Isabel Seton, la biografía: 20 – Las montañas azules

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Señor, Tú eres mi Dios,
yo te exalto y celebro tu nombre;
porque Tú has ejecutado tu maravilloso designio
largo tiempo madurado, real y verdadero.
Is 25, 1-2

En la carta dirigida el 23 de mayo de 1809 desde Baltimore a su amiga Julia Scott, Isabel, haciendo alusión a la instalación próxima de su pequeña comuni­dad en Emmitsburg, en la finca de Fleming Farm, traza en unas líneas, no sin una candidez encantadora, el programa, tal coma se la representa, del papel de superiora, que va ser el suyo.

Es cierto que voy a estar a la cabeza de la comunidad que seguirá unas reglas determinadas. Pero esas leyes, no seré yo quien las dé o quien estará en­cargada de obligar a las demás a observarlas. Las que las hayan abrazado y escogieran, a continuación, infringirlas encontrarán en ¡ni tan sólo una amiga para llamarlas al orden. Pera toca al Sr. Dubourg llegar a corregirlas, y hasta des­pedirlas.

Tal afirmación dejaría suponer que, desde el 1° de junio de 1809, el Sr. Du­bourg queda nombrado Superior del Instituto naciente. En realidad, es el Sr. Nagot quien asume esta responsabilidad, temporalmente al menos, ya que encargarse de una congregación femenina no cuadra con las reglas de la Compañía de San Sulpicio.

La situación de los Sulpicianos, como la de entonces, en Maryland, justifica, sin embargo, una mitigación de las reglas mismas. El Sr. Nagot que es todavía Superior de los misioneros franceses ha aceptado, en efecto, convertirse igual mente en Superior de la pequeña comunidad de Hermanas, bajo La autoridad de Mons. Carroll. Pero es evidente que el Sr. Nagot, que cumplirá pronto 75 años, declina sobre el Sr. Dubourg la organización de la vida conventual, la elaboración de las primeras reglas, como las negociaciones que están entonces en curso para la transformación y arreglo de las locales de la granja Fleming, adquirida en Emmitsburg, gracias al don liberal del Sr. Cooper. Porque es ciertamente en Emmitsburg, aquel pueblo situado a 50 kms. al norte de Baltimore, donde van a instalarse la Madre Seton y sus hijas. Es en Emmitsburg, donde va a nacer verdaderamente su obra, hundiendo allí sus raíces profundas y fértiles.

Un hombre de valer, que sirve prácticamente a las dos parroquias de San José y de Santa María, se ha adquirido ya allí cierto renombre. Es un sacerdote francés. Desde fines del año 1808 -8 de diciembre, al parecer-, ha sido agregado a la Compañía de San Sulpicio. Se llama Juan Dubois. No tiene aún 45 años. En 1826 será el primer obispo que tome posesión de la sede episcopal de Nueva York, cuyo primer titular había muerto antes de haber podido llegar a su diócesis. Así Mons. Dubois será considerado, él también, como uno de los Padres de la Iglesia de América.

Nacido en París en 1764, hizo sus estudios en el colegio Louis le Grand, teniendo por condiscípulos a Maximiliano de Robespierre y a Camilo Des.mou­lins. Recibió su formación clerical de los Oratorianos en Saint-Magloire, donde conoció a Juan Luis Lefebvre de Cheverus. Ordenado sacerdote en 1787 había sido nombrado canellán de las «petites Maisons», hospicio y orfelinato a la vez, que dirigían las Hijas del Sr. Vicente y que ocupaba el emplazamiento actual de la plaza del «Bon Marché» rebasando hasta el ángulo del bulevar Raspail y la calle de la Chaise.

Por el hecho del cargo que ocupó en las «Petites Maisons», el Sr. Dubois ha podido pensar especialmente en la obra de las Hijas de la Caridad, cuyo género de vida conocía bien. Habiendo rehusado, en 1791, prestar el juramento exigido por la Constitución civil, y considerado, desde entonces, como refractario, se embarcó en el Havre, provisto de unas cartas de recomendación firmadas por La Fayette. Anenas desembarcado en los Estados Unidos es recibido allí por André Jackson, futuro presidente, y de él, se ganará, más tarde, este juicio halagador: «El Sr. Dubois es el hombre más fino y más cultivado que yo haya encontrado jamás».

