Isabel Seton, la biografía: 14 – Ni un «Hogar» ahora

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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No os espantéis, no temáis…
Vosotros sois mis testigos;
¿hay otro Dios fuera de mí?
¡No hay otra Roca, yo no la conozco!
Is 44, 8

¡Oh alegría! ¡alegría! ¡El capitán Bagge va a llevarnos a América!… Ana está loca de alegría… De nuevo, Rebeca, estaré contigo… ¡Dos días más y par­timos para casa!

Estas notas de alegría, leves y frescas como el trino de una alondra que se remonta de un vuelo par encima de loe surcas, Isabel las deja teñirse en medio de las reflexiones más graves can los más dolorosos recuerdos de su diario. Es realmente su manera propia. Y ahí está, sin duda, uno de los rasgos de su ca­rácter que la pone tan cerca de nosotros. La vida bulle en ella y todo, al fin, en­cuentra su sitio propio, su ritmo personal. No más que la ruda prueba de esos últimos meses logra agotar, ni siquiera un poco, su corazón de mujer, la búsque­da ansiosa de la verdad total. Una sensibilidad tan fina como la suya, lejos de disminuir, se hace, al parecer, más límpida y más intensa: y está en orden.

¡He aquí que de nuevo podré tener a mis seres queridos entre mis brazos! ¡Padre de los cielos, qué hora habrá como aquélla! Mis hijos queridos, huér­fanos… sí, huérfanos según el juicio del mundo, pero colmados por tener a Dios Padre, ya que El ¡jamás nos dejará, ni nos abandonará!

Así mismo se enfrentará de nueva al momento de dejar la ciudad toscana donde reposan desde entonces los restos mortales de su marido. Ella va a arro­dillarse por última vez sobre su tumba, en el pequeño cementerio inglés de Liorna, rogando y llorando hasta la saciedad. Cuando leas mi diario -se atreve ella a confesar a Rebeca- ese diario escrito desde mi salida de casa, te darás cuenta de lo que fue mi amor por Guillermo y estarás de acuerdo en que Dios solo podía sostener ese amor con Su asistencia, a través de tales pruebas que me han sido exigidas. Es que -dice ella aún- los últimos sufrimientos que había cono­cido su marido, añadidos al recuerdo de los años precedentes, habían dado a! afecto que le tenía unas dimensiones más que humanas.

Pero, como de costumbre, ella rehúsa detenerse sobre el pasado. Es preciso mirar siempre adelante. El dolor tan vivo de la pérdida de Guillermo, su tumba que hay que dejar en país extranjero, no impiden la explosión alegre de su corazón con el pensamiento de los que -allende el océano- esperan su retorno y a los que pronto podrá estrechar en sus brazos. Dentro de unas semanas ella va a poder reanudar con Rebeca sus largas e íntimas conversaciones y ahora ¡tiene tantas cosas que decirle, tantos «secretos nuevos» que la hará compartir con tal dicha!

Todavía se impone a su memoria un detalle que quiere consignar sin dila­ción: Hete aquí que Arcina ha salido con los hijos de la Sra. Filicchi a los que su institutriz ha llevado de paseo. ¿Lo creerías? Siempre que salimos a dar un paseo, comenzamos por entrar en una iglesia o en una capilla de convento, que distinguimos siempre gracias a una gran cruz que se encuentra en la fachada, y recitamos allí una pequeña plegaria antes de ir más lejos. Los hombres actúan en esto enteramente igual que las mujeres. Entre nosotros, tú lo sabes, un hombre tendría vergüenza de que le pudieran ver de rodillas, sobre todo un día de semana.

Se siente aflorar aquí también una verdadera nostalgia que fomenta sin sa­berlo, la pequeña Ana con sus preguntas veinte veces repetidas: Mamá, ¿no ire­mos a la iglesia católica, cuando volvamos a casa? Y -siempre para Rebeca-, Isabel evoca entonces ese HOGAR de eternidad, donde todos los deseas de su co­razón podrán al fin ser colmados. En la tierra uno no puede ser colmado. Hasta la alegría de un próximo encuentro está ensombrecida, ya que es menester dejar a otros amigos, dejar también el ambiente religioso de un país donde es tan buena vivir. Existe igualmente, para Isabel, el miedo del regreso a un medio que corre el riesgo de comprender muy mal su evolución religiosa. Existe la angus­tia, que ella rechaza pero que renace sin cesar en su corazón, respecto a sus cuatro hijos más pequeños: ¿les encontrará a todos con vida? Sobre sus inquie­tudes, que no dejan de tener fundamento, se abre cierta noche a Felipe mismo. Y él, en un inglés que no sabe de matices, le responde sin rodeos: My dear little sister, Dios todopoderoso está riéndose de usted. El tiene cuidado de los pajarillos, El hace crecer los lirios de los campos y ¿usted tiene miedo de que El no cuide de usted? ¡Yo le digo que El tendrá cuidado de usted!

Isabel ha querido consignar esas palabras tales como Felipe se las dijo en su «inglés seco» -según anotará ella, en los Dear Remembrarcces- las últimas palabras que él le dirigirá a la hora misma de su marcha: La volveré a encontrar el día del juicio: -¡Oh Filicchi, ustedes no darán testimonio contra mí! Que Dios les bendiga por siempre, y brillen cual estrellas de gloria por todo lo que han hecho por mí. Y esta confesión todavía en los Dulces Recuerdos: un corazón tan resuelto que trataré de hacer la voluntad de Dios.

El velero italiano, Piamingo, dejará el puerto de Liorna la mañana del 8 de abril. De nuevo, los Filicchi han previsto todo para el embarque de la Sra. Seton v de su hija. Todo, hasta decidir el viaje de Antonio a América a fin de que la joven americana de 29 años no se encuentre sola en un navío desconocido. Tales eran los usos y costumbres de la época. Una travesía, en aquel período de per­turbaciones europeas, podía, por otra parte, llegar a ser realmente peligrosa. Los pasajeros admitidos en los navíos mercantes eran muy poco numerosos. La iniciativa del embarque de Antonio venía de Amabilia misma. Sin duda, los inte­reses comerciales de los Filicchi en los EE.UU. y en el Canadá justificaban el viaje de uno de los dos hermanos. Y resta que Isabel sabe ver en esa rápida de­cisión una delicadeza sin precio para con ella. Sabe por experiencia lo que re­presenta para un hogar una larga y lejana ausencia.

