Importancia de las Constituciones y de los Estatutos en la vida de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ecos 2000.
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Las Reglas son el fruto de la experiencia. Los Fundadores las han elaborado, con frecuencia lenta y pacientemente, a partir de los éxitos y de los fracasos de la vida en común. Así lo hicieron San Vicente y Santa Luisa. En la introducción de las Reglas de la Congregación de la Misión, San Vicente pide perdón por haber tar­dado tanto en escribirlas –¡33 años!—. Él y Luisa no terminaron nunca una versión definitiva de las Reglas de las Hijas de la Caridad. Éstas no fueron aprobadas hasta 1672, 12 años después de la muerte de los fundadores. En un sentido, estas Reglas representaban ya casi 40 años de la historia de la Compañía.

Lo mismo sucede con relación a las Constituciones. No son documentos abs­tractos que hablan sólo en teoría de cómo vivir bien juntos. Más bien, nos trazan un camino hacia la santidad que muchos han recorrido ya. Tienen como finalidad enseñarnos un camino de amor bien experimentado.

El objetivo de una Constitución no es controlar nuestras vidas, sino más bien crear un marco en el que podemos expresar lo que tenemos en lo más profundo de nosotros. Las animo hoy a pensar en ellas no solamente como en una serie de normas sino como en un camino espiritual. Hoy, piensen en esas personas diná­micas que han seguido este camino: la Señorita Le Gras, Bárbara Angiboust, Rosalía Rendu, Isabel Ana Seton, Catalina Labouré, las mártires de Francia, de España y de China, Madre Justa, Giuseppina Nicoli, Ana Cantalupo. Ustedes han conocido otras muchas Hermanas cuyas vidas irradiaban santidad porque el amor a Dios y a los Pobres moraba en ellas. Las Reglas y las Constituciones eran su guía.

Básicamente, las Constituciones están destinadas a liberarnos para amar. Pero el amor no es la única respuesta del corazón humano. El corazón puede también temer, odiar, obsesionarse, tener resentimiento y buscar la venganza. Sus Consti­tuciones dicen: Conviertan todo en amor. Por esta razón quieren crear en sus vidas un lugar libre y abierto donde Dios pueda llegar a ustedes con su presencia amo­rosa, porque el misterio fundamental del cristianismo no es que nosotros amamos a Dios, sino que Dios nos ama primero. Por ello, el primer lugar que sus Consti­tuciones crean en el interior de ustedes mismas, es una morada sagrada que tiene grabada en la puerta esta inscripción: «Entregada a Dios». Es un espacio que no consiste tanto en amar a Dios como en ser amada por Él.

Sus Constituciones crean también un segundo lugar sagrado en sus vidas, no completamente distinto del primero, en cuya puerta hay un título que dice: «al servicio de los Pobres». Con un tono compasivo, las Constituciones las invitan a disciplinar su corazón, su mente, el uso de su tiempo y su energía a fin de que puedan caminar con Jesús como Siervas de los Pobres. El fin es liberarlas para que, aceptando el amor de Dios, puedan corresponder amándole y puedan ser siervas de los Pobres como lo fue Jesús.

Por supuesto, una Constitución no es un documento que tiene como objetivo animar simplemente al heroísmo individual. La Comunidad es el lugar de nuestro encuentro con Dios. Es también la «matriz» de nuestro servicio a los Pobres. Sus Constituciones crean un espacio para reunirlas en torno a la mesa Eucarística, para apoyarse mutuamente con la oración diaria. Las Constituciones las llaman a vivir juntas como amigas que se aman profundamente, a hablar, a organizar juntas a fin de canalizar sus energías comunes en un servicio a los Pobres creativo y práctico. Las llaman a la castidad, a la pobreza y a la obediencia como una nueva manera de amar, de crear un santuario en sus corazones, manteniéndolos libres para que Dios y los Pobres puedan morar en ellos,

No es sorprendente que las Constituciones les presenten a María, la Madre de Jesús, como modelo de este camino espiritual. Ella, mejor que nadie, creó un espacio para Dios en su vida y todo su ser se dejó transformar por la caridad desbordante, comunicativa y práctica de Dios. Si Cristo es la Regla de las Hijas de la Caridad, María es el ejemplo preeminente de cómo se debe vivir esta Regla.

 Algunas orientaciones para la revisión de las Constituciones

Hoy, comienzan ustedes un proceso de revisión de sus Constituciones, de acuerdo con lo que pidió la última Asamblea General. Será un proceso largo, que durará al menos cuatro o cinco años, que comprenderá tres fases:

  • Tres años de preparación para la Asamblea General,
  • Un mes de Asamblea,
  • Un año o dos para traducir, distribuir, estudiar y asimilar las Constituciones revi­sadas.

