La casa de Vladislavia, en Polonia, sufrió una gran pérdida por la muerte de un excelente misionero y de su venerado superior, el Sr. M. Jacques Gloczewski quien, el 8 de julio de 1761, a las tres de la tarde, pasó a una vida mejor. Había nacido en la Pomerania, el 1º de mayo de 1714, y fue admitido en la Congregación el 8 de octubre de 1735.
Una vez acabado de una manera digna de elogios su seminario y el curso de sus estudios, fue ordenado sacerdote y enseñó teología durante varios años en el seminario de Vlatislavia, donde dio pruebas de una virtud poco ordinaria. Por eso, al cabo de algún tiempo, fue nombrado director del seminario interno de Varsovia, desplegando allí un celo admirable por la formación de los seminaristas. Es el testimonio unánime que dieron de él los que le habían visto trabajar en este empleo, y sobre todo los que habían tenido la suerte de vivir bajo su dirección.
Al mismo tiempo que este empleo, ejercía también las funciones de director de las Hijas de la Caridad con no menos celo y vigilancia ; pero su gran dedicación al trabajo le ocasionó en la salud un debilitamiento extraordinario que dio ocasión a que le enviaran a restablecerse en la casa de Culm. Durante el transcurso del año que pasó en esta casa, dio nuevas pruebas de su piedad; pues, ejerciendo el oficio de procurador y de administración de las tierras de la casa, se veía obligado con frecuencia a quedarse en el campo, pero no faltó en nada a sus ejercicios ordinarios de piedad.
Por último, en 1751, fue enviado como superior a Vladislavia y, en este nuevo cargo, dio la misma edificación durante los diez años continuos que le ejerció. Se vio constantemente en él una prudencia notable en el gobierno de su casa; todo le salía admirablemente en su dirección, y aquellos mismos a quienes no les gustaba se veían obligados a confesar que no veían en él nada reprensible: se veían incluso forzados a reconocer y admirar la perspicacia que acompañaba todos sus trámites.
Poseía este espíritu de discernimiento a un grado tan alto que se hubiera dicho que tenía el espíritu de profecía, hasta tal punto conocía bien las inclinaciones de sus súbditos y se formaba un juicio exacto sobre ellos. La experiencia ha demostrado la verdad y la justeza de estas apreciaciones. El celo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas devoraba su corazón y le hacía emplear todos los medios oportunos y necesarios para hacer avanzar a los jóvenes clérigos en el estudio, en la virtud y en la perfección que conviene a hombres consagrados al servicio de Dios y de la Iglesia.
Por esta razón se presentaba en cada clase al menos una vez por semana para asistir a las repeticiones de teología, y esta exactitud y este sometimiento por su parte excitaban el celo de los seminaristas. Además, durante todo el tiempo que fue Superior, se imponía a menudo el trabajo de instruirlos sobre la administración de los sacramentos con tal éxito que los alumnos reconocían avanzar en una o dos horas de sus clases que en muchos días de trabajo; y la razón era que, poseyendo perfectamente la teología moral, daba al instante y con justeza todas las decisiones sobre las diferentes dificultades.
Su celo parecía también en las conferencias espirituales que daba bien a los miembros de la Congregación, bien a los seminaristas externos: a menudo se prolongaban más allá de la hora; pero, según dicen los que le oían, no había aburrimiento, ni cansancio, y con frecuencia sucedía que en sus conferencias, todos los ojos estaban llenos de lágrimas y que se decía de él: Verba vitae oeternae habet. Tiene las palabras de la vida eterna. Este celo le dio gran fuerza en los asuntos difíciles y arduos, y nunca se le vio, por respeto humano, ni por temor de ofender a grandes personajes, apartarse de la línea recta, lo renunciar a sabias determinaciones tomadas tras maduras deliberaciones. Su máxima entonces era: Que perezca el mundo antes que la justicia!
Se veían pruebas de su rectitud, cuando se trataba de la exclusión del seminario de algunos clérigos que no tenían las disposiciones necesarias para aprovecharse y que eran más bien un obstáculo a los demás por su conducta poco regular ; en ese caso, no cedía a ninguna instancia, ni siquiera a las amenazas, por parte de los prelados ; se mantenía firme en la resolución tomada ; y si adivinaba que se levantarían contra él murmuraciones mal fundadas, se disponía a soportarlas como lo hacía siempre, es decir con una gran tranquilidad y ofreciéndoselas a Nuestro Señor, por cuyo amor las sufría.
Tenía un gran afecto a la virtud de la pobreza; los recursos de que disponía eran dedicados a la ornamentación de la iglesia; y así fue como llegó a hacer construir una pequeña capilla de San Vicente. Instituyó también, en 1755, la Cofradía de la Santísima Trinidad y, para que la conocieran mejor los parroquianos, mandó imprimir unos libritos de oraciones que les distribuía.
Tenía una ternura muy paternal a sus Misioneros; los socorría en todas sus necesidades, y les procuraba, en sus enfermedades, todos los alivios que estaban en sus manos. Era verdaderamente el padre de los pobres y remediaba todas sus necesidades; quería que el procurador de la casa hiciera constantemente limosnas en proporción con sus recursos.
Hombre de una paciencia admirable, aunque toda su vida hubiera practicado perfectamente esta virtud, vio llegar día a día nuevas ocasiones por la multiplicación de sus indisposiciones; las soportó todas con valentía, sin quejarse, y hasta con gozo.
A la fiebre, se unieron todas sus debilidades antiguas, que le redujeron pronto al final de sus días. Viendo que las medicinas no le aliviaban, se hizo administrar los últimos sacramentos; se confesó varias veces y recibió la sagrada comunión con mucho fervor. Algunas horas antes de su muerte, repitió varias veces: Tempus moriendi, moriemur omnes, senes et juvenes. Luego añadió: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. Y algunos instantes después, entregó su alma a su Creador, a la edad de cuarenta y siete años y veintiséis años de vocación.
Fue enterrado en la iglesia catedral y sus funerales fueron honrados con la presencia de Mons. el obispo sufragáneo de esta ciudad. Se puede ver la estima que tenían de él todo el capítulo, los eclesiásticos de la diócesis y hasta los seglares de la ciudad alrededores por el dolor que todos manifestaron en la muerte de este piadoso y virtuoso Misionero ; su muerte preciosa en verdad ante Dios dejó a todos el deseo de tener un fin semejante al suyo. Mémoires; Pologne, p. 258.







