Jean Alasia (1727-1800)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, V.
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El Sr. Alasia nació el 9 de noviembre de 1727, en Ontenera, a 5 leguas de Mondovi (Piamonte);  fue recibido en la Congregación, en París, el 13 de marzo de 1749.

Fue enviado en 1755 a Portugal, como profesor, con el Sr. Griffon, en el seminario de Miranda; estaba todavía en Lisboa cuando el terremoto que trastornó esta ciudad en la noche del 1º al 2 de noviembre. Aunque conociera aún poco la lengua del país, prestó grandes servicios a los desdichados que estaban bajo los escombros, recorriendo los diversos barrios de esta ciudad desafortunada, con peligro de ser aplastado en cualquier momento. Como la apertura de las clases del seminario se acercaba, no se quedó mucho tiempo en Lisboa, y se fue a su destino. Su piedad y demás cualidades no tardaron en conciliarle la estima y la confianza de sus alumnos.

Dos años después, Mons. Gaspar-Antonio Brandao una vez promovido  al obispado de Madera, vacante desde hacía siete años, deseó ser acompañado por algunos Misioneros para trabajar en la mejora de las costumbres del pueblo que habían debilitado la largo vacante  de la sede episcopal y los malos ejemplos del clero. Honraba también aplicar el celo de estos nuevos apóstoles a la reforma de las corporaciones religiosas cuya regularidad había decaído mucho. El Srs. Alasia y Reis, designados para esta penosa pero importante misión, partieron de Lisboa el 20 de julio de 1757, y durante los diez años que trabajaron en cultivar  esta porción de la viña del Señor, teniendo con frecuencia a la cabeza al santo prelado, justificaron la confianza con la que los habían honrado. Las bendiciones divinas fueron abundantes sobre los trabajos de los Misioneros y cuando Mons. Brandao murió, en 1783, tuvo el consuelo de ver renovada  la faz de su diócesis, después, es verdad, de penas infinitas.

Sesenta y ocho misiones de cinco a seis semanas cada una habían sido predicadas en el espacio de diez años, sin contar un mayor número de retiros dados a comunidades de hombres y de mujeres. Una vez que todas las parroquias estuvieron evangelizadas, el Sr. Alasia salió de Madera.

Fue de San Lázaro de donde partió el Sr. Alasia en calidad de vicario apostólico de los reinos de Argel y de Túnez para los Estados berberiscos, donde abordó el 19 de julio de 1785.

Encontró en Argel, para ayudarle en estos trabajos, a los Srs. Lalau, Joussouy y Vicherat, sacerdotes, los tres franceses. El año siguiente el vicario apostólico extendió su solicitud sobre Túnez, y quiso hacer participar a los fieles de esta cristiandad en las gracias que acompañan a la recepción del sacramento de la confirmación; otros motivos muy poderosos le determinaron a no diferir su visita.  La peste que acababa de cesar en esta ciudad había hecho estragos durante un año con un vigor extremo y se sintió interiormente animado a llevar algún alivio a esta pobre Iglesia desolada. Sabía que había abusos graves que corregir entre los religiosos que pertenecían a dos corporaciones diferentes empleados en la parroquia y en el servicio del hospital: más que suficiente para no retrasar su viaje y, el 20 de abril de 1786, se embarcó para Túnez. Tuvo el consuelo de dar el sacramento de confirmación a más de ciento cuarenta personas.

La peste estalló en Argel  en abril de 1786. Vivamente impresionado por los peligros en los que se iban a encontrar los italianos, sus compatriotas, a los que su gobierno parecía mostrarse indiferente, el Sr. Alasia se determinó, el 29 de julio de 1786, a provocar la conmiseración del rey de Cerdeña en su favor, poniendo en su conocimiento la triste situación de estos infortunados. ¿Tuvo esta carta  el efecto que se esperaba el vicario apostólico? Lo ignoramos; pero no vemos ningún vestigio del rescate de los sujetos sometidos al rey de Cerdeña.

«Durante los diecisiete meses que reinó la enfermedad en Argel solo se oían por todas partes los gemidos y los gritos lamentables de los turcos, según lo leemos en el diario del Sr. Vicherat; a cualquier hora del día o de la noche, los amigos, los criados, las mujeres y los niños anuncian  a todo el barrio, por el grito lastimero de todas sus voces, el postrer  suspiro del que les era querido.

La imprudencia, o mejor dicho  la locura y la avidez de los moros no sirvió poco para extender la peste  por toda la Regencia. Se apoderaban de todos los despojos de los muertos alcanzados por el contagio, los vendían, se servían de ellos sin purificarlos de antemano «.

