El 28 de marzo de 1742, se perdió en la casa de San Lázaro, en París, a uno de estos excelentes hermanos que son el consuelo de la Compañía, y cuya vida perfectamente piadosa y regular se lleva todos los sufragios.
El hermano Jean-Baptiste Mance, nacido en París, parroquia Saint-Germain-le-Vieux, el 29 de abril de 1690, y recibido en el seminario en París el 20 de abril de 1726, es este virtuoso sujeto a quien la muerte nos lo ha arrebatado demasiado pronto. Sobrino del Sr. Michel, se ha mostrado, por su conducta, digno de su santo tío, este excelente misionero que ha hecho tantos méritos en la Congregación, y que, encargado el primero del cuidado de la parroquia de Versalles, murió allí llorado por todos, por los pobres sobre todo, que le llamaban su padre.
Los padres del hermano Mance, en una situación de buena fortuna y cómoda, le dieron una buena educación y, llenos de religión y de piedad tuvieron cuidado de él inspirándole los mejores principios. Destinado a ocupar algún oficio en el foro, fue situado desde su juventud entre los procuradores, para ser formado en los negocios. Hombre sólido, asiduo, aplicado, pronto llegó a ser por su saber digno de toda confianza. Por el testimonio de cuantos le han conocido, no fue menos fiel a sus deberes de cristiano. Todo le prometía un feliz éxito. Dios, que estaba en el fondo de su corazón, le inspiró hacer un retiro, a fin de conocer más perfectamente su voluntad divina; admitido para esto en esta casa de San Lázaro, allí formó la resolución de abandonar el mundo. Nuestra Congregación le pareció el asilo más propio para proteger su conciencia y consumar su justicia. Recibido, según sus deseos, entró con la voluntad bien determinada a hacer todo para responder dignamente a la gracia de su vocación. Este sentimiento le hizo en primer lugar desear pasar en otro lado el tiempo de su seminario, a fin que alejado de esta casa, quedara libre, por un lado, de las visitas, a veces importunas, de gentes con quienes había estado en relación en el Palais y por el otro, de las solicitaciones y de las instancias de su familia, de quienes era tiernamente querido y quienes, aunque verdaderamente cristianos, sentían pesar por su sacrificio. «Os pido encarecidamente esta gracia, dice al Sr. Bonnet, pero cuando yo haya hecho mis votos, podréis llamarme y hacer de mí lo que os plazca». La cosa quedó así convenida. Enviado a Richelieu, allí recibió el espíritu de su estado. Fiel en todo, se tuvo el consuelo de verle, no solo exacto en los ejercicios comunes, sino también en los que están en uso para la formación de los seminaristas. Aplicado a los asuntos de procura, examinó los títulos de esta casa, ordenó los archivos, lo puso todo en buen orden, y se mostró digno de toda confianza por las pruebas de su discernimiento y de su integridad.
Sus talentos para llevar los asuntos eran demasiado necesarios en San Lázaro para que no le llamaran pronto. Nuestros títulos dispersos, nuestros archivos abandonados necesitaban de un procurador tan laborioso y tan hábil. Se los confiaron, con el cuidado de la prosecución de los asuntos y de los procesos. Se le encargó también al mismo tiempo del censo de esta casa. Por su extensión había ocupado a una persona de tiempo completo; sin embargo, sin faltar en nada a las demás obligaciones, el hermano Mance le ha renovado por entero, lo que no se había podido hacer hacía tiempo. Ha puesto en los papeles tal orden y tan hermosa distribución, que mediante sus etiquetas, sus advertencias y repertorios, se puede en un momento encontrar el asunto que se desea y todos los documentos que le acompañan. Señales estas de su asiduidad, de su celo, de su trabajo. Su espíritu era ajusto, su corazón recto; de manera que los abogados del consejo de esta casa, los procuradores que llevan los asuntos tenían tanta confianza en sus informe, que actuaban y daban los consejos con una seguridad perfecta. Habían constatado que su celo, aunque vivo para los intereses de la Congregación, era ilustrado y encerrado en tan justos límites que se condenaba escrupulosamente a sí mismo, por poco que se diera cuenta de que el derecho no la favorecía.
