Isabel Seton, la biografía: 19 – Las hijas del Señor Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
Tiempo de lectura estimado:

El que hace caridad
ofrenda flor de harina,
el que da limosna
ofrece un sacrificio de alabanza.

Eclo 35, 2

Isabel ha traído a Guillermo y a Ricardo de Georgetown a Baltimore. Hela ahí de nuevo rodeada de sus hijos. He ahí que de nuevo acaba para ella la mordedura de la inseguridad del mañana. Las líneas de las Dear Remembran­ces, evocando sus encuentros, vibran de alegría.

Mis encantadores muchachos, buenos, simpáticos, en Georgetown, en los bra­zos de su madre, después de dos años de ausencia. Y comenta finalmente la ca­lidad de tal alegría: Que se alegren los hijos satisfechos, pero ellos no podrán tener nunca idea de la menor de las propias alegrías de nosotros, que no poseía­mos más que lo que encontrábamos los unos en los otros. La primera reunión de mis cinco en nuestro encantador HOGARCITO, tan próximo a la capilla para nuestra misa diaria…

La casa que el Sr. Dubourg ha puesto a disposición de la Sra. Seton se le­vantaba, en efecto, tan cerca de l05 edificios del colegio y del seminario, que sólo la separaba de la capilla la anchura de un patio. En su blanca fachada vuelta hacia Paca Street, se abrían cinco grandes ventanas, dos en el entresuelo, tres en el primer piso. Una sexta en ático se alzaba sobre el tejado y sus dimensiones mismas dejaban adivinar que el segundo piso era algo más que una buhardilla. En torno a la casa, un jardincito cerrado por una valla. Sin duda, los juegas ruidosos y los gritos de los ciento veinticinco muchachos de Santa María van a medir en adelante las jornadas de Isabel. Ella no tiene cuidado por ello. Su paz, su alegría íntima serían casi sin sombras de no ser el recuerdo de todos aque­llos de quienes había tenido que separarse. Pues ella no ha dejado Nueva York, para una salida que ella presiente como definitiva, sin un verdadero desgarra­miento. Allí había transcurrido la mayor parte de su vida. Allí había muerto su padre. Allí había dejado a Cecilia, a Enriqueta, a sus amigas Isabel Sadler y Catalina Dupleix, a los, Barry. Allí dejaba una familia que, a pesar de todo, ella persistía en amar.

Aquella no quedaba tampoco sin inquietud. Una carta de Enriqueta había de hacerle saber pronto que los Ogden, lejos de dejar las armas, habían vuelto a tomar la ofensiva inmediatamente después de su marcha. Cecilia, acosada de continuo, había caído de nuevo enferma. Habían enviado de pensionista a Emma, la hija mayor de Jaime Seton, por temor de que llegara a contaminarse con la influencia religiosa de su joven tía. Otras noticias, aún más dolorosas, llegan casi al mismo tiempo de New Haven, donde otro de los hermanos de Guillermo, Enrique, está en prisión por deudas. Sus cartas son las de un hombre que ha perdido toda esperanza. En ellas se siente abrirse paso la tentación del suicidio. Isabel trata de interesar a Jaime Seton en la causa de Enrique. Materialmente ella nada puede hacer por él. En el mismo momento ella se entera de la muerte de Jaime Maitland. Esa muerte, siguiendo tan de cerca a la muerte de Isabel, deja a sus hijos completamente huérfanos. Y las últimas horas de Jaime Maitland han sido tan espantosas, durante su agonía, que Enriqueta cree todavía -escribe ella- sentir helársele la sangre en las venas, nada más evocarlas.

Isabel recuerda a todos los suyos, a cada uno de ellos, en su oración. Ella confía en la misericordia infinita del Señor todopoderoso. Socorrerles de otro modo no está en su poder, aunque ella sufra por ello. Y las liberalidades de los Filicchi no pueden ser desviadas de los fines a los que sus amigos de Liorna las han destinado expresamente.

En lo tocante a ella, libre y disponible más que nunca, espera la hora de Dios. Consciente de haber respondido a su llamada, viniendo a Baltimore, se pre­para sencillamente a la tarea que le será confiada, sin saber exactamente en qué consistirá esa tarea. Bajo todos las aspectos -afirma ella a una de sus ami­gas- soy como un ser nuevo. A Antonio Filicchi le cuenta toda su alegría y gra­titud por haber encontrado en Baltimore un medio tan conforme a sus deseos y, además, unos amigos de un incomparable valor. Cada uno, aquí, respira tan sólo la caridad divina. La Sra. Fournier es una de las mujeres más amables que puede haber en el inundo… Y, sin duda, Isabel no es insensible al trato de los católicos de la ciudad, los cuales son de su medio también, finos, cultos, bien educados como ella, en solo el plano humano.

