CASTIDAD CRISTIANA
Importancia del tema
Mejor es casarse que quemarse (1Cor 7, 9)
1.- San Pablo aconsejó el celibato, pero reconoció que no todos pueden ser fieles al mismo, por eso, sacó la conclusión de que es mejor casarse que quemarse. Nosotros aceptamos ese mismo aviso para tomar conciencia de la importancia que la virtud de la castidad tiene en la vida cristiana.
2.- El tema de la castidad es uno de lo más importantes y complejos, tanto desde el punto de vista psicológico, como desde el punto de vista moral, por las ramificaciones que tiene en todos los aspectos de la existencia de la persona: cuerpo, sexo, amor, afectividad, comunicación interpersonal, amistad, continencia, y por el influjo en el funcionamiento y realización de grandes instituciones, como son el matrimonio, la familia, la vida consagrada y el celibato sacerdotal.
3.- La complejidad e importancia de la castidad obligan a tomarla en serio, a estudiarla bien, como el primer paso para vivir bien la castidad. La ignorancia y la errónea comprensión de la castidad conducen a situaciones dolorosas, desagradables, difíciles de enderezar, aunque la imputabilidad moral no entre en juego. Con culpa o sin culpa moral, uno puede ser inmaduro durante su vida, desequilibrado en los afectos, aberrante en ciertos desórdenes sexuales, manifiestos u ocultos, eunuco y no precisamente por el reino de los cielos.
4.- Dejando a un lado la importancia de la castidad para toda persona, sea cualquiera su estado de vida, nos fijamos en la importancia de la castidad de los llamados en la Iglesia a la castidad perfecta, en el celibato por el reino de los cielos. Si el sacerdote y el que profesa la castidad la entienden bien y la viven generosamente, la castidad se convierte para ellos en una fuente de libertad y de alegría, pero en caso contrario, puede ser un pozo de inmensa tristeza, de frustración y amargura. Con razón, el decreto del Vaticano II, «Perfectae Caritatis» en el número 12 advierte: Como la observancia de la continencia perfecta toca íntimamente las inclinaciones más hondas de la naturaleza humana, los candidatos no se presenten ni sean admitidos a la profesión de la castidad, sino después de una prueba verdaderamente suficiente y con la debida madurez psicológica y afectiva. No sólo hay que avisarlos sobre los peligros que acechan a la castidad, sino que han de instruirse de forma que abracen el celibato consagrado a Dios, incluso como un bien de toda la persona.
5.- En la misma línea, se expresa el decreto «Optatam Totius» en el número 10: Hay que avisar a los seminaristas de los peligros que acechan su castidad, sobre todo, en la sociedad de estos tiempos; ayudados con oportunos auxilios, divinos y humanos, aprendan a integrar la renuncia del matrimonio de tal forma que su vida y su trabajo no sólo no reciba menoscabo alguno del celibato, sino más bien ellos consigan un dominio más profundo del alma y del cuerpo y el provecho de una madurez más completa, y capten mejor la felicidad del Evangelio.
CAMBIO EN LA COMPRENSIÓN DE LA CASTIDAD
Pasa la figura de este mundo… (1Cor 7, 31)
6.- El sentido escatológico del texto paulino pone de manifiesto el valor relativo de los valores de este mundo. Nos viene bien tener presente la relatividad de muchos valores a la luz del valor absoluto del reino de Dios.
7.- Ha habido cambios muy profundos en la concepción de la castidad y de los valores humanos relacionados con ella, como es el de la sexualidad. A la complejidad objetiva, hay que añadir la diversidad de las apreciaciones, sobre todo, los elementos constitutivos de la castidad. En el campo de la castidad, los cambios habidos son tan profundos que ha merecido el calificativo de «revolucionarios». En el campo de lo sexual, se ha pasado, dicen algunos, del tabú al desmadre, de la vergüenza a la desvergüenza, del todo prohibido al nada prohibido, del todo pecado a nada pecado. Para otros, es el final feliz de un proceso de emancipación. Se ha logrado la libertad en una materia en la que la persona se sentía en continuo conflicto, entre las tendencias naturales y los prejuicios sociales, originados por las normas morales difíciles de aprobar a la luz de la psicología y del comportamiento social general.
