4. Obediencia
Para una comprensión moderna
La problemática
a) En algunos aspectos la obediencia es el voto más difícil de tratar.
Cada uno de los votos se centra en el seguimiento de Jesús y encuentra su fundamentación en los evangelios. La llamada a la pobreza evangélica es totalmente clara en el Nuevo Testamento, como se vio arriba. También es claro que algunos son llamados a vivir una vida célibe «por el reino de Dios». Por fin, las Escrituras afirman sin ninguna ambigüedad que Jesús busca y hace siempre la voluntad de su Padre (cf. Jn 4, 34; 5, 30), y llama a sus seguidores a hacer lo mismo.
Pero hay un paso gigantesco entre buscar y hacer la voluntad de Dios y el hacer la voluntad de otra persona humana y ver eso como la voluntad de Dios’. Sería más fácil dar ese paso, aunque aún habría que matizar el tema con gran cuidado, si Jesús hubiera investido a los superiores religiosos con una autoridad especial, y si hubiera prometido estar con ellos para guiar sus acciones, como lo prometió a los jefes de la Iglesia. Pero no hay nada en el Nuevo Testamento que indique que pase lo mismo con los superiores de las comunidades religiosas. Esas instituciones no reciben garantía alguna de los evangelios, fuera de las dadas a todos los que creen en Jesús. Además, los que entran en una comunidad lo hacen por propia elección. Son igualmente libres para no entrar. ¿Cómo pueden obligarse libremente por voto a obedecer a alguien que, como ellos mismos, es muy limitado en su conocimiento de la voluntad de Dios?
b) El problema se complica aún más porque, entre las explicaciones dadas a lo largo de la historia acerca de la obediencia, ha habido muchas distorsiones. El lector de hoy, por ejemplo, puede sentirse incómodo cuando oye a san Vicente decir a los cohermanos que deben obedecer con una «cierta obediencia ciega». Aunque es claro que san Vicente mismo creyó necesario usar un calificativo («una cierta obediencia ciega»), sin embargo, sobre todo después de la experiencia del nazismo, nos damos hoy cuenta de que la frase puede hacer más mal que bien.
Otras distorsiones no son tan obvias. A veces, por ejemplo, el lenguaje usado para describir la obediencia revela que el modelo usado es la relación entre padre e hijo. Pero esto no puede ser un fundamento sano para la obediencia religiosa. La relación padre-hijo se basa en la suposición de que le padre es maduro y el hijo inmaduro; es muy de desear que esto no se dé en la vida religiosa. Además, cuando un niño crece a la edad madura su obligación de obedecer cede ante otras obligaciones basadas en la relación de adulto a adulto, pero en la vida religiosa la obligación de obedecer permanece toda la vida. Aun en aquellos casos de la vida religiosa en que una mayor madurez en el superior ha de presumirse, como cuando un «maestro» educa a un «novicio», el propósito es el que desaparezca gradualmente, y que el aprendiz llegue a ser, así se espera, a su vez un maestro.
Sin duda que es también un error el presuponer que los superiores saben más o están más dotados moral o espiritualmente que los que viven en la comunidad que gobiernan. La historia enseña que con frecuencia no son así las cosas. Y aunque fuera verdad en un caso particular no sería esa la base adecuada para hacer un voto que se refiera a todos los casos.
Ni tampoco se puede decir sin más para tratar de justificar la obediencia: «Es bueno que someta mi voluntad», y ni siquiera: «Es bueno que someta mi voluntad como lo hizo Jesús». ¿Por qué sería bueno? ¿A quién somete uno su voluntad? No se puede renunciar tan fácilmente a ser responsable de las propias acciones. Después de todo somos moralmente responsables por nuestras acciones, y debemos dirigirlas siempre hacia lo que es bueno’.
Es también un error, al tratar de explicar la obediencia, el reducir la autoridad de los superiores a una mera función de «regulador del tráfico» o de «mantenedor del orden». Aun admitiendo que se ha exagerado con frecuencia el papel del superior, la tradición de las comunidades, así como nuestros documentos de hoy, ve a los superiores como figuras clave en el proceso de discernimiento (o, por usar un término de hoy, como los principales animadores). El reciente documento sobre la función del visitador, por ejemplo, describe su misión en unos términos que van mucho más allá de una mera regulación de tráfico: «La misión del visitador es estar al servicio de la unidad de la provincia en buscar y hacer la volntad del Padre, que es la salvación de todos en Jesucristo»»‘. En otras palabras, debe ser el principal animador en la provincia. Nuestras Constituciones hablan aún más concretamente sobre las relaciones de los superiores con la comunidad animando a los cohermanos a «tratar de obedecer a los superiores a la luz de la fe, aunque piensen que su propia opinión es mejor».
