Imitadores de Cristo en su amor universal (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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VALORES TEOLÓGICOS DE LA CASTIDAD, RECOGIDOS EN LAS CONSTITUCIONES

Don eximio de la gracia (PC 12)

60.- Todos los consejos evangélicos son un don divino de la gracia,.. dones particulares en la vida de la Iglesia ((LG 43). Sin embargo, cuando se trata de la castidad consagrada, se añaden otros calificativos: «eximio» (PC 12) y «precioso» (LG 42). La razón está, sin duda, en las características teológicas de este don, bien sea por el contenido carismático, por la indivisibilidad del corazón que crea, y por su relación con Cristo y con la Iglesia . En la Exhortación apostólica «Evangéli­ca Testificatio», Pablo VI pone de relieve algunos matices del don de la castidad consagrada: Don precioso que el Padre concede a algunos. Frágil y vulnerable a causa de la debilidad humana, expuesto a las contradicciones de la pura razón, incomprensible por aquéllos a quienes la luz del Verbo Encarnado no ha revela­do, que el que pierde la vida por El, la encuentra.

61.- El análisis de las expresiones usadas por Pablo VI nos permite ahondar en lo que es el don de la castidad.

a) La castidad consagrada es un carisma. Don carismático que Dios con­cede sólamente a algunos. Esto supone que la concesión del don de la castidad es un signo de una predilección por parte de Dios, que Dios ama de un modo especial a quienes les concede el don de la castidad consagrada, que es un carisma que, al mismo tiempo que la persona que lo recibe se siente agraciada, surge el compromiso de fidelidad a Cristo y de disponibilidad para la Iglesia: señal y estímulo de caridad…y fuente de fecundidad espiritual. La capacidad de optar por el celibato en el seguimiento de Cristo viene de la gratuita benevolencia de Dios. La llamada a vivir la castidad consagrada es una llamada especial del Amor.

b) La fragilidad, vulnerabilidad del don de la castidad consagrada y su difi­cultad de comprenderlo estriban en su naturaleza teológica, inteligible sólo por quienes han sido iluminados por la fe. El hombre nunca puede llegar a comprender totalmente el misterio de la virginidad, dada y acep­tada por la gracia de Dios, para conseguir la plena identificación con Cristo. Es inútil, peor aún, perjudicial, hablar del don de la virginidad si no es en el plano de la fe y de la vida teologal. El hombre carnal es incapaz de entenderlo, sólo lo entienden quienes lo han recibido (cf. Mt 19, 12).

62.- El don de la castidad, graciosamente otorgado por Dios, exige la acep­tación libre del hombre. Dios, graciosamente llama y el hombre responde gene­rosamente. La motivación definitiva no puede ser otra que la respuesta de un amor «esponsal», es decir, la respuesta de un amor pleno e incondicional. Juan Pablo II nos ha ofrecido bellas consideraciones sobre el carácter del amor esponsal, de la castidad consagrada»’.

63.- Las otras posibles motivaciones, la aceptación gozosa de las renuncias, no son sino consecuencias de la opción de vivir en celibato, por Cristo y su causa. Porque se desea responder a la llamada de seguir a Cristo célibe, se aceptan las exigencias misioneras y las renuncias necesarias.

a) Libertad del corazón

64.- Otro de los frutos de la castidad consagrada es la libertad de corazón. Libera al alma de todo apego que le impide la mayor intimidad con Dios. Santa Luisa de Marillac veía en la castidad, no sólo un reflejo de la simplicidad de Dios, sino un desasimiento del alma de todos los afectos que podrían dividirla, y la virtud que pone al alma en el camino de la unión íntima con Dios. La castidad crea en la persona que la vive, una manera especial de relacionarse con Dios, como Jesús con el Padre, centrando en él todo el amor y considerando todo lo demás como relativo. Jesús halló en el Padre todas sus complacencias, como el Padre las encontró en su Hijo único (cf. Mt 3, 17).