Que esos señores de San Sulpicio le confíen, en la próxima apertura escolar, la dirección de una pequeña casa de educación para muchachas y su situación quedará estabilizada. Le será hacedero llevar, junto a la Sra. Fournier y la Sra. Dubourg, una vida social conforme a su rango, ejerciendo, según sus apti­tudes y gustos, lo que llamaríamos hoy una profesión liberal. Haciendo eso, ase­guraría a la vez la subsistencia de su hogar. Por apreciable que sea tal situación no responde todavía del todo a las más íntimas aspiraciones de su alma. Desde 1805, en efecto, -es decir desde el año de su entrada en la Iglesia católica-­ella había manifestado- a Mons. Carroll su anhelo de una vida totalmente consa­grada a Dios. Y aquel anhelo, desde hace tres años, no ha cambiado. Isabel desea cada vez más verlo realizado, dado, no obstante, que tal vida religiosa sea compatible con su vocación primera, la de madre de familia, así como con los deberes que de ella se derivan. La educación de sus cinco hijos -jamás lo ha dudado un instante- es para ella una obligación primordial a la que ninguna otra llamada de Dios, por imperiosa que sea, podría autorizarla a substraerse.

La vida religiosa, por otra parte, tal como Isabel la considera, es una vida consagrada para Cristo, con El, a las obras de misericordia. Ocuparse de los ni­ños abandonados sobre todo, cuidar de los enfermos, proveer a las necesidades de los que están desheredados en el plano de la fortuna o de la ternura humana, es como una necesidad esencial de su corazón. Ni el género de vida que llevan las Carmelitas ni el de las Visitandinas de las que había llegado ya un enjambre de Bélgica o de Francia a implantarse en los Estados Unidos, respondería a su propia vocación. Una Comunidad de Ursulinas, tal vez, como la que María de la En­carnación había establecido en el Canadá, hubiera estado más de acuerdo con sus atractivos. Y, por cierto, esos Señores de San Sulpicio conocían muy bien a las unas y a las otras. Ellos, sin embargo, conocían aún mejor a las Hijas de la Ca­ridad, cuya Compañía había fundado el Sr. Vicente en París, en 1633.

No eran, en verdad, religiosas propiamente dichas, ya que los decretos del Papa Pío V sometían inexorablemente toda vida religiosa a la estricta clausura y a los votos solemnes. Es sabido cómo Mons. de Ginebra había tenido que renunciar, bien a su pesar, a las miras que le había dictado, sin embargo, la fun­dación de la Visitación de Santa María, y cómo las Ursulinas mismas se habían visto obligadas, a su vez, a abandonar toda obra de apostolado que les hubiera exigido salir de sus monasterios. Con seguridad, el Sr. Vicente no se hubiera le­vantado contra la rigidez del derecho canónico de la época. Pero mucho menos hubiera tomado el partido de negar a las mujeres el derecho de consagrar sus vidas por entero al servicio de la miseria y del sufrimiento humanos, por puro amor a Jesucristo. Quien dice religiosa, dice claustrada -explica él sin tapu­jos- y con su fino buen sentido: No es la religión (entendida aquí como vida re­ligiosa en sentido canónico) la que hace los santos, es el cuidado que se toman allí las personas por perfeccionarse… Lo que os hace ver que no es necesario es­tar encerrada en un claustro para adquirir la santidad que Dios pide de vosotras… Así pues, las Hijas del Sr. Vicente tendrán por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios… Ellas no harán más que votos simples, anuales, lo que no impe­dirá su don irrevocable en lo más íntimo de sus corazones.

El Sr. Olier, fundador de San Sulpicio, había conocido personalmente al Sr. Vicente. Su encuentro en 1632 no fue fortuito. El abate de Pébrac, sin la influencia del párroco de Clichy, no hubiera comprendido, tal vez, plenamente su vocación. Entre las dos compañías, la de los Sacerdotes de la Misión y la de los Sulpicianos se habían anudado vínculos desde el origen. Un siglo y medio, lejos de desatarlos, los había estrechado más. Mientras la Revolución francesa acababa de disolver momentáneamente la Sociedad de los Sacerdotes de San Lá­zaro, los Hijos del Sr. Olier habían tomado el relevo ante las Hijas del Sr. Vi­cente. Así lo había decidido el Sr. Emery. Y cuando, en el curso del año 1797, fueron trasladados del barrio de San Martín a la calle Macons-Sorbonne, donde se reagrupaban algunas Hermanas, los despojos mortales de la Señorita Legras -a quien la Iglesia llamaría un día Santa Luisa de Marillac- los sellos de am­bas, el ataúd de la Cofundadora con San Vicente de Paúl. En el proceso verbal del traslado figura la firma del Sr. Emery.