A la luz de todo esto sigue en pie la cuestión fundamental: ¿cómo sabemos que al hacer la voluntad de otro estamos haciendo la voluntad de Dios?
El contexto de la obediencia
c) Al tratar esta cuestión es importante advertir desde el principio que el fin general de la virtud y el voto de obediencia —crear un ambiente en el que la comunidad y los individuos dentro de ella busquen con decisión el hacer la voluntad del Padre— es mucho más exigente que el hacer actos individuales de obediencia ejecutados simplemente porque se ha hecho un voto. Juan Metz escribe: «La obediencia como virtud evangélica es el sometimiento de la vida propia, radical y sin condiciones, a Dios Padre que eleva y libera». Los actos que hacen concreta la práctica del voto deben proceder de esta virtud de obediencia, y deben a la vez alimentar la virtud.
Pero podría suceder que las cosas no sean así. En algunos contextos, los superiores y los otros miembros de la comunidad satisfechos con sus propias luces, podrían estar haciendo esfuerzos muy pequeños por escuchar con cuidado a otros y por discernir la voluntad de Dios.
Esto distorsionaría lamentablemente el proceso de la obediencia en su misma raíz.
La verdadera obediencia al servicio de la misión halla sus raíces más profundas en el contexto amplio de una comunidad que busca sinceramente la voluntad de Dios. Una tal comunidad presentaría una serie de características muy visibles:
1. ama a Dios como Padre y busca con ansia cumplir su voluntad;
2. lee y reflexiona en común la palabra de Dios;
3. reza en común;
4. sus miembros se escuchan unos a otros con gran respeto;
5. escucha las directivas de la Iglesia (por ej. , documentos conciliares, encíclicas, la ley de la Iglesia, etc.) y las de su propia comunidad universal (por ej., Constituciones y Estatutos, Normas provinciales, etc.);
6. disciernen comunitariamente los signos de los tiempos, en particular el clamor de los pobres;
7. se comprometen con una formación continua, escuchando a maestros de dentro y de fuera de la comunidad.
Sin tales características una comunidad estará probablemente ciega. Sus superiores y los demás miembros se inclinarán a buscar su propia voluntad, sus propios fines, su propia seguridad, su comodidad, antes que lo que pide el Señor. Sus decisiones, aunque tal vez jurídicamente correctas, serán malamente un verdadero reflejo del evangelio.
Bernard Lonergan denuncia duramente situaciones de ese tipo: «El fruto de la falta de autenticidad es la decadencia. Súbditos no auténticos vienen a tener autoridades no auténticas. Las autoridades no auténticas favorecen a unos grupos sobre otros. El favoritismo es caldo de cultivo para la suspicacia…»
Por todo lo que precede la teología de hoy busca el diseñar una base razonable para el voto de obediencia en función de nuestro compromiso con la comunidad.
La obediencia como función de la comunidad
d) En un intento de aclarar este tema voy a sugerir una serie de proposiciones.
1. Cuando una persona entra en una comunidad se obliga a vivir una forma definida de vida dentro de la Iglesia. Esa vida incluye una misión’. Se centra en el servicio de Dios y de su pueblo, e incluye la oración, el vivir juntos, y el servicio en comunidad con otros, todo ello dentro de la Iglesia. Al unirnos a nuestra propia congregación nos comprometemos a vivir en esta concreta «sociedad apostólica». Decimos explí-citamente que hacemos voto de dedicar nuestra vida entera al servicio de los pobres en la congregación de la Misión.
2. Todas las sociedades de este tipo en la Iglesia, elegidas libremente, necesitan, y de hecho siempre han tenido, procesos para tomar decisiones. Esos procesos han tenido formas muy variadas a lo largo de la historia. Han sido a veces monárquicas (aunque siempre con algunas limitaciones), cual era el caso en muchas relaciones «superior-súbdito» hasta hace poco tiempo. A veces son democráticos, cual es el caso de las asambleas generales de muchas congregaciones religiosas. Hoy encontramos diversas combinaciones de controles y equilibrios.
3. Al comprometernos con una comunidad nos comprometemos a cumplir sus decisiones. Si de verdad queremos pertenecer a una comunidad dada, con sus fines apostólicos aprobados por la Iglesia como parte de su misión, nos comprometemos a vivir según las decisiones de esa comunidad. Desde este punto de vista, vemos al mirar a la historia pasada que la obediencia estaba originalmente incluida en el «voto único» de unirse a una comunidad religiosa; sólo gradualmente ese voto se hizo explícito como voto aparte.
