Isabel Seton, la biografía: 22 – Yo soy madre

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Me llevas a caballo sobre el viento,
me zarandeas con la tempestad.

Job 30, 22

No lejos del cercado que rodea con una valla White House y sus dependencias, figura, en el diseño a pluma del Sr. Bruté de Rémur, el pequeño cementerio donde acababan de ser depositados, en el mes de mayo de 1810, los despojos de Cecilia Seton junto a los de Enriqueta.

La Madre Seton, sin embargo, no tendrá tiempo casi de detenerse en la nueva aflicción que la oprime. Apenas llega de Baltimore, una carta del Sr. David le significa que esté dispuesta para volver a la ciudad con las Hermanas que él designará. Les será confiada una obra, determinada por el superior. De tal obra !a fundadora de las Hermanas de San José no había sido siquiera puesta al co­rriente. Es en este momento, sin duda, cuando ella toma claramente conciencia del plan que el Sr. David está elaborando y que se apresta ya a poner en ejecución.

No obstante, en ausencia de Sor Rosa que se encuentra lejos del Valle, verosímilmente para arreglar ciertas cuestiones de familia, la Madre Seton, acusando recibo de la carta del Sr. David, le hace saber que ella espera directrices ulteriores antes de anunciar a las Hermanas el cambio de su propia situación, pues, en ausencia de Sor Rosa -precisa ella- ninguna de las Hermanas querrá tomar el puesto de la Madre sin una orden formal. Unos días más tarde se ente­ra por una carta de Ana María, dirigida a ella desde Baltimore, que Mons. Ca­rroll está puesto al corriente de los proyectos del Sr. David en lo que la concierne. Que los apruebe él, nada menos cierto, al menos Isabel no duda ya en abrirse al viejo arzobispo y pedirle consejo en aquella nueva coyuntura. En rea­lidad. Mons. Carroll no puede salir de su prudente reserva. El sabe, por otra parte que las obras de Dios están marcadas siempre por el signo de la cruz. En los designios de la Providencia, la prueba, la incomprensión, la contradicción tie­nen su papel que jugar ineludible. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo. Si muere, produce mucho fruto (Jn 12, 24). Y en esta perspectiva del modo sobrenatural invita a la Madre Seton a mirar la situación presente con fe.

Usted está destinada -le escribe él- a ser probada por el despojamiento y por la humillación que la conducirán a la confianza y a la paz. Esto tal vez tiene por fin poner el sello de la perfección a sus otros sacrificios y operar en su corazón un perfecto desprendimiento frente a lo que es humano así como la desnu­dez de lo que concierne a las consolaciones espirituales mismas… El Sr. Dubois -prosigue el arzobispo -está sin duda mejor informado que lo estoy yo mismo de los proyectos de los Sres. Dubourg y David. Pero resta que su buen sentido deba y pueda dudar antes de tomar la resolución definitiva de confiar a Sor Rosa el gobierno del convento y de no dejarle a Vd. más que la dirección de la escuela.

Estas últimas palabras permitirán suponer que el Sr. David no estaba todavía seguro del papel subalterno que dejaría a la Madre Seton. En mi sentir -conclu­ye, sin embargo, el arzobispo- ese sería un cambio desafortunado para la prosperidad de la Comunidad. Por eso afirma él que, si se le pidiera su parecer res­pecto a ello, no aceptaría sancionar tal decisión antes de tener en las manos una relación detallada y de haber hablado personalmente con el Sr. David.

Desde el momento en que no puede dudar ya de las intenciones del superior de la comunidad que, hasta nueva orden, es todavía su comunidad, la Madre Seton va a permanecer perpetuamente sobre alerta, temiendo recibir de un momento a otro una orden que será para las Hermanas una causa de perturbación, y correrá el riesgo de arrojar la perturbación en su vida religiosa así como en la obra de apostolado, tan frágiles aún, la una y la otra. Sin embargo, una vez más ella quiere “hacer frente”. Es posible que todas las Hermanas no hayan tomado conciencia, desde el comienzo, de las actuaciones del Sr. David. Isabel, en verdad, no habla de ello abiertamente. Tal vez, confidencialmente, a una u otra de sus hijas, cuando juzga más prudente advertirlo. Es necesario señalarlo de paso: hay en las crónicas de este año 1810, tan borrascoso sin embargo, y tan sombrío en ciertos días, unas páginas que resuenan con una nota de alegría que uno no puede poner ya en duda:

Una hebra de seda, dos hebras de lana…

…Un millar de sufrimientos. Un millar de millares de alegrías…

La distancia que separa White Hou.se de una u otra de las iglesias parroquia­les obliga a poner en movimiento, cada domingo, a la familia entera. Durante la primavera, la Madre Seton hará de esto ocasión de una jornada de asueto general. Es una verdadera aventura, pues el valle dista mucho todavía de estar roturado. Ni puente, ni carretera, precisan las crónicas. Se pasa el río rodeándo­lo, poniendo el pie sobre las piedras. Se lleva la comida de campo en un saco, sin olvidar la sartén de freír… Llegada la hora, nos instalamos en un alegre claro de bosque no lejos de las rocas. Flores silvestres… musgo, verdor, nada falta en la pendiente suavemente inclinada de la montaña. La estrella amarilla de las margaritas en el soto muy cercano, donde los robles vigorosos viven con las hayas y los álamos. Con unas piedras se instala un pequeño hogar. Las ramas secas apañadas por los alrededores chisporrotean pronto allí, mientras la Hermana co­cinera empuña la sartén donde crepita la mantequilla.