Antes de dejar Francia para ir a los Estados Unidos, esos Señores de San Sulpicio habían podido ver en acción, bien en París, bien en provincias, a aque­llas auténticas sirvientas de los pobres, las Hijas de la Caridad. De verse llevados por las circunstancias a orientar a esta Sra. Seton, cuya colaboración han solici­tado para su obra de apostolado, hacia una forma de vida consagrada, sería muy natural que le propusieran adoptar las reglas dadas por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac a las Hijas de la Caridad de Francia.

En realidad, no es cuestión, al parecer, de establecer una comunidad en Paca Street, este verano de 1808. Lo que cada uno piensa ahora, lo que aprueba altamente Mons. Carroll, es simplemente la apertura de una casa de educación para muchachas en Baltimore. Todo comienza sin ruido, humildemente. Hay siete alumnas el primer día de clase: Ana María, Catalina, Rebeca Seton, a las que se añaden cuatro pensionistas. Pues, habiendo reflexionado, se ha convenido en que se tomarían solamente pensionistas y las alumnas se reclutarían únicamente dentro de las familias católicas.

¡Siete escolares! Poca es, pero Isabel no toma menos en serio su tarea. Tiene sobre el asunto ideas, muy claras que estima su deber poner en práctica desde los primeros días. Si se abre para las muchachas una casa de educación, es preciso ser capaz de procurar, a la vez, a las alumnas, un nivel de estudios en con­formidad, ciertamente, con las necesidades de la época, pero con todo la que el papel de profesor comporta de saber y de competencia. A la seriedad de los estudios profanos, a la perfección de las lecciones de arte de esparcimiento -muy en boga entonces- debe corresponder la solidez, la profundidad de la enseñanza religiosa. En cuanto a la educación, debe mirar a formar mujeres de mañana, no descuidar nada para tender a ello, y proseguirse dentro de un ambiente cristiano, amplio y sobrenatural.

Te divertirías de veras -cuenta Isabel a Julia Scott- si vieras a esta vieja señora que soy yo -¡ella no tiene 34 años todavía!- sentada gravemente ante una pizarra con un corrector de problemas de aritmética o de ejercicios de gramática… Pero se trata de preparar la clase del día siguiente, y de hacerlo con­cienzudamente. Es posible que Julia haya sonreído, al recibo de la carta. Ella no deja por eso de admirar más a su amiga. Par su parte, con tacto y delicadeza, se complace en preparar paquetes. Isabel encontrará en ellos con qué renovar su guardarropa y el de sus hijos. Las prendas demasiado pequeñas del hijo y de la hija de Julia pasan así a los hijos de Isabel, evitando serios dispendios. Para ella misma será tal falda o tal prenda que, bajo un pretexto delicado, su amiga sabe hacerla aceptar. ¡Es demasiado elegante para nosotros! -protesta de primeras la interesada-. Luego se domina. Es verdad que ahora su situación, como la de sus hijos, es muy diferente de lo que lo era en la pensión Wilkes. La Sra. Seton, directora de una institución, por pequeña que sea esa institución, se encuentra obligada a mantener su rango. Así gira la rueda de la fortuna…

Monseñor Carroll presta, sin embargo, una gran atención a la apertura de la minúscula escuela de Paca Street. El sabe de cuánta importancia es la educación de los hijos para el futura del país. La de los muchachos y la de las muchachas.

.Mucho más, quizás, en cierto sentido, la de las muchachas que serán las madres de familia de mañana. De su influencia a la vez humana y sobrenatural depende prácticamente -el ambiente de un hogar. La primera formación cristiana se da en la familia. Los hijos quedarán marcados, sin saberlo, por lo que hayan reci­bido, visto, comprendido durante su infancia. Nada es pequeño en materia de educación, en el plano de la fe sobre todo.

