Jean Baptiste Gilles († 1652)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.
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El Sr. Jean-Baptiste Gilles, nacido en Avranches, era de treinta y cinco años cuando Nuestro Señor le atrajo a la Compañía; fue recibido en ella el 28 de noviembre de 1642. Era en esta época principal y profesor de filosofía en París, en el colegio de Lisieux. Es te colegio estaba situado en la calle Jean-de-Beauvais y había sido fundado por Mons. d’Harcour, obispo de Lisieux, de donde había recibido el nombre.

El Sr. Gilles era un eclesiástico muy estimado: sabio, piadoso y hábil en los asuntos. San Vicente demistró la estima que tenía del nuevo Misionero poniendo pronto a los estudiantes de San Lázaro bajo su dirección, y siguiendo la expresión del santo, hizo maravillas en la piedad y en la doctrina entre ellos. Cuando la coadjutoría de Babylone fue propuesta a la Congregación, se pensó en él para esta misión; pero a consecuencia de diversas circunstancias, el proyecto no se realizó. Fue entonces cuando fue nombrado superior de la casa de Crécy.

San Vicente no cesó de manifestarle una confianza de la se mostró siempre digno. El santo Fundador reunió en 1651 una asamblea para la que llamó a los sacerdotes más autorizados y a los más versados en el conocimiento del Instituto. Se trataba de examinar las Reglas, que no había sido impresas aún, y de decidir si se pediría a la Santa Sede que aprobara para la Compañía la emisión de los votos. El Sr. Gilles fue uno de aquellos cuyo parecer quiso tener san Vicente. Se lo merecía; y de hecho, nadie se mostró en la asamblea más erudito que el Sr. Gilles, ni estuvo más en conformidad de vistas que él con el santo Fundador.

La cuestión de los votos, que no estaba todavía zanjada para el Instituto naciente, le dio la ocasión de proclamar su estima y su ardiente amor por la Congregación, y de mostrar la felicidad que sentía y la prudencia que encontraba en unirse a ella por la obligación de los votos.

«La Compañía, dice él, no puede subsistir sin los votos. Y sería de desear incluso que los particulares pudieran descargarse de sus sucesiones y de la administración temporal de sus bienes, pues los corazones de los hombres son son siempre los mismos están tentados de «no ofrecer a Dios más que las ovejas flacas y guardarse para ellos las gordas»: quia offerunt macras, subtrahunt pingues; y mientras que nosotros tenemos bienes o la esperanza de tenerlos, miramos detrás, como la mujer de Lot».

Buscando las razones que debían hacer adoptar estos compromisos sagrados, alegaba justamente la vida penosa en la naturaleza que su vocación impone a los Misioneros. «Tal vez, decía él, si las ocupaciones fueran otras, se podría dispensar de atarse así; pero importa afirmarse contra uno mismo, porque la función de las misiones es muy trabajosa, sobre todo para los mayores, a causa de la inestabilidad continua y necesaria que exige, y que es tan opuesta al estado de fijeza y de tranquilidad que busca la naturaleza; el hombre como el árbol tendiendo a echar sus raíces en la tierra: Homo ut arbor mittit radices».

En cuanto a él, declaraba que, aunque no hubiera más que pan y agua, él no dejaría la Misión,

San Vicente, mientras guardaba su reserva habitual, dejaba ver claramente su deseo que la Asamblea sancionara la práctica en la que se estaba de pronunciar los votos. El Sr. Gilles le apoyó ardientemente.

Alegando su experiencia personal y el hastío que la fatiga, la naturaleza o el demonio hacen nacer un día u otro en las mejores almas: «Son los votos los que me han retenido, exclamó, y los que me han salvado, cuando yo ya era un hombre maduro, con un superior, con un Superior que tan sólo tenía veinticinco años».

Y volviéndose entonces hacia los que no temían aminorar el paso, al parecer, en su fervor pasado, y proponer un cambio en una práctica ya recibida: «Todo eso, decía, es dañar a la Compañía o exponerla, porque, como lo dijo Aristóteles: Omnis mutatio morbus; Todo cambio vale una enfermedad». Un hombre de Estado me decía: «Se nos proponen cambios sin cesar y se afirma que está bien. –Sí, añadía el hombre de Estado: cambiar el Estado es fácil, pero habrá perecido antes cinco veces».

Desde entonces se objetaba la práctica de una Congregación célebre en la que no se comprometían con ningún voto; san Vicente había hecho ver ya que, sin juzgar esta práctica, proponerla como más perfecta sería condenar a la Iglesia, ella en efecto ha alabado y apoyado, en especial en el concilio de Trento, la consagración de todo hombre por los votos holocausto muy agradable a Dios, en el que se presentan el fruto y el árbol. –Nosotros añadiremos aquí que más de un orador sagrado y más de un escritor, al topar en su camino con esta cuestión del bien cumplido fuera de la obligación de los votos, se deshacen en alabanzas  más literarias o más elocuentes que exactas.

El Sr. Gilles, levantándose una vez más, aportó ante la Asamblea el testimonio de la experiencia que confirmaba el sentir de la Iglesia: «Ha citado usted esta Comunidad, respondía; pues bien, alguien que forma parte de ella deploraba no hace mucho la inconstancia que se ve en ella a consecuencia de la ausencia de los votos; me decía que no es «más que una honorable hostería», y que el seminario es de poco fuste.

Se le objetaba la repugnancia que tenía a los votos, cediendo a la corriente de entonces, una pequeña parte de la Compañía: Italia. Respondió: «Le corresponde a la madre tener a la hija y no dejarse guiar por ella».

«Y también, continuaba él, habría pues que culpar al joven que es un monje tibio en lugar de seguir soldado. Muy al contrario, respondía, ya que se hacen cantidad de buenas acciones en la vida religiosa, incluso tibia e imperfecta, y con demasiada frecuencia no se hace ninguna en la vida de los campos».  El ferviente Misionero declaró que él pediría salirse antes que quitar los votos.

Dios bendijo su fervor. A la petición de san Vicente, la Santa Sede decretó pronto (22 de septiembre de 1655) que ningún Misionero sería recibido sino al cabo de dos años de probación, tras los cuales  se pronunciarían votos simples reservados a la Santa Sede.

La corona de la perseverancia era debida al piadoso Misionero. Dios se la concedió llamando a sí «al buen Sr. Gilles», como habla san Vicente en el curso del mes de julio de 1652.

 

 

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