Inculturando el Carisma y Ministerio Vicencianos en los contextos del Pacífico y de Asia (2)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Daniel Franklin Pilario, C. M. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 2007.
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2. El Reto de la(s) Cultura(s)

Lo que he explorado hasta ahora es cómo manejar ‘el pasado’, esto es, con el mundo de textos históricos y su relación con el intérprete. Lo que se olvida a menudo en las discusiones sobre hermenéutica es el hecho de que ‘el presente’, el mundo del intérprete es también un asunto de interpretación. Cuando nos proponemos la re-lectura del carisma Vicenciano en nuestra cultura, se olvida con frecuencia que esta misma cultura también necesita ‘re-leerse’ o es ya un producto de lecturas plurales y con frecuencia conflictivas. ¿Qué es entonces la cultura?

Cultura como Proceso

En muchos discursos antropológicos, ‘cultura’ se emplea siempre como un ‘nombre`abstracto para algo. O bien se refiere a algunas prácticas sociales ‘elitistas’ (por ejemplo, la música, la pintura, el teatro, etc.) o, en una visión sociológica igualitaria más contemporánea, a algunas formas de vida determinadas comunales, significaciones y prácticas diarias. Se localiza bien en el pasado (como valores tradicionales y ‘modos de vida’) o en el futuro (como ideales sociales o religiosos). Tanto el discurso Vaticano de la llamada ‘cultura Cristiana` como la utopía radical comunista llamada `sociedad sin clases’ son la misma versión de cultura como ‘nombre’; la primera fundada en la nostalgia del pasado, la segunda apoyada en los goznes de un futuro ideal. A pesar de sus parecidas diferencias ideológicas, lo que une a estas dos posiciones es la determinada forma abstracta en la que ha sido conceptualizada y capturada la cultura. Un teórico cultural contemporáneo, Raymond Williams (1921-1988) argumenta contra esta connotación pasiva de valores pre-determinados enfatizando cultura como ‘verbo’. Antes de convertirse en un ‘nombre’ abstracto para algo, cultura fue primero un ‘proceso’. El término latino, cultura, puede ser rastreado a su raíz, colere, que, entre otros significados, quiere decir ‘cultivar’. ‘Cultura’ así originalmente es una palabra para denotar una práctica actual, esto es, el cultivo o atención a algo, por lo general plantas o animales, y por extensión metafórica, `atención’ humana. Tan sólo en los últimos desarrollos llegó a denotar una abstracción, una cosa en sí. Lo que quiero subrayar aquí es la idea original de cultura; es un verbo, un proceso, una realidad dinámica. Más lejos de las `formas’ culturales abstractas y determinadas a las que nos referimos con frecuencia, es como la praxis humana colectiva necesaria a una comunidad local para sobrevivir en el medio social y físico en que se halla.

¿Qué repercusiones tiene esto en el proyecto de inculturación?

Lo que llamo explicaciones de inculturación de ‘arriba abajo’ cae en el peligro de ‘adaptar’ al presente algunas formas culturales cosificadas (la mayor parte importadas) – del Oeste o del pasado- a la práctica contemporánea. Un ejemplo son las primitivas prácticas en la ‘asaptación litúrgica: la adaptación de alguna realidad extranjera reteniendo lo llamado ‘esencial y ajustando las ‘expresiones’ a los contextos locales. Lo ‘esencial’ (o el ‘núcleo’) representa la realidad ‘más auténtica’ comparada con las ‘expresiones’ (o lo ‘periférico’) que no son más que sus arreos culturales. Así, lo esencial necesita ser mantenido mientras las expresiones pueden transformarse según el contexto. A esto se suele hacer referencia como a la teoría del ‘meollo y la cáscara’. Pero podemos preguntar, por ejemplo, ¿quién determina los llamados ‘esenciales’ de los ‘periféricos’? ¿Podemos realmente separarlos? Por ejemplo, ¿es el Catolicismo Filipino separable de las prácticas Españolas de procesiones, fiestas, santos, panatas, etc.? ¿Son éstos esenciales o periféricos? Aplicados a un contexto más distintamente Vicenciano, ¿quién traza la línea entre los ‘esenciales’ y las ‘expresiones’ del estilo de vida Vicenciano? Este tema ha sido debatido a lo largo de los siglos en nuestras comunidades –discusiones hasta el punto de violencia y destrucción de personas y relaciones, con todos los partidos en la creencia de que su lectura es la más ‘esencial’.