65.- Libera de toda atadura a fin de estar plenamente disponible para el reino de Dios. Es la dimensión misionera de la castidad consagrada o del celiba­to sacerdotal. La castidad consagrada abre el corazón del que la vive, a todas las gentes y crea en él la solicitud por la extensión del reino de Dios. Pablo VI ha escri­to refiriéndose al celibato de los sacerdotes: El celibato otorga al sacerdote la máxima eficacia y la mejor actitud psicológica y afectiva. Mediante el ejercicio de la caridad perfecta, le permitirá darse todo a todos de una manera más amplia y concreta43. La caridad pastoral y el celo por la salvación del mundo tienen en la castidad consagrada una de las venas mas ricas.

66.- En el decreto «Presbyterorum Ordinis», leemos estas otras bellas consi­deraciones, muy expresivas por lo que se refiere a la relación que el celibato crea entre el sacerdote y Cristo: Los sacerdotes se dedican más libremente a El y por El al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino y a la obra de regeneración sobrenatural y así se hacen más aptos para recibir amplia­mente la paternidad de Cristo.

67.- Con frecuencia, se ha puesto la objeción de que la castidad consagra­da separa del mundo. Ciertamente, toda consagración es separación, pero no lejanía. El célibe por el reino de Dios está en el mundo, aunque no como el mundo, desea y quiere. Está en el mundo, pero sin confundirse con él. La castidad, como valor anticultural, puede causar extrañeza, escándalo y hasta odio hacia los que la profesan. La mejor prueba de que la castidad dice algo son las reacciones que en contra de ella misma se originan en el mundo y en los hombres que no la entien­den45. Puede surgir un problema psicológico y pastoral. Si la castidad se vive mal, ciertamente aleja de los hombres, pero si se vive bien, potencia y amplía la capa­cidad de amar, pues crea en el corazón del célibe la capacidad de amar como Cristo amó en extensión y en calidad.

b) Signo peculiar de los bienes espirituales

68.- Cuando nos referíamos a la situación de la castidad en el mundo, pusimos de relieve el sentido materialista y consumista de la vida, la prevalen­cia del placer como criterio de la existencia y de la actividad del hombre. Una consecuencia es que el hombre de hoy carece de sensibilidad hacia los valores espirituales. El poder de desarrollo material que el hombre ha alcanzado lleva el peligro de ver el progreso, sólo en la dimensión del bienestar y no en el sentido ético, como Juan Pablo II ha expuesto en su Encíclica «Sollicitudo rei socialis»46. Antes, Pablo VI, refiriéndose al celibato sacerdotal, lo puso como testimonio de otros valores que el hombre de hoy necesita con urgencia: Precisamente, el mundo en el que vivimos, acosado por una crisis de crecimiento y de transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de sus conquistas, necesita con urgencia el testimonio de la vida consagrada a los más altos y preciados valo­res espirituales.

69.- La castidad consagrada, si es auténtica, manifiesta que hay otros amo­res, otras motivaciones para amar, otras expresiones del amor, otro modo de amar más cercano a como Dios Padre nos ama y a como nos amó su Hijo unigénito. En la misma sagrada Escritura, vemos que no sólo el amor de Dios se expresa y agota en el amor matrimonial, por muy profundo que éste sea y signifique el amor de Dios a los hombres y el amor mutuo de Cristo con La Iglesia.

c) Evocación de aquel matrimonio …en el que la Iglesia tiene como único esposo a Cristo (PO 16, PC 12).

70.- El sentido eclesial de la castidad consagrada tiene sus raíces en la con­templación de las relaciones de Cristo con la Iglesia, como relaciones entre espo­sos. Cristo ama a su Iglesia como a su propia Esposa». Al mismo tiempo, la Igle­sia es vista como una virgen: Os he desposado a un solo Esposo para presenta- ros a Cristo como una virgen pura (2Cor 11, 2). No se trata del seguimiento de Cristo, sino más bien de ver en la virginidad consagrada la condición virginal de la Iglesia. La unión con Cristo de todo cristiano debe ser esponsal. Por eso, el amor virginal, por su calidad de puro y total, es el que mejor expresa el amor de Cris­to a la Iglesia y viceversa. La virgen aparece como el mejor testimonio del amor mutuo entre Cristo y la Iglesia, pero mientras Cristo, es santo e inocente, inmacu­lado y sin pecado, la Iglesia, en cambio, recibiendo en su seno a los pecado­res…necesita ser purificada y busca sin cesar la penitencia y la renovación49. La plena manifestación de su santidad vendrá después, en el futuro. El valor eclesial de la castidad consagrada es al mismo tiempo valor teologal en el tiempo que se vive desde la fe y valor escatológico que se vive desde la esperanza.

