Como el limonero inclina sus febles ramos al peso creciente de sus turgentes frutos en sazón, así el simpático viejecito, casi ochentón, iba rindiendo sus fuerzas, más que a los arios, a la cargazón de sus obras de oro.
Y se fue —voló a la célica altura— su espíritu purificado, a gustar eternamente la sabrosa pulpa de los frutos santos, quitada por la guadaña de la muerte su ácida monda.
Sucedió ello el 14 de diciembre de 1936, en la Cárcel de Ventas, de Madrid.
Digamos algo del nacimiento y vida de este santo muerto.
Zumel, pueblecito burgalés del valle de Santibáñez, en las riberas del Urbel, partido judicial y diócesis de Burgos, al noroeste de la capital. Juan y Justa constituyeron hogar. Hogar cristiano. Y crían hijos para el cielo. El 15 de mayo de 1859 náceles un niño, al cual, el día mismo de su nacimiento, al regenerarlo con las aguas lustrales del Santo Bautismo, ponen por nombre el del Santo del día, el glorioso San Isidro, patrón y modelo del cristiano y español campesino. ¿Pensarían que el niño, hecho hombre, lo habría de ser?
Pues no, que para fraile lo quería Dios. No como Padre reverendo, sino como humilde Hermano lego.
Pasaron años pletóricos de importantes sucesos nacionales: la gloriosa guerra de Africa del 59, la revolución de septiembre del 68, el reinado y abdicación de D. Amadeo, la proclamación de la República, la restauración de la Monarquía.
Isidro Alonso era ya casi un hombre. El 13 de julio de 1878 vestía la librea del Misionero de San Vicente de Paúl, en Madrid, y en la llamada «Casa de los Cipreses», del barrio de Chamberí.
Era Director del Seminario Interno o Noviciado de los Paúles el venerable P. Jaime Lledó, y Superior de la Casa central y Visitador de España el santo P. Maller.
Terminado el noviciado y hechos los votos, fué el Hermano Alonso destinado al Seminario-Colegio que la Congregación de la Misión dirigía en Sigüenza, y del cual era Superior su paisano el P. Eladio Arnáiz, que sería el gran Visitador de los Paúles en España desde 1890 a 1913.
En Sigüenza permaneció el H. Alonso hasta el año 1890, en que pasó destinado a la recién fundada Casa de Teruel. En esta residencia estuvo hasta 1910, en que fue trasladado a Madrid, casita de la calle de Lape de Vega.
En las tres casas fue su principal oficio el de carpintero, aunque no dejó de ejercitarse en los demás quehaceres de un buen Hermano Coadjutor de la pequeña compañía de la Misión, con edificación y acierto.
Era el H. Alonso pequeño de estatura, más delgado que gordo, de ligero andar, apacible en su trato, inteligente, esmerado, trabajador, de muy buen espíritu.
Su vida religiosa, impregnada de abnegación y humildad, fue en el decurso de sus muchos años llenando su alma de merecimientos, que Dios quiso acrecentara superiormente con los sufrimientos y penalidades de los últimos meses de su estancia terrenal.
Luego de las elecciones de 1936, y en vista del hosco cariz que tomaba la cosa pública, dispusieron prudentemente los Superiores que el Hermano Alonso acompañara al también ancianito P. Quintano, de su misma comunidad, a la tranquila casa de Valdemoro. Y aquí, en efecto, vivieron sin ser molestados hasta el 25 de julio, en que la Comunidad entera fue arrojada de casa y encerrada tras las rejas y muros de la Cárcel de Ventas, de Madrid.
El H. Alonso se contaba entre los del segundo grupo de los dos en que fue dividida la comunidad por sus detentado- res, según se ha dicho en el apunte general, y tomó buena parte de los sustos y malos tratos expuestos al hablar del Padre Quintano.
Iba el H. Alonso acabándose en la cárcel paulatinamente, como se consume la candela desprovista de aceite. La deficiencia de alimentación, que tanto se dejó sentir en el mes de noviembre, minó de prisa y sin dificultad su naturaleza ya averiada.
Amarilleó como la hoja en el otoño, y al golpe del cierzo, cayó.
El 14 de diciembre de aquel año de 1936, tan sembrado de purpúreas rosas de martirio, dormía en el Señor, asistido espiritualmente, con muerte preciosa, la del justo, que acompañado de celestes sinfonías entra en posesión del reino de Dios, con el precio de sus obras alcanzado, bajo la mirada dulce y acogedora del Señor y Rey que premia y corona.
No conmovieron a los rojos ni sus años ni sus achaques. ¡Dios le quería mártir incruento! Mártir, al fin.