Al amanecer del 8 de abril, los Filicchi se presentan en la iglesia de Santa Catalina de Sena, para asistir a la misa. Isabel, claro está, les acompaña. Nos postramos en la Presencia de Dios. ¡Qué solemne era aquel Sacrificio para re­clamar le bendición divina sobre nuestro viaje, para mis seres queridos, para mis hermanas, para todos los demás que me son queridos, para el alma de mi marido y la de mi padre, tan amadas… Con el santo Sacrificio, nuestros deseos se ele­vaban fervientes: que sean ellos agradables por Aquél que se entregó por no­sotros. ¡Salvador mío! ¡Dios mío! Antonio y su mujer -¡su Comunión en Dios dentro de la separación! ¡Pobre de mí! Pero no. ¡Ah! ¿no le he pedido bastante que me dé la Fe de ellos y no le he prometido todo a cambio de tal don?

Ultima misa en Liorna a las 4 de la mañana -recordarán a su vez los Dear Remembrances-. Perdida en un indecible respeto y mis impresiones, una vez arro­dillada en un pequeño confesonario.

Con toda evidencia, no se trata aquí de una confesión sacramental, puesto que, de la primera confesión, Isabel dará cuenta a Amabilia, en marzo de 1805, con su espontaneidad acostumbrada. Sin duda ella quiso pedir consejo al Dominico de turno, aquella mañana, en la iglesia del convento, antes de dejar Tos­cana. Le quedó, en todo caso, un recuerdo que ella anotará con humor: No rrc> dí cuenta de que un oiDO me aguardaba, hasta el momento en que el religioso salió del confesonario y fue a preguntar a la Sra. Filicchi por qué no comen­zaba

La salida, esta vez, se anuncia excelente. Cielo despejado, puro, viento favo­rable. Mientras la joven mujer se despide de sus huéspedes, besa con ternura a los hijos de Antonio y dice un último gracias a Amabilia, el sol se eleva con un fulgor esplendente y lleva nuestros pensamientos hacia aquel día futuro en que el Sol de Justicia nos reunirá para siempre.

Ultimo adiós junto al servicio de sanidad a Felipe y a Guy Carleton. Se hin­chen ya las velas del Piamingo en medio de los ¡yo! ¡yo! acompasados de los marineros que manejan los cordajes. Se retira la pasarela. El navío deja las aguas del puerto. Sobre el puente del velero se dibuja una silueta negra. Larga falda plisada, esclavina corta de cuello vuelto, capelina de tela negra sujeta al cuello por una cinta: tal es el atuendo de las viudas de Toscana: tal será el de las Hijas de la Caridad de Emmitsburg.

A las 8 estaba sentada tranquilamente con Ana y Antonio sobre la cubierta de popa… Queridísimo Seton ¿dónde estás tú ahora? Pierdo de vista la costa donde reposan tus cenizas, y tu alma está en esa región de inmensidad donde yo no puedo encontrarte. ¡Padre mío y Dios mío! Y, no obstante, debo sentir el gusto de recordar en mí tus maravillosas formas de actuar: ser enviada a tantos miles de millas para una misión tan desesperada; verme sostenida y acompañada constantemente de tu consoladora misericordia en medio de las pruebas bajo las cuales la naturaleza, abandonada a ella misma, hubiera sucumbido; ser guiada a la luz de tu verdad a despecho de todos y cada uno de los afectos de mi cora­zón, a despecho de la pujanza de mi voluntad que se oponían a ello; ser protegida y ayudada por las amistades más tiernas, mientras una tan grande distancia me separaba de los que amaba. ¡Padre mío y Dios mío, déjame alabarte mientras viva, déjame servirte y adorarte!

La travesía iba a durar cincuenta días.

Antes mismo de dejar las aguas del Mediterráneo, rojo alerta para el Pia­mingo. La flota de Nelson que, antes del fin de ese año de 1805, reportaría sobre las fuerzas navales españolas y francesas la decisiva victoria de Trafalgar, patrulla a lo largo de Valencia. El barco italiano es rodeado. Recibe la orden de detenerse. Los soldados ingleses abordan: visita, indagación. Isabel no deja de sentir un sordo terror. En realidad es sólo un alerta pasajera y sin consecuen­cias. Pronta el velero ha alcanzado el océano y lentamente, lentamente, prosigue su cursa hacia el oeste.

Pero otro peligro, que ella no había previsto, acecha a la joven mujer. Ese Antonio a quien ella admira sin reservas y que, por servirle de «guardia de corps», no ha dudado dejar en Liorna a su mujer y a sus hijos, no deja de ejercer sobre la viuda de Guillermo un atractivo muy humana. Sin duda su amistad está situada, desde el primer día, en un plano estrictamente espiritual. Ello no impide que él sea hombre, que ella sea mujer. ¿Siente ella confusamente que el alma de ambos está mucho más de acuerdo, al fin, que lo estuvieron la de Gui­llermo y la suya? Cualquiera que haya sido su amor por Guillermo, aquel amor respecto al cual ella no dudará afirmar: me parece que yo le amaba más que a nadie a quien yo pudiera amar en la tierra, no es menos verdad que ella no tenía que haber sido siempre, respecto a su marido, aquella sobre la que una se apoya. Guillermo nunca fue para ella el apoyo que ella hubiera deseado. En cierto modo los papeles, en su hogar, se habían invertido. Con Antonio las cosas hubiesen sido claramente diferentes. Ella hubiera podido seguir siendo con él una mujer a la vez totalmente dada y totalmente abandonada. El era, además, quien la debería haber ayudado a subir por el camino que lleva hacia el Señor, mientras que fue ella siempre la que tuvo que empujar a Guillermo. ¿No había notado ella precisamente -tan impresionada la había dejada- la actitud de Antonio en el momento de dejar a Amabilia y a sus hijos? El se había comporta­do «como hombre y como cristiano -alma viril» que le había parecido, según la expresión misma del Génesis, a imagen de Dios.

