Tú eres Señor nuestro Padre,
nuestro Redentor.
Tal es tu nombre desde siempre.
Is 63, 16
Abril de 1788. El próximo mes de agosto, Isabel hará sus catorce años. Y, de nuevo, su padre va a partir para Inglaterra, se ve obligado a dejar América por un drama a la vez trágico y ridículo. Con una línea, Betty consigna ese recuerdo en los Dear Remembrances.
-Una noche pasada sudando de temor, recitando todo el tiempo el PADRE NUESTRO.
Noche de angustia, en efecto, aquella del 14 al 15 de abril, cuando la familia Bayley, parapetada en su mansión de Nueva York, aguarda, de un instante a otro, ver lanzarse contra los muros el oleaje desenfrenado de un tumulto popular. Llegan los gritos hasta el lugar donde se refugian el padre, la madre y los hijos. Aquello gritos de amenaza y de odio se dirigen a todos los médicos de la ciudad, pero apuntan en particular al doctor Bayley.
Ahora bien, aquel tumulto que la policía neoyorquina no ha podido contener, en cuyo curso ya varios ciudadanos han encontrado la muerte, y que pone en peligro la vida de los médicos de Nueva York, ha sido desencadenado por una estúpida broma de estudiante. En su laboratorio de Broadway, contiguo al hospital, el doctor Bayley proseguía, la antevíspera, su curso de anatomía. Hablaba a los estudiantes que le rodeaban, de disecciones que había tenido a menudo ocasión de hacer, sobre cadáveres, sea en Inglaterra con el profesor Hunter, sea en América mismo, durante los recientes años de guerra. Sin duda, no ignora los cuentos que, gratuitamente, han circulado aquí y allí, a su cuenta, sobre este asunto: ¿es que no se había servido entonces sin recato de soldados heridos, de uno y otro campo, para hacer sus experiencias? Aun en aquel momento mismo, sus cursos de anatomía, para los que utiliza cuerpos humanos, son discutidos sordamente por unos, censurados abiertamente por otros. Y, ante todo, ¿bastaba el hospital para proporcionarle los cadáveres que necesitaba? Corría el rumor de historias siniestras: ¿es que no eran violadas, a veces las tumbas por la noche, arrebatados los muertos de sus féretros, cortados sus miembros, a fin de servir para las famosas lecciones de anatomía del doctor Bayley? Tan rápidamente la imaginación popular ha hecho extender la campaña, una vez lanzada la primera insinuación, aún cuando ninguna prueba seria pueda invocarse.
El doctor Bayley no es de seguro un hombre como para prestar atención a semejantes cuchufletas. Ni por un instante le viene a la mente que un incidente, mínimo, podría brúscamente sublevar contra él a toda una parte de la población de la ciudad. Ahora bien, el incidente va a producirse en su laboratorio, en el transcurso mismo de esa lección de anatomía que da en Broadtivay, el 13 de abril de 1788.
Sobre la mesa de disección se ha colocado un brazo de mujer, que el bisturí del profesor se dispone a despiezar. Súbitamente, uno de los estudiantes, con vena de chistes macabros, coge el brazo y, agitándolo por la ventana abierta, se pone a gritar teatralmente: «¡He aquí el brazo de vuestra madre que os ha propinado más de una bofetada!».
¡Fatal coincidencia! Entre el grupo de muchachos que jugaban en la calle, bajo las ventanas del hospital, uno de ellos había perdido recientemente a su madre. Enloquecido, corre de un tirón hacia su casa, cuenta el hecho a su padre, quien pronto ha hecho juntar una banda de vecinos y amigos que se precipitan tras él en dirección al hospital. Por las calles, el pequeño grupo engrosa por minutos. Llega a Broadway, fuerza las puertas del hospital, da asalto al laboratorio. Con la rabia de no encontrar allí al doctor Bayley, que prevenido a tiempo ha podido escapar con sus asistentes y alumnas, rompen, destrozan, destruyen cuanto allí hay: el fruto de una labor encarnizada de muchos años, proseguida con la mira de hacer progresar la ciencia médica y quirúrgica, para sólo el bien de la humanidad.