El Sr. Joussouy administraba los sacramentos a  los afectados del hospital hacía diecinueve días, había confesado y dado la extrema unción a ciento cuarenta personas en ese lapso de tiempo. El 4 de junio, la peste se declaró en él por un gran mal de cabeza y la fiebre. Un carbón se estableció en la cadera derecha, y un bubón en la ingle. Gracias a Dios, se curó.

Por prudencia, El Sr. Alasia habían tenido que abandonar la casa vicarial. El 7 de septiembre, después de  sesenta y ocho días de ausencia, volvió a ella. El 26 de junio, el Sr. Vicherat, que se había contagiado, también él, se encontraba curado y había puesto su residencia  en el hospicio francés, mientras que el Sr. Joussouy prodigaba sus cuidados  a los enfermos del hospital de los Trinitarios.

El 10 de agosto de 1787, después de quince meses de desastres, la peste se había llevado  a 35.000Tucos o Moros, 620 esclavos cristianos, 2.300 judíos. Lo que hacía un total de 38 .20 víctimas, es decir un poco más del tercio de la población de la ciudad y de las huertas. La plaga atacó de nuevo en 1788.

Después de las pestes de 1787 y 1788, los misioneros volvieron a sus cuidados acostumbrados  entre los esclavos. Por su parte fue la misma entrega, la misma caridad compasiva, adaptándose a los reglamentos, fruto de la experiencia de los que los habían precedido en esta Misión.

Una sorpresa mezclada de espanto supieron  de la catástrofe que arruinó San Lázaro, el 13 de julio de 1789, a las tres de la mañana. En este pillaje, la Misión de Argel pidió cerca de 1.800 francos provenientes  de los restos que el procurador general de la Congregación había cobrado para la cuenta de esta Misión. Esta pérdida y las que estaban por venir no los desconcertaron.  Continuaron su ministerio con los mismos ánimos como de antes imponiéndose las mayores privaciones para que los esclavos tuvieran menos que sufrir por la escasez de sus recursos. En su circular del 1º de enero de 1790, el Sr. Cayla les daba el testimonio más consolador para unos misioneros: «La casa de Argel, dice,  se sostiene en esa perfecta regularidad que la ha distinguido siempre, nada es capaz de parar el celo de los obreros que se han consagrado a esta misión penosa. Esta casa está completa debido a que les he hecho el envío este año  del Sr. Mathelin «. (Abordó en Argel el 21 de junio de 1789).

En la circular del 1º de enero de 179-, dice: «Yo sentía miedo por nuestros cohermanos de Argel a causa de los sucesos que han tenido lugar en Provenza (sublevación del Mediodía); pero su tranquilidad no se ha visto turbada. El Sr. Alasia ha aprovechado esta calma para para hacer la visita a La Calle, donde las necesidades de la religión le llamaban  hacía tiempo. Ha hecho mucho bien; y habría hecho más, si una enfermedad cruel, que le ha llevado a las puertas de la tumba, no le hubiera obligado a interrumpir sus labores «.

El Sr. Alasia había salido de Argel para Túnez, el  – de mayo de 1790, llamado por el R. P. Prefecto, guardián,  para una visita extraordinaria que hacer en su convento, con el fin de  hacer desaparecer las divisiones que existían entre sus cohermanos. De Túnez, se dirigió a La Calle, para asegurarse del buen estado de esta cristiandad. Durante esta visita cayó enfermo; entró en Argel el 13 de octubre de todavía muy débil.

El hospital atendido por los Padres Trinitarios encontrándose lejos de ser suficiente desde hacía mucho para las necesidades más imperiosas ; los Misioneros, con una parte de las colectas que provocó el Sr. Croiselle en 1755 para la reconstrucción de las capillas de los presidios y las limosnas particulares, habían establecido un pequeño hospicio con cuyos gastos corrían ellos. Estos gastos unidos al de las limosnas cotidianas y de las distribuciones los pusieron en un gran apuro cuando los auxilios que sacaban de San Lázaro quedaron suprimidos. Por eso, a su petición y por su intermedio, el 1º de julio 1790, los esclavos franceses, en unión con los de todas las naciones presentes en Argel, tanto en su nombre como en el de todos los que serían en adelante llamados a compartir su infortunio, dirigieron a la Asamblea nacional una petición redactada  por el Sr. Vicherat.

El cónsul de Francia en Argel, el Sr. Vallière, por una carta del 25 de junio de 1792, dirigida al ministro de la marina en París, apoyó esta demanda. Se trataba sobre todo de las rentas del hospicio de Argel que se elevaban a 7.869 libras cuyos títulos estaban en París y que él quería que se pagaran integralmente.