8.- Una de las consecuencias del cambio es el cultivo del cuerpo. El cuerpo es un don maravilloso de Dios, un gran medio para dialogar con el mundo que nos rodea, para expresar lo que uno es y quiere, para darnos a los demás. El cuerpo merece ser cuidado. El dicho «mens sana y corpore sano» está en vigor. Todos los niveles de la persona: biológico, psíquico y espiritual, están íntimamente relacionados, no obstante la cierta independencia que cada uno tiene. Pero puede haber excesos en el cuidado del cuerpo. Puede caerse en la «adoración del cuerpo y de sus formas», por preferir a toda costa el bienestar físico, minusvalorando el pudor y rebelándose conga todo esfuerzo y dolor.
9.- Del culto al cuerpo, han surgido comportamientos diversos, por ejemplo, en el modo y razón de vestir: ya no se trata tanto de cubrir el cuerpo, cuanto de resaltar las formas del mismo. La dieta ya no es tanto para alimentar bien al cuerpo, cuanto para mantenerlo en buena «forma». La medicación ya no es tanto para curar las enfermedades, cuanto para evitar el más mínimo dolor. La gimnasia y deporte, ya no son tanto para mantener la agilidad física, cuanto para retardar en lo posible las leyes del envejecimiento. Nada malo hay en el cultivo del cuerpo, nunca el cuerpo debe ser cárcel del alma, sino su mejor expresión. No hay antagonismo entre ambos componentes de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 27). Lo malo viene sólo de la exageración.
10.- La crisis de los valores de la castidad ha impulsado a reflexionar desde una nueva situación, sobre los componentes psicológicos, sociales y morales de la sexualidad y de todo lo que con ella se relaciona. Nos ha permitido tomar mayor conciencia del valor de la sexualidad y de su influjo en el comportamiento individual y social de las personas, en la evolución y configuración de las distintas etapas de la vida por las que la persona pasa. Nos hemos dado mayor cuenta de la dificultad de adquirir una correcta formación sexual y cómo se manipula la sexualidad por los medios de comunicación social, de la fragilidad de la persona ante el acoso de los medios de comunicación social. Se presenta lo sexual sin temor a falsificar sus auténticos y apreciables valores, con tal de alcanzar la meta hedonista o comercial que se intenta. La comercialización de lo sexual es una de las mayores degradaciones que ha sufrido un valor humano como el sexo.
11.- En otros niveles, los cambios habidos en el campo de la sexualidad han repercutido en la desvalorización del amor humano, de sus metas, de sus manifestaciones y de las instituciones, cuya misión es conservarlo y promoverlo, tales como el matrimonio, la familia y el noviazgo.
12.- Dicha reflexión está dando fruto. Hay quien considera acabada la época del predominio sexual, y aseguran haberse iniciado otra en la que predominarán otros sentimientos más sanos, más nobles y más profundos, y en la que los jóvenes serán más limpios que los de las generaciones pasadas. Desde la fe, los creyentes tenemos que confiar en el poder del Espíritu Santo, dador de vida.
13.- Como resumen de la crisis, podemos afirmar que, en nuestro ambiente, la castidad es un valor anticultural. No es visto como «moderno» quien no tiene como norma el permisivismo o la visión materialista de la sexualidad; quien pone reparos a la onda de pornografía que, sirviéndose de los medios de comunicación, invade sin el menor pudor nuestra intimidad personal y familiar.
De todas maneras, nunca la castidad cristiana fue flor de fácil cultivo, ¡cuánto menos en el ambiente actual! Sigue siendo un valor cristiano de alta calidad en todos los estados de la vida cristiana, principalmente, en el matrimonio y en la vida consagrada2.
LA CASTIDAD, ENERGÍA ESPIRITUAL
15.- El mayor cambio ha sido en la concepción de la castidad cristiana. La teología moral católica ha reaccionado ante la crisis mencionada y ha hecho grandes esfuerzos por alcanzar mayor claridad en lo que es la castidad cristiana. Ha comprendido la insuficiencia de algunos planteamientos’, las limitaciones de las formulaciones negativas: No cometerás adulterio, no desearás la mujer de tu prójimo (Ex 20, 14-17). A las limitaciones de las formulaciones, hay que añadir las de las definiciones morales tradicionales. Como antes dijimos, éstas se limitaban a definir la castidad como una virtud moderadora del uso de la sexualidad, centrada casi exclusivamente en lo genital y el placer venéreo. Suponía una devaluación de la castidad como elemento psicológico y de la espiritualidad matrimonial. Finalmente, existía la dificultad de integrar en la castidad, otros valores de la persona humana. El abigarrado y riquísimo mundo de los afectos, o no se los tenía en cuenta, o se los consideraba superficialmente. Partiendo de la persona, no se puede considerar la castidad como algo cerrado en sí misma, sino abierta y en íntima comunión con otros valores de la persona, en diálogo continuo con el mundo. Sólo desde una visión amplia de la castidad, teniendo en cuenta la persona, pueden integrarse en ella aquellos valores que la ayudan y la fortalecen4.