¡Dichosos todavía si se hubiera detenido allí la cosa! Pero es más fácil provocar un incendio que extinguirlo. Si las autoridades civiles que se han visto en la obligación de intervenir han podido obtener que las cosas vuelvan, poco más o menos, al orden, durante la noche del 13 al 14, ellos son impotentes para conjurar el nuevo tumulto que estalla desde la mañana y va a convertirse pronto en una barrera sangrienta. En vano se hace una llamada para calmar los espíritus, a las personalidades más destacadas de la ciudad, a aquellos mismos que han adquirido recientemente el título de héroes de la Independencia. Su intervención pacífica, lejos de calmar la agitación, parece no tener otro resultado que el de llevarla a su colmo. A su vista, los tumultuarios se agarran a todo lo que encuentran a mano: piedras, palas o estacas. Sir John Yay y el barón Von Steben son alcanzados. El alcalde de la ciudad se ve obligado entonces a dar a la policía armada, que le rodea, la orden de tirar. Suenan los disparos. Hay cinco muertos y varios heridos. Si la multitud parece dispersarse un momento, es para expandirse, en el paroxismo del furor, a través de las calles de Nueva York, aullante, vociferante, amenazante: ¡Hay que encontrar a los médicos sacrílegos, a esos hay que hacer morir!
Seguramente en casa del doctor Bayley se puede esperar lo peor, y se concibe lo que debió ser para la familia entera aquella noche de angustia y de terror. «Padre nuestro que estás en los cielos», repite sin cesar Isabel.
Después de alerta tan sofocante, y no bien se hubo calmado la efervescencia popular con el arresto del joven estudiante sobre quien, de hecho, recaía la responsabilidad del drama, la situación profesional del doctor Bayley en Nueva York resultaba muy delicada. Por otras razones diferentes, que los acontecimientos del 13 al 14 de abrü no habían hecho más que exasperar, la armonía del hogar estaba, al parecer, muy comprometida ya hacía tiempo. ¿Había aceptado en el fonda jamás Carlota Barclay que la actividad profesional de su marido acaparase la más bella parte de su tiempo y de su vida y prevaleciera en él, finalmente, sobre toda otra preocupación?
Sea de esto lo que fuere, el doctor no tarda en anunciar su próxima partida para Inglaterra, en vistas a una estancia para la que no fijaba ninguna dilación. Pero dejar en el hogar de su madrastra a sus dos hijas mayores, en las circunstancias presentes, le pareció cosa imposible. Personalmente las condujo a Nueva Rochela, confiándolas deliberadamente a la guarda de su hermano Guillermo y de su cuñada Sara.
Así pues, Isabel y María se volvieron a encontrar una vez más en la acogedora y espaciosa propiedad de Nueva Rochela, a donde tan a menudo habían ido ya por temporadas veraniegas, más o menos breves. Todo les era familiar en la casa solariega de Shore Road: cada uno de los sotos del jardín, cada una de las piezas de la casa; los peldaños de piedra de la escalinata, el gran comedor, la vasta chimenea donde los troncos de madera lanzaban, al caer de la tarde, sus ramilletes de chispas, las ventanas desde donde se divisaba la playa y el océano, y el vestíbulo de entrada, magnífico, con su robusta escalera de madera y la balaustrada de mármol maravillosamente pulida, porque todos los niños Bayley tenían costumbre de dejarse deslizar a todo tren por ella, con evidente alegría.
Conocían también, una y otra, el ambiente eminentemente social del hogar de su tío, que mantenía el dinamismo y la petulancia de sus cuatro primos y sus dos primas. Sin duda Guillermo junior, el mayor, estaba dotado de un temperamento tranquilo y no encontraba su puesto en medio de la banda de los más jóvenes, después de haber alcanzado sus diecisiete años, pero José bastaría por sí solo, para poner animación en la casa y sus alrededores. A los 11 años no tenía semejantes para imaginar farsas y bromas, cuyas víctimas preferidas serían las muchachas. Ricardo, dos años más joven, marchaba naturalmente sobre las huellas de su hermano en el camino de la travesura. Juan era demasiado pequeño, todavía, para buscar otra cosa que las caricias y la protección de sus hermanos mayores: Susana, nacida unos meses más tarde que Betty, y Ana, que antes de los siete años, era ya el vivo retrato de su abuela materna, la princesa india Annehock.
En cuanto al tío Guillermo, era un hombre de carácter enérgico, equilibrado, jovial y lleno de bondad. Arruinado en sus empresas comerciales, a consecuencia de la guerra de Independencia, aunque años de trabajo le habían conseguido, en Nueva York, una posición sólida, había vuelto, sin amargura, a la vida de hidalgo de gotera que había sido la de su padre. Gracias a su competencia tanto como a su bondad que le ganaba la simpatía, su posesión de Shore Road estaba entonces en plena prosperidad. Si empleaba para trabajar en sus tierras un pequeño número de esclavos, los consideraba como hombres y les trataba en igualdad con los otros servidores.