¿Tiene ya el arzobispo de Baltimore, que conocía bien a Isabel, la intuición de que una obra mucho más importante todavía está naciendo en la pequeña casa sita junto al colegio y seminario de Santa María? ¿Piensa él ya que la Sra. Seton podría estar destinada en los planes de la Providencia a ser fundadora de un ver­dadero instituto religioso que enjambraría un día a través de toda América? Es posible. ¿No había presentido él, desde 1804, época en que Isabel, en lo más profundo de su noche oscura, parecía no poder salir jamás de ella, que una crisis tan violenta, lejos de provenir de una falta de fidelidad por su parte, podía ser, a la inversa, la contrapartida del trabajo de la gracia en ella? Allí donde el espíritu del mal se encarniza con mayor fuerza, allí está, con frecuencia, la es­peranza de una obra divina contra la que el enemigo libra una batalla cerrada.

Esos Señores del Seminario –comunica Isabel a Antonio Filicchi, el 20 de agosto, es decir dos meses después de su arribo a Baltimore- han propuesto darme un terrena. Se comenzaría a construir allí sobre un plano pequeño, al principio, pero que comporta la posibilidad de una ampliación. Sin duda, a primera vista, ese proyecto no implica nada más que la fundación de una casa de educa­ción femenina que se modelaría, mutatis mutandis, sobre el colegio de Santa María. El Sr. Dubourg es un hombre de gran visión.

Una carta dirigida por Isabel a Julia Scott, con fecha del 3 de octubre, tiene ya, sin embargo, otro tono. Se espera de mí que sea madre de hijas numerosas. ¿Qué es eso, sino decir que se le quiere confiar la formación de otras educadoras, de otras mujeres, que como ella, piensan en una vida de don total hecho al Se­ñor? La misiva, en efecto, da una nueva precisión: el Sr. Babad ha encontrado recientemente, en Filadelfia, a dos jóvenes americanas que estaban a punto de embarcarse para España, a fin de abrazar allí la vida religiosa. Son Cecilia O’Con­way y María Murphy. El Sr. Babad las ha detenido, en cierta manera, puntual­mente. Ellas deseaban encontrar un convento que pudiera recibirlas. ¡Pues bien!, que se vayan a Baltimore, ellas serán las primeras piedras de una fundación en su propio país, con la Sra. Seton. Todo eso parece sumamente sencillo al buen Sulpiciano. Y para convencer a la Sra. Seton misma que hay ciertamente en ello una indicación de la Providencia, le endosa una referencia al versículo noveno del salmo 113: «El sitúa a la estéril de la casa como madre gozosa de sus hijos,>.

El 7 de diciembre de 1808, Cecilia O’Conway arriba a Baltimore, adonde la ha conducido su padre. En espera de la erección de una comunidad regular, comparte la vida y el trabajo de Isabel en Paca Street. Las alumnas ya son más numerosas que el día de la apertura. Habitualmente se les juntan, por tempora­das, grupos de chiquillas que vienen a prepararse para su primera comunión bajo la dirección del Sr. Babad. Cuando ve, en la capilla de Santa María, a las niñas vestidas de blanco, que se acercan, recogidas, a la Santa Mesa, Isabel experimen­ta una alegría profunda, exultante. Ahora gira, gira la rueda de bendición diaria -cantan los Dear Remembrances-. Pero cuán poco he progresado yo, y cuánto he pecado. Mientras tanto la bondad infinita manifestándose en seguida a partir de las peores miserias de su pobre criatura.

De todo eso que parece diseñarse para una próxima futura, Isabel da parte a sus amigos de Italia. Ella se ve, por otra parte, en la obligación de tenerles al corriente de proyectos para los que su ayuda financiera se muestra indispensable. Ella se atreve, en efecto, a preguntar a Antonio, con la franqueza que le de­be, hasta qué suma puede esperar…

Si los correos de Baltimore, expedidos en el curso de los meses de julio y agosto de 1808, llegaron a su destina, las respuestas de Liorna, sea que estén dirigidas a Isabel personalmente o al banquero neoyorquino de los Filicchi, fecha das como están al fin de noviembre, no llegarán a los Estados Unidos sino con un año de retraso. Tales son las consecuencias del bloqueo continental de Napo­león, y el embargo sobre todos los puertos americanos con el que el presidente Jefferson ha replicado a las medidas vejatorias que multiplican entonces contra los Estados Unidos -mantenidos neutrales- los enfrentamientos de Inglaterra y de Francia.