En medio de tantas penas, el Señor no dejó de dar a los Misioneros motivos de consuelo que suavizaron la tristeza de sus angustias. En particular, se enteraron por una carta llegada de Roma con fecha del 15 de febrero de 1793, que el Sr. Cayla, su Superior general, acababa de llegar a esta ciudad, acompañado del Srs. Brunet y Ferris, dos de sus asistentes. Bendijeron por ello a Dios de todo corazón. Y ya tenemos a nuestra pequeña congregación de nuevo en pie, escribe el Sr. Vicherat. Dios sabe lo que quiere hacer por ella! Pero yo deseo más vivamente todavía ver restablecida en Francia la religión».

El ejercicio público de la religión no sufrió alternativas  en las prisiones. Los Misioneros eran felices, mientras que el culto y los ministros del verdadero Dios estaban proscritos en Francia, ofreciendo el santo sacrificio al señor, en el seno de la esclavitud, en una tierra bárbara. Los oficios se celebraban no solo con decencia, sino con toda pompa que permitía el local de las capillas; las procesiones del Corpus Christi  sobre todo se hacían con una magnificencia difícil de sospechar. La que tuvo lugar el 27 de junio de 1795 sobrepasó todas las demás; hubo en la prisión del Beylic tres monumentos.

El gobierno francés envió  en 1796 a un comisario de la República a Argel. Se llamaba Hércules.

Los Misioneros, avisados de la llegada de Hércules por el cónsul, fueron al día siguiente a hacerle una visita; los recibió muy correctamente, él les devolvió visita el 9 de abril de 1796 acompañado del cónsul.

El 11 de abril, en su primera audiencia del dey, el comisario pidió la destitución del Sr. Vallière; el príncipe necesitó algún tiempo, cedió por fin ante el cebo de nuevos regalos. Ya para el 4 de enero, se conocía en la ciudad el nombre del sucesor, Jean Bon Saint-André, que abordó en Argel, el 3 de junio de 1796.

El Sr. Vallière cedió los ornamentos de su capilla a los Misioneros por 26 cequies, les dio los consejos siguientes:

«Les aconsejo que no se presenten en la casa consular  mientras esté en ella Hércules, ni siquiera en visitas de cortesía. Pero cuando se marche podrán ver al nuevo cónsul que no parece ser liante. Pueden decirle: el Sr Vallière no nos ha pedido el juramento, ni hecho ningún requerimiento, hemos estado siempre bajo la protección de Francia, no le pedimos nada, y trataremos  de continuar así, trabajando, el bien que hemos hecho. El Sr. Vallière ha debido darles cuenta de nuestra conducta, pedimos que nos dejen, sin inquietarnos, bajo la protección de la República».

El consejo era sabio. No fue seguido por el Sr. Alasia quien, no siendo francés, dio pruebas de impaciencia en medio de tribulaciones que eran muy sensibles en efecto y buscó cómo ponerse bajo el protectorado  de España luego de Inglaterra. Estas dos naciones le negaron el servicio que les había pedido. Lo consideró un fracaso y, como el representante de Francia no podía dejar de enterarse  de estas gestiones, todo le colocaba en una falsa posición.

Cuando el cónsul de Francia, Jean Bon Saint-André, se enteró, en efecto, de ello, echó rayos y centellas y escribió al ministro, en Paréis, el 21 de diciembre de 1796.

«Yo os he dicho que había en Argel una misión de sacerdotes del culto católico, bajo la protección de Francia. Está compuesta de cuatro sacerdotes de los cuales tres nacidos en Francia y un piamontés. Mi predecesor los había invitado a prestar el juramento prescrito por las leyes, y ellos se habían negado. Llegado aquí, sin tener en cuenta su primera negativa, les he reiterado la misma invitación limitando mi demanda al juramento prescrito por las leyes decretadas a este efecto. Se negaron de nuevo. He creído mi deber entonces declararles que, por esta nueva negativa, ellos renunciaban a la calidad de franceses. Cuando el cónsul de Inglaterra compareció, se apresuraron a visitarle y realizaron todos los esfuerzos posibles para comprometerle a recibirlos bajo su pabellón, a lo que el cónsul no ha querido acceder. Esta actuación por su parte es tanto más notable como agentes de potencias católicas y la especie de preferencia  dada a Inglaterra caracteriza el espíritu de estos hombres. En esto incluso están más equivocados, puesto que al declarar en el nombre de la ley que yo no podía ya tenerlos como franceses, les había ofrecido sin embargo mis servicios como individuo, y se los había prestado bastante importantes».