Hombre de acción, si los hubo, Guillermo Bayley tenía el arte, sin embargo, de saber divertirse divirtiendo a los otros. Habitualmente se instalaba en la terraza de su pequeña casa solariega, de donde la vista se extendía a lo lejos sobre el océano más allá de la cala de Pelham y la isla del Cazador, gustando el encanto intenso y apacible que se desprende de tal paisaje «uno de los más bellos que haya». Era, además, un hablador agradable, y retenía, sin dificultad, en torno a él, un auditorio apasionado, donde pequeños y grandes se mezclaban alegremente. ¡Cuántas veces no debió de contar así la historia terrorífica y romántica del Indio Wampage y de la familia Pell!
En 1642 al borde de un río salvaje de Rhode Island la señora Ana Hutchinson, la primera mujer blanca que había osado aventurarse por el corazón de tierras indias, había sido ferozmente masacrada, con sus cinco hijos, por orden del Gran Jefe indio a quien exasperaba entonces la crueldad cínica de un gobernador holandés de Nueva Amsterdam.
Orgulloso de su sangrienta victoria, Wampage, siguiendo en esto el uso ancestral de su tribu, había unido a su apellido el de la víctima y se había llamado desde entonces Annehook. Este apellido le placía, hasta tal punto que quiso dárselo a su propia hija la princesa Ana quien había de desposarse con el hijo del colono inglés, John Pell, aquel Tomás Pell cuya nieta, Sara, había llegado a ser mujer del tío Guillermo mismo en 1771. Tenía también el don de transformar, con sólo su cuchillo, trozos de madera, en juguetes maravillosos, para gran alegría de los niños, los suyos y todos los que él gustaba de ver divertirse en torno suyo en la casa solariega de Shore Road.
Uno de sus nietos hablará de él, mucho más tarde, como de un abuelito ideal nunca falto de canciones, de juegos o de historias que dan con su sola presencia un encanto único a la propiedad de Nueva Rochela.
Sí, en casa de su hermano Guillermo, el doctor Bayley tiene la certeza de que sus dos hijas mayores estarán rodeadas, cuidadas con esmero. Su corazón podrá explayarse en la atmósfera de un hogar poblado de hijos llenos de animación y de vida. El mayor de los muchachos es apenas más joven que María. Entre Susana y Betty, a quienes se tomaría fácilmente por dos hermanas, reina desde siempre una armonía perfecta.
Efectivamente, las hijas del doctor quedan inmediatamente integradas en la intimidad familiar, encontrando en casa de su tío y de su tía la apacible seguridad de una vida de familia que prácticamente no ha sido jamás la suya. Se ven igual mente animadas dentro del círculo ininterrumpido de alegres y sanas diversiones a las que están habituados sus primos de Nueva Rochela. Tales son, durante el verano, los paseos a caballo, las vueltas por el campo, las excursiones animadas por la costa o por los bosques. En invierno, bien calientes en sus abrigos de piel, la joven tropa de los Bayley no dudaba en afrontar las carreras de trineos, vertiginosas sobre las pistas nevadas, o las reuniones endiabladas de patinaje sobre los lagos helados. Con el primo mayor, Adán Flandreau, las dos mayores se apasionan, cuando llegan los días buenos, por el deporte a vela en torno a Long Island o a veces más allá.
Pero no es raro que sus otros primos y primas vengan también a juntarse a toda la casa de Shore Road: tales son los Le Conte, los Mercier, los Coutant, los Flandreau. Todos ellos tienen apellidos demasiado típicamente franceses para no tener a honra hablar y escribir la lengua de sus ancestros. En su compañía, más fácilmente que en el aula de Mamá Pompelion, María y Betty adquieren entonces un verdadero y vivo conocimiento de la lengua francesa. Se frecuenta también, ciertamente, la casa tan llena de atractivo de la señorita Molly Besley. La lectura tiene lugar, claro está, en las dos lenguas. Es entonces cuando Betty descubre con fortuna a los poetas escoceses e ingleses Thompson y Milton. Se revela también como una excelente virtuosa de la música. Sentada ante el clavecín o ante uno de los primeros pianos, está ocupada en lo suyo. Y luego, está la danza, que nadie desdeña, a la que se dan con animación, dentro de una sana y fresca camaradería, durante los bailes de familia, de tarde y nocturnas, que se suceden en verano como en invierno, reuniendo aquí y allí a toda la juventud proveniente de la mejor sociedad de la ciudad.