Encargado por Mons. Carroll de las «congregaciones», es decir, de las parro­quias católicas establecidas en Maryland, lleva, durante más de quince años, la vida de misionero itinerante, obligado a recorrer millas y millas para tomar con tacto con sus ovejas, diseminadas en un territorio inmenso. Porque entre las ciu­dades de Baltimore y de San Luis, no habrá, en los primeros tiempos al menos, más curas que él. Emmitsburg era una de las postas donde habitualmente se de­tenía para tomar aliento en medio de su periplo fatigable. Allí encontraba a veces a uno que otro de los Sulpicianos franceses y era recibido por ellos en Baltimore. ¡Por qué no juntarse a ellos? ¿Totalmente? Pide su admisión en la Compañía. En ella es recibido en 1808. Por providencial que sea esta admisión, no es, menos un error de cambio de agujas. En 1824, el Sr. Dubois recobrará su libertad, no por una menor exigencia en el servicio del Señor, sino a fin de entregarse con un sentido un poco diferente a la vida misionera, tal como ella se le presenta, concretamente. No obstante, a pesar de no estar todavía ligado a la Compañía, él acaba de abrir por sí mismo una escuela de muchachos en Emmitsburg. La escuela responde allí a una necesidad evidente. Los comienzos parecen prome­tedores. En cuanto el fundador se hace miembro de San Sulpicio, la escuela va a transformarse en colegio-seminario, sobre el modelo del colegio Santa María de Baltimore. El seminario menor que los Sulpicianos habían establecido, unos años antes en Pensilvania, en Pigeon Hill, es trasladado pronto a Emmitsburg.

El Sr. Dubois es dinámico, emprendedor. Roturar, construir, fundar, respon­de a las necesidades de este hombre de acción, presto siempre a formar nuevos planes, pero también a realizarlos sobre el terreno sin contar con su dificultad. Crear de punta a cabo un nuevo centro de apostolado en Maryland no es para espantarle. El es capaz de asumir las tareas más diversas, por turno y hasta si­multáneamente: arquitecta, albañil, profesor, rector, párroco, catequista… ¿ES siempre un excelente administrador financiero? Tendríamos derecho a dudarlo si hacemos caso al menos, de las cartas escritas por sus cohermanos entre 1816 y 1820. Pero es entonces una época crucial para el futuro de la obra establecida en Emmitsburg y quizás era preciso jugar el todo por el todo.

Parecería, sobre todo, a juzgar por el conjunto de la vida del Sr. Dubois, que él no era un temperamento para plegarse a una disciplina como la de San Sulpicio. Tenía necesidad, para actuar y para llevar a cabo bien las empresas a las que no se lanzaba a la ligera, de tomar sus iniciativas, sus responsabilidades. Capaz de asumir riesgos que algunos llamaban temeridad, y que no eran en él sino la ex­presión de una osadía de buena ley, apoyada en una confianza sobrenatural autén­tica, resulta, además, un tanto original.

Ingresado en la Compañía a los 40 años pasados, no llegará jamás a meterse en un reglamento que él respeta pero que supone para él una traba más que un medio de perfección. «Está por la demás muy unido a San Sulpicio -dirá de él el Sr. Bruté de Rémur, el 20 de agosto de 1815- y desea verse en regla con su vocación». Pero, justamente, su vocación no es con toda claridad la de un Sulpiciano, de un Sulpiciano de comienzos del siglo XIX por lo menos.

Hombre de buen sentido, directo, jovial, va derecho al fin. Choca con sus cohermanos, y entre ellos las que le aman y aprecian es sobre todo por la forma desenvuelta con que juzga los prejuicios de la época, las clases (sociales), la mentalidad. Con un inconformismo que pasa entonces por revolucionario: tiene ese arte de adaptarse a cualquier situación y naturalmente haría suya la expresión del apóstol: «Me hago judío con los judíos, a fin de ganar a los judíos… Me hago débil con las débiles a fin de ganar a los débiles. Me hago todo a todos 3 fin de salvar a toda costa a algunos…» (1 Cor 9, 20-22).

Tranquilamente da cuenta a sus superiores de lo que ha decidido y realizado: «He hecho construir un puente de piedra para salvar un barranco por donde era menester pasar para acarrear la leña de la montaña… He comprado a buen precio dos negras de las que una es mi cocinera, plaza de la que es demasiado difícil que un blanca de este país quiera encargarse… «. Dos cartas de este género llegadas a París entre 1810 y 1820, podían hacer bramar a unos espíritus timo­ratos. Tales actuaciones pasaban efectivamente en Francia por extravagantes, cuando nadie se ofuscaba en los Estados Unidos, en la misma época. Misionero en América, el Sr. Dubois comprendía por instinto que él no debía inculcar a los americanos, una mentalidad europea, sino todo al contrario esforzarse por entrar él en sus maneras de ver, de juzgar y de obrar. Es en lo que él estaba adelan­tado un siglo al menos sobre su tiempo.

El pueblo de Emmitsburg existía hacía ya más de veinte años. Su fundación remontaba al año 1786. Una pequeña iglesia, dedicada a San José, había sido construida allí desde 1793, lo que llevaría a probar que los primeros colonos eran católicos. La población de 1808 contaba varios centenares de habitantes, irlan­deses, sobre todo, y alemanes, a los que se unían los negros, libres o esclavos, con sus familias. Casi un cincuenta por ciento eran católicos romanos. Entre los de­más se codean luteranos, presbiterianos, episcopalianos, cuáqueros y meto­distas. El grupo de católicos domina por su unidad. Emmitsburg ha servido, además, hace tiempo, de campo de base, se dirá habitualmente, a los misioneros del Maryland y de Pensilvania. En 1808 a pesar de que haya en el pueblo un párroco residente, de edad y sin gran competencia, el Sr. Dubois asume prác­ticamente la responsabilidad de la parroquia de San José. Aunque el lugar no sea muy conforme, existe no obstante, una segunda iglesia al otro lado del valle, al oeste. Un santuario había sido construido de madera al pie de la montaña de Santa María, consagrada muy naturalmente a la Madre de Dios, ya que, según la leyenda extendida a través del país, uno de los primeros colonos Guillermo Elder, había dedicado precisamente a la Virgen la montaña y el terreno del que él y los suyos acababan de tomar posesión. En 1808, los católicos de Emmits­burg habían construido para el Sr. Dubois una especie de chalet de troncos. Dos años más tarde, una nueva iglesia, Santa María, construida en ladrillo, reempla­zaba la primitiva y se erguía no ya en declive sino sobre la pendiente misma del montículo y figurando, por este hecho, dominar el pueblo cuyo campanario apun­ta en medio de las casas que se agrupaban en torno a la parroquia.