Al tomar conciencia de lo que pasa en ella, y que sigue inocente, Isabel enlo­quece. ¿Anotaría a ese respecto un día en los Dear Remembrances -único re­cuerdo de su viaje de vuelta- esta reflexión donde asoma un secreto terror? Ocaso del sol sobre la isla de Ibiza -pensamientos del infierno como un inmen­so océano de fuego. Olas que se pierden en olas de angustia eterna.

Que les haya aflorado a ambos una tentación ¿qué tiene de anormal? Con la victoria que ellos, el una y la otra, reportan en esa ocasión, su amistad espiritual no disminuirá en absoluto, al contrario. Queridísimo Antonio -confesará más tarde Isabel- mil veces más querido de mí por las luchas de tu alma. Nuestro Señor está con nosotros.

De ese peligro, su alma salía más lúcida, más templada. Y era feliz cosa, por la lucha contrariamente insidiosa que tendría ella que sostener pronto entre sus amigos de América y dentro de su propia familia. Ella tenía demasiado buen sentido para engañarse al respecto. Dejada aparte Rebeca ¿quién pues, podría comprender, ratificar sobre todo, su deseo de pasar a la Iglesia católica? ¿Cómo acogería Enrique Hobart la noticia?

Durante las largas horas de la travesía, Isabel tiene todo el tiempo libre para reflexionar. A ello se ve empujada por la fuerza de las cosas que prosiguen las conversaciones con Antonio sobre temas doctrinales. Entre los numerosos regalos recibidos, ella ha traído de Italia la Vida de los Santos, de Albano Buttler, cuya lectura la encanta y suscita al mismo tiempo de su parte nuevas preguntas. Ora con Antonio siguiendo el calendario de las fiestas litúrgicas en el cual él va ini­ciándola. Ella querría que estuviera cerrada ya la explicación que preveía con el Pastor de la Trinidad, que fue amigo tan querido de Guillermo, que seguía sien­do un amigo para ella. ¿Por qué no tratar de escribir en el barco, con cabeza sere­na, una carta que podría enviarle a su llegada? Así lo hace. Esas líneas conmo­vedoras nos han sido conservadas.

A medida que me acerco a usted, me pongo a temblar. Mientras el ímpetu de las olas, su incesante movimiento, evocan para mi la porción que Dios ha hecho mía, mis lágrimas fluyen con el insoportable pensamiento de quedar se parada de usted. Y, sin embargo, mi querido Hobart, usted no será riguroso. Usted respetará una sinceridad como la mía, y bien que me juzgue dentro del error y hasta reprensible por el hecho de un cambio de religión, yo sé que ia divina caridad cristiana abogará en mi favor dentro de su afecto.

Usted ha sido ciertamente para mí, sin que yo me diera cuenta de ello, más querido que Dios, para quien mi razón, mi juicio y mi convicción han juntado sus fuerzas contra el valor que tiene para mí la estima suya. Vana fue la lucha hasta el momento en que reflexioné y concluí que usted no se opondría por mucho más tiempo, que no desearía para mí una lucha tan áspera que fuera mi­nando mi vida mortal y, más que eso, mi paz con Dios. Si, no obstante, usted ya no quiere ser mi hermano, si su amistad, su estima, que me son tan queridas, deben ser el rescate de mi fidelidad a lo que creo ser la verdad, no puedo dudar de la misericordia de Dios que, privándome del vínculo que me es más querido sobre la tierra, me atraerá ciertamente más cerca de El. Y de ello tengo con­fianza, a causa de mi experiencia del pasado y de la verdad de su promesa que no puede fallar jamás.

Los días de tan larga travesía pasan lentamente. Abril, mayo, junio… Por fin, he ahí que se dibuja en el horizonte la costa familiar. ¡Nueva York! El 4 de junio, el Plamingo echa anclas en el puerto. Desde la batayola, Isabel distingue las siluetas de los suyos: María Post, con la pequeña Bec bien viva en sus bra­zos… Enriqueta con Bill, Ricksy y Kate que saltan en el muelle, agitando sus manos. ¡Mamá¡ ¡Mamá! Con los ojos bañados en lágrimas, la Sra. Seton, con su vestido de luto, ha franqueado la pasarela. Cuatro niños se precipitan en sus brazos. Ella mantiene abrazados a sus seres queridos, incluso a la última chiqui­tina cuyo rostro luminoso, Guillermo, allá lejos, allende los, océanos, había creí­do ver sonreírle en el umbral del paraíso…

La esperaban todos a los que ama: María, Wright Post, Enriqueta, Cecilia… Todos. Salvo Rebeca. Es menester hacerla saber toda la triste verdad: su joven cuñada se encuentra en un estado de sufrimiento extremo. Se está muriendo de tuberculosis como su hermano Guillermo. La joven mujer, apretando entre las suyas las manitas de sus hijos, siente surgir en el fondo de su alma una inmensa aflicción. Así pues, la alegría del retorno es ahogada por el dolor.

La hermana de mi alma no ha venido a recibirme. Ella también había viajado con rapidez hacia su hogar celeste. Su alma, ahora, parecía tan solo esperar el amor reconfortante y la ternura de su hermana bienamada para estar junto a ella en su paso a la eternidad.