Durante casi dos años, Isabel y su hermana se aprovecharán sencillamente de todo lo que les ofrece una vida dichosa, una vida equilibrada como es la de la familia del tío Guillermo. De diferente manera, sin embargo.
Por agradable que sea la compañía de sus primos y de sus primas, María está más interesada, desde entonces, por los anticipos que le prodiga desde aquel momento un joven estudiante de Medicina de su padre: Wright Post, a quien tomará por esposo en 1790. Para la joven de 18 años la experiencia tan profunda y a la vez tan fresca del amor es algo que la colma y la desarrolla. Por al mismo hecho, María es mucho menos sensible que su hermana a la ausencia prolongada de su padre, con el extraño silencia que acompaña esta vez su lejana estancia en el viejo continente. Cosa increíble, nada de él llegó a sus hijas después de más de un año de su partida; y esto es para Betty causa de sufrimiento, de vacío doloroso que no le hacen olvidar ni el cálido afecto de su tío y de su tía, ni las alegres reuniones con Guillermo, Susana, José y los otros
Pero es también para ella el tiempo de otro descubrimiento íntimo, sobrenatural. Sin quedarse al margen de la sociedad, que da a la familia de Guillermo Bayley una de sus natas distintivas, Betty sabe disponer de horas de soledad, de momentos de reflexión que le son necesarios como algo vital. Ella misma recuerda en sus Dear Remembrances el gusto que encuentra entonces, así en la lectura de la Biblia como en la de sus autores predilectos, Thompson y Milton. Gusta de alejarse en medio de los roquedales que los hielos invernales han recubierto, y, allí, sola, con transportes de alegría y entusiasmo canta himnos al Señor. O bien son las claras noches de verano que la incitan a permanecer horas enteras escrutando en contemplación silenciosa el cielo tachonado de estrellas donde trata de identificar el centelleo de Orión.
Sola, también, se pasea bajo la sombra azul de los cedros de pesadas ramas y de nuevo le es necesario expresar su alegría interior entonando himnos. Lo anota expresamente:
– – alegría en todas las cosas – que las cosas sean bastas, rudas, apacibles o fáciles, siempre alegre – la primavera está aquí.
Pero ¿de qué alegría se trata entonces? Las líneas siguientes nos lo enseñan:
– alegría en Dios de que El era mi PADRE, y pidiéndole que jamás me abandonara – mi padre lejos, tal vez muerto… pero Dios era mi Padre y yo completamente libre interiormente frente a todo lo que podría suceder.
Hay que notar que toda separación, que toda frustración de una ternura humana legítima, abre el corazón de Betty hacia un amor más seguro, más grande, hacia el único amor que no engaña jamás, porque es a la vez perfecto, todopoderoso, infinito. La niña de cuatro años, buscaba junto a Dios, mirando correr las nubes en el cielo, a su madre y hermanita que había perdido. La adolescente de quince años separada de su padre y sin noticias suyas, para apaciguar su corazón, se vuelve también por instinto hacia Dios y presiente que en El, desde esta tierra, puede encontrar una intimidad hasta tal punto plenificante que nada de lo que pase podrá quebrantarla. He aquí por qué, a pesar del tormento y de la pena que le hace difícil entretenerse con María misma, Betty conserva en el fondo del corazón una alegría inalterable de la que toma conciencia sin descubrir todavía su valor y su precio. Pues parece ciertamente que hay ahí ya un toque divino que la roza y la marca, primicias de una llamada, aunque ella no pueda prever hasta dónde la conducirá. Catorce años más tarde, en una de las circunstancias más trágicas de su vida, el recuerdo de una de aquellas jornadas solitarias de Nueva Rochela la invadirá de súbito, con tal viveza que Isabel hará su relato como si se tratara de la víspera. Toma conciencia entonces, consignando el hecho de lo que fue para ella el encuentro divino, aquel día de primavera, cuando ella tenía quince años:
¡Un día durante el año 1789, mientras mi padre estaba en Inglaterra, en una bella mañana de mayo, con el corazón ligero y lleno de alegría, saltaba dentro de un carro que iba al bosque a buscar haces de leña. Joe que había conducido el carro, se puso a cortar su leña y yo me metí entre los árboles. Encontré pronto un sendero que conducía a una pradera, allí había un castaño rodeado de nuevos plantones; pensé realmente encontrar allí un bonito lugar para sentarme. Cierto que era un lecho maravilloso, el musgo verde, espeso, y la sombra del árbol y el cálido sol. Por encima de mi cabeza el cielo de un azul extraordinario; en torno a mí todos los ruidos de la primavera: alegría, armonía. Y aquellas flores encantadoras, las campanillas de los bosques y todos aquellos ramilletes de flores silvestres que había recogido por el camino. Yo estaba allí con un corazón inocente cuanto un corazón de niña lo había podido jamás ser, llenándome de amor por Dios y de admiración por sus obras.
