Identificación de Jesucristo con el pobre. Parte II, Capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José Sendra, C.M. · Year of first publication: 1983.
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II: La naturaleza y la gracia en san Vicente

Vicente de Paúl para cumplir su misión estaba dotado de cualidades naturales y sobrenaturales. Es difícil hallar un corazón más grande, junto a un gran carácter.Amó la parte mísera y problemática de la humanidad porque detrás de un rostro sufriente, de unos miembros cubiertos de harapos, su fe viva de santo descubría el divino Paciente.

Pero he aquí un punto que si insistiéramos en él exclusi­vamente nos daría una idea incompleta o deformada del alma de Vicente de Paúl.

Podría seguirse el pensar que amó místicamente a Cristo oculto y representado en la persona de los pobres, pero no a los pobres mismos: el amor y veneración de Vicente pasa­ría así a través de estas figuras dolientes pero no se deten­dría en ellas, incluso podría coexistir con cierta repugnancia natural.

Ya hemos visto en la la Parte que no es éste el sentido querido por Jesús al darse a amar en la persona de los más pequeños. No puede ser un amor de sustitución sino de complemento.

1. Distintas facetas de una misma caridad

En la mayoría de los hombres aún los mejores, la fra­ternidad es una virtud, conclusión de un razonamiento o ascesis cristiana.

En el fondo de su alma Vicente, espontáneamente, natu­ralmente, se siente hermano del abandonado y del miserable. Si hace sentarse cada día dos pobres a su mesa es sin duda para honrar a N. Señor en su persona. Pero él no tiene ne­cesidad de este motivo de religión para acogerlos cortés­mente y servirlos de sus manos. Son sus hermanos. El los acoge como hermanos.El amor de Vicente por sus pobres siendo uno sólo, en realidad reviste netamente dos aspectos.

El ama al hombre, al pobre especialmente, como hom­bre, como hermano, y como miembro sufriente de Cristo, como Cristo mismo.

El primer aspecto es de orden humano; si se quiere, de fraternidad cristiana; el segundo es puramente místico.

Sabemos que lo sobrenatural no anula sino que com­pleta los valores naturales. Es precisamente de la fusión de elementos naturales y sobrenaturales, del amor al hermano y del amor a Cristo, que nace la milagrosa caridad de que rebosa el corazón de este santo.

Nacido entre pobres gentes, hechas al trabajo y a la austeridad, Vicente ha formado su infancia en estas precio­sas cualidades que han distinguido a las gentes del campo.

Y de aquí ha provenido su intenso amor a las pobres gentes. Este hombre, como se complace en llamarle un autor dando aquí a esta palabra todo su contenido humano, tiene necesidad de los hombres para llegar a Dios1.

Se halla bien entre las gentes pobres. Mucho más a su gusto que cuando se ve obligado a frecuentar los lujosos ambientes de la Corte de la que no llegó a aprender las ma­neras, ni le suscitaba interés alguno hacerlo, como tantos finos y cortesanos eclesiásticos de su tiempo.La veracidad y las cualidades humanas de corazón y de alma nacen como en terreno más propio entre los pueblos campesinos y las pobres gentes en general que en los ambien­tes cultivados y artificiales donde se movía la aristocracia en tiempo de San Vicente especialmente2.

Este artífice de la caridad organizada, como todos los hombres superiores de una rica personalidad, buscaba y ha­llaba sus colaboradores a los que comunicaba su celo.

Vicente de Paúl ha sabido dar el impulso vital a almas generosas, para dedicar plenamente todas sus vidas a una cosa difícil: el alivio y consolación de los míseros. En su tiempo y en todos los tiempos, pues el ímpetu del espíritu potente que ha vivificado este santo sobrepasa los límites de su existencia terrena y se extiende indefinidamente, comuni­cándose a miles de almas.

2. Las dos caras de la Medalla

El Santo sabía bien las dificultades que surgirían ante los más generosos. Oigamos una de sus características pláticas:

«¿Cómo ver bajo apariencias tan deprimentes la ma­jestad de Dios? Volved la medalla y veréis por las luces de la fe, al Hijo de Dios que ha querido ser pobre y ser repre­sentado por estos pobres»3.

¿No es ésto sugestivo? Vicente ha sabido expresar con una frase feliz y de fácil alcance la maravillosa realidad sobrenatural de Cristo oculto en el pobre. Aún detrás de las humildes y groseras apariencias se puede distinguir la faz su­friente de Cristo, como entre los pliegues de la sábana que le cubría en el sepulcro, como en un reverso de medalla. He aquí dos aspectos que se distinguen netamente en la mente y el corazón de Vicente, del Santo.