Incluso si comenzamos la inculturación por los contextos culturales locales, todavía nos encontramos con el callejón sin salida metodológico si seguimos mirando la cultura como ‘nombre’, no verbo; como realidades cosificadas, no como proceso. Un ejemplo de lo cual es el análisis que iguala la cultura Filipina (o cualquier cultura para el caso) con el pasado congelado como las costumbres y alimento ‘nativos’, danzas y canciones ‘étnicas’, prácticas ‘tradicionales’, incluyendo hasta los llamados ‘valores Filipinos’. Porque ¿quién puede precisar en qué consisten los ‘valores Filipinos’? La cultura de la que cualquier proceso de inculturación parte nunca es una realidad estática sino que está en el proceso de formarse y transformarse por agentes sociales concretos a través del tiempo. De esta forma, cualquier análisis cultural debe tomar esta dimensión en serio. Cuando decimos cultura Filipina (o de Fiji, Indonesia, India, Taiwan, Vietnam, Australia o China, si vamos a eso), no hay un solo conjunto de valores, formas de arte o prácticas con las que podamos identificarlo. Estas prácticas y valores se crean y recrean constantemente ya que estas sociedades específicas se encuentran con diferentes fuerzas e influencias a través de la historia. Esto nos lleva al punto siguiente.

Cultura como Poder

En cualquier análisis cultural, lo que necesita atención y examen es el juego de fuerzas en la configuración de las culturas. Nuestra primera realización es que las culturas no son realidades prefabricadas; son realidades dinámicas constantemente transformadas a través del tiempo. Un corolario de este aserto es que las culturas no se mueven o mezclan entre sí ‘inocentemente’ como el café con el agua. Nuestro segundo aserto es que la cultura también significa ‘poder’. Algunas realidades culturales (lenguaje, visiones del mundo, religión, valores, etc.) llegan a ser aceptadas como la norma debido a su dominio no sólo en lo cultural sino también en las esferas económicas y sociales. Pensad en McDonald’s, Coca-cola o en las celebridades de Hollywood convirtiéndose en nombres familiares. Y no es una difusión inocente. Algunos analistas lo llaman la McDonaldización, Coca-colonización o Hollywoodificación del mundo –todo porque los EE.UU. está ejerciendo un dominio hegemónico en todos los campos -cultural, político y económico. Para la mayor parte, ‘hegemonía’ –una noción popularizada por Antonio Gramsci- constituye su sentido de la realidad, su experiencia ordinaria y de sentido común al sentirse continuamente bombardeados por los medios y la propaganda de estas cosas que se han de ‘tomar por’ la realidad. Es otro mundo por ‘cultura’; en nuestro caso, cultura capitalista global. Pero una hegemonía vivida no es nunca un sistema totalizador, singular abstracto. Es un complejo de relaciones, experiencia y actividades. La posición dominadora debe renovarse constantemente, recrearse, defenderse y modificarse pues se la resiste también de continuo y se la subvierte por fuerzas en sus márgenes. Según Williams, «no existe moda de producción y por lo tanto ningún orden social dominante ni ninguna cultura dominante incluye o agota en la realidad toda la práctica humana, la energía humana y la intención humana.» Así, la resistencia se puede localizar dentro de lo que Williams llama lo ‘residual’ y lo ‘emergente’ que, junto con la fuerza hegemónica ‘dominante’, constituye el proceso cultural total. En otras palabras, hay más cultura que lo `dominante’ ya que la práctica humana actual hablando en general no se puede agotar nunca del todo por su control a pesar de sus intenciones de universalidad. «Porque siempre hay, si bien en diferentes grados, una conciencia práctica, en relaciones específicas, en talentos específicos, percepciones específicas que es incuestionablemente social y que un orden específicamente ‘dominante’ desprecia, excluye, reprime, o simplemente no acaba de reconocer.» De estas áreas es de donde brotan unas ‘voces emergentes’ para ejercer presión en lo hegemónico.