Coma se había situado, en Liorna y en Pisa, a la cabecera de su marido an­siosa de endulzar para él sus últimos días, toma ahora su turno de vela junto al lecho de Rebeca. ¡Con qué sonrisa tan feliz ha acogido la joven el regreso de. Isabel! Enflaquecida, extenuada se regocija de no haber partido antes de volver a ver a su cuñada. En los intervalos de síncopes o de semiconsciencia, quiere ella que Betty le hable de todo lo que ha descubierto en Toscana: de la señal de la Cruz, y de los santos, y del sacrificio de la misa. Con ojos brillantes, escucha ella, ávida de saber todo, de comprender todo. Incapaz como es de hablar mucho tiempo, repite pausadamente con su mano entre la mano de Betty, las palabras que Rut dirigía a Noemí: «Tu pueblo será mi pueblo, tu Dios será mi Dios» (Rut 1, 16).

un millar de páginas no podrían expresar las dulces horas pasadas enton­ces con mi Rebeca moribunda -anotará más tarde la Madre Seton en los Dear Remembrances. Cosa digna de señalarse son también las palabras de felicidad y alegría que acompasan los recuerdos de ese mes de junio de 1804.

embelesamiento (de Rebeca) ante unas líneas que yo podía citarle (en su estado de síncopes continuos y de agotamiento) respecto a la VERDADE­RA FE y al servicio de nuestro Dios — y cada día la dicha de ver su fervor en leer juntas nuestra misa espiritual, hasta el domingo por la mañana de nuestro último TEDEUM a la vista de los celajes rojos que se encendían con los rayos del sol naciente y su más tierna acción de gracias por habernos conocido y amado la una a la otra tan íntimamente aquí abajo, por estar reunidas un poco más tarde en nuestra querida eternidad – – –

— alegría purísima de verla libre de los miles de sufrimientos y pruebas por medio de las que yo había de pasar, de las cuales no hay ninguna que ella no hubiera hecho suya…

El golpe, no obstante, es duro para Betty, cuando el 18 de julio, Rebeca rindió su último suspiro. Sí, sin duda, el ápice sutil del alma no puede sino dar gracias, puesto que ¡es el día del nacimiento para el cielo de mi querida Rebeca! Se acabaron las velas y los dolores de la agonía. Las plegarias de todas las horas proseguidas en medio de los sufrimientos y de las lágrimas se han trocado ahora en ALELUYA eterno. Los santos ángeles que han sido testigos tan a menudo nuestros débiles esfuerzos enseñan, ahora, a tu alma el Cántico de Sión. Todo eso es verdad. Pero para ella que se queda ¡qué pesada se va hacer desde ahora, en las circunstancias actuales, la soledad! Querida, querida hermana, ya no contemplaremos el sol poniente, arrodilladas una al lado de otra, y nuestra alma ya no suspirará hacia el Sol de Justicia, puesto que El te ha recibido en su luz eterna… Pero aquella voz tan querida, tan sosegante de Rebeca, Betty, personalmente, no la oirá más… ¡Qué nuevo despojo para su corazón!

El hogar de la abundancia y del bienestar, ella lo perdió ya al perder a su suegro, luego a su padre, después a su marido. Desde su regreso de Liorna no tiene siquiera casa personal: Nada de HOGAR ahora -anotará brevemente en una hoja de los Dear Remembrances. Eco doloroso de aquel otro grito alegre­mente lanzado nueve años antes: 20 años, ¡mi HOGAR muy mío! La muerte de Rebeca le quita más todavía: la sociedad de dos hermanas unidas por la contem­plación común de las puestas de sol y los oficios seguidos conjuntamente y las visitas de caridad hechas en compañía. ¡Todo, todo desvanecido para siempre!

¿Han de ser desde ahora para ella la pobreza y la aflicción el único objeto del trueque al que se ve obligada? Mi marido, mi hermana, mi HOGAR, todo lo que hacía mi alegría… ¿Qué queda en sus dos manos abiertas? Pobreza y aflicción. Ella repite las dos palabras. No es por complacerse en ellas, ni para dejarse encadenar por la dura realidad que ellas encierran. ¡Pues bien!, ¡con la bendición de Dios seréis transformadas vosotras también, llegaréis a ser mis amigas más queridas! Y es que ha descubierto en ellas el triunfo de la fe, la huella misma de los pasos del Redentor, que conducen en línea recta hacia su Reino. Con la ale­gría íntima de san Francisco de Asís, que escoge por compañera amada de toda su vida a la Dama Pobreza, por amor de Cristo que fue pobre por amor a noso­tros, Isabel no teme tender los brazos hacia los compañeros de ruta que Dios le propone. La aflicción y la pobreza, bajo la luz divina, sabrán guiarla mejor que la hubieran podido hacer la riqueza y todas las alegrías humanas, por muy puras y muy santas que hubiesen sido, desde el momento en que es la mano de Dios quien se las ha quitado. Dejadme, pues, encontraros dulcemente, ser recibida en vuestro seno y conducida, cada día, por vuestros consejos hasta el fin, el resto de mi viaje… Ella sabe qué cantidad de gracias jalonan ese camino. Sí, los ángeles acompañaban a los fieles cual fueron los pastores que se apresuraban hacia Belén, cuando la Luz de Su verdad había comenzado exactamente a brillar en el mundo. Y ahora que la aurora desde lo alto ha elevado nuestra naturaleza a la unión con la Divinidad ¿serán los ángeles menos dichosos de habitar con el alma que desea ardientemente las alegrías del cielo, y para la cual se hace tarde el juntarse pron­to a su ALELUYA eterno? ¡Oh, no! Yo me los representaré siempre en torno mío y a cada instante cantaré con ellos ¡Santo, Santo, Santo, el Señor Dios del universo! ¡El cielo y la tierra están llenos de tu gloria!

Una carta dirigida a la Sra. Filicchi le hace saber la noticia del tránsito de Rebeca. ¡Que no haya podido conocer ella la alegría que procura la recepción de los sacramentos de la Iglesia católica, cuando llega la hora del último paso, de ese cambio del Tiempo a la Eternidad! A decir verdad, su piedad y su inocencia, poco comunes, y su confianza en Dios son para mí una total consolación. ¡Y izo obstante, un alma que se va tiene tantos dolores, tantas tentaciones que, por mi parte, atravieso una especie de agonía que desafía a toda descripción, incluso cuando, para sostener el ánimo y la esperanza de los que se van, les llena de alegría! Perdón por estas palabras melancólicas: estaban escritas antes mismo de haber tomado conciencia de ellas… Nuestro día, el suyo como el mío llegará también. ¡Habrá que estar dispuestas! Los niños están dormidos. Es para mí el tiempo de muchísimas reflexiones…