Como una medalla, como una moneda, el pobre está marcado con este sello real. Anverso y reverso. Uno visible, otro invisible, oculto a los sentidos, pero la fe lo adivina.

Por la efigie de César esculpida en la moneda, Jesús arguye de la liceidad y obligación de devolvérsela en tributo a César. He aquí una relación tan directa que da la imagen esculpida en el bronce.

De modo parecido San Vicente en los rostros broncíneos, decaídos del pobre, ve grabada la faz de Jesús. «Cujus est figura haec…?». ¿A quién pertenecen estos rasgos tristes y desechos? Su fe ardiente de santo es la que responde: A Jesús.Para hacer amables a sus colaboradores de todos los tiempos la miseria y los andrajos, Vicente apela pues a este reverso de medalla, a los rasgos amables de Cristo.

Pero él personalmente ama las dos caras de la medalla, incluso el aspecto puramente humano, de modo que da la impresión de que seguiría amando al pobre, prescindiendo de los rasgos adorables del divino Pobre. Esta visión de fe es para el corazón de San Vicente más que un impulso a amar, un coronamiento de una invencible inclinación que ya existe.

3. Una extraña felicidad

Vicente no demuestra sentir repugnancia natural alguna. Al contrario, sus palabras revelan siempre gozo y felicidad sinceramente sentidas en el humilde servicio de sus pobres. Aunque sólo fuera por ésto el corazón del Santo pertenecería a una categoría singular. Halla su más intensa, su única feli­cidad, en lo que es evitado por el común de los hombres.

Dice y repite que es un honor servir a los pobres, que su dignidad está por encima de la de los reyes —majestad cu­bierta de andrajos— que es una felicidad.

Hay una especie de lirismo en las palabras de Vicente de Paúl cuando canta este gozo. Lirismo contenido porque él se reprime ,pero lirismo evidente en las exclamaciones que cortan las frases, en las suspensiones bruscas de lo que iba a expresar. Y termina por decir buenamente:

«Por lo que a mí se refiere, hermanas mías (habla a las Hijas de la Caridad) os confieso que jamás he sentido más consuelo que cuando tengo el honor de servir a los pobres: ‘jucundus horno (qui miseretur)’. El hombre es feliz de ejer­citar la caridad'»4.¿No es ésto admirable?

Pues este mismo sentimiento arreló pronto en las prime­ras Hijas de San Vicente que se inflamaron del mismo espí­ritu. Como el ejemplo que tanto emocionaba al Santo al proponerlo como modelo, de aquella Sor Bárbara que la Duquesa de Aiguillon quería retener para su servicio.

Ante tal proposición que hubieran envidiado tantas jó­venes, la humilde hermana respondía con semblante triste hasta llorar. Como la gran dama insistiese preguntándole por el motivo de su silencio y sus lágrimas, le maravilló oír esta respuesta: «Señora, yo estoy para los pobres; para ésto me entregué a Dios. Hallaréis muchas personas de mérito para vuestro servicio; permitidme entregarme a la obra para la que Dios me ha llamado»5.

San Vicente reconocía en este rasgo a su verdadera hija. Estos ejemplos no se limitan a los tiempos del Fundador. Se han ido repitiendo tantas veces en el curso del tiempo.

4. El respeto a los pobres

Hermano de pobres gentes, hijo de humildes campesinos que viven penosamente y sufren, habla de ellos no en este tono desdeñoso, aunque de gran estilo literario, que uno ex­traña hallar en un La Bruyére6 sino con dignidad, con bon­dad. Aprecia aquellas pobres gentes que conocía bien. Lejos de sentir desprecio, las proponía con frecuencia a sus Misio­neros e Hijas de la Caridad como modelos para su imitación:»¿Habéis visto, les dice, personas más llenas de confianza que las buenas gentes del campo? Ellos siembran su grano y quedan esperando de Dios el bien de su cosecha; y si Dios permite que no sea buena, ellos no cesan por ésto de poner su confianza en El para su alimento de todo el año. Si les sobrevienen pérdidas, el amor que tienen de su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: ‘Dios nos lo había dado, Dios nos lo ha quitado; bendito sea su santo nombre…’ ¿No habéis oído decir que Dios ha elegido a los pobres para ha­cerlos ricos en la fe?». San Vicente alude implícitamente en esta última frase al pasaje de Santiago, 5, 1 que debía medi­tar con particular veneración. Es la expresión inspirada más exacta de sus propios sentimientos.