Aún ahora creo experimentar las vivas impresiones que mi alma sintió entonces. Me vino al pensamiento que mi padre, que estaba lejos de mí en aquel momento, no podía tener cuidado de mí, pero que Dios era mi Padre, mi Todo.
Me puse a rezar, a cantar himnos muy alto en el bosque. Reía, me hablaba a mí misma, admirando la bondad de Aquél que me levantaba así por encima de mí misma, que me hacía superar toda melancolía, luego me senté de nuevo para saborear aquella paz del cielo. Estoy persuadida de que una hora de alegría de esa clase hace avanzar diez años en la vida espiritual!
Asida por esta presencia de Dios en ella le es necesario prolongar aquel momento privilegiado de soledad. Pide a Joe que no la espere y se va de allí sola, por el lado de la rectoría, nada más que por verla, dando para ello un rodeo de más de un kilómetro. Pero ¿no es la rectoría la casa de aquél que ha recibido la misión de anunciar la palabra de Dios?
¡Allí, prosigue ella, recé otra vez con todo mi corazón y luego volví a casa cantando a todo lo largo del camino!
Insistirá todavía, mucho más tarde, en sus Dear Remembrances, sobre aquellos momentos, de soledad cuando, en total comunión con la naturaleza que ama, ella descubre en lo más íntimo de sí misma el manantial de una alegría más pura y más profunda donde mitiga la sed su corazón de niña, su corazón de adolescente.
Es para ella un placer sin límites permanecer sentada en medio de los campos teniendo en sus rodillas el gran libro abierto de las Estaciones de Thompson, mirar el rebaño de ovejas que pastan en derredor, los corderos retozando y balando por encontrar a su madre. En sus paseos por el bosque, pegar sus labios al tronco de los abedules para chupar su savia. Sus pasos la han conducido al borde del océano. Encuentra el placer de niña recogiendo sobre la arena las conchas multicolores. Cuando al fin, dichosa, relajada, está de vuelta en casa de su tío, se asombra de escuchar a las sirvientas, que son metodistas y no episcopalianas como ella, cantar mientras hacen girar su rueca, himnos de una extraña austeridad. Ella, a quien el Señor hace ya comprender en lo más íntimo de sí misma, que lo que El quiere es compartir con nosotros su vida divina en una alegría infinitamente pura que no tendrá fin, no se siente de acuerdo con aquellas palabras lancinantes, que llegan como un estribillo a los labios de las hilanderas: «¿Es que no he nacido para morir?». Una inquietud la vence un instante, pero, como en una pirueta, sus quince años la han hecho pronto recobrar las fuerzas. Este pensamiento súbito le traspasa el espíritu: más tarde, se entiende, se hará «cuáquera», de la misma manera. Y, ¿por qué? Pues, ¡porque las cuáqueras llevan unos sombreros tan sencillos y tan bonitos! Sin duda, ella sabe por instinto que en la secta de los cuáqueros -cuyo nombre viene del verbo to quiake: temblar, ¿un temblor carismático?- ¡jamás estaría cómoda! Pero… ¡por tener un sombrero tan bonito…! ¡Excelente razón!, comenta en sus Dear Remembrance,s, y se adivina la sonrisa divertida de la Madre Seton evocando para sí misma aquellos recuerdos de antaño.
Con la pequeña Ana, Betty tiene algunas veces largas y serias conversaciones. Para Ana, es bien sabido, todo el mundo allí tiene una debilidad de la que nadie busca defenderse. La tez mate de la niñita, sus grandes ojos oscuros, sus cabe llos tan negros que parecen, por momentos, cabrillear con reflejos azules, sus rasgos enérgicos, su expresión decidida, evocando a sus ascendientes indios y principescos, le confieren un encanto que sólo le pertenece a ella entre los seis hijos de Sara Pell. Pero Betty ha descubierto, además, en ella, un verdadero atractiv9 por las cosas divinas que se emparenta con el suyo. Es un hecho, la adolescente, con Ana, con ella sola, puede hablar de Dios, de su bondad, y de su amor. Y es que Betty tiene necesidad de compartir con alguno la alegría que le trae la certidumbre íntima de la presencia del Señor, de la bondad del Señor, del amor del Señor. Ana, por su parte, se revela asombrosamente receptiva. Le encanta escuchar a su prima mayor contarle las historias de la Biblia, o cantar para ella esos poemas tan profundamente humanos y sobrenaturales que son los salmos. Entre Ana y Betty se traba entonces una amistad que un día romperán brutalmente dolorosas circunstancias, a causa, precisamente, de la división hecha entre los hermanos separados de la Iglesia de Cristo.