¿Fue el Rvdo. Hobart a asistir a la joven en sus últimos días de «dolor y de tentación» de que habla Isabel? No lo parece, a juzgar por la comparación im­plícita que ella hace entonces, evocando el recuerdo de lo que vio en Toscana, Allí, aquél a quien llaman padre de tu alma se ocupa de ella con el mismo cuidado que usted y yo ponemos en ocuparnos de nuestro chiquitín que acabamos de traer al mundo… ¿No hubiera mencionado ella las visitas del pastor de haber venido éste efectivamente a reconfortar con su presencia los últimos días de Rebeca? ¿Tuvo ella ya, por otra parte, con él una explicación, en el decurso de junio o al comienzo de julio? ¿Le envió la carta que había escrito para él, a bordo del Piamingo? O bien ¿la dejó cuidadosamente a un lado como creyó deber ha­cerlo con la misiva de Felipe Filicchi dirigida al Obispo de Baltimore, esperan­do hacerla llegar en el momento favorable? Es cierto, en todo caso, que ella ha hablado ya abiertamente a los suyos de pasar al catolicismo. El problema que suscitaba semejante actuación pudo, no obstante, ser relegado a un segundo pla­no, mientras Rebeca se moría. Otro problema quedaba planteado además en el plano material, par la muerte de Guillermo Seton. El dejaba en una situación pecuniaria lamentable a su viuda de 29 años y con cinco hijos que educar. Los Post los han tomado prácticamente a su cargo, desde la vuelta de Isabel. Otros amigos, entre ellos el Sr. Wilkes que no ha olvidado la delicadeza con que la Sra. Seton había rodeado a su mujer poco hacía, vienen en su ayuda, cada uno en su medida. Pero todo eso sólo puede ser transitorio. No puede ser cuestión para una madre y sus cinco hijos de vivir en casa de otros, a expensas de otros. Ahora bien, no ha llegado todavía la época en que se crea natural que una mu­jer sola asuma un trabajo que le permita vivir y hacer vivir a los suyos.

Con los fondos que le han ofrecido y que se ha visto obligada a aceptar, Isabel ha alquilado, desde el comienzo de junio, una tranquila casita situada a media milla de la ciudad. Nosotros ocupamos un piso -anuncia ella a Julia Scott-, y alquilaré el resto en cuanto encuentre un inquilino. Ella gasta menos de lo que sus amigos se imaginan y se alegra de poder educar a sus hijos sin esas pretensiones y esos mimos que tanto les estropean.

Podía parecer, pues, que, gracias al afecto de los suyos, gracias a las sólidas amistades que se había adquirido, desde larga fecha en Nueva York, el porvenir material era al fin mucho menas oscuro de lo que ella hubiera podido temer. Y sin duda, en realidad, la vida hubiera tomado para ella su curso normal -austero pero sencillo- de no ser sus nuevas convicciones religiosas.

Ante las primeras manifestaciones que ella hizo a este respecto, sus amigos y sus allegados se habían contentado al pronto con sonreír. ¿La muerte de su ma­rido que la había agobiado mientras estaba sola, en un país extranjero, las insinuaciones bien intencionadas de los Filicchi que la sorprendían en un momento en que su sensibilidad, al vivo, se había anticipado a su razón, no eran suficientes para explicar el encanto actual de Isabel por el catolicismo? Los cantos, las flo­res, las obras de arte acumuladas en las iglesias italianas, no hacía falta más para haberle trastornado un poco la cabeza. Entusiasmo pasajero que no tendría consecuencia.

Juzgar así, era conocer muy mal a Isabel. Pero, en realidad, ¿quién de sus amigos, efectivamente, fuera de Rebeca, la conocía de veras? Las semanas pasan. La resolución de la viuda de Guillermo permanece incambiable. En torno a ella, comienzan a agitarse, a discutir, a escandalizarse. Para la buena sociedad de Nueva York, abandonar la comunión episcopaliana, que es en cierta manera la religión del Estado, que forma una sola cosa en los espíritus can la América in­dependiente y libre, es una especie de desgracia y, a la vez, de traición. Que se fuera o no un fiel convencido, en el Estado de Nueva York, al menos, se era episcopaliano como se era ciudadano de América. ¿No se había pagado bastante caro el beneficio de la independencia y de la libertad, para defenderse celosamen­te en adelante de toda ingerencia extranjera en cualquier plano que fuese? Y de ahí se ha llegado, inconscientemente, a violar la libertad más íntima de las per­sonas en nombre de la libertad misma.

De haber pretendido afiliarse Isabel a tal a tal otra comunión de la reli­gión protestante, hubieran cerrado los ojos. Pero que ella se atreviera a preten­der hacerse católica, es decir a abrazar la fe romana, y a colocarse abiertamente del lado de los papistas, aquello era inconcebible. Nos es difícil, en verdad, ima­ginar, en nuestro siglo XX, sobre todo después del Concilio ecuménico, lo que podía representar en 1804 tal comportamiento.

Los que tienen para con la joven mujer una amistad real estiman deber suyo retenerla con todas sus fuerzas, cual se detiene al borde del abismo al insensato que parece a punto de precipitarse. Otros, más preocupados de su propia reputación, temen por encima de todo el deshonor que, en cierta manera, salpicará a la familia entera y el nombre hasta entonces tan orgullosamente llevado por los Seton. Se encuentran, entre las relaciones de la Sra. Seton, personas bien intencionadas para proponerle cándidamente un compromiso. Que si ella ya no se siente a gusto en la comunión episcopaliana, pero… ¡sólo tiene la perplejidad de la elección! Con fecha del 19 de julio, Isabel expone la situación, no sin una puntada de humor:

Hoy he recibido una nota muy afectuosa del Sr. Hobart -escribe ella a Amabilia Filicchi-. Es en realidad al día siguiente de la muerte de Rebeca, lo que no impide al pastor de la Trinidad entrar ya en lo vivo del tema. Me pregunta cómo puedo pensar en dejar jamás la Iglesia en la que he sido bautizada. A pesar de que lo que él puede decirme tenga peso, por el hecho de la predilec­ción que tengo por él, del respeto que le profeso y que apenas podría tener frente a otro fuera de él, esa pregunta no obstante me ha hecho sonreír. Es en realidad como si se llegara a decir que allí donde ha nacido un niño, allí donde le ponen su padres él encontrará necesariamente la verdad.