Estos trámites del Sr. Alasia estuvieron a punto de tener un porvenir desastroso para los Misioneros de Argel. El 14 de abril de 1797, a mediodía y media, se presentó en el hospicio francés un Chaoux para comunicar de parte del dey a los Misioneros que tendrían que marcharse a Francia. Esta orden de partir era el resultado de la declaración que Jean Bon había hecho al dey, ese mismo día, que Francia no tenía ya a los Misioneros como franceses y que no tenían protección que esperar por su parte. El dey dijo entonces: Voy a despacharlos. Jean Bon respondió: Yo no hablo de despacharlos; pero eres tú quien debes mirar por ellos.  A pesar de todo, el dey que reflexionaba poco envió a los Misioneros orden de partir.

Cambiando de parecer entonces, al Sr. Alasia se puso del lado de Francia y, el 22 de abril, se decidió a ir donde Jean Bon, de quien recibió la seguridad que el dey no les forzaría  partir, y si les forzara que él se interesaría a su favor.

Por su parte el ministro de España a quien se había dirigido el Sr. Alasia con anterioridad mandó responder por medio del cónsul español, el 9 de julio de 1797:

Tan solo puedo decir que estos sacerdotes franceses deben recurrir al Directorio de Francia, el cual, si se han portado bien no los abandonará, como lo ha hecho en cuanto a las fundaciones que la antigua corte tenía en Turquía».

Los Misioneros no habían esperado el consejo del ministro de España para dar este paso; el mes de febrero, su petición había sido enviada al Sr. Vallière, antiguo cónsul de Argel, que consintió en entregársela al ministro de relaciones exteriores, encabezándola con las líneas benevolentes que siguen:

Salinas, 6 germinal año V (27 marzo 1797).

«Tengo el honor de enviaros adjunto una procuración que los sacerdotes que atienden el hospital francés de Argel me han dirigido, que tuvo a bien transmitírsela  al ministro de relaciones exteriores, para obtenerles la continuación de la protección de la República Francesa. No me permitiré más que algunas reflexiones, en apoyo de su petición.

«Parece natural y de justicia tratarlos con las Misiones del Levante cuyo embajador de la República en la Puerta se ha declarado altamente se protector. Los hospicios del Levante están dirigidos en su mayor parte por extranjeros. Los Misioneros de Argel son franceses y llevan establecidos en ello largos años antes de la Revolución; ¿se los iría a tratar como extranjeros?

«La República se ha apoderado de su rentas. Una sabia conducta los sostiene, y son todavía muy útiles, incluso respecto de la caridad, para los esclavos de todas las naciones que se encuentran de Argel.

«Es más conveniente, política y moralmente, conservarlos bajo la dependencia de la República, que forzarlos a recurrir a una protección extranjera.

«De cualquiera de las maneras, este establecimiento pertenece a la República, la mala elección de los individuos que le dirigieran puede sola llevar a inconvenientes;  son las autoridades quienes deben vigilar bien; los de hoy son gente de bien  a quienes un buen ejemplo de virtudes los hace preciosos a la humanidad, ocupen el lugar que sea, y sea su verdadera plaza.

Tienen el derecho de esperarlo todo  de vuestra imparcialidad y de vuestra justicia».

La peste, que había entrado de nuevo a principios del año, hizo cerrar los ojos  sobre la estancia prolongada de los Misioneros para no privar a los esclavos de los socorros que tanto necesitaban en estos tiempos calamitosos.

Por otra parte, una reacción en favor de la religión se había producido en Francia; se tenía horror a las leyes sanguinarias y verdaderamente draconianas de la Convención contra el clero; y el 27 prairial año V (15 de junio 1797), el consejo de los Quinientos remitió a una comisión el examen de la ley contra los sacerdotes.

El 27 messidor (18 de julio), el consejo de los quinientos otorgó la prioridad a la redacción de Debruel y los artículos siguientes se adoptaron:

  1. Las leyes que pronuncian la pena de deportación o de reclusión contra los eclesiásticos a quienes se había sometido a juramentos o a declaraciones y que habían sido denunciadas como refractarias o por causa de incivismo y en contra de los que habían dado asilo a sacerdotes no juramentados son y permanecen nulas;
  2. Las leyes que asemejaban a los sacerdotes deportados a los emigrantes quedan igualmente revocadas;
  3. Los individuos afectados  por estas leyes reingresan con todos los derechos de ciudadano francés, y satisfacen las condiciones prescritas por la Constitución para disfrutar de dicha cualidad.