Cuando se piensa en el número de encuentros que tendrán lugar en los próxi­mos años, es evidente que este proceso supondrá un enorme gasto de tiempo y de energía. ¿Vale la pena?

Valdrá la pena, solamente si el proceso las ayuda a profundizar en su compro­miso a seguir el «camino espiritual» de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac: «En­tregadas a Dios para el servicio de los pobres». Pues bien, Hermanas, yo les ofrezco estas orientaciones:

  1. No estén preocupadas ante el proceso en el que se van a comprometer. La ansiedad, lo mismo que la cólera, surgen con frecuencia de predisposiciones extremas profundamente enraizadas. Es fácil identificarlas. En un extremo se encuentran quienes están predispuestos a luchar contra el cambio. A veces, todos caemos en esta trampa porque el cambio es amena­zador. Flannery O’Connor escribió una vez: «Toda naturaleza humana se re­siste con fuerza a la gracia porque la gracia nos cambia y el cambio es dolo­roso». Pero, ciertamente, en nuestros mejores momentos reconocemos que si no cambiamos, moriremos. La persona debe cambiar continuamente a lo largo de la vida. El momento en el que cesa el cambio es el momento de la muerte. En el otro extremo están quienes se muestran siempre impacientes por el cambio. El peligro al que se enfrentan es que al cambiar con demasiada fre­cuencia, pierden el sentido de ellos mismos o están frustrados porque el cam­bio, realmente, no satisface la ansiedad profunda que los mantiene continua­mente en movimiento. Hoy, yo las animo a situarse en el justo medio: avancen hacia el cambio con apertura de espíritu, porque solamente muriendo a nosotros mismos puede surgir una vida nueva. Al mismo tiempo dejen que la paciencia y la reflexión acompañen el cambio. Deliberen, discutan y tomen decisiones, confiando en que el Espíritu del Señor se manifiesta a través de las decisiones oradas de la Compañía.
  2. Asegúrense de que el proceso de revisión de estos tres años es el de la «profundización». Disciernan juntas cuáles son los elementos claves de la entrega a Dios y los elementos claves del ser siervas de los Pobres. Fortalez­can estos elementos en sus vidas. Inviten a los miembros de la Compañía a vivirlos con más radicalidad e inviten a las jóvenes de sus países a realizar la experiencia de este camino espiritual, que ha producido miles de Santos en el pasado y en el presente, algunos canonizados, la mayoría sin canonizar. Que la pregunta clave durante este proceso de discernimiento a lo largo de estos tres años sea ésta: ¿Cómo puede la Compañía —cada una de ustedes— vivir con mayor profundidad y expresar con más claridad el «camino espiritual» de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, un camino que consiste en estar entregada totalmente a Dios para el servicio de los Pobres? Si, después de este largo proceso, la Compañía vive las Constituciones con mayor profundidad, cierta­mente habrá valido la pena.
  3. Utilicen la inculturación como uno de los criterios para la revisión de sus Constituciones. Es esto lo que pidió la Asamblea General. Hoy, más que nunca en la historia, la Iglesia es consciente de ser una Iglesia del mundo, con una enorme variedad de culturas. Asia es muy diferente de África, América Latina es muy diferente de las islas del Pacífico. Europa del Oeste es diferente de América del Norte. Europa del Este es diferente de Australia. Así pues, cuando ustedes examinen un artículo de sus Constituciones, no olviden hacerse esta pregunta: ¿es esto una norma general aplicable a toda la Compañía, o hay un gran número de variaciones culturales con relación a este tema? Si es una norma general deberá estar en las Constituciones o en los Estatutos. Si hay muchas variaciones culturales, debe dejarse que las Provincias u otras instan­cias, definan más concretamente la cuestión.
  4. Examinen sus Constituciones y Estatutos igualmente desde el punto de vista de la subsidiariedad. Las Constituciones dicen ya, en el artículo 3.26, que cada nivel de gobierno debe tener los poderes necesarios para ejercer la autoridad adecuadamente a este nivel. Pero, a veces, sus Constituciones y Estatutos no indican cómo llevar esto a la práctica. Cuando revisen los artículos, especial­mente los artículos jurídicos, deben plantearse esta cuestión importante: El contenido de este artículo ¿sería mejor que lo resolviera el Superior General en Roma o la Madre General y su Consejo en París, o la Visitadora y su Consejo, o la Hermana Sirviente consultando con la Comunidad local?
  5. Hay algunas cuestiones técnicas y jurídicas que necesitan una clarificación en sus Constituciones y Estatutos. Pueden ser identificadas fácilmente por las personas que necesitan aplicar las Constituciones con frecuencia: es decir, por la Madre General y su Consejo y por muchas de ustedes. Les recomiendo que busquen un buen canonista para ayudar a la Comisión Preparatoria a hacer sugerencias a la Asamblea General con relación a ciertos cambios técnicos jurídicos que clarificarán estas cuestiones.
  6. Asegúrense que sus valores fundamentales brillan como rayos de luz proce­dentes de sus Constituciones y Estatutos. A San Vicente le gustaba decir: Cristo es la Regla  En efecto, sus Constituciones repiten esta frase. La pregunta clave es ésta: El rostro de Cristo, la Regla, ¿brilla con toda claridad  páginas, se convierte en un Espíritu que vivifica sus corazones?