El no oye las invitaciones graciosas que se me dirigen todos los días, desde que estoy en mi nuevo «hogarcito» y que viejas amigas vienen a visitarme… Así una de las mujeres más excelentes que yo he conocido jamás y que forma parte de la Iglesia de Escocia, encontrándome indecisa respecto al tema tan importan-le de la verdadera fe, me dijo:

-¡Oh, te lo suplico, querida alma, ven a oír a nuestro pastor J. Manson. estoy segura de que serás de las nuestras!

Un poco más tarde viene otra de ellas que forma parte de la Sociedad de ­Cuáqueros. Ella también busca ingenuamente atraerme:

-¡Betty, te lo aseguro, lo mejor para ti es que vengas con nosotras!

Y mi vieja y fiel amiga que forma parte de la Asociación de los Anabaptistas, me confía con lágrimas en los ojos:

-¡Oh, si pudieras ser regenerada, si pudieras conocer experiencias como las nuestras y gozar con nosotras de nuestro celestial banquete!

¡Ni hasta la vieja María (la buena sirvienta de los Seton), metodista, deja de gemir meditando -como dice ella- sobre mi alma descarriada, ya que no estoy todavía convencida!

Todo esto que es divertido por fuera, resulta tan dolorosamente triste, en el fondo. ¿Por qué esa lamentable disgregación del rebaño de Cristo, cuando su propio deseo es que no haya más que un solo rebaño y un solo redil?

¡Oh, Padre mío y Dios mío -concluye Isabel- todo eso no arreglará mi propio problema! Tu palabra es verdad, sin contradicción ninguna, dondequiera que se encuentre. Una sola fe, una sola esperanza, un solo bautismo, he ahí lo que yo busco, dondequiera que se encuentre. Pienso a menudo que mis pecados, mis miserias ponen una pantalla a la luz; sin embargo me agarraré y me asiré a Dios hasta mi último suspiro, pidiéndole la luz, como una mendiga, y no cam­biaré antes de encontrarle.

¿Ha tomado en seria el Rvdo. Hobart la determinación de su parroquiana cuya noticia es el tema único al presente de las conversaciones de los salones neoyorquinos? ¿Es en él su nota, muy afectuosa, del 19 de julio la expresión de una sincera conmiseración por su parte? ¿Es diplomacia para hacer volver lo más rápidamente a la tránsfuga? Sea de ello lo que fuere, el pastor no va a tardar en separarse de su actitud cortés, si no comprensiva. El está persuadido, a priori, de que su dialéctica impecable logrará cambiar pronto el espíritu de la Sra. Seton. Antonio Filicchi que debe permanecer todavía en Nueva York o en sus alrede­dores puso en las manos de Isabel, a partir de junio, el libro del católico Roberto Manning: «La conversión de Inglaterra y la Reforma comparada» que había obtenido para ella del Sr. Mateo O’Brien, párroco de la parroquia católica de San Pedro. Por su lado, Enrique Hobart la compromete a leer «Los Comentarios sobre los Profetas», escritos por Tomás Newton, miembro de la Iglesia protes­tante. Las dos obras, evidentemente, sosteniendo unas tesis opuestas, se contra­dicen formalmente. Y nada tiene de sorprendente que la lectura alternada de los dos autores haya arrojado pronto la confusión en el espíritu de Isabel. Ella, no obstante, cree deber suyo leer lealmente ambos libros, como ha estimado más sincero aceptar las discusiones con Enrique Hobart. En realidad, es posible que no estuviera en causa tan sólo, en ese modo de actuar, la lealtad y la prudencia. ¿No la ha empujado, sin saberlo ella, a una serie de conversaciones de donde corre el riesgo de surgir la duda y la confusión, más bien que la luz, su afecto, que no ha muerto, frente al joven y brillante pastor?

Ante una resistencia que no había previsto, seguro como estaba de su fuerza de persuasión, jamás quebrantada hasta entonces, Hobart pasará rápido de la defensa al ataque.

Turbada en lo más profundo de ella misma, desgarrada por argumentos contradictorios, la joven mujer termina por escuchar el consejo de Antonio Filicchi: envía a Mons. Carroll la carta que escribió para él Felipe en el mes de febrero.

Con toda sencillez, le manda adjunta la relación de las dudas y perplejidades que la asaltan al presente. En la casita donde los cinco hijos, inconscientes to­davía del drama que se desarrolla en el alma de su madre, la rodean con sus canciones, con sus risas, con sus gritos, Isabel redacta, a fines de julio, una espe­cie de memoria destinada al primer obispo de los Estados Unidos, sin prever el cariz que iban a tomar en lo sucesivo las relaciones que se inician aquel día entre ellos.

La carta adjunta del Sr. Filicchi le hará conocer el motivo que me impulsa a tomarme la libertad de dirigirme a Vd. En verdad, él ha venido en mi ayuda con mucha bondad, buscando hacer la luz en mi espíritu… Isabel no oculta en absoluto la primera consecuencia de aquella intervención: el pensamiento de que yo podía estar en el error y encontrarme en una Iglesia fundada en el error hizo estremecerse a mi alma y decidí hacer todas las indagaciones posibles para dilu­cidar la cuestión. Los libros que él me puso entre las manos me han conducido a esta conclusión: la Iglesia protestante episcopaliana está fundada únicamente sobre los principios de Lutero y sobre sus pasiones y, por este hecho, está sepa­rada de la Iglesia fundada por Nuestro Señor y sus apóstoles, y por consiguiente, entre ellos, los apóstoles y los ministros episcopalianos no había verdadera su­cesión.

Afligida como estaba pensando que me encontraba así alejada de la verdad he resuelto dejar la comunión de ellos y unirme a la suya: tal fue el ardiente deseo de mi alma, que, habituada como está a poner su confianza totalmente en la gracia divina, no tuvo ninguna dificultad en dejarse convencer sobre los pun­tos en que hay divergencia entre ambas confesiones, cuando me persuadí, de una vez por todas, de que esa Iglesia, la suya, es la verdadera Iglesia. Tales fueron mis sentimientos hasta mi arribo a Nueva York…

Ha creído, no obstante, por deferencia y delicadeza frente aquellos de quienes había recibido su primera formación religiosa, deber exponer a sus pastores y amigos sus propias objeciones. Obrando así, seguía el consejo mismo de Antonio Filicchi. Persuadida, por lo demás, de que, sin duda alguna posible, estaba de­mostrado que la sucesión que venía de los apóstoles se encontraba realmente rota en la Iglesia Reformada, desde las actuaciones de Lutero, hubiera sido -pensaba ella- una mezquina falta de sinceridad dejar a los pastores de su antigua comu­nión alguna esperanza de verla volverse de la determinación que había tomado.