Fue el 1º de agosto de 17 97, cuando los Misioneros tuvieron conocimiento en Argel del voto del consejo de los Quinientos, respecto de la ley que revocaba todas las leyes contra los eclesiásticos no juramentados y denunciados como refractarios y les devolvía todos sus derechos cívicos.

Además, la ley del 15 de julio hizo cambiar de conducta y de lenguaje al cónsul Jean Bon. El 18 de septiembre, los Srs. Joussouy y Mathelin fueron invitados a cenar en su casa; fueron muy bien recibidos. Les dijo que en caso de que fueran inquietados por el Beylic, podían recurrir a él. Les prometió su protección en la destilación de aguardiente que les garantizaba la subsistencia y la atención a las caridades. «Venid a mí, dijo: el Sr. Vicario y el Sr. Vicherat se han comportado, añadió, como niños». (Haciendo alusión a los pasos dados con el cónsul inglés).

En una visita al cónsul, el 20 de septiembre, el vicario apostólico le preguntó si el hospicio había tenido problemas en personales que reprocharse contra él; él convino en que no. El Sr. Alasia insistiendo le dijo: «El hospicio ¿no tiene reproches que haceros? » -Jean Bon no respondió. Pero antes de separarse, al salir a cuento el hospicio, Jean Bon dijo: «En cuanto al pasado no se hable más, es un río que ha ido a perderse en el mar «. Hubo todavía alguna dificultad entre los Misioneros y el cónsul de Francia, en particular debido a la escarapela que se negaron a llevar y a la oración Domine salvam fac Republicam que hubiera querido que se cantara después de la misa parroquial, en lo que los Misioneros no estuvieron de acuerdo; el Concordato de 1801 debía más tarde mostrarse más conciliador sobre este particular de lo que los Misioneros no creyeron poder estarlo por su momento.

Acercándose Jean Bon a los Misioneros, como acabamos de ver, para poner fin a todo pretexto de nuevas dificultades, estos le remitieron  una declaración expresada en estos términos:

«Ciudadano Cónsul, nosotros, los Sacerdotes franceses del hospicio de Argel abajo firmantes, declaramos que reconocemos a la República como Soberano legítimo de Francia y prometemos no enseñar nada, no decir nada, no hacer nada que vaya contra sus leyes.

«Argel, 6 vendimiario año VI de la República (27 de septiembre  1797).

Firmado

ALASIA, Vicario apostólico. –VICHERAT, Sacerdote francés del hospicio de Argel al servicio de los pobres esclavos. – JOUSSOUY, Sacerdote francés dedicado al servicio de los pobres esclavos. – MATHELIN, Sacerdote francés al servicio de los pobres esclavos.

El ciudadano Jean Bon se contentó con esta declaración y prometió apoyar la petición de los Misioneros relativa a la protección que reclamaban de Francia.

A pesar de ello, no perdonaba al Sr. Alasia la negociación que había hecho con el cónsul inglés. Resolvió hacerle salir de Argel. El 28 de enero de 1798, mandó llamar al Sr. Joussouy, y le pidió las cartas de naturalización del vicario apostólico. Dos días después, el Sr. Alasia le envió por el Sr. Joussouy su pasaporte firmado por el rey Luis XVI para dirigirse a Argel. Jean Bon una vez leída dijo: «Pues bien Alasia podrá salir cuando quiera «. Y el 10 de febrero, Jean Bon Saint-André envió al vicario apostólico su pasaporte como Piamontés, añadiendo: «Que sale de Argel, pasando a Túnez para regresar al Piamonte «, con la advertencia que le daba a falta del cónsul piamontés.

El Sr. Alasia partió el 5 de febrero de 1798 para Túnez, dejando sus poderes al Sr. Vicherat. Saciada su venganza, Jean Bon se comportó con mucha honradez con los tres Misioneros franceses que quedaron.

En Túnez, el Sr. Alasia administró el sacramento de la confirmación, tomó algunas disposiciones necesarias con vistas a asegurar el buen orden en esta cristiandad, pasó a Livorno y se fue con su familia en Montanera.

El mes de septiembre siguiente, se fue a pasar unos días con sus cohermanos de Mondovi, con quienes hizo su retiro, tras el cual se volvió a su país natal y, el mes de marzo del año 1800, fue a recibir, tenemos motivos para creerlo, la recompensa debida a sus  largos y penosos trabajos en Portugal y en Argelia. Tenía setenta y un años.

Mémoires de la Congrégation de la Mission, t. III, p. 440 et suiv.

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