4. a lo largo de la historia puede variar muy mucho el cómo la autoridad es elegida en una comunidad concreta y el cómo llegará a sus decisiones propias. A veces los que tienen autoridad son nombrados (por ej., el papa, muchos provinciales hoy, muchos obispos en el pasado). A veces se toman las decisiones monárquicamente, a veces colegialmente, a veces democráticamente.
5. En cualquier caso, en todos los períodos históricos, dentro de variados contextos culturales, alguna forma de obediencia será siempre necesaria si quieren existir las comunidades religiosas. Incluso en una estructura muy democrática, la obediencia será siempre una necesidad (a veces muy molesta) pues los que están por la posición de la minoría deben en última instancia obedecer lo que ha decidido la mayoría.
6. Desde este punto de vista, según el cual la obediencia es vista como función de la pertenencia a la comunidad, podría ser de utilidad presentar unas cuantas reflexiones sobre el alcance de la obediencia, un tema que aparece muy a menudo en los documentos fundacionales de las congregaciones.
— Si han de ser de verdad obligatorias, todas las normas y disposiciones deben relacionarse con el fin y los varios aspectos de esa concreta sociedad apostólica.
Tradicionalmente esa idea ha sido expresada en términos parecidos a: «Debemos obediencia a los superiores… según las Constituciones y estatutos». Con otras palabras, el poder de los superiores es limitado; no va más allá de los límites señalados en la sociedad. En los tiempos que corren este tema es muy delicado, pues la línea divisoria entre la «vida privada» de uno y su «vida de comunidad» no es siempre fácil de señalar, y así lo reconocen nuestras Constituciones.
Para ser obligatorias todas las normas y órdenes de los superiores deben también ser justas. En términos tradicionales esta idea se ha expresado así: «Se debe obedecer en todo aquello en que no aparezca pecado». En otras palabras, las órdenes del superior no pueden ir en contra de la ley moral tal como la interpreta una conciencia bien informada y bien aconsejada. Otra manera de decir lo mismo es que leyes y órdenes deben ser según razón. Esto es evidente, pues una ley es, por definición, un dictado de la razón. En consecuencia, hay que advertir que los superiores no deben pedir a los demás que hagan cosas tontas simplemente para probar su madurez.
Pero, por otro lado, también hay que advertir que en muchas circunstancias, como es evidente en la «sociedad de la información» descrita en la Parte segunda, muy a menudo hay varias maneras de proceder (y no simplemente la que a mí me parece mejor) y el superior debe elegir sólo una de ellas (que tal vez no sea la que más me gusta a mí), elección que la comunidad debe llevar a cabo.
7. Además de la obligación de obedecer las órdenes de los superiores la obediencia supone un compromiso a seguir un estilo de vida tal como se describe en las Reglas y Constituciones. De hecho, supuesto que las ordenes explícitas son poco frecuentes, la obediencia incluida en vivir las Constituciones y otras normas constituye una parte mucho más normal de la vida que la obediencia exigida en llevar a cabo las órdenes de los superiores.
Hoy diríamos que tales normas piden una «observancia sustancial». Hay implícita en esta convicción la idea de que si uno observa con generosidad lo sustancial de la ley (lo que permitiría excepciones razonables) maduraría en los valores que la ley intenta promover en los individuos (por ej., que se conviertan en hombres apostólicos y de oración), y ello contribuiría al bien común de la comunidad (por ej., que si la comunidad está compuesta de tales hombres, será un testimonio vivo de la buena noticia entre los pobres).
8. Pues la obediencia en un compromiso radical con la comunidad y sus procesos de toma de decisiones, un miembro hace más profunda su «pertenencia» a la comunidad en tanto en cuanto lleva a cabo sus decisiones, y por el contrario, que se «aísla de» la comunidad en tanto deja de ajustarse a ellas. Estas decisiones se manifiestan en varios niveles: Constituciones, Estatutos, diversas órdenes y normas provinciales, proyectos locales y provinciales, las decisiones de diversos superiores, etc.
Adviértase que esta manera de entender la obediencia (como elemento sustancial del compromiso con la comunidad) coincide con el deseo de san Vicente de hacer votos con vistas a la misión. Hacemos voto de obediencia porque queremos pertenecer a una comunidad apos-tólica y misionera al servicio de los pobres.