El año 1789 iba a terminar. Acababan, por fin, de recibirse noticias del doctor Bayley. Tenía la intención, decía, de embarcar próximamente en uno de los navíos mercantes que se haría a la vela hacia América, en diciembre o enero, probablemente.
María no duda de que el retorno de su padre precede un poco a su propio matrimonio con el joven doctor Wright Post. Toda feliz, 1a joven de veinte años mira pronto cara a cara el próximo futuro como una estela llena de encanto, donde las jornadas serán apenas bastante largas para dejarle tiempo de dar la última mano a su ajuar, a la ropa de casa de su futuro hogar, a mil y una cosas con las que sueña verle provisto desde el primer día.
Para Betty, ese retorno deseado, impacientemente esperado, no va a aportar la felicidad con que ella contaba. Apenas las dos hermanas habían vuelto a Nueva York, y ya las diferencias se suceden en el hogar de los Bayley. ¿Por qué disimulárselo? Se abren allí unas fallas demasiado profundas, desde entonces, para que se pueda esperar que un acuerdo, real, pueda encontrarse un día entre el doctor y su esposa. Cuando, en el mes de junio, se celebre el matrimonio de María, recepciones, danzas, músicas pueden ciertamente dar todavía el cambio exteriormente, en cuanto a la vida familiar de los Bayley. No es más que la alegría ficticia que quiere salvar las apariencias, disimular a los huéspedes, a los invitados, a los miembros mismos de la familia la irremediable ruptura que acabará, unos años más tarde, por consumarse en su gran día.
Tal situación, sobre la que ella no se engaña, trae al corazón de Betry una indecible angustia, porque persiste en profesar a su padre una admiración sin límites., un gran amor filial, indefectible y apasionado. Unas líneas en sus Dear Remembrances, conmovedoras en su sencillez, bastan para revelar lo que fue para Isabel su decimoséptimo aniversario, que ella había soñado maravilloso, ya que su padre estaría de nuevo junto a ella.
-a la edad de dieciséis años, desacuerdo de familia y no hay medio de concebir por qué, cuando hablaba amablemente a los míos, no me respondían; y no hay medio de concebir que alguien pudiera ser enemigo de algún otro.
Un hecho se impone, además, brutal y desgarrador: Vino a ser imposible a la joven permanecer más tiempo en la casa que debería ser la suya. Dejar deliberadamente Nueva York, para volver a Nueva Rochela a casa del tío Guillermo, parecería, a primera vista, la mejor solución, pero eso sería anunciar públicamente para aquellos que se juzga que lo ignoran, el drama íntimo que continúa en casa del doctor Bayley. Sería también, para Betty, alejarse nuevamente de un padre hacia quien su amor, en tan duras circunstancias, se hace cada día más puro, más apasionado, más lúcido, al mismo tiempo. Le es necesario pues adoptar un comportamiento que dejará suponer que es ella quien, con toda su voluntad, acepta por su gusto personal, pasar unas semanas aquí, otras semanas allí, como si, siempre, tuviera su sitio en el hogar de sus parientes.
Sin duda, María ofrece de buena gana hospitalidad a su hermana. Pero se puede presumir, con todo, que Isabel tiene demasiado tacto y delicadeza para imponer su presencia en el jovencísimo hogar con estancias frecuentes y prolongadas. Si le es igualmente divertido pasar un tiempo, cuando ella lo quiere, en casa de su tía materna, la señora Thomas Dongan, aquello no es más, en resumidas cuentas, que un paliativo.
Afortunadamente para Betty, su familia y la de su cuñado, tienen en Nueva York un extenso círculo de relaciones, dentro de la sociedad más selecta de la ciudad. Así la joven podrá trabar, por lo menos en esta época, sólidas amistades, enriquecedoras y beneficiosas.