Un dibujo a pluma del Sr. Bruté de Rémur, conservado en los archivos de los Sulpicianos de París, ha fijado con una extraordinaria precisión la topografía de los lugares y la situación respectiva de los edificios que, desarrollándose poco a poco en torno al pueblo de San José, le dieron, en 1820 su fisonomía propia. Al nordeste encaramado en la cima de una colina cubierta de árboles el pueblo primitivo domina el valle. Un puente de madera, echado sobre el pequeño río Santo Tomás -Tom’s creek-, especie de torrente de montaña, da acceso a las laderas de la montaña de Santa María. Río arriba, un molino, cuya rueda hacen girar las aguas. Los dos edificios del colegio y del seminario, separados uno del otro, se elevan a una y otra parte de otra pequeña corriente de agua que cruzan tres puentes, de los que uno es sin duda el puente de piedra que hizo construir el Sr. Dubois. El camino serpentea en seguida, trepando hasta la iglesia de Santa María.

Al este, en el valle, al pie de San José se elevarán pronto los edificios de la comunidad de las Hijas de la Madre Seton. En este año de 1808 el terreno per­teneciente a Fleming Farm no está quizá enteramente roturado. Las laderas de las colinas, y las riberas del río Santo Tomás, están llenas de árboles. El roble -white oak- es el árbol del Maryland, como la oropéndola -Baltimore oriole­es su pájaro y la margarita amarilla de corazón negro -black-eyed-Susan- su flor y su emblema. A la sombra de los grandes robles, a través de las praderas, abundan las flores y los pájaros no acaban de dar sus conciertos en los sotos y en los claros de bosque. La descripción bíblica del Salmo 103 parece evocar un lugar semejante a Maryland.

En los barrancos Tú haces brotar las fuentes, ellas corren por medio de las montañas, ellas abrevan todas las bestias de los campos. Los onagros, sedientos, las esperan…
El ave del cielo anida junto a ellas bajo el follaje alza su trino.
Ps 103, 11-12

La cadena de las Montañas Azules -the Blue Ridge- tanto la más próxima, como la más lejana sirve de fondo de cuadro a las colinas, al pueblo, de una y otra parte del valle, y se concibe que los habitantes a Emmitsburg, hablen indiferentemente de la Montaña o del Valle, para designar el sitio maravilloso donde el Sr. Dubois había preparada, sin saberlo, la cuna de la primera congregación americana.

Tan pronto como Fleming Farm House esté dispuesta para recibir a las Her­manas y a las alumnas a ellas confiadas, es claro, que la Madre Seton y su comu­nidad dejarán Baltimore por Emmitsburg. La marcha está prevista para la segunda quincena de julio. No obstante, el 12 de junio, llegaban a Paca Street Ce­cilia y Enriqueta Seton. De no haber dependido más que de ella, Cecilia se hu­biera juntado a su cuñada hacía tiempo. ¿No había solicitado ella su admisión entre las primeras compañeras de la fundadora? ¿No tenía, ella también que ha­berse vestido el hábito de las Hermanas de la Caridad de América con Cecilia O’Conway, María Murphy, Susan Clossy y María Ana Butler, aquel 31 de mayo de 1808? En realidad, era el lado por el que, al parecer, debía venirle la ayuda más eficaz para responder a una vocación cierta, donde Cecilia había encontrado los mayores obstáculos.

Deseoso de abrir en New York una escuela para las muchachas, el director de Cecilia, P. Antonio Kohlmann, S. J., lejos de favorecer la marcha de la joven, no había cesado de ponerle trabas. Para impedir a Cecilia llegar a Baltimore, él encontraba razones que hacer valer, pareciendo ignorar a la vez el deseo de su penitente y la situación imposible que, de nuevo, era la suya en New York. Jaime Seton desaprueba abiertamente el proyecto de la escuela proseguido por el Padre Kohlmann. Los Ogden y los Farquhar persisten en llevar contra la cuñada de Isabel una lucha diaria, que, a la larga, se revela agotadora para Cecilia. Hasta tal punto que la Sra. Seton ha creído deber suyo dar cuenta de ello a Mons. Ca­rroll mismo. Pero es prácticamente imposible para el arzobispo oponerse abier­tamente a los proyectos del viejo jesuita alemán, elegido él también para ponerse al servicio de la diócesis americana. La Madre Seton es demasiado fina para no comprenderlo. Dios hará caer -ella está persuadida de ello- todos los obs­táculos que se oponen al presente a la vocación de Cecilia, a la hora que El tiene marcada. Pesada, sin embargo, sigue siendo la prueba de la joven. Isabel lo sabe y, maternalmente, se esfuerza con sus cartas en animarla y sostenerla, maravillada de ver al mismo tiempo, hasta que punto se ilumina y se transforma en el crisol de la prueba, el alma sencilla y fiel de Cecilia.