Permítanme que les proponga cinco rayos de luz que deberían brillar a los ojos de todos los que leyeran las Constituciones de las Hijas de la Caridad, que debe­rían deslumbrar por su luminosidad. ¿Se encuentran en ellas realmente? ¿Se les podría dar una mayor intensidad y luminosidad?

1. La persona de Cristo

Cristo es la Regla. ¿Brilla su rostro en las páginas de sus Constituciones? ¿Sus Palabras y sus acciones se encuentran en la base de todo lo que les piden que hagan?

Realmente, la introducción de sus Constituciones habla con elocuencia al pre­sentar el sello de la Compañía, diciendo que es el amor de Cristo Crucificado el que anima e inflama el corazón de una Hija de la Caridad y la impulsa a acudir con presteza en ayuda de todo tipo de miseria humana. Los artículos 1.5, 1.6, 1.7 y 1.8 se centran también claramente en la persona de Cristo, igual que los capítulos: Entregadas a Dios para el servicio de los Pobres, Práctica de los Consejos Evan­gélicos, Servicio de Cristo en los Pobres, Relación con Dios y Oración.

En su conjunto, yo diría que en la primera y segunda parte de sus Constitucio­nes, Cristo —la Regla— brilla con toda claridad. La tercera parte podría enrique­cerse en este aspecto.

2. Sencillez

Recordarán ustedes, estoy seguro, que fue dirigiéndose a las Hijas de la Cari­dad el 24 de febrero de 1653cuando San Vicente pronunció sus palabras más famosas sobre la sencillez: «Yo la llamo mi Evangelio».

A los ojos de Vicente, Cristo —la Regla— es totalmente sencillo. Dice la verdad. Dice las cosas como son. Sus intenciones son rectas, todo lo dirige hacia Dios. Para Vicente, Jesús es la Verdad misma, y así anima a todos sus discípulos a tener pasión por la verdad. Sed auténticos, coherentes, íntegros, transparentes, les dice.

Esta pasión por la verdad, ¿brilla con claridad, como un faro, en las páginas de sus Constituciones? ¿Sus Constituciones expresan la resolución de:

  • decir la verdad (una disciplina difícil, especialmente cuando entra en juego nues­tra propia conveniencia o cuando la verdad es molesta);
  • dar testimonio de la verdad (o de autenticidad personal que hace que la vida de una persona sea coherente con lo que dice);
  • buscar humildemente la verdad como un viajero en lugar de poseerla como un «propietario»;
  • practicar la verdad a través de las obras de justicia y caridad;
  • esforzarse por hacer todo con miras a la verdad, a la pureza de intención;
  • vivir en la verdad como siervas de los pobres, teniendo bienes modestos y com­partiendo lo que tenemos, vistiendo sencillamente;
  • expresar la verdad con claridad, utilizando un lenguaje sencillo y transparente, especialmente en la enseñanza y en la catequesis?

La sencillez es una virtud que Vicente dio a todos los grupos que fundó. ¿Podría brillar con mayor claridad en sus Constituciones y Estatutos?

3. Amor mutuo

Muchos estudios actuales nos dicen que los jóvenes buscan alguna forma de vínculo comunitario, de amistad, de solidaridad en el servicio. Desean trascender el individualismo que caracteriza a la sociedad moderna.

Sus Constituciones, en los artículos 2.17 a 2.22 dan una bella descripción de la vida comunitaria y un número de recomendaciones muy útiles para vivirla bien. Indican muy bien la teoría. Urgen también a los miembros de las comunidades locales, en el artículo 2.20 a trabajar con creatividad, unas con otras, para desa­rrollar un proyecto de vida juntas.