Hacia una práctica moderna
La clave de la obediencia, así como la de la verdadera vida en común, es el saber escuchar. La palabra obediencia (ob plenamente + audire oír) lo manifiesta claramente. Cuán esencial es esto no sólo para el voto de obediencia sino para la espiritualidad toda del Nuevo Testamento es uno de los temas básicos del evangelio de Lucas. No podemos tratar exhaustivamente este tema aquí por limitaciones de espacio; podría el lector meditar los muchos pasajes en que Lucas destaca la importancia del saber escuchar (por ej. ,8, 19-21; 10, 38-42; 11, 27-28; cf. también 1,26 ss; 1,39ss; 2,16ss; 2,41ss.). Uno de los grandes retos de la comunidad de hoy es el diseñar procesos de diálogo en que se dé importancia decisiva al saber escuchar. Una comunidad vivirá la voluntad de Dios sólo en cuanto sus miembros, y sobre todo sus superiores, puedan realmente oír lo que dice Dios.
Por todo ello se hace evidente que, especialmente hoy, la obediencia obliga no sólo a los «súbditos» sino también a los «superiores». Mucho se exige hoy a unos y a otros. Han sido convocados para buscar juntos la voluntad de Dios. Para hacer esto bien, todos deben escuchar bien.
Hoy día se insiste mucho en la necesidad de escuchar en comunidad. Como muy bien ha señalado Bernard Lonergan: «Comunidad quiere decir personas con un campo común de experiencia, con una manera participada o al menos complementaria de ver el mundo de los hombres y las cosas, con una comprensión y unos fines comunes. Sin un campo común de experiencia los hombres se sienten extraños, sin una manera participada de ver no se comprenderán unos a otros, se sentirán suspicaces, desconfiados, hostiles, violentos. Sin una comprensión participada vivirán en mundos diferentes, y sin fines comunes trabajarán cada uno por su lado». Nuestras Constituciones y Estatutos, reconociendo la importancia de la contribución de todos a las decisiones que afectan a sus vidas, usan a veces la frase «el superior con la comunidad» para describir el proceso para tomar decisiones. Piden también reuniones frecuentes de todos los miembros de la casa que sean como consejos del superior’. En la medida en que todos participen activamente en esas reuniones, consultas y diálogo que son elementos de las estructuras de hoy, serán sujetos en la toma de decisiones y en la obediencia, y no ya sólo objetos.
La ley permite al superior, hoy igual que en el pasado, actuar en contra de la opinión de sus consejeros, excepto en un número pequeño de casos. Al permitir esta libertad de acción, la ley refleja la convicción de que la verdad no siempre está del lado de la mayoría. La obediencia religiosa no se reduce a un cómputo de votos; exige diálogo y escucha por parte de todos. Pero aunque es claramente legal para un superior el proceder en contra de la opinión de su consejo, es igualmente claro desde un punto de vista moral que un superior que obra así con frecuencia corre el riesgo de cometer imprudencias graves.
Teniendo todo esto en cuenta es evidente que hoy la obediencia es un concepto mucho más amplio y mucho más exigente que un simple cumplir las órdenes de un superior. Mencionaremos ahora algunas maneras modernas para practicar hoy el voto de obediencia. Nuestras Constituciones y Estatutos y otros documentos de hoy nos dicen que la obediencia hoy supone para un vicenciano:
1. participación en diálogo abierto y responsable;
2. escuchar con cuidado las opiniones de otros, los signos de los tiempos, las directivas y líneas de acción de la congregación;
3. tomar parte activa en las consultas;
4. asistir a las reuniones y contribuir a ellas;
5. contribuir activamente a la elaboración del proyecto comunitario y ejecutarlo fielmente;
6. tomar iniciativas;
7. obedecer las decisiones de los superiores a la luz de la fe, aunque pensemos que nuestra opinión es mejor;
8. esforzarse por alcanzar unidad de mente, corazón y acción;
9. estar dispuesto a ir a cualquier parte del mundo.
Concluiré estas reflexiones sobre los cuatro votos vicencianos recordando una vez más el deseo de reacciones y nuevos esfuerzos por propuestas concretas por parte de otros. Confío en que a través del diálogo podremos profundizar nuestro conocimiento y nuestro com-promiso con la vida de votos. Al hacerlo cumpliremos mejor los fines misioneros que nos confió san Vicente.
Los votos juegan un papel muy importante en la vida de la congregación, y no ya como historia sino como profecía. Si se viven en plenitud, convierten el evangelio en algo vivo. Dan testimonio de la presencia del reino de Dios «ya» en medio de nosotros aunque «todavía no» en plenitud. En un mundo que cambia, una Iglesia que cambia, y una congregación que cambia, tienen los votos una función vital. Al imaginar la Iglesia del futuro, dice Karl Rahner:
La espiritualidad del futuro será una espiritualidad del Sermón de la montaña y de los consejos evangélicos, comprometida de continuo en renovar su protesta contra los ídolos de la riqueza, del placer y del poder.