Cuando se quiere excitar la compasión para los que su­fren no conviene envilecerlos. Mas para hallar el tono justo es necesario amar.

San Vicente decía con frecuencia: «Tengamos afecto a las pobres gentes del campo que nos alimentan con su trabajo»7.¿Qué puede decirse de mayor fineza y perspicacia psico­lógica? Porque el Santo sabía bien que para aficionar a sus hijas en el servicio de sus pobres, éste era también un modo eficaz, inspirarles el afecto que para ellos sentía él mismo.

5. Las preferencias del Santo

Muchos rasgos y palabras de San Vicente nos dejan en­trever la riqueza de corazón y de humanidad de que Dios le había colmado, que formaba en él un instinto, una segun­da naturaleza.

Después de haberle sido entregada la grande y rica Aba­día de San Lázaro para su naciente Compañía, la inaudita donación suscitó más de un pleito para discutirle la posesión.

La alternativa de poseer pacíficamente el grande Prio­rato tan necesario al desarrollo de la Compañía o verse obli­gado a abandonarlo era como para agitar el ánimo a un carácter o una virtud incluso no común. Así era. Al ‘señor Vicente’ no dejaba de acarrearle un tanto de preocupación este asunto.

Pero el motivo de ésta su turbación de ánimo no podía ser más extraño. Vicente lo confiesa con su tono propio de hombre bueno, sin darse cuenta que la declaración que hace ingenuamente era como para desconcertar al común de los humanos.

Hablando del cuidado que se debía a unos pobres pen­sionados y algunos alienados que albergaba en San Lázaro, dice: «Por aquel tiempo teníamos un proceso en el que se discutía si seríamos echados o mantenidos en la Casa de San Lázaro; y recuerdo que me preguntaba entonces a mí mismo: ‘Si te fuera preciso dejar ahora la Casa ¿qué es lo que te afecta o afectaría más? ¿qué cosa te causaría más dis­gusto o sentimiento?’ Y me parecía en aquellos momentos que sería el hecho de no ver más estas pobres gentes y verme obligado a abandonar su cuidado y servicio».

Su sensibilidad exquisita se revela8 a veces con rasgos franciscanos; como en una ocasión estando enfermo, un Her­mano quería prepararle un par de pichones y el Santo viendo las inocentes aves no permitió que fueran sacrificadas por su causa.

Este hombre se interesaba siempre por los hombres9. Le era imposible ver sufrir a sus hermanos sin conmoverse profundamente, sin entrar en vibración y buscar el remedio.

6. La parábola del Buen Samaritano

Es precisamente la acción lo que manifiesta el tono de la compasión. Un ligero movimiento de compasión a vista del sufrimiento del prójimo lo experimenta todo corazón humano, a menos que esté pervertido. Pero esta conmoción, en el común de los hombres no tiene el voltaje, la tensión suficiente para provocar la acción.

El sacerdote y el levita en la parábola del Buen Samari­tano es de creer que no pasarían totalmente indiferentes ante el pobre viajero caído en manos de ladrones. No eran per­versos o inhumanos. Experimentarían sin duda el sentido de compasión. Es la reacción natural a la vista de una tal desgracia. Incluso se despertaría el deseo de ayudarle. Pero… tenían prisa. Debían asistir a los Oficios del Templo. ¿Qué más importante que los sacrificios y el culto a Yahvéh? Y se perdieron camino adelante.Sólo en el Buen Samaritano la compasión llegó al punto de posponer el objeto de su propio viaje y entregarse perso­nalmente con su dinero y su pollino, todo lo que tuvo a mano, en remediar aquella tragedia.

A esta categoría pertenecía Vicente. Sus entrañas se con­movían y su compasión por ser intensa era siempre eficaz. Podríamos multiplicar los detalles. Su vida toda es un ejem­plo de ello.

Para él los más infelices de los hombres era aquella «res sacra, miser»10, según la bella expresión que supo formular la antigüedad pagana. Quizá sea ésta la palabra exacta. El sufrir humano era para Vicente algo sagrado. Por esto sacri­ficaba a él cosas también sagradas como el oro de los cálices.

Esa es la viva expresión que usa para recomendar el cuidado de los enfermos en su Comunidad: «Me sentiría contento, escribe, si se me dijera de algún lugar que alguno de la Compañía ha vendido los cálices para ésto»11.

7. La inversión del mandamiento

Luisa de Marillac le conoce bien cuando le escribe re­comendándole el cuidado de su salud ya bastante maltrecha, con una expresión peregrina: «Tened compasión de vuestro cuerpo, como la tendríais de un pobre».