Will y Ricksy están en la fiesta. Corren con las alumnas y se divierten con corazón contento. Las Hermanas no se quedan atrás en divertirse alegremente.

Y cuando llega el momento de la oración, Isabel encuentra muy natural entonar el cántico de alabanzas de las creaturas, tomado del libro de Daniel:

¡Obras todas del Señor, bendecid al Señor, alabadle y ensalzadle por los siglos!…, ¡Manantiales, bendecid al Señor!…

¡Todo lo que germina en la tierra, bendecid al Señor!… ¡Manantiales de agua, bendecid al Señor!…

¡Pájaros todos del cielo, bendecid al Señor!… ¡Hijos de los hombres, bendecid al Señor!… ¡Alabadle y ensalzadle por los siglos!… ¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!

(Daniel 3)

La acción de gracias de la Madre Seton es leal. Pero su alegría sobrenatural recubre, en realidad, tal acumulación de fastidio y de inquietud que ella puede escribir, hacia el mismo tiempo, a Matthias O’Conway con igual sinceridad:

Tú podrás burlarte de mí, cuando te digo que he conocido aquí más verda­dera aflicción y preocupaciones, durante los últimos meses, que durante los trein­ta y cinco años de mi vida pasada, que ha estado marcada sin embargo, por la aflicción. Tú te puedes reír, te lo repito, porque tú sabes bien que el fruto de la prueba no se perderá al fin, por lo menos yo lo espero. A veces, sin embargo, es verdad que tiemblo.

A pesar de la incertidumbre que la taladra, la Madre Seton no continúa menos en asumir toda la carga, toda la responsabilidad del superiorato como si nada amenazara el ejercicio de su autoridad.

Da sus clases a las alumnas, verifica las cuentas, de casa, redacta la corres­pondencia que a veces resulta pesada, permanece disponible frente a las Herma­nas cuya angustia íntima ella sabe. Ha tomado a su cargo, además, la instrucción religiosa del pueblo. Da el catecismo, siguiendo el ejemplo lejano de su abuelo Charlton, a los negros como a los blancos. Va a ver a los enfermos en sus casas. Ignora, sin embargo, cada día lo que le reserva el día siguiente. Porque el pro­blema, surgido ya en el momento de la fundación de Emmitsburg, por lo que toca al cúmulo de sus deberes inherentes a su papel de madre de familia y de superiora de una comunidad religiosa, se ha recrudecido verosímilmente con las exigencias del Sr. David. El 3 de agosto de 1810 repite a Isabel Sadler, casi palabra por palabra, lo que escribió a Julia Scott, el 20 de julio:

El derecho de mis hijos permanece inviolable. En consecuencia, si sucede que los deberes con los que estoy comprometida resultan incompatibles con los deberes que tengo hacia ellos, es a estos últimos a los que deberé dar el primer lugar. Tal fue la condición conforme a la cual nuestro arzobispo, Mons. Carroll, consentía en verme venir aquí. Todas estas cosas están en la mano del Divino Pastor. Yo estoy en paz.

Seis días más tarde, precisa ella con destino al Sr. George Weis: Todo está aquí de nuevo en suspenso, y he llegado por ello a pensar en volver a comenzar a vivir en el mundo con mi pobre Anina, Kate y Rebeca… Nuestra situación es más inestable que nunca.

Este año de 1810, Anina vuelve a Emmitsburg. El peligro que ella ha corri­do en Baltimore, con ser diferente de los que la madre había temido para ella, no era menos amenazante. Apenas el barco que llevaba a Carlos Dupavillon a la Guadalupe había levado anclas, al fin de la primavera, cuando la adolescente se siente terriblemente sola. Lejos de Carlos, lejos de su madre. Desamparada. ¿Tuvo ella razón de hacer al joven la promesa, por frágil que fuera, que le dio? ¿Hizo mal en no concederle como prenda de esta Promesa el beso que él recla­maba? ; Pero no ha disgustado ella a su madre, sólo con amarle? ¿Qué debía ha­cer? ¿Qué debe hacer ahora? El Pánico le invade. ¿El temor a vivir?

No ha terminada el mes de junio cuando se pone a añorar la Casa Blanca de Emmitsburg. Y la presencia maternal, Y la ternura maternal. Nada le interesa ya en Baltimore, ni la sociedad de la familia Barry, ni los cursos de música, ni las lecciones de dibujo. Grita su aflicción a su madre en cada una de las cartas que le envía. Quiere volver a San José: .Soy muy desgraciada aquí -confiesa–­casi tanto como lo era en la montaña… Deseo mucho, mucho, estar contigo. No puedo hacerme a la idea de pasar el invierno aquí. Es por lo que en julio, anulando todos los compromisos que había tomado para ella en Baltimore, Isabel ha hecho volver a su hija al convento de Emmitsburg. La crisis que atra­viesa Ana María no está resuelta, sin embargo. ¿Cómo lo iba a estar?