Tú triunfarás -le dice ella ya el 8 de agosto de 1808- pues es Jesús quien combate por ti… El no abandonará un instante ni sufrirá que el menor mal se

te acerque. Si no puedes llegar al redil protector que te aguarda El te lo hará en su propio regazo hasta que tu tarea sea cumplida. ¡Qué dulces deben de ser tus tratos con el Espíritu divino cuando en tu corazón no obstante tan inexperto, tan ignorante, pone la ciencia de los santos. Tu pobre hermana te pide ruegues por ella. Yo estoy en el reposo, mientras que tú escalas la cumbre del sufrimiento… Por el momento yo estoy recibiendo cada día y a cada hora más preciosos con­suelos, no con la dicha entusiasta que -tu ya lo sabes- he experimentado ya, sino dulcemente ofreciendo renunciar a ellos con agradecimiento en el momento mismos de gustarlos. Tu carta será objeto de acciones de gracias y de alegría en nuestro amado Señor, más allá de todo cálculo humano… Y añade, repitiendo la frase de Teresa de Ávila: ¡Sólo Dios basta!

Cecilia recibió su exeat en la primavera de 1809. Rápidos fueron los prepa­rativos de la marcha. El 1° de junio se puso en camino. Su hermano Samuel la conduce a Baltimore. Enriqueta, su hermana, les acompaña. Durante el período particularmente penoso que ha atravesado Cecilia, Enriqueta ha conocido años de placeres y de éxitos mundanos casi ininterrumpidos. Bella, bellísima, admirada, adulada en todos los salones de la sociedad selecta de Nueva York, Enriqueta era de todos los bailes, de todas las fiestas, de todas las recepciones. Andrés Bayley Barclay, uno de los hijos nacidos del segundo matrimonio del Dr. Bayley, ha pedido su mano. Todo parece sonreírle. Y sin embargo, Enriqueta experimen­ta en el fondo de ella misma un vacío inexplicable. Por un momento, con Cecilia, había entrevisto otro ideal. Otros bienes estaban deparados para ella, otras ale­grías, en otro plano. No que se tratara para ella de una vocación religiosa, sino de una vida espiritual profunda, más personal que la de su medio social, y cuyo deseo la había como imantado hacia el catolicismo. Ante los sarcasmos, las bur­las, las amenazas de los suyos, ha capitulado. Le parece a veces que por perse­guir el placer y la vida fácil ha perdido la felicidad. Andrés Bayley acaba de partir, sin ella, para Jamaica. El debe volver a Nueva York durante el verano para desposar a «la bella Enriqueta» y llevarla con él, esta vez, a su isla lejana. ¿Volverá él? Un secreto presentimiento parece advertir a Enriqueta de la incons­tancia de su novio. En realidad, Andrés Bayley es un gran inestable, como lo son prácticamente todos los hijos del Dr. Bayley, como se van a revelar pronto sus dos nietos Guillermo y Ricardo, los hijos de Isabel. Cuando los viajeros llegan a Baltimore son recibidos con los brazos abiertos por la Madre Seton. Enriqueta y Cecilia ¿no le habían sido confiadas, una y otra, diez años antes, después de la muerte de sus padres? ¿No las había ella rodeado de ternura igual que a sus pro­pios hijos? En cuanto a Cecilia ningún problema parece plantearse. Ella se con­vierte inmediatamente en Sor Cecilia y tiene su puesto entre las otras Hermanas sin esperar siquiera a haber tomado el hábito.

El Sr. Babad es entonces el confesor de la comunidad. Como se había ganado la confianza de Isabel, un año antes, el día mismo de su llegada a Baltimore, ha conquistado la de sus cuatro primeras compañeras. Ha tenido ya ciertamente con Cecilia algunas relaciones epistolares. Prueba, estas líneas dirigidas a su cuñada por Isabel, poco antes de su partida de Nueva York: Nuestro santo Padre Babad ha llorado de alegría leyendo tu carta… Naturalmente, entonces, el Sr. Babad to­mará igualmente, bajo su cayado, desde su llegada, a la temblorosa Enriqueta.

El ministerio que él ejerce ante las Hermanas responde a su celo apostólico. Podrá ser, sin embargo, que la forma como él lo ejerce no esté exenta de una nota sentimental y romántica cuyos inconvenientes no dejan de tener ciertos ries­gos. Y la dirección de las almas es cosa grave y delicada.