No podía hallar un motivo más sutil.

Esto nos hace pensar que San Vicente llegó a una admi­rable inversión de la palabra evangélica: Para asegurar bien la caridad fraterna, Jesús no halló medida mejor que el amor del hombre a sí mismo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Eso es mucho ciertamente. Pero ¿quién hubiera imagina­do que alguna vez debiera el amor al hermano ser medida para el amor debido a sí mismo?

Esas son las regiones de la santidad, más alla de los co­munes límites humanos.

8. ¿Fue San Vicente un místico?

Vemos pues que el corazón de este Santo estaba excep­cionalmente dotado para cumplir su misión. De esta rique­za de alma hemos dado algunos rasgos, para mejor com­prenderlo.

Concluyamos pues como respuesta a la pregunta que for­mulábamos al principio de este capítulo —sobre el doble aspecto que parecía revestir su caridad— que San Vicente poseyó profundamente el sentimiento de fraternidad.

Se sentía naturalmente hermano de los más miserables. Esta era la inclinación natural de un corazón bueno, la vir­tud de un cristiano, el eco del Padrenuestro rezado y meditado. Amó a sus hermanos porque eran hombres y porque eran hijos del mismo Padre.Pero descubrimos no menos claramente otra fase de la misma caridad, más teológica, más profunda, más mística. No ya caridad para los hombres por amor de Dios, sino amor a Cristo mismo en los pobres, de un modo personal y directo. No podía menos de llevarle a este punto la más sorprendente revelación sobre la caridad, la asidua medita­ción del Evangelio y de las palabras de Jesús y su profundo sentido místico.

A este punto es oportuno preguntarnos: ¿fue San Vi­cente lo que podríamos llamar un místico?

Aunque algunos pasajes de sus discursos hagan pensar que está más orientado a la ascética que a la mística, no era en modo alguno enemigo de la contemplación. Es cierto que él mismo, por su costumbre de rebajarse sinceramente, se estima ‘el menos espiritual y místico de los hombres’. Así se expresa escribiendo a un cartujo. ¿Qué expresión de humildad podía hallar más apta escribiendo a un hombre dedicado por su estado a la contemplación?

Sin embargo los que le han estudiado de cerca recono­cen en él un gran místico. No suscribiría enteramente la fra­se de un ilustre historiador cuando dice de San Vicente que «no son los pobres los que lo han dado a Dios, sino al con­trario, es Dios quien lo dio a los pobres». Eran las dos cosas simultáneas y complementarias. Buscó a ‘Dios invisible en el hermano visible’, según la expresión de San Juan, como nos parece haber venido demostrando.

Pero sí es cierto que en San Vicente la caridad se apoyó no sólo en un corazón dotado excepcionalmente de huma­nidad; sino más aún, el buen sentido y la caridad se apoyan en él en altas intuiciones místicas. Hasta el punto que podemos afirmar con el autor aludido, que este grande hombre de obras nos lo ha dado la mística12.

San Vicente que desplegó su palabra sencilla siempre, altamente elocuente a veces, hasta formar sus conferen­cias una joya de la literatura de espiritualidad del Si­glo de Oro francés, como ya dijimos; y algunos de sus sermones una verdadera página de antología; que meditó y expuso todos los motivos que podían conmover el corazón humano e inclinarlo a la caridad, ¿cómo no iba a profundi­zar y explotar la mina aurífera de la palabra evangélica que nos revela la misteriosa presencia de Jesús en ‘los más pe­queños’?

San Pablo después de haber meditado y formulado la doctrina del Cristo Total, esta misteriosa verdad se repite incesantemente en las páginas de sus epístolas, le sirve de base de su teología y de sus enseñanzas morales a las diver­sas iglesias: la unión que debe existir entre los cristianos es ilustrada por su pertenencia al mismo Cuerpo de Cristo; la santidad y respeto debido a su cuerpo es porque son miem­bros del Cuerpo Místico de Cristo. Y así del resto de su en­señanza. Esta doctrina cristaliza en fórmulas tan conocidas, tantas veces repetidas por San Pablo: «Omnia et in omnibus Christus». «In Christo Jesu»13.

De modo parecido San Vicente descubrirá la mística verdad de la presencia de Jesús en los pobres y esta conside­ración formará la base de su doctrina sobre la caridad y vendrá a sus labios expresada en diversas formas y en frases que se repiten con gran frecuencia. Es así que puede ilustrar­nos la doctrina que venimos estudiando de la identificación de Cristo y el pobre, como veremos más expresamente en el siguiente capítulo.