Así pues, aunque canónicamente hablando la situación excepcional de la Ma­dre Seton había parecido resolverse desde avíe le fue concedido en principio con­tinuar asumiendo la doble tarea de madre de familia v de superiora de una comunidad religiosa. la conciliación de sus deberes, prácticamente, se presenta cada vez más delicada. Isabel toma conciencia dolorosamente del inevitable desgarra­miento que de ello resulta. En una carta dirigida a Catalina Dupleix, el día 11 de febrero de 1811 afirma:

Por la ley de la Iglesia, que yo amo tanto, no podría contraer obligaciones que serían capaces de obstaculizar mis deberes hacia mis hijos, excepto si dispu­siera de un capital en su favor, y que tuviera para ellos un tutor, cosa que el mundo entero no podría darme, dado el sentido de mi responsabilidad en cuanto madre de familia.

En estas condiciones, ¿debe o no la Madre fundadora dejarse deponer de su cargo, considerando su dimisión como una indicación providencial que la lleva­ría a una vida de familia, que le permitiría así ocuparse más de la educación y de la situación de sus cinco hjos? ¿Debe, por el contrario, persistir en oponer a las embestidas del Sr. David una paciencia a la vez humilde y firme para evitar que una decisión arbitraria, termine en la dislocación de un instituto del que ella se encuentra ser a la vez superiora y fundadora, sin haberlo buscado? Problema angustiante cuya solución no facilita la actitud del Sr. David.

La incomprensión que reina entre el superior eclesiástico de la comunidad y la Madre Seton no es tampoco como Para facilitar la elaboración de las reglas que debían regir el ¡oven instituto, cualquiera que fuera, por otra parte, su superiora. Que Isabel había querido adoptar el espíritu vicenciano y calcar la vida de su comunidad sobre la de las Hijas de la Caridad en Francia, es cosa cierta.

Prueba, estas líneas dirigidas, el 9 de enero de 1810 a Isabel Sadler, que había estado en París unos años antes: Si te acuerdas del modo de vida de las Hijas de la Caridad, en Francia, antes de la Revolución y después, conocerás en una palabra la regla de nuestra comunidad que asegura simplemente lo que es nece­sario tocante a regularidad para que reine el orden, sin nada más.

Y a Rosa Stubbs, a unos días de intervalo: Nuestra comunidad aumenta rá­pidamente no hay duda que esto será un gran bien para el cuidado de los en­fermos y la instrucción de las niñas, que es nuestro primer quehacer. La regla es tan fácil de seguir que representa apenas algo más que lo que hace una persona que tiene una vida sobrenatural, hasta en el mundo.

Regla simplicísima, espíritu de San Vicente de Paúl, a eso se atiene Isabel por el momento. Los Sulpicianos, personalmente, van más lejos en sus proyectos. ¿No ha deseado durante quince años, el Sr. Dubourg el establecimiento de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en América? Ellas habían enjambra­do ya en el extranjero, en Polonia especialmente. ¿Por qué no en los Estados Unidos? Parece pues que aquellos señores de San Sulpicio habían pensado, desde 1810, en la unión de la pequeña comunidad de las Hermanas de San José agru­padas en torno a la Madre Seton con la Compañía de las Hermanas de San Vi­cente de Paúl.

Y precisamente este año de 1810 el Sr. Flaget acaba de embarcarse para Francia. Desgarrado personalmente también entre la obligación que representa para él su nombramiento para el obispado de Bardstown y su deseo siempre más vivo de entrar en la Trapa, ha decidido no tomar ninguna decisión, ni en un sentido ni en otro, antes de haber hablado sobre ello de viva voz con su superior, el Sr. Emery. Es entonces cuando sus cohermanos de Baltimore le confían la mi­sión de sondear en París a la Superiora de las Hijas de la Caridad, cuya Casa Madre está sita, entonces, en la calle del Vieux-Colombier, en la parroquia misma de San Sulpicio. Sondear, y si la acogida es favorable, comenzar ya las conversaciones que permitirían una unión lo más rápida posible de la Madre Seton y de sus Hijas con la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Ahora bien, cuando el Sr. Flaget vuelve a Maryland, en los corrientes del mes de agosto, trae de París más de lo que había osado esperar: la copia misma de las Reglas de la Sociedad que le había sido entregada. El hecho es en sí mismo una prueba cierta de que la Superiora General de las Hermanas de San Vicente de Paúl había entrado sin reticencias en los proyectos de los Sulpicianos. Comunicar las reglas elaboradas por el Sr. Vicente y la Señorita Legras a las Hermanas de Emmitsburg, era considerarlas desde entonces como miembros de la Sociedad.

Por un momento el Sr. Flaget creyó poder traer consigo a tres Hermanas de la Caridad, lo que hubiera tenido por consecuencia sellar inmediatamente la unión deseada. Los acontecimientos políticos no permitieron a las Hermanas una salida tan rápida. La fecha acordada para un próximo futuro resulta en realidad muy aleatoria.