En el curso del mes de enero de 1809, no obstante, hay tres cartas más re­dactadas, con destino a Felipe Filicchi el 8 y el 21, a Antonio el 16. Manifiesta­mente, Isabel se agita un poco, hasta transcribiendo para sus amigos de Toscana el sabio consejo que le da entonces el Sr. Dubourg: ¡Paciencia, hija. Confianza en la Providencia! Ella afirma, y su afirmación es sincera que no quiere otra cosa que la voluntad de Dios. Pero a la vez trata de activar las cosas, persistiendo en pensar que, si los Filicchi han sido los instrumentas escogidos por el Señor para llevarla a la Iglesia católica, ellos lo serán igualmente para conducirla hasta la realización concreta de su llamada a la vida religiosa. Cosa en que, esta vez, se equivoca. Dios está riéndose de usted -le decía gravemente Felipe Filicchi, la víspera de su salida de Liorna, en 1805-. Aquellas palabras podría repetírselas él ahora con más razón todavía. ¿Acaso iba a ser Dios corto de medios para cumplir su obra? En una carta que escribe veinte años más tarde, el 15 de julio de 1828, a uno de sus amigos, Enrique Eléves, el Sr. Dubourg cuenta, por ex­tenso, cómo pasaron, al fin, las cosas.

Las líneas dirigidas por la Madre Seton a Felipe Filicchi, en enero de 1809, impiden dudar no menos, por otra parte, que la precisión del relato mismo, que sea, en realidad, el Sr. Dubourg el autor principal de la escena.

Yo no puedo fijarte la fecha de la conversión del Sr. Cooper. Ella tuvo lu­gar, por lo que yo puedo recordar, hacia el año 1805 -escribe, en efecto, Mons. Dubourg, que ha dejado los Estados Unidos en 1824 y ocupa, desde 1826, la sede episcopal de Montauban. Siguen dos grandes páginas que relatan cómo aquel «viejo armador y capitán de un barco de la India había pasado del perfecto escepticismo donde estaba sumergido a la religión católica, para acceder, final­mente, al sacerdocio, ayudado en su encaminamiento espiritual por el P. Hurley.

Pero ya que quieres saber la parte que tuvo aquel digno neófito en el esta­blecimiento de las Hijas de la Caridad en América -prosigue la misiva- te di­ré unas cuantas palabras con cuya fidelidad puedes contar. Esas cuantas palabras ocupan también dos páginas de gran formato con una escritura apretada. El tex­to de la carta es el que copió Luis Deluol, director del seminario de San Sul­picio, quien pone en él su firma -dice él- como atestación de la autenticidad del documento que acaba de transcribir. Tal documento, que la fotocopia hace, en cierto modo, revivir, no permite ningún equívoco sobre la fase singularmente conmovedora de la fundación que está próxima a realizarse.

Hacía varios años que Dios llamaba de manera extraordinaria a un alma escogida para sus más grandes designios. La Sra. viuda de Seton, de Nueva York… (teniendo) la fe más viva hacia Jesucristo en el sacramento del altar, era acucia da de un atractivo por la vida religiosa que ella atestiguaba ser obra manifiesta de Dios. Pero, contrariada siempre por sus directores que le oponían sin cesar sus cinco hijos de corta edad, ella se determinó a venir a vivir a Baltimore donde tenía relaciones espirituales con un sacerdote que se ocupaba grandemente de los establecimientos religiosos.

El Sr. Cooper estaba allí hacía un año en el Seminario, el uno y la otra se diri­gían a ese sacerdote para la confesión. En sus frecuentes conversaciones con su director, la Sra. Seton había sabido que él pensaba hacía tiempo en el estableci­miento de las Hijas de la Caridad en América. Y como tal instituto podía con­ciliarse con los cuidados que ella debía a su familia, le manifestó el más ardien­te deseo de verlo comenzado y de ser admitida en él.

Un obstáculo insuperable detenía todo proyecto. Era la falta absoluta de me­dios pecuniarios para echar los fundamentos de la nueva sociedad. Resolvieran orar a Dios en común para quitarlo.

Una mañana del año 1808, la Sra. Seton fue a ver a su director y le dijo que -aunque tuviera que pasar a sus ojos por una visionaria- se creía obligada a someterle lo que Nuestro Señor acababa de ordenarle «con una voz clara e inteligible», después de la comunión.

-Vete -le había dicho- dirígete al Sr. Cooper; él te dará todo lo que es necesario para el Establecimiento.

-La cosa es posible -replica el sacerdote- pero tengo fuertes razones para Prohibirle obedecer a lo que puede ser solamente un juego de su imaginación. Si es Dios quien ha hablado, El sabrá también comunicar su voluntad al Sr. Coo­per, y crea que él será dócil a su voz.

