Inauguración del Hospital de la Villa de Cisneros (Palencia) (1903)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1903 · Source: Anales Madrid.
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CisnerosCon mucho agrado damos cabida en nuestros ANALES a la siguiente relación de la inauguración del Hospital de Cisneros, que nos ha enviado Sor María Leoz, Superiora del hospital de Paredes de Nava, de la misma provincia de Palencia. Dice así:
MI MUY RESPETABLE PADRE ARNÁIZ:
Con el corazón rebosando de alegría doy a esa Revista una sucinta relación del espectáculo altamente edificante y conmovedor que tuvo lugar en esta religiosa villa con motivo de la inauguración de un Hospital con el título de Nuestra Señora de los Dolores, y la llegada de las tres Hijas de la Caridad que vienen a consagrarse y sacrificar si es necesario su vida en bien del pobre y desvalido enfermo, a la vez que dirigir a los tiernos e inocentes niños por el camino del Cielo, inculcando en sus débiles corazones los principios de nuestra santa Religión; pues según consta en la fundación, se obligan a enseñar gratuitamente a los párvulos de uno y otro sexo.
El día 26 de Septiembre se anunció con repique de campanas y disparo de cohetes la llegada de las referidas Hermanas de la Congregación de San Vicente de Paúl, quienes fueron recibidas y saludadas en la estación por las Autoridades eclesiásticas y civiles, que esperaban la llegada del tren. Conducidas que fueron en carruajes del país a las in-mediaciones de la población, se unió a la comitiva una multitud inmensa de espectadores ávidos de ver y saludar por primera vez a tales religiosas, haciéndose difícil el tránsito por la aglomeración hasta penetrar en el santo Templo, donde se dio gracias a Dios por la feliz llegada.
El día 27 del mismo mes se bendijo el santo Hospital por el muy digno Sr. Arcipreste y fundador del mismo, acompañado de todos los Sacerdotes de la población, las tres Hijas de la Caridad y la Sra. Superiora del de Paredes.
La parte principal y relevante de esta función y acontecimiento fué la inauguración solemne de esta casa de Caridad. que tuvo lugar el día 28, comenzando con la misa solemne y siendo el celebrante el Párroco de la Matriz don Pablo Casado, quien al Ofertorio dirigióse a los feligreses anunciándoles que dicha misa se celebraba por el alma del inolvidable D. Vicente de Guzmán Andrés, cuyo señor, si no era el inmediato fundador de dicho establecimiento benéfico, se ha fundado por inspiración suya y con bienes que Dios depositó en sus bondadosas manos; que pidiesen por su alma, por si acaso necesitaba de sufragios y oraciones, y si, como juzgando cristiana y piadosamente, estaba gozando de Dios en el Cielo, desde este lugar bendijese tan santa obra. Teniendo presentes a las Hijas de la Caridad, en nombre de todo el vecindario las dio la bienvenida y las gracias por el sacrificio que desde hoy se imponían de enjugar muchas lágrimas, velando como madres cariñosas a la cabecera del enfermo pobre y desvalido, y terminó diciéndolas: » Que Dios os dé fuerzas y aliento para continuar la obra de vuestro esclarecido Padre y apóstol de la Caridad, y que en aras del amor consagréis en bien de estos feligreses vuestra salud y vuestra vida; ellos os dan prueba de gratitud, de afecto, respeto y cariño, saludándoos y llarnándoos desde hoy verdaderas Hermanas suyas y de la Caridad.»
Terminada la misa se cantó un solemne Te Deum, y llegados a la puerta de la casa Hospital, el Sr. Fundador, Don Hermenegildo Docio y Andrés, dio posesión a las Hermanas, dirigiéndolas en lenguaje selecto y conmovedor el siguiente discurso, que arrancó no pocas lágrimas a todos los oyentes:
II
Venerables Hijas de San Vicente de Paúl: Las mismas palabras con que el real Profeta David, a la entrada del templo de Jerusalén, convidaba al pueblo de Israel a dar gracias a Dios por sus beneficios y para obtener su bendición para lo venidero, esas repito yo ahora a la puerta de este santo Hospital de Nuestra Señora de los Dolores con motivo de su solemne inauguración.
Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él. Sí; en él me gozo yo, y conmigo se complacen también los habitantes de este religioso pueblo de Cisneros, en donde habéis de extender las alas de vuestra inagotable caridad. Me complazco yo, porque al daros posesión de esta Casa, que ha de servir de asilo a los pobres enfermos de la Beneficencia municipal, me parece haber interpretado fielmente el pensamiento loable del varón insigne, del que fué en vida ferviente católico y espejo de caballeros cristianos; y no soy yo quien lo dice: es el dignísimo Sr. Arzobispo de Sevilla el que habla. Y con efecto; en el autógrafo que se dignó inscribir en la Iglesia parroquial de Pedrera, al final del mismo se leen estas palabras: «Espejo de caballeros cristianos, ejemplo de piedad y modelo acabado de caritativa beneficencia»; pero ¿quién es? —me parece os oigo decir—el que hubo de merecer de tan ilustre Prelado un elogio tan corto como significativo? Permitidme pronuncie su nombre: D. Vicente Guzmán Andrés, ilustre hijo de este pueblo, nombre querido y digno de perpetua memoria. Me complazco, repito, porque Dios, en su infinita misericordia, me ha concedido tiempo para ver realizados los deseos que ya, desde mucho tiempo antes, me venían preocupando, y porque abrigo la firmísima convicción y me alienta la dulcísima esperanza de que vosotras, Hijas de la Caridad, siguiendo las huellas de vuestro San Vicente de Paúl, con vuestra presencia haréis que este recinto sea en adelante un lugar santo, y con vuestra caridad seréis el consuelo de los pobres enfermos que se pongan bajo vuestra dirección y cuidado. Conmigo se congratulan también los religiosos habitantes de esta villa, porque de hoy más en adelante podrán contemplar de cerca los fulgores de vuestras virtudes en todas las manifestaciones con el pueblo, y vuestra diligencia, vuestra ilustración, vuestra paciencia y vuestra ternura sin igual en contacto con la infancia, con la niñez; y vuestro solícito esmero, y vuestra abnegación y vuestro heroísmo a la cabecera de los pobres enfermos. ¡Oh, sí! vuestro heroísmo, he dicho, a la cabecera de los enfermos; porque ¿qué es un enfermo pobre? ¿qué es un enfermo rodeado de pobreza? A vosotras, Hermanas de la Caridad, que estáis familiarizadas, digámoslo así, con esos repugnantes espectáculos donde la miseria se presenta con sus llagas al descubierto y en toda su hediondez; a vosotras, que diariamente escucháis los gritos de dolor y los ayes lastimeros que arrancan las dolencias a tantos y tantos desgraciados; a vosotras, que voluntariamente os mantenéis constantes ante los miasmas pestilentes de los hospitales; a vosotras, en fin, que recogéis en las manos las lágrimas del infortunio, no, no hay necesidad de que yo os lo diga; os lo diré a vosotros, a vosotros todos los que hoy estáis aquí reunidos; a vosotros los que ahora me escucháis; un enfermo pobre, o de otro modo, juntos la enfermedad y la pobreza, esto junto es lo último de las desgracias humanas, el colmo de las miserias de la vida. Así que es preciso hacer justicia a la mujer cristiana y religiosa; es preciso hacer justicia a la Hermana de la Caridad, a la Hermana de la Caridad, que es el tierno afecto de la mujer elevado a la más alta potencia por la virtud de la Religión cristiana; y quien dice Hermana de la Caridad, expresa que es el verdadero heroísmo en el más débil sexo; y quien dice Hermana de la Caridad, da a entender que es el más delicado organismo consagrado a los más penosos ministerios; y quien dice, en fin, Hermana de la Caridad, significa que es el inmenso amor de la mujer reconcentrado en los pobres enfermos. ¡Oh, esto no lo comprenden así, bien lo conozco; esto no lo comprenden esos sectarios modernistas que tanto abundan, por desgracia, en los difíciles días que atravesamos; esos sectarios que sin ningún género de miramientos y hasta con odio feroz atacan hoy los institutos religiosos, porque a su vista queda confundido su egoísmo desolador y cruel; esos que se llaman benéficos y filántropos; esos seductores de las turbas a quienes con fascinadoras frases prometen han de cambiar algún día sus andrajos por lujosos trajes nuevos, abriendo así camino a manadas rapaces que se echen sobre esta sociedad que consideran ya casi presa suya; esos, en fin, que peroran mucho sobre la miseria de las que llaman clases desheredadas, sobre la desgracia, sobre la pobreza, sobre el infortunio y sobre la indigencia.
