Jacques Le Sage, nacido en Aufey, diócesis de Rouen; recibido en la Congregación de la Misión en París a la edad de veinticinco años, el 7 de octubre de 1639. Después de la muerte del señor Noël, hubo de San Lázaro una santa y heróica emulación por llenar el lugar que dejó vacante en Argel. Fue el señor Jean Le Sage quien fue elegido; partió de París en septiembre u octubre de 1647. Cuando salió de San Lázaro, San Vicente le dio el más conmovedor y sabio consejo.
Inmediatamente después de su llegada a Argel, el Sr. Le Sage se puso a ejercer sus santas funciones, caminando tras los pasos del Sr Noël cuyo celo y dedicación apostólica no cesaban de recordarle los pobres esclavos. Este relato de las acciones de su cohermano era para él un fuerte empujón en medio de las privaciones de toda especie y de fatigas nuevas. Aunque la tarea que debía realizar le pareciera por encima de sus fuerzas, se entregó a ella con resolución y confianza en el Señor; pues debiendo procurar la salvación, no sólo de los franceses sino de un número mucho más considerable todavía de esclavos italianos y españoles, dedicó los raros momentos de tiempo libre que le dejaban sus ocupaciones ordinarias a aprender la lengua de estos infelices.
Habiendo cedido la peste como de ordinario al acercarse el invierno, se aprovechó de esta tregua para de la plaga para visitar a los esclavos en las casas particulares para consolarlos y darles fuerza en la resolución de seguir siendo fieles a nuestra santa religión.
Aquí van algunos detalles que completarán lo que ya hemos dicho sobre las obras de los Misioneros dedicados al cuidado de los cautivos.
El viernes, día de descanso para los mahometanos y para una parte de los esclavos, con el permiso de sus amos, el servicio se hacía en todas las mazmorras. A las ocho, el Misionero, después de recitar la oración en común y confesar a los que deseaban aprovechar su ministerio, celebraba la santa misa siempre seguida de una instrucción familiar sobre la doctrina cristiana. Los domingos y días inhábiles, días en los que los turcos hacían trabaja a sus esclavos, el servicio divino se hacía de esta manera la víspera; por la tarde el Misionero iba a una de las mazmorras. Confesaba primero, luego consolaba, animaba a los desdichados que allí se encontraban, a la llegada de la noche cuando los esclavos regresaban de sus labores, comenzaba la oración pública en lengua española, luego venían el canto de las letanías de la santísima Virgen y las confesiones hasta las diez u once de la noche; entonces el misionero tomaba una comida muy frugal y un poco de sueño en un pobre reducto, oscuro y estrecho practicado en algún hueco del calabozo. Hacia las dos de la mañana, y aún más temprano, según la estación, el Misionero se levantaba y volvía a la capilla donde se hacía la oración en común, celebraba la santa misa, tenía la plática, distribuía el pan de los fuertes a los que se habían preparado para ello Después de la santa misa. Veía en particular a los esclavos que le parecían tener más necesidad de consuelo hasta el amanecer, cuando los clamores y alaridos de Cómitr llamaban a los esclavos al trabajo, mientras que las amenazas y los bastonazos hacían caminar a los rezagados y a los débiles.
Entre tanto el Misionero huía deprisa, agotado por una noche tan penosa, y entraba en su casa donde le esperaban las funciones curiales. Se ocupaba luego en visitar a los enfermos en las casas particulares en las que era posible penetrar, y en distribuir a los esclavos que venían a la Misión las limosnas y todos los alivios que se podía procurarles.
Este orden, seguido casi desde un comienzo de la Misión, se mantuvo por todos los Misioneros hasta el cese de la esclavitud en esta tierra de infieles; lo que acabamos de decir nos dispensará que volvamos sobre el tema en las biografías que siguen.
Aparte de las funciones diarias a las que se entregaba el Misionero en Argel, aprovechaba las circunstancias extraordinarias que le permitían emprender nuevas obras de celo. Cada tres años los Beys dse Mascara, Titere, Constantine, etc. viéndose obligados a enviar diputados a Argel para llevar los tributos, llevaban consigo a numerosos esclavos. Era entonces una Misión general que se abría para éstos en la casa del Misionero Se apresuraba a poner a la disposición de estos cautivos, además de la asistencia corporal, todos los auxilios de salvación que podían desear; y así reconciliados con su Dios, regresaban en paz a sus desiertos, bendiciendo la caridad de sus bienhechores, y rogando al Señor que les procurase la ocasión de regresar otra vez.
No eran sólo los auxilios espirituales los que el Misionero se sentía feliz de prodigar a sus a los pobres esclavos, la administración de los socorros corporales constituía también para él un gozo y un deber de todos los días. Cada viernes, después del rezo de la mañana en las mazmorras, hacía una pequeña limosna a todos los que se hallaban presentes. Los demás días de la semana, y sobre todo el domingo, esclavos a veces en gran número, después del cese de los trabajos, se trasladaban a la Misión y allí recibían otra limosna de las manos del sacerdote o del hermano a lo que añadían buenos avisos y consejos relativos a su conducta.
Cuando se supo en Francia la fundación de los Misioneros en Argel, un gran número de familias algunos de cuyos miembros habían sido capturados recurrieron a la caridad de san Vicente de Paúl para tener informaciones sobre su estado, y para hacerles llegar algunos socorros y tratar de su rescate. Ahora bien en Argel, como en Marsella y en París, los Misioneros de berbería se prestaban de buen grado a servir de intermediarios entre los esclavos y sus parientes o sus amigos; se establecieron como corresponsales en una palabra no desdeñaban nada de lo que podía servir para suavizar su triste posición, y eso siempre a sus expensas con el fin de ahorrar más a estos desdichados.
En la primavera siguiente (1648) la peste se manifestó con renovada intensidad y llevó su desolación a los esclavos; el Misionero redobló la actividad para aliviarlos y administrarle los sacramentos en las mazmorras y en las casas de los particulares a pesar de las precauciones de que se rodeaba, El Sr. Le Sage fue atacado del contagio y falleció el 12 de mayo de 1648.