Ella se retiró satisfecha. Por la noche del mismo día, el director recibió la v. ¡sita del Sr. Cooper que comenzó por atestiguar su asombro… ¿Cómo sucedía :oae no se hubiera emprendido todavía nada en favor de las muchachas cuya —fluencia en las costumbres y en la religión era, sin embargo, tan poderosa? -a lo que su interlocutor responde que «hacía 15 años, daba él vueltas en su cabeza a un proyecto de ese género por el que venían orando, en Baltimore, dia­riamente ciertas personas piadosas.

-¿Qué es, pues, lo que le detiene? -le dijo el Sr. Cooper.

-La falta de medios -respondió el sacerdote-, pues un establecimiento de ese género no puede hacerse sin eso.

-¡Pues bien! ¡¡Yo tengo cincuenta mil francos a su disposición para ese proyecto!!

Impresionada por la coincidencia de las dos comunicaciones, el sacerdote le -preguntó si había visto aquel mismo día a la Sra. Seton, o si le había hablado alguna vez, de tal proyecto.

-¡Nunca! -respondió él-. Pero ¿es que usted pensaría en la Sra. Seton para su ejecución?

-Juzgue, señor, si me tocaría a mí descartarla. Ella sólo está en esa espera, y he aquí la comunicación que me ha hecho esta mañana: compárela con la que usted me acaba de ofrecer, y acuérdese que, desde hace un año que usted se confiesa conmigo, es la primera manifestación que nos hemos hecho sobre un asunto que yo creía bien lejos de sus pensamientos.

-¡Dios sea bendito! -exclamó el Sr. Cooper.

A la que añadió estas palabras dignas de notarse: -Usted no me ha dicho nada nuevo.

No obstante el sacerdote no creyó deber aceptar su oferta antes del lapso de dos meses cabales que le dio para reflexionar sobre ello.

Y, cuando él vino, por fin, al cabo de ese plazo, a entregarle la suma: -Señor -le dice- ese establecimiento se hará en Emmitsburg, pueblo a 18 millas de Baltimore, y de allí se extenderá por todos los Estados Unidos.

A1 nombre de Emmitsburg, el sacerdote trató su plan de locura. Pero el Sr. Cooper, protestando que no quería tener ninguna influencia sobre la elección del local ni la dirección de la obra, repitió con tono seguro que se haría en Emmitsburg.

Allí se hizo poco tiempo después, contra todas las convicciones anteriores de aquel eclesiástico y de la fundadora, y lo que es más asombroso, contra la opo­sición más pronunciada del venerable arzobispo Carroll, que no cedió sino por fuerza de las circunstancias. Tú sabes cuánta la ha bendecido Dios y propagado por todo el país.

Así concluye el Sr. Dubourg, añadiendo que si el Sr. Eléves desea algunos informes suplementarios se los dará con gusto, y pone su firma: L. Guil. Ob. de Montauban.

Desde el comienzo del año 1809, Isabel ha puesto ya a Felipe al corriente de los proyectos inherentes a la intervención de Samuel Cooper.

Usted va a pensar, me lo temo, que la pobre mujer que le escribe tan a me­nudo sobre el mismo asunto tiene la cabeza al revés; pero no es por mi parte cuestión de capricho, es cuestión de deber indispensable hacerle saber, con todos los detalles, todo lo que ha pasado desde que le escribí la semana pasada… Y relata la intervención insospechada del Sr. Caoper.

…Hace algún tiempo le hablaba de la conversión, en Filadelfia, de un indi­viduo de la buena sociedad y poseedor de una gruesa fortuna. Esa conversión es tan sólida que resulta extraordinaria; y como esa persona está a punto de recibir las órdenes menores en nuestro seminario ha tomado consejo, en lo que mira a la disposición de su fortuna, ante el Sr. Dubourg, rector del colegio, sobre la eventualidad de una institución que sería fundada en favor de muchachitas de religión católica… Tiene, así mismo, un vivísimo deseo de ver extenderse igual­mente ese proyecto a las adultas sin instrucción, que se podían emplear en hilar, tejer, con miras a establecer un pequeño taller que sería una buena cosa para los pobres…

Es necesario de veras, prosigue Isabel, que Felipe esté al corriente de los caminos que la Providencia parece abrir ante ella, a fin de que juzgue si quiere aportar su ayuda a la obra prevista y hasta qué punto. Dado que se proyectan las dos obras, se piensa, claro está, en la construcción de dos edificios distintos. Pero, más aún, que la fundación de una casa de educación, lo que responde a las más íntimas aspiraciones de Isabel es al parecer la perspectiva de dedicarse de una manera especial a los más desheredados. Y, precisamente, antes mismo de que el Sr. Cooper haga al Sr. Dubourg sus propias confidencias, otro eclesiás­tico francés, el Sr. Matignon, había tenido también el pensamiento de una obra de ese género. ¿No hay en ello una coincidencia providencial? Isabel lo hace notar, con una evidente satisfacción, a sus destinatarios de Liorna, tanto más cuanto que fue Antonio mismo quien la puso en relación con el Sr. Matignon cuando estaba todavía ella en Nueva York.