Para dispensar a sus hijas espirituales, consejos, avisos, consuelos, el Sr. Ba­bad está siempre disponible. Ausente, las hace tener largas misivas donde se agotan las piadosas aspiraciones. A la Madre Seton le parece una cosa excelente de todo punto que el Sr. Babad se haga cargo de las dos recién llegadas, aunque Enriqueta sea y permanezca una episcopaliana. Otras, sin duda, tienen desde es:, momento sobre la misma realidad un juicio diferente.

Hay para Isabel otro motivo de inquietud. Desde su llegada a Baltimore, el estado de salud de Cecilia se revela alarmante. La Madre Seton se apresura a consultar al Dr. Chatard, un médico francés, gran amigo de los Sulpicianos, excelente especialista. El diagnóstico del Dr. Chatard está lejos de ser tranquilizador. Cecilia está tocada de tisis. Si algo es capaz todavía de mantener a raya el mal, al menos por un tiempo, será precisamente el aire puro y vigorizante de las mon­tañas. En tales condiciones, la Madre Seton adelantará gustosamente la fecha de la primera salida prevista para Emmitsburg. Pero la casa de Fleming Farm —Stone House- no es habitable en absoluto. Es menester contar con un mes largo antes de pensar en ocuparla.

Apenas avisado de la situación, el Sr. Dubois propone dejar provisionalmen­te su chalecito de madera a la Madre Seton. Si ella quiere contentarse con él para ella y para las tres o cuatro personas que la acompañen, él lo pone sobre el terreno a su disposición. Consultado el Sr. Nagot y el Sr. Dubourg dan su asenti­miento. Así, el 21 de junio, un primer equipo se pone en marcha hacia las Montañas Azules. La Madre Seton, a quien acompaña Enriqueta y Cecilia, lleva con ella a Sor María Murphy y a su hija mayor Anina. Anina deja en realidad Baltimore a su pesar, encontrándose, por primera vez en su vida, en desacuerdo y hasta en oposición con su madre. A los 14 años y medio, la adolescente, dema­siado temprano asociada a las pruebas, y a los acontecimientos que han pertur­bado, en todos los planos, una vida familiar inaugurada de forma tan diferente en la casa de Wall Street, en la época de su nacimiento, sueña ahora en algo bien distinto que el agreste y lejano retiro del convento de Emmitsburg. Ana María acaba de hacer en Baltimore su primera experiencia de vida personal, de vida afectiva, fuera de su hogar, impregnado cada vez más, por la fuerza de las cosas de una atmósfera conventual. Con razón o sin ella, Isabel ha decidido, sin em­bargo, que Anina forme parte del primer grupo que marcha a la Montaña.

De no ser precisamente la crisis que atraviesa la adolescente, unida al estado de salud de su joven tía de 17 años, el viaje, proseguido durante casi tres días, por una carretera que serpentea entre las praderas y los bosques, rodea las colinas e insensiblemente gana altura, hubiera sido sólo una maravillosa salida. La, cuatro viajeras han tomado sitio en una de esas carretas de ruedas enormes de madera, las mismas que utilizaban los primeros colonos. Gruesas lonas tendidas sobre unos arcos las protegían alternativamente del sol, de las nubes de insectos, de la lluvia o de la humedad. Convoy primitivo si lo hubo, traqueteando por lo, caminos pedregosos, evoca otras andanzas, las de otra fundadora que surcaba en parecido carruaje, dos siglos y medio antes, Castilla y Andalucía, para establecer allí nuevos monasterios: Teresa de Ávila.

Hemos tenido que hacer todo el camino al paso de nuestros caballos -escri­be la Madre Seton al Sr. Dubourg-. Y nos hemos visto así mismo obligadas a marchar a pie casi la mitad del tiempo, excepto Cecilia… la querida enferma se divertía mucho con aquella procesión, y los indígenas quedaban estupefactos de vernos marchar delante del vehículo. Los perros y los cerdos iban delante de nosotros y las ocas, alargando el cuello en dirección nuestra, tenían aire de pre­guntarnos si no éramos de su familia, a lo que respondimos que sí…

La llegada a Emmitsburg es un encanto. Las colinas se elevan cada vez más por encima de la inmensidad de los campos verdegueantes, mientras que en el ho­rizonte se yerguen las altas siluetas de Blue Ridge. La admiración que Isabel siente desde el instante de su arribo la llena a la vez de alegría y de agradecimiento a Dios creador que anima con profusión tanta belleza, tanto esplendor. A esta llegada de la Madre a Emmitsburg, con cuanta fortuna parecen aplicarse las pa­labras proféticas de Isaías

Nos alegramos y regocijamos
porque El nos ha salvado,
pues la mano del Señor reposa sobre esta montaña…
aquí extiende sus manos
como el nadador las extiende para nadar…
Abrid las puertas que entre una gente justa,
que guarda fidelidad,
cuyo carácter es firme,
que conserva la paz porque confía en Ti…
Confiad en el Señor por siempre jamás
porque el Señor es la Roca eterna.

Is 25, 9-11; 26, 2-4

Su ser entero comunica con la belleza serena y majestuosa del sitio: Estamos a la mitad del camino del cielo, confesará ella al hermano de Cecilia O’Conway. ¡La altura donde estamos es apenas creíble!