Un hombre de este carácter y de esta habilidad era ciertamente muy útil. Se ha de confesar que a eso solo se limitaban sus talentos ; estaba extremadamente molesto y cohibido en lo demás; pero su saber y su experiencia recompensaban suficientemente de lo que le faltaba en otros aspectos; y lo que le hacía estimable de modo particular, es que siempre ha vivido en paz, con humildad sin que nunca el cuidado de las cosas exteriores haya dominado su fidelidad a Dios y a los deberes de la piedad, el recuerdo de estos beneficios estaba de continuo presente en su espíritu, el de la Redención le ocupaba de una manera particular. Todo su cuidado, puede decirse también toda su inquietud, era hallar el medio de manifestar a Nuestro Señor una tierna y continua gratitud por el amor infinito que nos ha señalado haciéndose hombre. «Si me ha amado tanto ¿cómo no le amaría yo? decía él. Pero el medio de demostrarle un amor sincero es evitar con gran cuidado el pecado y todo lo que puede llevar al pecado». Su amor iba más lejos. Íntimamente convencido de que Dios debe ser preferido a todas las cosas, él le ofrecía todas sus obras, elevaba con frecuencia el corazón a él durante el día, no hacía ningún acto más que con vistas a agradarle, refiriéndolos todos a su gloria, «con el fin, concluía él, de que no haya ninguno inútil». Vemos que daba gracias a menudo al Señor por la gracia de su bautismo. ¿Qué no le debo yo por hacerme cristiano con preferencia a tantos idólatras?» Pero agradeciendo igualmente el beneficio de su vocación, lo estimaba de forma única, y no cesaba de dar a Dios vivas acciones de gracias con oraciones y comuniones hechas expresamente. Los peligros vistos en siglo, aunque afortunadamente evitados, le espantaban aún, y le hacían sensibles las ventajas de su estado.
Veía su salvación con seguridad, mediante la fidelidad que se prometía hasta la muerte con la gracia de su divino Señor. De esta gratitud para con Dios, de este amor que sentía por él, nacía una gran devoción a los santos a los que la gracia los ha hecho poderosos ante él. Los honraba con un culto religioso, atento a solemnizar devotamente sus fiestas; más especialmente unido a nuestro santo fundador, cuyos actos y virtudes eran el asunto de sus meditaciones ordinarias. Le había tomado por su modelo, y hay que convenir en que le imitaba dignamente. Pero nada igualaba su confianza en las santísima Virgen. Los días consagrados a su honor, sentía una renovación de devoción, por las que daba gracias a Dios; fiel cada día a hacerle oraciones particulares, a ofrecerle alguna mortificación, sobre todo el sábado, «a fin de, se decía él, merecer su protección junto a su querido Hijo»: devoción que le ha sido muy útil.
El amor al prójimo estaba igualmente grabado en su corazón. «Haré al prójimo, había escrito, todo el bien que quisiera que me hicieran a mí. Soportaré pacientemente sus defectos. Seré afable, complaciente. Evitaré con gran cuidado las contestaciones, y también las burlas que, si bien hechas por ligereza de espíritu y por alegrar, no dejan de enfriar la caridad, causando a veces pena a otro. Todo ello, oh Dios mío, mediante vuestra santa gracia «. Tales eran sus planes, y todo el mundo está de acuerdo que tal era su conducta. Dulce y honesto con todos, menos por temperamento que por virtud, estaba siempre listo para complacer a todos. Si se le pedía algo razonable y que podía conceder, al punto lo dejaba todo, sin reflexionar en sus dificultades, y se portaba con una caridad y una sencillez maravillosas a lo que se deseaba de él. Ir a la ciudad para un recado penoso, resolver un asunto embrollado ajeno a sus ocupaciones, suplir en un oficio de un cohermano ocupado en otra cosa, todo era bueno para el hermano Mance, estaba a punto para todo: más fiel todavía que el siervo del Evangelio, sin esperar ruegos o mandatos expresamente, se adelantaba a las necesidades y a los deseos. Era hombre tan íntegro, tan lleno de justicia que no se permitió nunca nada dudoso sobre los intereses del prójimo, sacrificándoles más bien los suyos propios.
Tenía una renta anual que había ascendido a 800 libras; nunca tomó nada para sus comodidades personales; todo era para los pobres y las obras buenas. En las necesidades extraordinarias, al primer informe daba ampliamente, sin examinar, sin contar.
Nunca tuvo dificultades con los que ejercieron la superioridad o la dirección de las cosas sobre él: cedía en efecto de ben grado, por aparente que fuera la razón. Todo se arreglaba en su oficio, su dedicación y su talento en el seguimiento del proceso, atrayéndole la eficacia y la estima, le hacían su trabajo agradable y consolador; no obstante él lo interrumpía sin pena y por todo el tiempo que se quería.
La vida santa del hermano Mance necesitaría un volumen para detallar sus virtudes, donde se vería el retrato cumplido de un verdadero hermano de la Misión. Pero valga esto para justificar nuestras penas, y si somos un poco extensos es que nos hemos visto arrastrados por la estima que merece la virtud y por la gratitud de la gran edificación que este querido hermano nos ha dado. – Anciennes Relations, p. 420.