Las animo a utilizar el tiempo de preparación a la Asamblea General, el tiempo de la propia Asamblea, y el periodo Post-Asamblea para buscar los medios nece­sarios para revitalizar la ayuda mutua, el amor mutuo, el servicio mutuo, en la comunidad local. Es en la Comunidad local donde se realizan la vida cotidiana y en definitiva la felicidad o infelicidad de cada Hija de la Caridad.

4. La oración

La oración de Jesús brota de las páginas del Nuevo Testamento. Jesús ora en todas las ocasiones importantes de su vida. Por la mañana, se levanta temprano para orar. Pasa las noches enteras en oración. Ora al Padre antes de elegir a los Doce. Les enseña a orar. Les deja una gran oración Eucarística como don final, una cena en memorial que proclama su muerte y su resurrección hasta que Él vuelva. Después ora en el Huerto. Ora en la cruz. Ora en el momento de la muerte. Este Cristo orante es la Regla.

¿Brilla este rayo de luz con claridad en las páginas de sus Constituciones resaltando que una Hija de la Caridad es una mujer de oración? Es evidente que hay numerosas referencias a la oración en sus Constituciones, pero ¿se podría decir y hacer más? Las animo a hacer este proceso de revisión no sólo para enriquecer sus Constituciones a este respecto, sino para alentar a cada Hermana individualmente a renovar su oración y para urgir a cada comunidad local a revi­talizar la oración comunitaria.

5. Servicio comunitario a los pobres

Ciertamente esta es la razón de ser de la Compañía. Ustedes se han entregado a Dios para el servicio de los Pobres. San Vicente y Santa Luisa fundaron la Compañía de las Hijas de la Caridad precisamente con este fin. De hecho, Vicente consagró toda su vida a organizar y formar a los demás para el servicio a los pobres. Reunió a hombres y mujeres, ricos y pobres, clérigos y laicos, jóvenes y viejos, eruditos y analfabetos. Escribió estatutos y reglas a fin de estructurar estos grupos, y durante toda su vida les dio una formación permanente.

Es esencial que ustedes vivan el carisma de Vicente y de Luisa no solamente como héroes aislados, como soldados solitarios, sino como Hermanas que dirigen sus energías comunes, su amor mutuo, su creatividad común, hacia el servicio efectivo a los pobres.

Esta misión común exige una gran disponibilidad, flexibilidad, estima de los talentos de las demás, capacidad de dar y recibir, cualidades de escucha y cola­boración, aptitud necesaria para ser miembro de un equipo. Nos exige, no que seamos absorbidos por el grupo, sino que aprendamos del grupo y que contribu­yamos en el grupo. Es necesario que escuchemos antes de hablar, que discerna­mos aritos de juzgar, que cosechemos antes de sembrar.

La llamada al servicio comunitario, la disponibilidad y la flexibilidad exigida están proscritas con toda claridad en varios lugares de sus Constituciones. ¿Se podrían destacar aun más? Pienso que sí.

De todas formas, las animo a utilizar este proceso de revisión como un tiempo para renovar, en las Hermanas, tanto individualmente como a nivel de las comu­nidades locales, este aspecto crucial de la misión de la Compañía: comunidad, disponibilidad, flexibilidad.

Hermanas, estos son los cinco rayos de luz que yo espero brillarán en las páginas de sus Constituciones, cuando este largo proceso se haya completado. Espero aún más, que brillen con claridad en la vida de cada Hija de la Caridad. Las animo pues, las exhorto: hagan de este proceso una verdadera revisión, no sola­mente de su ley sino de su vida. Mi oración es que la Compañía crezca con este proceso.

Como conclusión permítanme parafrasear unas bellísimas palabras, escritas poco tiempo después del Concilio Vaticano II, en el momento en que otra comu­nidad terminaba la revisión de sus Constituciones. Dirijo estas palabras no sola­mente a ustedes sino a las Hijas de la Caridad de todo el mundo:

«Su Constitución no pretende ser un peso para ustedes… Deberá ayudarlas a descubrir y a experimentar cuán grande es la libertad a la que han sido llama­das. Sean fieles a ella hoy, a fin de que puedan serlo también mañana.

Pónganse en camino hoy, junto con sus Hermanas y con los innumerables pobres a los que sirven, todos peregrinos caminando hacia la casa del Padre. Sigan el camino cantando una canción de esperanza en sus labios y con un corazón ardiente. Ahora tenemos los «aleluyas» del viaje, pronto tendremos los «aleluyas» de la consumación, del gran sabbat con Dios. Ahora están sembra­das en medio de la oscuridad, cuando llegue el día, florecerán en la luz y el calor de la eternidad de Dios.

Hermanas, pónganse en camino, y que la paz esté siempre con ustedes».

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