Se instalan bien que mal en el chalecito del Sr. Dubois, Cecilia, tendida la mayor parte de las jornadas a la sombra de los grandes robles, cree sentirse re­vivir. Enriqueta y Anina la rodean de su presencia, de sus cuidados, de su ternura. Entre el chalet de madera y la casa de piedra -Stone House- hay idas y venidas continuas. El Sr. Dubois da prisa a los obreros, se une a ellos si es ne­cesario y provee con la Madre Seton al arreglo de cada una de las piezas tau pronto como parece habitable. Ambos desean ver llegar con la mayor rapidez a1 valle a las Hermanas y a las niñas dejadas en Baltimore.

El brusco trasplante de Enriqueta en un medio tan diferente a aquel donde había vivido los meses precedentes no deja de provocar en su ser, sensibilísimo, un shoc psicológico. Los consejos emotivos del Sr. Babad recibidos en Baltimore han hecho renacer en su corazón angustiosas preguntas. Hace algunos años, ella se había encarada, como Cecilia, con la posibilidad de hacerse católi­ca. Muchas cosas la atraían entonces que vuelven a cobrar ahora un relieve nue­vo. Pero ella está en vísperas de casarse con Andrés Bayley, un episcopaliano. ¿Cómo podría conciliar aquel matrimonio con una profesión de fe católica? Los matrimonios mixtos estaban muy lejos, entonces, de ser considerados par la Iglesia como un hecho posible. Y, mientras ella se siente desgarrada entre el atrac­tivo que experimenta por la religión católica y el amor a su novio que se enca­britará inevitablemente frente a tal decisión, ella recibe una carta de Jamaica que acaba por perturbarla. Andrés Bayley, cuyo inminente retorno esperaba, prome­tido para el fin del verano, al que debía seguir su matrimonio, le hace saber caballerosamente que ha cambiado de parecer. El ha decidido -le anuncia- per­manecer en Jamaica unos ocho o diez años. Que si «la bella Enriqueta» consiente en tener paciencia todo ese tiempo, él volverá para desposarla en los años futu­ros. El golpe es rudo, no solamente para el corazón de la novia, sino también para su amor propio. ¿Cómo reaparecer desde ahora en los salones de Nueva York sin ser la irrisión de todos? La afrenta que le inflige el joven hiere a Enriqueta como un latigazo. Abatida tanto de dolor como de despecho, toma la decisión orgullosa de permanecer en el convento de Emmitsburg junto a Cecilia e Isabel. ¿Pero con qué título? Ella no forma parte de la Iglesia católica. Desde entonces, puede vérsela cada día llevando por los sotos y a la largo de las pra­deras su romántico desencanto que la mina físicamente con una profundidad que nadie, en su entorno, es capaz de descubrir. «Que pocas cosas hacían falta a su fantasía… El musgo que temblaba al soplo del norte sobre el tronco del roble, una roca solitaria, una laguna desierta donde el junco marchito murmuraba…».Cuando su hermana y su cuñada la acompañaban en su paseo, y se detenían un momento en una de las dos iglesias del pueblo, Enriqueta se negaba a entrar con ellas, y rumiando su pena y su angustia las aguardaba fuera. Luego, un día, la crisis estalla con una decoración digna de René de Chateaubriand. Isabel, al salir de la iglesia, encuentra a Enriqueta en lágrimas, medio desesperada. -¿Por qué lloras?

-¡Ay! ¿Por qué?, ¿por qué no puedo entrar yo a la iglesia con vosotras? -¿Y por qué no entras, si lo deseas?

Llega el 21 de julio, víspera de Santa María Magdalena. Mañana será el día del santo de Enriqueta cuyo segundo nombre de bautismo es el de la pecadora convertida. «Celebraré ese día la misa por usted» -le ha escrito el Sr. Babad El Sr. Dubois en el Monte Santa María le hace la misma promesa. Tarde, por la noche -son más de las diez- Enriqueta salió de la casa, en búsqueda de soledad, «atormentada y como poseída por el demonio de su corazón».Ella se deslizó furtivamente, gracias al claro de luna, hasta la iglesia -escribirá Isa­bel, que la descubre pronto allí-, en el más profundo silencio, los brazos cruza­dos sobre el pecho, los rayos de la luna jugando sobre su rostro pálido… La Ma­dre Seton se aproxima. Con Enriqueta recita el Salmo MISERERE y el TE DEUM, que desde su infancia habían sido nuestras oraciones de familia, a pesar de que las lágrimas corren por las mejillas de la joven. Ellas salen al fin, vuelven a tomar juntas el camino que las lleva a la casa. Bajando de la Montaña, Enriqueta deja estallar su corazón:

-Se acabó, hermana mía, yo soy católica. La cruz de nuestro amado Señor, he ahí lo que desea mi alma. ¡Ya no tendré reposo hasta que El sea mío! Conversión sincera, sí.