En suma, ella se creía tan segura de encontrarse desde entonces sobre la roca inquebrantable de Pedro que no temía afrontar la tempestad. Esa roca misma le parecía ahora vacilar. Con gran asombro mío, ellos, esos pastores episcopalianos, me han hecho la afirmación más formal de que he sido inducida a error en ese punto preciso.

Y ahí está ciertamente para ella la piedra de escándalo. Ella insiste: si se hubiera tratado de otro punto de doctrina donde las dos Iglesias se encuentran en contradicción, el dogma de la transubstanciación, por ejemplo, ella no hubiese quedado perturbada. Era muy de esperarse encontrar divergencias, oposiciones incluso, entre dos partidos que se enfrentan. Pero -prosigue ella- ante los testimonios perentorios que me proporciona el clero de la Iglesia protestante episcopaliana, probando que constituyen una verdadera Iglesia, reconozca que el fundamento mismo de mis principios de cara a la Iglesia católica se encuentra destruido y ya no puedo ver la necesidad que podía imponérseme de cambiar de religión.

Cualesquiera que hayan sido esas pruebas perentorias que el Rev. Hobaa ha puesto ante los ojos de Isabel, y que ella es incapaz actualmente de refutar, la nitidez con que ella expone su problema no ha podido sino impresionar al Obispo de Baltimore. Una vez planteado el problema, falta mucho sin embarga para que ella logre encontrar la paz y la certidumbre deseadas. Si las argucias del pastor han sumergido su espíritu en las tinieblas, su corazón no puede decidir­se a negar las experiencias íntimas que tuvo en Toscana. Frente a tales experien­cias, argumentos intelectuales, dialéctica, discusiones, parecen perder su consis­tencia. Es más: la conclusión lógica de su razonamiento, que ella ha estimado objetiva, hace saltar el problema al terreno mismo de la vida.

Es necesario hacerle saber -prosigue la carta- que he experimentado es­ta situación mía de la manera más espantosa. Porque soy madre, y madre de cin­co hijos, que no tienen más que a mí, he llevado infaliblemente mi causa ante Dios con ardor, y puedo decir con todo rigor que ante El la llevo incesantemente, pues tal ha sido el único y supremo deseo de mi alma: conocer la verdad. Yo sé bien -añade ella, y se ve aparecer una vez más en estas líneas su formación calvinista- yo sé bien que sin hablar de los errores que son efecto de una natu­raleza corrompida, he añadido muchos pecados a la cuenta que El tiene conmigo. Sí, verdaderamente, me ha ocurrido a menudo, en medio de las luchas de mi al­ma, pensar que bien podía ser que fuera abandonada de El y ello sería justicia; pero me atrevía a implorar su misericordia hacia la que desea por encima de todo contentarle y cuya mayor aflicción es de haberle ofendido. Sí, verdadera­mente, toda otra aflicción en comparación de ésta, me resulta alegría, y entre las numerosas y duras pruebas que ha sido de su agrado enviarme, tan sólo temo una única cosa, un único mal: perder su favor.

La exposición que acaba de hacer -explica ella también a Mons. Carroll­ responde al desea de Antonio Filicchi. Ella -concluye- ha prometido diferir todo otro paso hasta el momento que le llegue la respuesta del Obispo de Balti – more. Y añade estas palabras de una conmovedora sinceridad:

Debo suplicarle considere que mi situación actual, que me tiene separada de toda comunión, es casi más de lo que yo puedo soportar, y que será por su parte un acto de la mayor caridad hacerme llegar su parecer tan rápidamente como se lo permita su tiempo.

Terminada la carta es remitida a Antonio Filicchi. En el sobre que contiene ya las páginas escritas en Liorna par su hermano, quiere él también añadir unas líneas, insistentes, pues ve el drama que se desarrolla en el corazón de la joven mujer, y sufre por ello. Los claros dictámenes del obispo son esperados con una verdadera ansiedad. El asunto es de importancia. Ciertamente, Mons. Carroll, mejor que cualquiera, es capaz de darse cuenta de ello, y tendrá a bien dar una respuesta directa e irrefutable a los argumentos y a las afirmaciones de aquellos ministros protestantes que acaban de arrasar por completo la exposición tan sólidamente construida, sin embargo, que Felipe había redactado, en Liorna, con el P Pecci, destinada a la Sra. Seton.

Al mismo tiempo, quizás el mismo día, Antonio escribe, por otra parte, a Isabel. Su carta está fechada el día 26 de julio. Yo he estado siempre dispuesto -afirma él comenzando- y lo estaré siempre a hacerle justicia ante cualquiera -incluso ante San Pedro cuyo primado parece que se ha logrado decididamente haceros negar- por la sinceridad de su corazón en la decisión que debe tomar respecto a su religión. El está dispuesto a hacerle justicia, pero al mismo tiempo le parece ver, claro como el día, que Isabel se deja influenciar excesivamente por el terror infinito que le inspiran sus amigos protestantes.

Hobart ha obtenido de Isabel que se deje de toda discusión en adelante, bajo el pretexto sobre todo de que la Iglesia católica prohíbe proseguir inda­gaciones y exige de sus miembros una fe ciega. Es cosa inaudita -protesta Antonio- que sus amigos que se complacen por encima de todo en el libre exa­men, la razón individual, pretendan ahora que sea para usted un deber sagrado rehusar todo examen. He ahí -concluye él- lo que supera mi comprensión. Luego, apela a las, experiencias que tuvo ella, hace tan poco tiempo, en Toscana. ¿No había encontrado la paz allí?

