a sus regentes, con los que siempre estuvo de acuerdo, ni menos tratable con sus condiscípulos, de quienes era estimado y querido por lo general, ni menos sumiso a sus superiores a quienes respetaba, a quienes quería y de quienes dependía por completo.
Acabados sus estudios, le dedicaron a sus cohermanos como regente de filosofía y luego de teología. Entonces se vio mejor que nunca lo que valía y lo que podía hacer. A medida que avanzaba en edad, le adelantaban en las Órdenes. Ya sacerdote, le nombraron profesor de los Srs. eclesiásticos del seminario externo. Todos se sorprendieron al encontrar tanta capacidad en un hombre tan joven. Esta función, por seria que parezca, no le ocupaba lo suficiente; predicaba además, catequizaba, daba las conferencias de espiritualidad y era asiduo en el confesionario. Nada le costaba. Presto a todo, se ofrecía, se entregaba con la mejor gracia y lo conseguía perfectamente. Tenía la confianza de los grandes y de los pequeños. Mons. el obispo le había encargado de responder a los informe de las conferencias que se tienen en la diócesis y Su Ilustrísima no se cansaba de decir que este profesor era hombre de espíritu y muy capaz, unido a sus superiores, estaba siempre listo a sacarlos de apuros, tomando lo que los demás no podían o no querían hacer, cambiando de oficio y de empleo a pedir de boca, ya procurador ya párroco, tomando y dejando la dirección del seminario a la primera señal. En último lugar, se había ocupado de los estudiantes para la escolástica y enseñaba la moral a los que necesitaban de una ayuda particular. Con frecuencia cumplía varios oficios a la vez y tenía tiempo de sobra. Su fama le había atraído a tantas personas para la dirección, vicarios generales, beneficiarios, gentes de condición, pueblo sencillo que estaba a menudo en el confesionario, a pesar de fuertes migrañas.
Pero la fiebre le sorprendió y desde entonces no ha hecho más que languidecer en la enfermería. Sus males se hicieron continuos. Sin embargo él siguió siendo el mismo. Siempre en paz. Siempre animado del mismo celo, no podía dejar de decir la santa misa, aunque le costara mucho celebrar y con esto se arrastraba de la enfermería a la iglesia para oír las confesiones. Ha recibido los últimos sacramentos con grandes sentimientos de piedad que dieron mucha edificación. Lleno de fe y de religión, sometido a todas las decisiones de la iglesia, obediente en todo a sus superiores, amado, estimado de sus cohermanos, delicado hasta el escrúpulo sobre la observancia de nuestros votos. Tal es el sujeto que la casa de Cahors ha perdido en la flor de su edad; sujeto que le era precioso por su apego, pues nunca la había dejado; más precioso aún por la edificación que le daba y por los excelentes servicios que habría podido continuarle de una manera más duradera, si tal vez no le hubieran dejado entregarse tanto a su celo. – Anciennes Relations, p. 548.