Con Julia Sitgreaves Scott, a quien conoce en 1790, mantendrá, durante años, una correspondencia regular cuyo conjunto, editado en 1930, constituye un imponente volumen. Dos o tres años mayor, Julia, sin embargo, se apoyará en ella, pues la joven mujer, madre ya de dos hijos es de salud frágil, fácilmente deprimible. Betty encontrará para definirla una expresión encantadora: «vain shadow», a la que es difícil dar un equivalente, «leve sombra», quizás, o si se prefiere «sombrita de nada». María y Juan, los hijos de Julia, se prendarán pronto, al crecer, con un afecto apasionado, de la amiga de su madre.
Totalmente diferente de Julia se manifestaba Eliza Craig, en vísperas de casarse con Enrique Sadler. Desde su matrimonia, da a su hogar una nota de equilibrio y de estabilidad. Es una mujer de juicio y de buen sentido, a quien se puede pedir siempre un consejo. Pasee, además, una fortuna excelente, que sabe usar con inteligencia. La mansión de los Sadler sita en Cortland Street, es atrayente, agradable, acogedora, como lo es, en otro estilo, su casa de campo de Long Island. Que sea aquí o allí, la dueña de la casa sabe colocar a gusto a los que recibe, y su delicadeza tiene el arte exquisito de hacer olvidar a sus huéspedes que están bajo un tejado extraño.
Con frecuencia, es verdad, Eliza está ausente. Se va a Irlanda para responder a la invitación de uno de sus tíos que reside allí. Más a menudo aún, acompaña a su marido, cuyos negocios le obligan a frecuentes viajes por Europa. Quizás Eliza es la amiga preferida de Betty, aquélla con la que se siente más de acuerdo, con más seguridad, en todo caso.
Deberá dar apoyo también a Catalina Dupleix, que, minada en su salud, se encuentra sobre todo extrañamente aislada por razón de su matrimonio que no fue afortunado. El capitán Dupleix es un hombre del mar, un rudo comandante, demasiado rudo para la delicadeza de su mujer. Demasiado poco en su hogar también, puesto que pasa capeando temporales en los mares la mayor parte del tiempo. ¡Si hubiera al menos un hijo! Pero Catalina no conocerá jamás las alegrías de la maternidad. Su ternura, frustrada en su vida familiar, tiene necesidad de encontrar un objeto. La amistad que da, es una amistad segura, profunda, fiel, pero que, para explayarse, tiene la necesidad de sentirse comprendida y compartida. A tales exigencias Betty es capaz de responder.
No es raro, que, Eliza, Catalina y Betty se reunan para ir a visitar juntas a los enfermos, a los niños desheredados de Nueva York. La señora Sadler, la más favorecida de las tres en cuanto a la fortuna, no duda en dar sumas considerables para las obras de beneficencia que se establecen entonces, según los usos y costumbres de la época. La señora Dupleix actúa de la misma manera. Si Betty no está en condición de aportar una ayuda pecuniaria, es dichosa, al menos, en pagar con su persona, en cuanto se presenta la ocasión.
De hecho, ocupaciones y amistades, por buenas que sean, dejan en el corazón de la joven un sentimiento de vacío. ¿Se ha dado a sus amigas con ardor un tanto excesivo? ¿Ha querido, para olvidar el sufrimiento que le viene de su pro pio hogar, embriagarse un poco de vida mundana? Más tarde cuando llegue a ser la Madre Seton, aleccionada por las experiencias dolorosas, gracias a las cuales el Señor ha decantado su alma de lo que no era más que humano, juzgará sin indulgencia su comportamiento de entonces:
– necedad, tristezas, quimeras, míseras amistades, pero todo esto se vuelve en bien y en conclusión: cuán estúpido es amar cualquier cosa que sea en este mundo.
En verdad, el juicio aquí es demasiado severo. Tanto, que hasta es erróneo, porque ni el amor, ni la amistad serán jamás censurables en cuanto tales. Lo que sí lo es, es el uso desreglado que el hombre pecador es capaz de hacer de elles. Sin duda es necesario ver en estas líneas, repuestas en su contexto histórico preciso, el sentimiento sentido ulteriormente por Isabel, de haberse dado entonces de manera demasiado absoluta a solas amistades humanas. A estas amistades, además, permanecerá fiel hasta su último día. Un hecho parece cierto. Si, durante este período, Isabel, más o menos conscientemente, está a la búsqueda de Dios, Dios la persigue y la busca más de lo que ella le busca personalmente. Pero ella no tiene, para avanzar en este camino de la intimidad divina, a nadie que la pueda ayudar. ¿Cómo, entonces, extrañarse de encontrar en ella esos tanteos dolorosos, esa búsqueda inquieta de felicidad para la que se siente hecha, esos deseos que parecen sin objeto, esos temores de ser infiel a la gracia, y hasta la tentación de desesperación cuyo aguijón va a conocer?