¡Oh, sí; pero no habréis visto a ninguno de éstos abandonar su casa, su familia, su riqueza y comodidades, como lo hacen las instituciones religiosas, como lo hacen las Hermanas de la Caridad y sin buscar nunca ni poder, ni gloria, ni riquezas, sino dar a los pobres, a los niños, a los ancianos, a los enfermos y a los indigentes, solícitos y tiernos corazones consagrados a Dios, no ambicionando más que el honor de los peligros cuando hubiere que arrostrarlos, el bien de sus infortunados semejantes, y sin otra recompensa ni más esperanza que el Cielo prometido a los que den aunque sólo sea un vaso de agua fría por amor de Dios! ¡Oh, señores; quién sabe si estas y otras instituciones caritativas son las que hoy detienen el brazo de la divina Justicia, irritada, como no puede menos de estarlo, con tantos crímenes como hoy se la provoca y la provocamos todos! Y no digo más, porque en presencia de los hechos, que hablan con eco siniestro, juzgo sólo basta insinuarlos, dejando estas reflexiones, con las demás que llevo hechas, a vuestra contumaz y profunda meditación.
Tributemos, pues, un homenaje de reconocimiento y de amor a las Hijas de San Vicente de Paúl y a las Hermanas (le la Caridad y felicitémonos de tenerlas entre nosotros: por eso contaremos este día por uno de los más felices de nuestra vida; por eso, eco yo de los sentimientos que palpitan en los corazones de todos, os recibimos como mensajeras enviadas del Cielo para dicha y ventura de este pueblo y como Madres adoptivas, digámoslo así, de los dolores humanos, viviendo entre los olores más repugnantes. Cumplid, pues, vuestra misión; trabajad en el campo que hoy se confía a vuestros cuidados y amor; haced que la historia de este humilde Asilo, de este modesto Hospital de Nuestra Señora de los Dolores se escriba con caracteres de abnegación cristiana, y procurad darle días de esplendor secundando el pensamiento benéfico que a fuerza de no pocos desvelos y de gran perseverancia he logrado realizar; pero sin otro objeto ni más fin, entendedlo bien, sin otro objeto ni más fin, repito, que la mayor gloria de Dios y el bien de los pobrecitos enfermos de este mi amado pueblo de Cisneros.
Una súplica, y es mi última palabra, si os dignáis escucharla: rogad vosotras, Hijas de San Vicente de Paúl, rogad todos por el eterno descanso del insigne bienhechor D. Vicente de Guzmán Andrés, con cuyos bienes se ha constituido y dotado esta fundación benéfica aprobada por Real orden, y rogad también por este pobre anciano, que hallándose en el crepúsculo de la vida, cuando no en el dintel de la muerte, espera hacerle pronto compañía en la mansión de la eternidad.
III
Terminado este discurso, pasaron con gran orden a una habitación, en que se hallaba preparada una espléndida mesa, las autoridades civiles y eclesiásticas y también el médico y el boticario; allí fueron convidados y muy obsequiados por el fundador, que a pesar de su ancianidad les sirvió con mucha amabilidad y cortesía, aunque no falta-ban otros que lo pudieran hacer. Una vez terminado este convite, despidiéronse todos muy respetuosamente de las Hermanas.
También había preparado el fundador cuatrocientos panes para los pobrecitos; ninguno de éstos quedó sin su pan, y aun sobró para repartirles otro día.
A esto se siguió la comida y asistieron a ella todos los Sacerdotes del pueblo y algunos otros, ocupando siempre el sitio de preferencia las Hijas de la Caridad.
¡Dios sea bendito por todo Roguémosle encarecidamente bendiga y haga prosperar la fundación del Hospital de Cisneros, y que las Hijas de la Caridad, que en él prestan sus servicios, cumplan exactamente sus deberes, para la mayor gloria del Señor y bien de los pobres y necesitados, que de ellas esperan alivio y consuelo.

 

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