Resolución excesivamente emotiva, llamarada de sen­sibilidad de la que se puede temer que se extinga tan súbitamente como se en­cendió. Isabel, no obstante, se apresuró a dar cuenta tanto a Mons. Carroll como al Sr. Dubourg. De común acuerdo, el arzobispo y el sulpiciano deciden alertar al Sr. Babad, entonces en lejana correría misionera, comprometiéndole a venir personalmente a acoger sin dilación a su penitente en el umbral de la Iglesia ca­tólica. Con esta noticia, Enriqueta, que sentía ya debilitarse su decisión, se re­hace de súbito. Tan lúcidamente, tan razonablemente como ella puede, se sitúa de nuevo ante el problema de su vida. A1 final del mes de agosto hace resuelta­mente su petición oficial. A mitad de septiembre está de vuelta en Baltimore. El 24, fiesta de Nuestra Señora de la Merced, Enriqueta, habiendo hecho días antes su profesión de fe, recibe su primera comunión. Luego vuelve a Emmits­burg, llevando en recuerdo de aquel día un poema ardiente que le ha dedicado su padre espiritual.

Por importante que haya sido objetivamente, por sensible que fuera al corazón de Isabel, la entrada de Enriqueta en la Iglesia católica, orquestada con compla­cencia por el sobrino del Sr. Babad, no había sido, con todo, más que un inciden­te sin resonancia directa sobre la fundación de la comunidad de Emmitsburg. De no ser que el romanticismo de la joven, unido a la actitud misma del Sr. Ba­bad en la circunstancia, hubiese dado la papirotada inicial a una serie de male­ntendidos y de dificultades que la Madre Seton será la primera en sufrir. Patroci­nando por entero a su joven cuñada, Isabel se entregó activamente al arreglo de Srone House, ayudada del valioso concurso del Sr. Dubois.

Desde fines de julio, algunos días sin duda después de Santa María Magdale­na, el segundo equipo, dejando Paca Street, se pone, a su vez, en marcha hacia el valle. A las primeras reclutas se han juntado otras dos Hermanas, Catalina Mullen y Rosa Landry White.

Rosa ha conocido, primero, como Isabel, la vida conyugal y la alegría de la maternidad. Su matrimonio, en verdad muy precoz, con un capitán de barco, gran amigo de su padre y mucho mayor que ella, dio que hablar por mucho tiempo a los habitantes de Baltimore. Rosa tuvo dos hijos, un muchacho y una muchacha, muy pequeños todavía cuando su marido pereció en el mar. Poco tiempodespués, Rosa perdió a su hija. No le quedaba más que su hijo, y, en su corazón un vivo deseo de vivir para Dios sólo y de dedicarse en favor de los desheredados. El Sr. David la dirigió hacia el Instituto en formación de Baltimore. Ella es la decana en edad, dejada aparte la fundadora. Más que las otras, experiencia, y también un sentido maternal de la educación. A ella confió, sin dudarlo, Isabel el grupo de las Hermanas dejadas en Paca Street. Y a ella incumbe ahora la responsabilidad de conducirlas hasta Emmitsburg. Ella ha leído las obras de Teresa de Ávila y va a ser el encanto de las largas horas del viaje, contando a sus compañeras las aventuras de las Fundaciones. Guillermo y Ricar­do integran también este segundo viaje. El Sr. Dubois les contará en adelante en el número de los alumnos del Monte Santa María. Dos chiquillas igualmente alum­nas de las Hermanas en Baltimore son confiadas por sus familias a Sor Rosa White. Ellas serán las primeras alumnas de Emmitsburg. Este mes de julio o al comienzo de agosto -al parecer- llegarán a su vez Kate y Rebeca. Sin preci­sión de fecha, los Dear Remembrances evocan la alegría de su madre, que corre una noche a su encuentro a través del bosque.

El 31 de julio de 1809, fiesta de San Ignacio de Loyola, comienza en Emmits­burg la vida de comunidad. La fecha será celebrada desde ahora cada año por las Hijas de la Madre Seton. A decir verdad, la instalación en Stone House tiene más bien trazas de campamento. La casa resulta demasiado pequeña para las veinte personas que deben habitarla. Ni camas en número suficiente, se conten­tan con colchones tirados en el mismo suelo. El Sr. Dubourg que ha querido pre­sidir la instalación de la comunidad, tiene que subir al pueblo a pedir prestada la vajilla que falta para la primera comida. Comida frugal, aunque substanciosa, como lo serán todas las demás. Entre los primeros consejos que el sulpiciano da a las Hermanas queda consignado el de cultivar sin tardanza un plantío de zana­horias, pues el «café» de zanahorias será su ordinario.