16.- El resultado de la reflexión ha sido una visión mucho más positiva de la castidad cristiana, verla como potenciadora del amor. La castidad tiene sentido, se la contempla como una virtud que potencia la capacidad de amar de la persona. Dios comunicó al hombre la capacidad de amar, de manifestar su amor y de sentir el gozo de ser amado (cf. Gn 1, 26). Juan Pablo II la describe así en la Exhortación Apostólica «Familiaris Consortio»: Es una energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promover el amor hacia su plena realización. La Congregación para la Educación nos la describe de esta otra manera, sustancialmente coincidente con la descripción de Juan Pablo II: La castidad cristiana permite a la persona ser dueña de sí misma y a saber y poder orientar el instinto sexual y los afectos al servicio del amor e integrarlos en el desarrollo de la personas. La castidad cristiana es, pues, la virtud que se centra en el amor humano, que lo promueve y lo protege y que orienta sus expresiones a la luz de las exigencias de la vocación y misión de la persona humana. La castidad cristiana tiene, pues, la función de potenciar la capacidad de amar, para amar más y amar mejor.
LOS PELIGROS CONTRA LA CASTIDAD
Huid de la fornicación (1Cor 6, 16)
17.- Como dijimos antes, el decreto «Optatam Totius» del Vaticano II exhorta a los formadores de los seminaristas a que expongan los peligros que acechan a la castidad, especialmente, en la sociedad actual5. El decreto alude a todos los peligros, aunque insiste en los de «nuestro tiempo», como son la facilidad de las experiencias sexuales indebidas, el abuso de lo sexual, la deshumanización de la sexualidad, etc. Nos vamos a fijar en dos, como punto de arranque de posibles desviaciones en el comportamiento interno y externo, y porque tienen alguna incidencia en la comprensión de la castidad, según san Vicente.
a) Las amistades particulares
18.- A la amistad «particular», se la consideró en otros tiempos enemigo temible de la castidad, se la detectaba allí donde aparecía la menor expresión de afecto entre dos seminaristas o miembros de una comunidad y, consecuentemente, se la combatía con medios exagerados, duros y, con frecuencia, inhumanos. La sensibilidad actual es más benévola. Con todo, puede ser un peligro serio. De ahí, la importancia que se da a los signos que pueden indicar la existencia de una amistad mala o particular. Tales signos suelen ser: la dependencia obsesiva del amigo o amiga; condicionar la presencia del amigo o amiga para el fiel cumplimiento de los propios deberes; la necesidad de una continua y mutua comunicación, hasta de lo más íntimo; la incapacidad de vivir la propia vida individual y de reconocer lo irracional de tal amistad, cuando fraternalmente se le avisa; los celos por la cercanía e influencia de otra persona a la que se quiere de una manera exclusiva y excluyente; las expresiones externas del afecto: besos, abrazos, etc. La cantidad de razones falsas y mentiras que alegan los amigos o amigas para justificar sus expresiones de amistad.
b) La conciencia moral mal formada
19.- La confusión que, con frecuencia, existe en las conciencias sobre la moralidad de las acciones relacionadas con la sexualidad y la afectividad es otro de los grandes obstáculos para vivir gozosa y libremente las exigencias de la castidad. De ahí, la necesidad de una buena formación en la castidad y el derecho a la misma. En ningún caso, se puede alabar la «santa ignorancia», pero mucho menos, si cabe, en materia de castidad, por las implicaciones que tal ignorancia acarrea a la persona en todas sus dimensiones: corporal, psíquica, social y espiritual.
20.- La formación tiene que ser seria y no confundirla con la mera información sexual, llamada inapropiadamente educación sexual. Esta, generalmente, no va más allá de la información sobre las funciones fisiológicas y de satisfacer las curiosidades más elementales en el comportamiento sexual. La formación sexual cristiana parte del gran respeto que se debe al cuerpo humano y a sus potencialidades sexuales, a la luz del plan de Dios que creó a la pareja humana, para que crezca y se multiplique (cf. Gn 1, 28). El cuerpo, ha dicho Juan Pablo II, expresa la vocación del hombre a la alteridad, a la reciprocidad, a la complementariedad del amor y a la mutua entrega. La formación en la castidad pretende alcanzar, mediante el desarrollo armónico e integral de todos los componentes de la persona, la madurez biológica, psicológica, moral y espiritual.