¿Qué repercusiones tienen estas afirmaciones en la inculturación?

Si comenzamos el proceso de inculturación desde nuestra cultura presente, necesitamos que se nos recuerde que esta cultura no es nunca una realidad monolítica. Por ejemplo, la noción de ‘nación’ (así, cultura nacional) no es una entidad natural sino una realidad construida, así, la cuestión del poder en el proceso de su llegada a la existencia. Cuando decimos ‘cultura Filipina’, podemos preguntar «¿qué Filipina?», «¿qué cultura?» Mucho más difícil es, por tanto, buscar una identidad regional ya que cuando decimos cultura del ‘alma Asiática’ o de ‘Asia-Pacífico’, ¿a qué nos referimos de hecho? Forzarnos a acercarnos a una nos implica en un proceso de construcción, como, también en una imposición de algunas lecturas dominantes que entroniza algunas culturas y enajena las demás. Esto nos lleva a formular la pregunta cuál es el último espacio de inculturación. Creo que la inculturación (del mensaje cristiano o del carisma Vicenciano) ocurre básicamente en lo que Williams llama ‘identidades sociales localizables’-esos ‘vínculos cognoscibles’, voces localizables ‘en interacciones cara a cara’. Son estas comunidades populares –sea una casa local DC o CM, una conferencia SSVP, grupo juvenil Mariano, una Confraternidad de Caridad o una Comunidad Eclesial de Base- que se enfrentan al desafío de sobrevivir sino también de vivir el mensaje Cristiano (y el carisma Vicenciano) en sus propios contextos. La inculturación, pues, ni ocurre en las convenciones y conferencias ni en artículos que nosotros escribimos (como éste). Lo más que podemos hacer es reflexionar sobre los intentos de inculturación en las comunidades de base. Como a los teólogos de la liberación les gusta decir: «La reflexión es un segundo acto, el primer acto de la cual es la praxis, «a saber la praxis de estas ‘identidades sociales localizables’.

En términos más pastorales, me gustaría adelantar para una consideración seria los procesos básicos de las Comunidades Eclesiales de Base, o en un contexto inter-religioso, las Comunidades Humanas de Base para que sean ellas mismas modelo de inculturación. En los procesos ver-juzgar-actuar de los BECs, no hay voz dominante de arriba que no esté siendo re-interpretada en contextos individuales. Inclusive las Escrituras se revisten de un nuevo color cuando se leen desde una perspectiva de la situación propia de la comunidad. Así ocurre con los textos Vicencianos. Cada comunidad decide sobre qué línea particular de acción se ha de seguir basándose en lo que le es necesario para sobrevivir y para llevar una existencia significativa en el aquí y ahora. Si hay algo ‘sagrado’ en BEC es su proceso. Aquí, la formación cultural no es una imposición de algunas formas preconcebidas –desde el pasado como textos congelados de la tradición o de las prácticas culturales cosificadas. Conscientes de la dinámica del poder en el proceso cultural, nuestro propósito como agentes de inculturación en estas comunidades es crear ‘condiciones’ en las cuales la gente en conjunto participe en el articulado de este sentido y aquél, este valor y aquél» cuando releen continuamente y reinterpretan sus identidades Cristianas. Porque la tradicional teología Cristiana ha reconocido también la presencia del ¿sensus fidelium’ o la capacidad de los ‘fieles’ (o las comunidades básicas presentes) para discernir siempre lo que es mejor para su propio bienestar, su vida de fe y sus comunidades.

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