Ella insiste: tal obra está llamada a hacer bien, y ciertamente, si Felipe supiese hasta qué punta se la desea en Maryland, estaría presto a responder a la llamada que se le dirige. No obstante, Isabel se pone, confiada, en manos del Señor, cuya voluntad es, al fin, lo único que importa.

El 23 de marzo de 1809, es a su amiga Julia Scott a la que expone la génesis de la fundación en curso: … Un inglés, el Sr. Samuel Cooper, ha adquirido, a 40 millas de aquí, una granja de gran producción, en pleno rendimiento. La granja con sus dependencias ha sido puesta en manos del Sr. Dubourg para la obra proyectada. Tu amiga encontrará allí todo lo necesario, casa y subsistencia. La intención del Sr. Cooper ha sido siempre la de proveer a la instrucción y a la asistencia de los pobres, de todos los modos posibles. El sugiere instalar en la granja un taller de artesanía. He aquí lo que hay de cierto.

Siguen para la amiga de Filadelfia algunas precisiones sobre la Sociedad de San Sulpicio, a la que Isabel llama, erróneamente, la Orden de los Sulpicianos. Esos Señores -explica ella- son unos «caballeros» dignos en todo punto de consideración y de respeto. Ellos han establecido, precisamente, un colegio y un seminario, en el valle de Emmitsburg, donde se encuentra la granja en cuestión. El decano de los Sulpicianos reside allí de manera habitual. Así pues -concluye Isabel- estaré siempre bajo buena tutela. Esos Señores tendrán cuidado de mí, considerándome como un miembro de su familia, y yo no puedo privarme de desear vivamente ser lo bastante dichosa en merecer conservar siempre su amistad.

Las cosas, a decir verdad, no van a ser tan sencillas como se las imagina ahora Isabel. Para que uno de los Señores de San Sulpicio asuma, en realidad, el cargo de superior de una comunidad femenina, será necesario obtener una de rogación en la regla de San Sulpicio. Los sacerdotes de la Compañía, dedicados exclusivamente a la formación de los clérigos, no asumían de ordinario en abso­luto responsabilidades tales que les apartasen de su fin propio. ¿Tal forma de considerar las cosas era válida para los países de misión, como era considerado entonces Maryland? Una cuestión más, que no encontrará de primeras su solución.

En esa misma carta, no obstante, Isabel hace a Julia Scott una confesión de una importancia manifiesta. Si se le confía tan sólo, con la posibilidad de llevar una vida religiosa auténtica, la dirección de una casa de educación destinada a muchachitas de la clase acomodada, eso bastará para dejarla satisfecha… Pero -insiste ella- en cuanto a hablar de la alegría de mi alma con la perspectiva de poder ocuparme de los pobres, de visitar a los enfermos, de consolar a los que están apenados, de vestir a los niños y ¡enseñarles a amar a Dios! ¡Entonces, ahí, es preciso que me detenga!

Hacer conocer, amar y servir a Jesucristo a los pobres y a los niños, tal ha­bía sido, dos siglos antes, el ideal mismo de Luisa de Marillac, viuda, también ella, y madre de un hijo, cuya educación tenían aún que asegurar. Era la mujer a quien Vicente de Paúl había hecho la superiora de las primeras Hijas de la Caridad de Francia. Que hubiera o no tenido ya en sus manos Isabel la Vida del Sr. Vicente y la de la Señorita Legras, es evidente que ella entra desde este momento como a pie llano en el espíritu de la Compañía de las Hermanas de San Vicente de Paúl. Pero es preciso esperar la hora de la Providencia. Del Sr. Vi­cente a Luisa de Marillac son, precisamente, estas palabras tan llenas de buen sentido humano y sobrenatural a la vez: ¡Por Dios, hija mía, que hay grandes tesoros escondidos en la santa Providencia y aquellos que la siguen y no se imponen a ella honran soberanamente a Nuestro Señor!