Al menos el Sr. Flaget trae, igualmente con destino a la Madre Seton y a sus Hijas, una carta que ha querido escribirle una de las tres Hermanas designadas a Maryland, Sor María Bizeray. Esta misiva suya bastaría por sí sola para disipar todo equívoco, si lo hubiera. Sus páginas fechadas el 12 de julio de 1810 fueron escritas en Burdeos.

Mis queridas Hermanas, coma todavía no está en mi poder dejar Francia, os escribo para daros la prueba de que sois el objeto de mis pensamientos. Espero ser dichosa con veros dentro de pocos meses o cuando el Todopoderoso, que nos llama a nuestro santo estado, y que me ha inspirado como a varias de mis Hermanas el deseo de seros útiles, tenga a bien disponer los caminos para nuestra salida. Place a ese Dios todopoderoso, que escogió a pobres pescadores, hombres débiles e ignorantes, para ser los fundamentos de su Iglesia, emplear los instrumentos más débiles de nuestros días para gloria de su nombre. Ciertamente, el empleo que hace de ellos le es agradable ya que servirán para fundar un establecimiento cuyo único objeto es asistir a sus miembros dolientes. ¡Oh, qué bella es esta vocación que nos llama a marchar sobre las huellas de nuestro divi­no Salvador, a practicar las virtudes cuyo ejemplo El nos ha dado y a ofrecernos a nosotras mismas en sacrificio a Aquel que se ofreció por nosotras! ¡Qué reco­nocimiento, qué amor no debemos nosotras a ese tierno Padre que se ha dignado escogernos para esta sublime vocación!

Agradezcámoslo, pues, mis queridas Hermanas, y pidámoslo unas para otras, a fin de que El nos conceda la gracia de corresponder fielmente al privilegio inestimable que hemos recibido de El. Recurramos a San Vicente de Paúl, nuestro Padre, a la Señorita Legras, nuestra madre venerada, a fin de que ellos nos obtengan esa dicha a nosotras, que somos sus queridas hijas. No hay duda de que les somos queridas ya que les amamos y queremos serles sumisas.

Como el Sr. Flaget ha debido deciros las sentimientos que nos han inspirado su celo y el interés que os tiene, termino, queridas Hermanas, que pronto seréis nuestras compañeras, asegurándoos la sincera y total devoción y respecto de vuestra muy humilde servidora.

Sor Agustina Chauvin y Sor Woirin ponen también sus firmas al final de la carta destinada a las que ya consideran como sus Hermanas americanas. A decir verdad, los Sulpicianos han precipitado tal vez las cosas un poco más allá de lo que hubiese deseado Mons. Carroll. Pues la confirmación de aquellas reglas, lige­ramente modificadas, no sería dada oficialmente, por el obispo de Baltimore hasta el de 17 de enero de 1812. En 1810, 1811, ni Mons. Carroll ni el Sr. Dubois, ni Mons. Cheverus san partidarios de la unión de la comunidad de Emmitsburg con la sociedad de las Hijas de la Caridad. El Sr. David, personalmente, la deseaba ardientemente. De todas formas, es necesario dejar al arzobispo tiempo para exa­minar las reglas traídas de Francia. Más que nunca conviene seguir el prudente consejo del Sr. Vicente: No pasar por encima de la Providencia.

Los sulpicianos, por otra parte, tienen entonces otras tareas, otras preocupa­ciones que les reclaman. El Sr. Flaget ha recibido del Sr. Emery, su superior, más que el consejo, la orden de aceptar humildemente la elección que el Papa Pio VII ha hecho de su persona para la sede episcopal de Bardstown. El dejará por con­siguiente Baltimore, llevando consigo en calidad de secretario al Sr. David. Y uno y otro tenían un puesto importante entre el personal docente del Seminario de Santa María de Baltimore. El 28 de octubre, 1 y 4 de noviembre de 1810, los titulares de los tres obispados de Filadelfia, Boston y Bardstown reciben de ma­nos de Mons. Carroll la consagración episcopal. Son el R. P. Michel Egan, fran­ciscano irlandés, Juan Luis Lefebvre de Cheverus, del clero secular, y Benito José Flaget, de la Compañía de San Sulpicio. Aprovechando el banquete dado en Baltimore con ocasión de esta triple solemnidad, el Sr. Flaget, superior de los sulpicianos de América, anuncia oficialmente que dimite de su cargo en favor del Sr. Tessier.

Para sacar a flote el cuerpo profesoral del seminario y del colegio, el Sr. Fla­get no ha traído con él más que un único recluta de Francia: el Sr. Bruté de Rémur, el cual hubiera preferido otro cargo que el de profesor, ya que su deseo era llevar una vida de misionero. No es extraño, pues, que el año 1810 se acabe sin que haya sido tomada ninguna decisión respecto a la comunidad de Emmits­burg.

Obispo desde el 4 de noviembre de 1810, Mons. Flaget, sin embargo, está todavía en Baltimore en la primavera de 1811. Igualmente, su secretario. El Sr. David, hubiera podido, habida cuenta de su nuevo cargo, presentar su dimisión de superior eclesiástico de la comunidad, desde el invierno de 1809. Ha creído deber suyo conservar hasta el último momento tanto su título como su oficio ante las Hermanas. Parece incluso que ha querido a todo precio, antes de su salida para Kentucky, ver a Rosa White ocupar el lugar de la Madre Seton. Con este propósito, establece un nuevo plan. Hará venir a la Madre Seton a Baltimo­re, obtendrá durante ese tiempo el nombramiento de Sor Rosa como superiora de Emmitsburg, adonde no volverá a llamar a la Madre Seton, sino para ponerla delante del hecho consumado. Después de lo cual, Isabel será enviada de nuevo a Baltimore para tomar allí no ya la dirección de una escuela, sino la de un hospital.

De todas estas maniobras que se prosiguen a socapa, una futura postulante, Margaret George tiene al corriente a la fundadora. La Madre Seton aguarda a ser llamada de un día a otro por el Sr. David. Pero es Sor Rosa quien recibe, en febrero de 1811, la orden de partir para Baltimore. La superiora, aun com­prendiendo que el Sr. David sobrepasa, haciendo aquello, los límites de sus po­deres, no puede oponerse a la marcha de su asistente. Que de aquí resulte una tensión entre las dos mujeres es cosa inevitable. Lo maravilloso, de veras, es más bien que no se haya producido entonces una verdadera escisión entre los miem­bros de la comunidad de Emmitsburg. Era necesario, en verdad, que la unión de los corazones y de los espíritus estuviera cimentada por un amor sobrenatural auténtico y profundo para ser capaz de resistir a la tempestad que, imprudente­mente, el Sr. David había desencadenado. La Madre Seton, sin embargo, escri­be de nuevo a Mons. Carroll. De nuevo, Mons. Carroll se mantiene a la expec­tativa. No quiere forzar nada, zanjar nada, sino permanecer siempre frente a la Madre Seton con el mismo parecer: “Si se le permite -responde él- retractar su cargo de superiora de la comunidad, me alegraría de ello por usted personal­mente, pero mi esperanza en lo que concierne al porvenir de ese establecimiento quedaría grandemente debilitada”.

¿Fue la actitud a la vez discreta y firme del arzobispo? ¿Fue la intervención del Sr. Tessier o de Mons. Flaget? Lo cierto es que el Sr. David acaba por re­nunciar, hacia fines de marzo, a sus pretensiones en lo concerniente a su hija espiritual Rosa White. Pero no deja, con todo, de proponer con un ingenuo can­dor, que subraya al menos hasta qué punto le falta la más elemental psicología práctica, predicar a las Hermanas su retiro anual antes de embarcarse para Boston.

Ante tal proposición inoportuna, la Madre, Seton, esta vez, salta literalmente de sus quicios. ¡Para acabar de introducir la perturbación en la comunidad, nin­guno, evidentemente, podría ser más indicado que el Sr. David! Lógica, a pesar de una llama de indignación demasiado tiempo contenida, hace notar el sul­piciano que un retiro es actualmente cosa inútil, ya que, de todas formas, ese retiro no será seguido de la aplicación de las reglas que están entonces en estudio, y que tal vez, no serán jamás puestas en vigor, al menos según el tenor que les ha dado el Sr. David. En cuanto a discutir con él a este respecto ¿para qué, si el nuevo superior tiene otras ideas que él querrá a su vez, imponer a la comunidad?

Más tarde, la Madre Seton comentará el tono tajante de esta declaración que calificará de impertinente. En abril de 1811, no le impide ningún escrúpulo hacerla llegar a su destinatario. Si fuera menester romper con alguien, más valía que fuera con el Sr. David. El -al parecer- no acusa recibo de la carta. El 12 de mayo se embarca con Mons. Flaget para Kentucky, y Rosa White, vuelta pronto a Emmitsburg, tomaba de nuevo junto a la Madre Seton su puesto de asistente. Su fraterna y cálida amistad recobra de pronto todos sus derechos co­mo si nada hubiera pasado que las pudiera oponer una a la otra.

Para Isabel pasaba una página más dolorosa y fecunda.

Un millar de sufrimientos… un millar de millares de alegrías dispensación de la gracia…

Así se expresará en los Dear Remembrances, lanzando una mirada de con­junto sobre los primeros años de la Comunidad de Emmitsburg.

En el número de millares de alegrías hay todavía una que surge radiante, en medio de las preocupaciones y penas del año 1810. Unas semanas después de la consagración de los nuevos obispos, el 21 de noviembre exactamente, la Madre Seton es requerida en el locutorio de White House. Dos eclesiásticos la esperan allí a los que ella no había visto jamás.

-Soy Juan Luis de Cheverus-, dice sencillamente uno de ellos. Ella besa con respeto el anillo pastoral del joven obispo de 42 años. Así pues, he ahí ante ella aquel hombre “elocuente y erudito” a quien hace cinco años ya, Antonio Filicchi le había aconsejado exponer las dudas en que se debatía entonces su espíritu. Ella se alza de nuevo, adelanta los sillones para sus visitantes, dichosa, emocionada de conocer al fin el rostro de aquel cuyas cartas en 1805 habían tenido tanto peso en la resolución que la había llevado a entrar en la Iglesia Ca­tólica para conducirla fácilmente allí donde Dios la esperaba, a la cabeza de la primera comunidad religiosa femenina de América.

Mons. de Cheverus ha presentado a su compañero: Mons. Egan, obispo de Filadelfia. Para Isabel no es posible oír pronunciar el nombre de esa ciudad sin unirse con el pensamiento a su amiga Julia Scott. ¡Cuánto desearía que entre

el nuevo obispo de Filadelfia y Julia se entablara un diálogo como se entabló para ella con el Sr. de Cheverus una correspondencia de la que brotó tanta claridad y tanta gracia y tanta paz! La mirara de Mons. de Cheverus, a la vez profunda y teñida de una extrema bondad, se posa intensamente en la Madre fundadora. El gesto mesurado de la mano subrayando las palabras que pronuncia, revela en él a un hombre de una gran finura y de una rara distinción. Ni hasta el tono de su voz cálida y bien timbrada deja de tener a Isabel bajo su encanto. En verdad, el Sr. de Cheverus es ciertamente tal como siempre ella se lo había imaginado. La certidumbre de encontrarse, ante un hombre de Dios por quien le habían sido dadas tantas luces, le es un íntimo consuelo.

Invita a los prelados a permanecer unos días en Emmitsburg, para mayor ale­gría de las Hermanas. Ellos se niegan con sentimiento. Su tarea les llama a cada uno en su propia diócesis. No podrán en absoluto retardarse en la Montaña más de dos días. ¿Sería al menos posible a la Madre Seton hablar a solas con Mons. de Cheverus y someterle los graves problemas que no han encontrado todavía su solución definitiva: el de la comunidad de San José y el de sus cinco hijos?

De esta breve estancia pasada en el convento de Emmitsburg, Mons. Egar, y Mons. de Cheverus llevan un radiante recuerdo: He visitado la “Santa Mon­taña” -dirá pronto el obispo de Boston- y he quedado muy edificado de todo lo que allí he visto.

Con la dimisión del Sr. Nagot y la marcha para Kentucky de Mons. Flaget y del Sr. David, su secretario, se mostraba inminente una reorganización en los cargos ocupados por los sulpicianos de Maryland. Las Hermanas de la Caridad de San José esperaban no sin ansiedad, el nombramiento de su nuevo Superior. Antes del verano, el Sr. Tessier que acababa de suceder al Sr. Nagot, designa a su vez reemplazante del Sr. David. Es el párroco de Emmitsburg, el Sr. Du­bois en persona. Un gran soplo de confianza, de esperanza, alivia los corazones. Todas y cada una de las Hermanas están dispuestas a confirmar: suponiendo que se les hubiera pedido su parecer personal para tal nombramiento, sería al Sr. Du­bois a quien habrían dado sus sufragios. Las espaldas encorvadas de la Madre Seton se encuentran de un sólo golpe aligeradas de su aplastante carga.

Una nueva primavera comienza, realmente, para la Comunidad. Una especie de renacimiento espiritual sintoniza con la gozosa renovación de la naturaleza tan magnífica en esta estación, al pie de las Montañas Azules. Isabel siente brotar en lo más profundo de su ser un retorno de vitalidad. Ella piensa hacer partici­par por un momento a sus amigas, Julia Scott, Isabel Sadler y Catalina Dupleix, del encanto de la primavera en “su valle”.

Sería tan dichosa -como escribe a Sad- en hacerles admirar la montaña y la belleza de sus sombras a la hora del sol poniente, y la ondulación de los cam­pos de trigo y los sotos cubiertos de flores y la morada apacible cual es la Casa Blanca. Le parece tan sencillo, personalmente, frente a semejante espectáculo, dejar al espíritu elevarse derechamente hacia el Señor. Cuanto mi alma está más verdaderamente unida a Dios -explica ella- más capaz es de gustar el encanto de su creación. Ven, querida Isabel -dice ella-; al menos trata de venir; di al menos que tratarás de venir. Es que el amor de Dios, lejos de encoger el corazón que posee, lo vuelve, al contrario, capaz de amar con más ternura con más fuerza también a todos los que ya amaba. En fin, ¡es el amor! -dirá naturalmente con Teresa de Ávila.

Tranquila, ahora, en lo que concierne al porvenir inmediato de su pequeña comunidad, Isabel escribe el 24 de junio, una larga carta a Antonio Filicchi, pa­sando revista, para el queridísimo amiga de Liorna, a los hechos más notables que han sucedido en los corrientes del año 1809. Y como en una filigrana se transparenta a través de cada una de las páginas la indefectible gratitud que ella guarda frente a los que, los primeros, guiaron sus pasos por el camino de la ver­dad total. Después de haber recordado la muerte de Enriqueta y de Cecilia, por si acaso los correos precedentes no hubieran llegado a Europa, prosigue:

Las tengo a las dos reposando cerca de nuestra morada y allí digo mi TE DEUM cada noche. ¡Oh Antonio, si pudiérais, tú y Felipe, conocer la mitad tan sólo de las gracias que nos habéis procurado a todas nosotras! Mi Ana marcha ahora sobre sus huellas, en ella resplandece la juventud, la belleza, la gracia, in­teriormente y exteriormente; y es preciso de veras que se la admire como la más evidente bendición, no solamente para su madre, sino para muchos otros. Mis otros dos hijitos son niños excelentes: no hablan de nada más, ni piensan en nada más que en servir y amar a nuestro Señor. Yo no hablo de la vida religiosa, de la que no es posible juzgar a su edad, sino que hablo de su deseo de ser suyos, don­de ello deba ser.

La esperanza lejana que me da tu carta, de ver realizarse tu proyecto de venir a mi país, arroja una luz sobre el sombrío porvenir por lo que hace a mis hijos. No, a decir verdad, en el plano de sus bienes materiales. Nuestro Señor sabe que jamás me causaría pena, aunque tuviera que verles reducidos a mendigos en tan­to que ellos guarden su fe y la pongan en práctica. Su porvenir, en caso de que yo llegase a morir es, financieramente hablando, tan desolador como posible, a menos que fueran puestos en manos de sus viejos amigos; pero entonces eso sería para ellos casi la ruina total de sus principios religiosos.

Todo lo abandono, de esto puedes estar seguro, a Aquél que alimenta los pá­jaros del cielo, como tú dices, pero dado mi estado de salud actual -estoy lite­ralmente en las últimas-, ¿puedo yo mirar a mis cinco, sin los temores y las ansiedades de una madre cuyos únicos pensamientos y únicos deseos aspiran únicamente a su eternidad?

He hablado –dice ella- de estos temores a Mons. de Cheverus, cuando se detuvo en Emmitsburg a fin de noviembre de 1810. El parecía tener mucha es­peranza en cuanto a ellos y me indujo a creer que haría personalmente todo lo que estuviera en su poder para protegerlos. A él y a ti y a tu corazón fraternal los confío en este mundo, concluye Isabel. Luego expone a Antonio la situación de White House, este año de 1811.

Hemos obtenido la confianza de tantos padres que se dirigen a nosotras para la educación de sus hijas -una cincuentena aproximadamente, sin contar las alumnas que se reciben gratuitamente- que ello nos ha permitido continuar nuestro camino sin deudas, sin problema de dinero.

Sigue una alusión discreta a las dificultades encontradas con el Sr. Dubourg al Sr. David: Nuestro primer director no me ha encontrado tan flexible como lo son generalmente los conversos. Es que yo debía tener cuenta de mis frágiles hijas en el estado religioso, que sería el mío. Las conversaciones que tuvo, al contra­rio, con Mons. de Cheverus y Mons. Carroll -explica ella- la confirmaron en la posición que ella creyó deber guardar a este respecto.

Mons. Carroll ha tomado actualmente sobre nosotras la autoridad que, pri­mitivamente, había dado a otro. Todo lo que hago, hasta en lo concerniente a los puntos de menor importancia, es sometido a su decisión. ¡Oh Antonio, cuánto ha crecido en nuestros “bosques agrestes” como tú los llamas, la obra bendita que te es tan querida! ¡Bendito, bendito mil veces su santo Nombre, bendito sea siempre!

Tú diriges siempre tus cartas a Baltinzore -prosigue ella- pero nosotras es­tamos a 50 millas de la ciudad, en medio de los bosques y de las montañas. Nada de guerras o de rumores de guerras aquí, sino campos donde madura la mies. La Iglesia del Monte de Santa María, la Iglesia del pueblo San José y la gran casa que tiene una capilla privada -NUESTRO DUEÑO ADORADO ESTA SIEMPRE ALLI- son todas nuestras riquezas. “Old Barry” (Napoleón) no las codiciaría, por más que uno de los oradores más elocuentes y más distinguidos de la abogacía de Nueva York, escribió a nuestra pobre Enriqueta que, sin contar las demás razones que ella tenía para no escuchar “la voz de sirena” de su hermana, el preveía que “de aquí a unos años” todo edificio católico sería quemado hasta sus cimientos y que oiríamos derrumbarse nuestra casa junto a nosotras. ¡Eso sería bastante ex­traño en esta tierra de libertad!

La carta da al fin un pequeño resumen de la vida espiritual llevada en Whit,; House: Todas las niñas van a comulgar una vez al mes, salvo la pequeña Rebeca. Anina, una vez por semana. Y, créeme, no tienen necesidad de ser estimuladas por la influencia de su madre en lo que mira a la gratitud llena de cariño que ellos profesan a sus amigos verdaderos y muy queridos por quienes han sido guia­dos a la luz de la vida eterna… Todo el mundo, además, —afirma Isabel- ella en cabeza, sus hijos y su comunidad tratan de pagar su deuda de reconocimiento hacia los Filicchi con una ardiente y fiel oración.

¡La eternidad! ¡La eternidad! –concluye la larga misiva- ¿la pasaré yo con­tigo, hermano mío? ¡He recibido tanto! ¡Esa eternidad no solamente no la he merecido, sino que he hecho todo para incitar a la Mano adorable a negármela!