A los dieciocho años, es ella también quien nos lo da a conocer, tiene bellos sueños. Querría poseer una casita en el campo, para reunir a todos los niños de los alrededores y enseñarles sus oraciones y mantenerlos limpios y enseñarles a ser buenos. Siente, en el fondo de sí misma, brotar otro deseo que le parece utópico, y que, en el plan de Dios, será realidad, es el deseo apasionado que había de lugares de ese género en América… donde la gente podía encerrarse lejos del mundo y ser siempre buena. Ha pensado a menudo, prosigue ella, huir hacia tal lugar, más allá de los mares, baja un vestido de prestado, trabajando para vivir.
¿Es el pensamiento de tal retiro, lejano y silencioso, bajo la mirada de Dios, lo que le hace tomar conciencia de la vanidad de una vida mundana? El hecho es que confiesa estar estupefacta de ver las preocupaciones que se toman las gentes por su aseo personal. Y esta vida mundana ¿no es la suya? Sí, y precisamente, le parece incompatible con sus deseos más íntimos, más imperiosos también: entretenerse sola, a solas con el Señor.
– Mil reflexiones, después de haber estado en las reuniones, sobre el hecho de que no podía hacer mis oraciones y tener buenos pensamientos, como si hubiera estado en casa. Siente la necesidad de reflexionar y dar a cada cosa su lugar… Sufre de reconocerse incapaz de hacer lo uno y lo otro… De ahí que llegue a preferir ir a su habitación a tomar fuera cualquier otra distracción.
Tendría a la vez necesidad de expresarse, de ser comprendida, de verse ayudada a resolver un problema primordial como el del sentido de la existencia, que se plantea su espíritu; verse esclarecida en lo concerniente a la respuesta que se le pide, personalmente, de cara a la llamada de Dios que se hace insistente y ya dolorosamente purificante.
Está sola. Tiene dieciocho años.
Ahora bien, este mismo año de 1792, el doctor Bayley, su padre, es nombrado titular de la cátedra de anatomía, en la Facultad de Medicina de la ciudad de Columbia, recientemente erigida. Son para él nuevas cargas, nuevas obligaciones, que se juntan a las que ya le absorbían. La joven, sin embargo, tendría tanta necesidad de apoyarse sobre ese padre a quien el trabajo aleja, tan a menudo, de Nueva York. Y él mismo, en el fondo, ¿no experimenta una igual necesidad de apoyarse en su hija? Hay entonces, entre ambos, una correspondencia incesante. Las cartas de Isabel son diarias o casi diarias. A ella le gustaría que las respuestas llegaran con el mismo ritmo. De hecho, ¿qué sola está en este plano también!
En semejantes circunstancias, ¿qué hay de sorprendente en que, de golpe, ella se sienta resbalar como en un abismo sin fondo, donde, por un instante, piensa poner fin, no importa con qué medios, a la agonía que le aplasta? Unas líneas lacónicas en sus Dear Remembrances, hacen presentir cuál llega a ser su drama. – ¡Ay, ay, ay… LÁGRIMAS DE SANGRE, – DIOS MÍO – cataclismo horrible de todas las buenas promesas de Dios con la más audaz presunción, – Dios me había creado, – yo era muy miserable. El era demasiado bueno para condenar a una tan pobre criatura hecha de polvo, conducida por la melancolía a este miserable razonamiento… Laudanum – – la alabanza y las acciones de gracias de una alegría desbordante por no haber consumado esa horrible acción, – millares de promesas de eterna GRATITUD.
Nadie, quizás, en el círculo familiar de Isabel, ha dudado de la íntima y punzante agonía por donde ha pasado. Una cosa es impresionante en las líneas que ha trazado a este particular: su impulso espontáneo hacia el Señor. Que el pensamiento del suicidio no baya aflorado más que un instante, o que, en una tensión excesiva, la joven de dieciocho años se haya debatido más contra tal obsesión, ella guarda hacia Dios, hacia su bondad, hacia su amor, una indefectible confianza. Por instinto, ella se vuelve hacia El como hacia su único refugio. ¡Mucho más!, ya que el Señor la ha retenido al borde del precipicio, ella le hace millares de promesas de eterna gratitud.
¡No se dice, por otra parte, en el Libro de los Proverbios:
«Las heridas sangrantes son un remedio contra el mal, los golpes curan hasta el fondo del ser»? (Prov. 20, 30).