  1. «Tras humain, trés impressonnable á tont ce que disent, font ou souffrent ses fréres humains, il a besoin du commerce des hommes pour s’épanouir mame á la vertu. Muy humano, fácilmente impresionable por todo lo que dicen, hacen o sufren sus hermanos los hombres, tiene ne­cesidad del trato con los seres humanos para realizarse aún por lo que respecta a la virtud». HENRI BRÉMOND, Histoire littéraire du sentiment religieux en France. Paris, 1929, t. III, p. 248.
  2. «En toutes les choses, il réagira en paysan, sans se laisser éblouir par le faux éclat… Il saura que toute la vie n’est pas concentrée á Paris, á la Cour, á la université, aux cercles mondains, mais qu’il y a les champs, les blés, les troupeaux. et les gens des champs qui peinent, des ames sim­ples, tras dignes de connaitre Dieu et de l’aimer. En toda circunstancia re­accionará como un campesino, sin dejarse deslumbrar por falsos resplan­dores… Se dará cuenta que toda la vida no se halla concentrada en París, en la Corte, en la universidad, en los círculos mundanos, sino que hay además los campos, los trigales, los rebaños y las gentes del campo que viven penosamente, almas sencillas muy dignas de conocer a Dios y de amarle». J. CALVET, op. cit., p. 16.
  3. «Comment voir sous des apparences si déprimentes la majesté de Dieu? Tournez la médaille et vous verrez par les lumiéres de la foi que le Fils de Dieu, qui a voulu étre pauvre nous est représenté par ces pauvres». SVP XI, 32, Entretien sur l’esprit de foi.
  4. «Pour moi, mes soeurs, je vous avoue que jamais je n’ai plus de consolation que quand j’ai l’honneur de servir les pauvres. Jucundus homo. L’homme est heureux de pratiquer la charité». SVP. X, 681.
  5. Conf. SVP. IX, 685.
  6. «L’on voit certains animaux farouches, des males et des femelles, répandus par la campagne, noirs, livides, et tout brulés du soleil, atta­chés a la terre qu’ils fuillent et qu’ils rémuent avec une opiniátreté in­vincible; ils ont comme une voix articulée, et quand ils se lévent sur leurs pieds, ils montrent une face humaine, et, en effet, ils sont des hommes… Se ven ciertos animales ariscos, machos y hembras, espar­cidos por los campos, broncíneos, lívidos, quemados del sol, apegados a la tierra que hurgan y remueven con una tenacidad invencible; tienen una como voz articulada y cuando se enderezan sobre sus pies. muestran una faz humana, y en efecto, se trata de hombres…». Citado por J. CALVET, en Saint Vincent de Paul, Paris, 1948, p. 10.
  7. Cfr. SVP. IX, p. 277.
  8. Cfr. SVP. XI, 22.
  9. «Il aime les hommes: voilá Pessentiel de son caractére. Ama a los hombres: he aquí lo esencial de su carácter». DANIEL-ROPS, op. cit., p. 22.
  10. «El pobre o mísero tiene un no-sé-qué de sagrado».
  11. SVP. I, 531, Lettre á Pierre du Chesne.
  12. «Ce n’est pas l’amour des hommes qui l’a conduit á la sainteté. C’est plutót la sainteté qui l’a rendu vraiment et efficacement charitable; ce ne sont pas les pauvres qui l’ont donné á Dieu, mais Dieu au contrai­re qui l’a donné aux pauvres. Qui le voit plus philantrope que mystique, qui ne le voit avant tout mystique, se représente un Vincent de Paul qui ne fut jamais… Chez lui, et le bon sens et la chanté s’appuient sur des hautes vues mystiques… Le plus grand de nos hommes d’oeuvres, c’est le mysticisme qui nous l’a donné. No es el amor a los hombres el que lo ha llevado a la santidad. Es más bien la santidad que lo ha hecho verdadera y eficazmente caritativo; no son los pobres quienes lo han dado a Dios, sino por el contrario, es Dios quien lo ha dado a los pobres. Quien lo ve más como filántropo que como místico, quien no le ve místico antes que nada se imagina un Vicente de Paúl que no ha existido… En él el buen sentido y la caridad se apoyan en las miras de elevada mística… Es el misticismo que nos ha dado al más grande de nuestros hombres de obras». HENRI BRÉMOND, Histoire littéraire du sentiment réligieux en France, t. III, p. 246.
  13. «Jesús es el todo y en todas las cosas». «En Cristo Jesús».

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