d) Participación en el misterio pascual

71.- El temor a ser negativos en la exposición de la castidad, hace que se omita un elemento experimentalmente muy importante: las renuncias que la cas­tidad lleva consigo. Ya hemos dicho que la continencia perfecta toca íntimamente las inclinaciones más hondas de la naturaleza hurnana. Es verdad que el célibe siente como una «quemadura» las renuncias que ha ofrecido al asumir la castidad. Decir lo contrario sería un engaño. Dios ayuda a ser fieles, pero no quitan la experiencia de la renuncia, es decir, la participación en el misterio pas­cual, que no es otra cosa que participación en la pasión, en la muerte y en la resurrección de Cristo.

72.- Las renuncias que lleva consigo la castidad consagrada son evidentes: la renuncia a un modo humano de realizarse como persona. El que opta por el celibato, siendo joven, se expone al riesgo de una eventual inmadurez humana. Renuncia a amar a otra persona y a expresar el amor corporalmente. Renuncia a crear junto con otra persona un hogar, a tener hijos que perpetúen el propio nom­bre. Renuncia a tener seguro el amor de una mujer o de un hombre y de unos hijos. Lo tremendo del celibato, ha escrito un filósofo, es la «esterilidad», no bio­lógica, sino la «esterilidad histórica» del célibe.

73.- El célibe renuncia a ser comprendido, a ser creído en su condición de célibe, acepta ser despreciado. En la sociedad secular, los consagrados son con­siderados frecuentemente como un colectivo social marginal, al que casi nadie presta atención y al que nadie escucha porque no dan valor a su voz.

74.- Otra renuncia grande y seria es la renuncia a la compañía. Cuando Dios creó al hombre, creó también a la mujer porque no era conveniente que el hombre estuviera solo (Gn 2, 18). El célibe por el reino de los cielos acepta el ries­go de la soledad íntima del corazón, no para quedarse solo con su soledad, sino para llenarla de otra compañía, de otros amores, de otras ilusiones.

75.- Son riesgos, son renuncias que, los que optan por el celibato, deben tener muy presentes y saber que así participan profundamente en el misterio pas­cual de Cristo, en cuanto es dolor y muerte, condición previa para la resurrección. La opción por la castidad consagrada debe ser clarividente, motivada seriamen­te, consciente de que se trata de una ofrenda personal de alma y cuerpo. Debe­mos saber que es una perla preciosa, un tesoro por lo que vendemos todo lo demás (cf. Mt 13, 44).

e) Anticipación de la vida futura

76.- La castidad consagrada anticipa la vida de «resucitados», de hombres libres, vencedores de la muerte; crea el hombre nuevo, obediente al Espíritu, el hombre espiritual según lo describe el apóstol san Pablo: el hombre de espíritu lo juzga todo, porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirlo? Pero noso­tros tenemos la mente de Cristo (1Cor 2, 14). El célibe es como el grano que muere y da fruto y si no muere no da fruto (cf. Jn 12, 24).

77.- A la luz de la doctrina expuesta, podemos conocer mejor lo que las Constituciones ofrecen sobre la castidad. Las Constituciones presentan la castidad perfecta en el celibato, por el reino de los cielos a los misioneros, como la virtud del amor y que, bien vivida, tiene el poder de aumentar la capacidad de amar, poniendo como punto de referencia el amor universal de Cristo. Se presenta la cas­tidad, siguiendo la idea tradicional y actualizada en el magisterio eclesial actual, como un don que Dios concede generosamente, fruto de la benevolencia personal e infinita de Dios, signo claro de un amor preferencial por parte de Dios. La cas­tidad perfecta por el reino de los cielos, si es vivida de una manera madura y con­tinua, es fuente de espiritual fecundidad en el mundo y contribuye a adquirir la propia realización en todos los aspectos, sin excluir el humano (C 29 § 1, 2).

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