Escrita con la espontaneidad de la que no se aparta jamás Isabel cuando se dirige a Antonio, quien la puede seguir perfectamente y tanto en el plano espiri­tual como en el plano familiar, esta carta redactada al comienzo del verano de 1811 es reveladora de la situación de espíritu de la Madre. Que ella sea feliz en sus “bosques agrestes” imposible dudarlo, sobre todo desde que el Sr. Dubois ha tomado la sucesión del Sr. David, como superior de la comunidad. El Sr. Du­bois que está en funciones, como la Madre Seton se apresura a hacérselo notar a Mons. Carroll con evidente satisfacción, es, además, un hombre de muy buen sen­tido. El ha probado muy pronto que en el estado presente de las cosas, él debía retirarse a un segundo plano para dejar el primer papel al arzobispo de Baltimo­re. Dichosa, sosegada, la fundadora puede ahora escribirle con toda sencillez: El Sr. Dubois me ha recomendado siempre dirigirme a usted, lo que no sola­mente está dentro del orden querido por la Providencia, sino que además es la única forma para mí de encontrar la paz del espíritu.

Sobre otro plano, sin embargo, la Madre Seton no ha encontrado todavía la paz. El porvenir de sus hijos no cesa de obsesionarla y el deseo secreto del que no puede deshacerse, de querer para cada uno de ellos una gracia semejante a la que ella ha recibido personalmente. Ella confesará un día que su sueño hubiese sido ver a Guillermo o a Ricardo llamados al sacerdocio. De Anina, de Catalina y de Rebeca ¡cuánto quería hacer unas religiosas como ella! Ahí está, con toda evidencia su fallo psicológico. Porque tal deseo, más o menos conscientemente sostenido, turba prácticamente la lucidez de su juicio en cuanto a sus hijos y le dicta a su respecto una actitud que corre riesgo de no ser siempre la buena.

A decir verdad, la situación de una madre de familia a quien Dios llama ma­nifiestamente a abrazar la vida religiosa, más aún, a convertirse en fundadora de un instituto religioso, no puede revelarse sino extremadamente compleja. Cual quiera que sea el comportamiento de aquella a quien se le pide responder al mismo tiempo a dos vocaciones de apariencia contradictoria, ese comportamiento sólo puede desconcertarnos en uno u otro plano. Por nuestra impotencia para juzgar finalmente sobre una condición excepcional que nos supera, nos es necesario tomar nuestro partido. El historiador, en este caso, puede constatar los hechos, esforzarse en explicarlos, no le pertenece juzgarlos.

Juana Francisca Fremiot de Chantal se convierte en fundadora de la Visita­ción de Santa María, y, para responder a una vocación sancionada por Mons. de Ginebra, debe dejar prácticamente a otros el cuidado de completar la educación de sus hijos más pequeños, Francisca y Celso Benigno, sin perderlos, sin embar­go, jamás de vista un solo instante. Su círculo familiar grita con escándalo. Bárbara Avrillot, “la bella Acaria” llega a ser, bajo el velo blanco de las Her­manas, Sor María de la Encarnación en el Carmelo de Amiens donde una de sus propias hijas es sub-priora. Porque sus tres hijas no la siguieron, sino que la precedieron en el convento cuya erección había preparado ella, formando, en su propia casa a las futuras novicias de los primeros carmelos de Francia, aún en vida de su marido, lo que estuvo lejos de hacer fácil aquella formación. Cuando María Martín-Guyard, otra María de la Encarnación, entró en las Ursulinas de Tours, de donde partirá unos años más tarde para el Canadá, su hijo Claudio sólo tenía 12 años. Empujado por sus tíos, sus tías y todos los suyos el niño va a tirar piedras a los cristales del monasterio, gritando: “¡Devolvedme a mi madre!”. Llegará un día, sin embargo, en que Dom Claudio Martín, bajo la cogulla negra de los Benedictinos de San Mauro, escribiendo la vida de aquella Madre, toda rutilante de gracia divina, comprenderá, personalmente, desde esta tierra, cómo la vocación excepcional de aquella que parecía abandonar a su hijo, había sido, en realidad, para él un manantial de bendiciones.

Menos afortunada que María Martín-Guyard, Luisa de Marillac, viuda del Sr. Le Gras -cuya vida gusta Isabel meditar- debía conocer en lo concerniente a su hijo Miguel más sinsabores y sufrimientos que alegrías. Ella hubiera deseado tanto, también, verlo acceder un día al sacerdocio. Entra en uno de los semina­rios muy recientemente fundados, gracias a la iniciativa del Sr. Vicente. No puede permanecer allí. A los 17 años, Miguel Le Gras no es más que un inestable que no se encuentra bien en ninguna parte, ya levantado por olas. de entusiasmo, ya deprimido, en lucha con su negro desaliento. Se casará finalmente sin conocer jamás ninguna de las salidas que su madre había soñado para él.

Ahora bien, aquellas mujeres de Francia, educadas en el medio católico an­cestral de la vieja Europa, no habían escapado a los problemas, a las inquietudes, a los errores de cambio, a veces incluso a los fracasos, frente a los hijos que Dios les había concedido traer al mundo, antes de llamarlas a ellas a la vida reli­giosa. ¿Quién se extrañaría, entonces, de que la fundadora americana salida de una familia episcopaliana y colocada por la Providencia a la cabeza del primerísimo instituto religioso de su país, se haya encontrado expuesta a unas dificultades de las que, humanamente, no parece haber triunfado siempre, sin que su fidelidad a la gracia, sin embargo, quedase menguada?

Por: Marie-Dominique Poinsenet.
Publicado en CEME, 1977

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