No importa. El gozo radiante, sobrenatural, de las fundaciones es lo bastante vivo, lo bastante profundo sobre todo, para que las privaciones, como la falta de comodidad, sean tomadas por todas con una efectiva alegría. Aquellas mujeres, no obstante, aquellas jóvenes de América han sido, casi todas, educadas en un bienestar cercano a veces al lujo. Pero ninguna de ellas dejaría ahora de buen grado su puesto y para el cántaro de agua, la limpieza de legumbres, el fregado o el lavado, la situación de Stone House hace a veces fatigosas las tareas domés­ticas más simples. Así, falta el agua en la casa. Si el pozo de agua potable está bastante cerca, es al río, distante varios cientos de metros, cuesta arriba, claro está, adonde habrá que ir para hacer la colada. Nada de lavadero, ni siquiera rudimentario. De rodillas a la orilla de Tom’s Cr’eek, las Hermanas la sacarán lo mejor posible pero no sin agujetas. Deberán volver a subir en seguida penosamen­te la ropa húmeda y pesada hasta los linderos inmediatos de la casa para ponerla a secar.

Son ahora nueve las postulantes, desde que una joven de Emmitsburg, Sally Thompson, ha solicitado su admisión en la comunidad.

En el mes de agosto de 1809, al día siguiente de la instalación de la Madre Seton y de sus Hijas en Stone House, el Sr. Nagot, que alcanza sus sesenta y seis años, declina el cargo de superior que ejercía al frente de la Comunidad en favor del Sr. Dubourg, entonces prefecto del Colegio de Santa María de Baltimore. Todo parece en excelente camino. Se organiza inmediatamente la vida de comu­nidad mientras las Hermanas preparan con entusiasmo la primera apertura esco­lar de la casa de educación, que, al fin de verano, abrirá sus puertas a las mu­chachas en Emmitsburg.

Los cargos se reparten según las aptitudes de cada una. Sor Rosa es nombra­da asistenta, Sor Ketty ecónoma, Sor Cecilia Seton secretaria y maestra de clase, Soy Sally, que es la única que ha vivido ya muchos años en el valle, cumplirá las funciones de previsora. Cada una de las Hermanas ha conservado su nombre de bautismo y la Madre Seton no tiene ninguna dificultad en adoptar el diminutivo de ese nombre de uso más frecuente en los Estados Unidos que entre nosotros, y que parece más afectuoso.

Con el Sr. Dubourg establece un reglamente que entra de inmediato en vigor, al menos a título de ensayo y hasta la apertura de las clases. Se levantan a las cinco para los rezos y oración de la mañana. Hasta otoño, será menester acudir a la única misa celebrada en el pueblo, cuando el Sr. Dubourg regrese a Baltimore, sea en San José, sea en Santa María. El trayecto es largo. Lo aprovecharán para recitar en marcha, a la ida, la primera parte del Rosario, meditando los misterios gozosos y la segunda parte, a la vuelta, meditando los misterios dolorosos. La ado­ración del Santísimo Sacramento, conservado en el convento mismo, tendrá, como se podía esperar, un lugar diario y privilegiado. Cada día, lectura espiritual en común, sin perjuicio de la lectura hecha en el refectorio. La Biblia tendrá en­tonces su lugar de preferencia. ¿Cómo no iba a inculcar, en efecto, a sus Hijas, la Madre Seton aquel gusto sabroso y viviente de la Sagrada Escritura 3 que ha­bía sido siempre para ella una fuente de alegría y confortación?

Sin que razón alguna, al parecer, hubiera entrado en juego, los habitantes de Emmitsburg habían dado espontáneamente a las nuevas religiosas el nombre de Hermanas de la Caridad de San José, ya que la fundación del Instituto tomaba nacimiento en el valle de San José. El hecho está lejos de ser excepcional dentro de la historia de las fundaciones religiosas. El Sr. Dubourg, en cuanto director, e igualmente el Sr. Dubois, habían podido intervenir, sugerir tal apelativo antici­pado, cuando, de la parroquia de San José de Emmitsburg, enjambraban hacia otros lugares. Pero aquellos señores de San Sulpicio dejaban germinar en ellos un proyecto cuya realización esperaban firmemente dentro de breve plazo, el de ver unir el instituto que tomaba vida entonces en Maryland -y que, con toda evidencia, la Providencia les había encomendado a ellos, sulpicianos franceses­ a la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Después de un breve alto en Baltimore, el Sr. Dubourg volvió al valle. Trae a la comunidad una campana que acompasará en adelante con su tañido las horas de oración, de trabajo, de descanso. Trae igualmente para las Hermanas unos libros de espiritualidad escogidos con discernimiento. Después, anuncia que va a predicar un retiro. Para todas, con una o dos excepciones, un retiro resulta cosa nueva, desconocida. Una gracia de la que se quieren aprovechar a fondo. La proposición es acogida con alegría. Entre el superior francés, abierto, dinámico v las jóvenes americanas, llenas de ardor, se entabla en el curso de este retiro un diálogo sencillo, directo, enriquecedor. Cada una de las Hermanas se siente a gusto, dentro de una atmósfera de confianza recíproca que permite fundar las más bellas esperanzas.

A los 18 años, bello sueño de una casita en la campaña para reunir allí, a los pequeñuelos de los alrededores y enseñarles sus oraciones y mantenerles limpios y enseñarles a ser buenos… Deseos apasionados por lugares semejantes que había allí en América, donde se podrían encerrar lejos del mundo, y orar para ser siempre bueno.

Ese verano de 1809, el sueño de antaño se hacía realidad.

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