La paz que saboreó en Toscana… ¡Ay, ciertamente, cuánto deseaba reco­brarla! Hay ahora en la vida de todos los días una triste flojedad que jamás ha­bía experimentado hasta aquí -confiará ella un mes más tarde a Amabilia Filicchi, en una carta fechada el 28 de agosto de 1804. La presencia de sus hijos, sentados en torno a la mesa donde hacen sus deberes escolares, o bien escu­chando por la noche, junto a la chimenea, las historias que ella les cuenta, solo le hacen olvidar un poco, por momentos, ese abatimiento. Debe de ser -dice ella- a causa de «una aplicación continua» a la lectura de todos esos libros que se le han dado a leer y que, ahora, la confunden más que la esclarecen. Ninguna escapatoria para ella desde ahora frente a los problemas más misteriosos y más terribles. Ella está demasiado familiarizada, sin duda, con los textos paulinos para no haber tomado conciencia, más de una vez, de que la voluntad divina es salvar a todos los hombres por Cristo y en Cristo. Pero ¿quién no ve la arbitra­riedad que puede aportar dentro de los textos escriturísticos mismos la libre in­terpretación, personal e individual, reivindicada por la Reforma de Lutero?

Yo había pensado siempre -confiesa ella a Amabilia- que todos los que tenían una buena intención se salvarían. Mi alma está toda en zozobra de ver que los protestantes -recogiendo en esto la austeridad, la severidad de vuestros principios (así es como yo los juzgaba) vean las cosas tan diferentemente de como yo me lo imaginaba, ahora que he visto que ese libro de Newton (los COMENTA­RIOS SOBRE Los PROFETAS) tan apreciado por los protestantes- envía a todos los partidarios del Papa al abismo sin fondo. Parece, según sus cálculos, que desde los tiempos de los apóstoles la mayor parte del género humano ya se encuentra allí, en todo caso.

Contra tal deducción, el corazón de Isabel se rebela. No, Dios no puede condenar alegremente a unos seres humanos cuya única falta sería, finalmente, haber nacido en un país donde domina el error. ¿Cómo los Felicchi, tan atentos a poner en práctica el gran mandamiento del Maestro, a ofrecerle diariamente sus sacrificios, su trabajo, sus penas y su amor, iban a estar predestinados a las llamas eternas por esa única razón de considerar al Papa como el sucesor de San Pedro y el Vicario de Jesucristo? Semejante cosa es impensable. Entre los católicos que ella conoció en Italia y los que pretenden describir los libros que se le han hecho leer, sea que se titulen: «Adorador de imágenes» u «Hombre de pecado», la diferencia es tal que, al fin, sobre ese tema al menos -dice ella ­su espíritu está sosegado. ¡He conocido tan bien, Amabilia, lo que vosotros ado­ráis! Y con todo, queda en mi corazón una impresión tan triste, tan penosa que está por ello en la turbación y en la oscuridad. Así que recito los salmos peni­tenciales, y si no es con el espíritu del Profeta rey, lo es al menos con sus lá­grimas.

De esas lágrimas, de esa prueba, Isabel no hace misterio. Es bueno poder decir toda su pena a una amiga. Pero, bruscamente, ella se recobra, como siem­pre. Ella llora, sí, pero guardando tal confianza en Dios que le parece -osa afirmar ella- que jamás, en ningún momento de su vida, ha sido El tan verda­deramente mi Padre y mi Todo.

Una sonrisa radiante en medio de la noche obscura en que debe caminar por dos meses todavía esta verdadera amante de Dios: la de sus hijos y la transpa­rente limpidez de la vida espiritual de Anina. La niña, que anda por sus 10 años, no se preocupa mucho de problemas de exégesis o de apologética. Su alma que, en Liorna se abría como naturalmente -osaríamos decir- en plena sobrena­tural, continúa aspirando con todas sus fuerzas a la plena verdad. En una página de los Dear Remembrances, Isabel nos ha dejado un boceto de sorprendente frescor:

…AHORA mi entrada con mis prendas queridas en nuestra querida y humilde pequeña morada… su amor, querido, tierno, perdido para con su propia madre… Mi Ana, mi Guillermo, mi Ricardo, mi Kit y mi deliciosa Bec, todavía en este momento con qué dicha evoco las horas de ternura en torno a nuestra hu­milde mesa o al piano, nuestras historias de cada velada, las canciones llenas de vida, y las mil delicadezas después de las lecciones y del trabajo de la jornada, cuando cada uno prestaba su ayuda a su madre querida.

—Nuestro primer «Dios te salve, María» en nuestra salita de oración, la noche en que Nina decía: Oh Ma, digamos Dios te salve, María; digámoslo, Ma, -decía Willy; y Dios te salve, María, dijimos todos, mientras la pequeña Bec miraba mi cara para coger las palabras que ella no sabía pronunciar sino de una manera que les habría hecho reir a todos si las lágrimas de su madre no hubieran retenido su atención — Después de haber contado ya la anéc­dota para Amabilia, con fecha del 28 de agosto de 1804, Isabel añade:

Sí, yo pregunto a mi Salvador por qué no íbamos a decirle el «Dios te salve, María». Si hay alguien en el cielo, allí tiene que estar su Madre. O ¿es que los án­geles, que se representan tan a menudo como interesados por nosotros en tierra, son más compasivos o más elevados que ella? ¡Oh, no, no! ¡María, nuestra Madre, eso es imposible! Así, yo le suplico con la confianza y ternura de la que es su hija, que tenga piedad de nosotros y nos conduzca a la verdadera fe, si no estamos en ella. Yo sé bien que si Dios me abandonara a mí misma, El estaría en su derecho, después de todos mis pecados. Desde que leo todos esos libros, mi espíritu está desorientado del todo con el pensamiento del pequeño número de los que se salvan (según lo que allí está escrito); así que beso la imagen (de la Virgen) que usted me dio, y le suplico que sea para mí mi madre.

De la misma época data esta afirmación, no menos preciosa: Instruyo a mis hijos en la religión católica, sin dar ningún paso decisivo, y es mi gran consuelo refugiarme con la imaginación en una iglesia católica.

Por: Marie-Dominique Poinsenet.
Publicado en CEME, 1977

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