El 25 de marzo de 1642, la Señorita Legras y sus cuatro compañeras habían pronunciado, en París, los tres votos de pobreza, castidad y obediencia por un año.El 25 de marzo de 1809, Isabel Seton hacía al Señor el don idéntico de sí misma. Para ella, la fiesta de la Anunciación era algo más que el recuerdo litúrgico de la Encarnación. Era el aniversario del día en que, cuatro años antes, ella había recibido por primera vez el Cuerpo de Cristo, en la pequeña parroquia de San Pedro, en Nueva York.

Ahora -anotarán los Dear Remembrances- la idea del Sr. Cooper de una escuela para niñas pobres… Los esfuerzos incesantes del Sr. Dubourg por hacerla realidad. Y transcribe el nombre de sus primeras colaboradoras de Baltimore: Cecilia O’Conway, María Murphy, Susana Clossy y María Ana Butler. Ninguna fecha, en la hoja, respecto a lo que evocan estas líneas. Se trata, en realidad, de la toma de hábito oficial de las cinco primeras Hermanas de la Caridad de América.

La ceremonia ha tenida lugar a puertas cerradas, al parecer, pero ha tenido que ser presidida por Mons. Carroll, con una discreción y una sencillez buscadas, el 31 de mayo, en la capilla de Santa María. El hábito es, poco más a menos, el que había adoptado la Sra. Seton el día siguiente de la muerte de su marido. El traje de luto que ella se había mandado hacer en Liorna, en diciembre de 1803, y que llevaban entonces las viudas de Toscana, ha parecido a la vez lo bas­tante sencillo y adecuado para ser adoptado como uniforme que distinguiría en adelante, a los ojos de todos, a las «Hermanas de la Caridad de América» ¿No habían llevado, primitivamente, las Hijas del Sr. Vicente el traje de las campesi­nas de la Isla de Francia?

Isabel vuelve, pues, a tomar, como sus cuatro compañeras, la falda negra, amplia y larga, el corpiño del mismo color que recubre una esclavina, dejando aparecer un alzacuello blanco almidonado que cierra el cuello. Ella ha mandado añadir un cinturón del que pende un rosario. Tres frases de la Sagrada Escritura y que son las divisas debidas a los Hijos e Hijas de San Vicente, los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad, serán grabadas, si no desde este 31 de mayo de 1809, al menos unos años más tarde, sobre la cruz del rosario y sobre el anillo que los engarza:

Caritas Christi urget nos -La caridad de Cristo nos apremia (2 Cor 5, 14). Pauperes evangelizantur -Se anuncia la Buena Noticia a los pobres (Mt 11, 5). Cor unum et anima una -Un solo corazón, una sola alma (Hch. 4, 32).

Tomadas del Evangelio de San Mateo, de la segunda Carta de San Pablo a los fieles de Corinto y de los Hechos de los Apóstoles, esas tres frases lapidarias resumen todos los fines del nuevo Instituto. Pues es ciertamente un nuevo Ins­tituto que acaba de nacer en la Iglesia de Dios, este 31 de mayo de 1809, el pri­mero de los Institutos religiosos nacidos en la Iglesia de América. Pequeña se­milla, grano de mostaza minúsculo que llegará a ser un árbol con ramificacio­nes pujantes, y cubrirá con su sombra el inmenso territorio del Nuevo Mundo.

Después de algunos titubeos, todas las Hermanas llevaron pronto por igual la cofia negra de las viudas de Toscana.

El Sr. de Cheverus envió a la Madre una carta de paternales felicitaciones v de vivos alientos para la obra tan felizmente comenzada. Isabel, confiesa, por su lado, que al oírse dar desde ahora el afectuoso apelativo de MADRE con el que por doquier se la saluda, experimenta una emoción profunda.

En la fiesta del Corpus Christi, 1 de junio de 1809, las cinco nuevas Herma­nas de la Caridad, arrodilladas unas al lado de otras, asisten a la misa solemne cantada en la capilla del seminario, y se acercan juntas a la Sagrada Mesa. Es la consagración oficial de su toma de hábito de la víspera. Todos desde ahora saben lo que tienen derecho a esperar de su efectiva caridad.

Fiesta de la «Anunciación» Fiesta del «Corpus Christi». Tan íntimamente vinculadas entre sí. Dios hecho hombre. Dios entre nosotros. Cristo, Verbo en­carnado, Cristo, pan de vida.

Así canta, con admiración sorprendida, uno de Santo Tomás de Aquino para la fiesta del Corpus.

Anunciación, fiesta del Corpus Christi. Esas dos fiestas serán desde ahora separables en el recuerdo y en la gratitud de Isabel Seton.

Ahora, gira, gira la rueda de bendición diaria…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *