I. Introducción
Para poder entender la identidad y misión del hermano coadjutor como laico, dentro de la Iglesia y la Congregación, es necesario hacer un bosquejo general para ver las raíces históricas que nos han marcado de una o de otra manera.
La Iglesia anterior al Vaticano II, era ante todo una jerarquía, que hunde sus raíces en el Concilio de Trento que reforzó el aspecto jerárquico: son los clérigos quienes distribuyen los servicios y responsabilidades de la Iglesia. El laico está al margen de la Iglesia, no es factor determinante en su misión, es, en una palabra, un receptor pasivo.
Pero el acontecimiento del Espíritu, que fue el Vaticano II, con la Constitución dogmática «Lumen Gentium», nos dio una visión a la que no estábamos acostumbrados: la Iglesia no la forman sólo los clérigos, sino todos los bautizados, que formamos un solo pueblo, el Pueblo de Dios.
1. Definición de laico:
Pero ante todo aclaremos términos: ¿Quiénes son los laicos? La L.G. en el numeral 31 y que retoma Ch. L. en el número 9 nos da una definición a la que debemos atenernos: «Con el nombre de laicos se designan todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos participes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde».
2. Elementos de esta definición:
- Los laicos son distintos de los clérigos y los religiosos: Aparentemente esta concepción tiene un tinte negativo, pero en el fondo el Concilio da una visión positiva. Los fieles laicos son parte activa del pueblo santo de Dios, pero no tienen tareas clericales, pero están llamados a buscar la perfección cristiana (llamada en la espiritualidad de hoy de una manera más clara, santidad), siendo santos activamente en la Iglesia, viviendo al interior de ella las realidades terrenas.
- Los laicos son miembros vivos del pueblo santo de Dios, incorporados a la Iglesia por el bautismo, ejerciendo en la Iglesia y en el mundo su misión de profetas, sacerdotes y reyes.
- Los laicos por su intrínseca vocación están llamados a santificar los campos seculares del mundo, es decir vivir a plenitud su secularidad.
3. Espiritualidad del laico:
El laico es propiedad de Cristo. Él lo anima con su Espíritu y lo abre a la fe, la esperanza y a la caridad, enviándolo por el mundo a hacer presente en él su presencia viva entre los hombres. Por el bautismo es consagrado por la Trinidad, para poder llevar a Cristo y a la iglesia al corazón de las realidades humanas y temporales.
a. Oficio sacerdotal.
Cristo es el Sumo Sacerdote que se ofreció en la cruz e incesantemente se ofrece en la Eucaristía por la salvación de la humanidad. Toda la iglesia es sacerdotal, todo bautizado es sacerdote y algunos bautizados son ordenados sacerdotes ministros.
Ahora bien, el laico ejerce su sacerdocio haciendo de su vida una «ofrenda espiritual» con sus trabajos diarios, la oración, el apostolado, la vida de familia, el descanso y aún más haciendo de sus fatigas y luchas, oblación, unidas al sacrificio de Cristo y llevándolas a la eucaristía romo sacrificio digno y agradable al Padre Celestial (L,C.34).
De otra parte el laico es mediación entre Cristo Salvador, los hombres y el mundo, proclamando las obras maravillosas de Dios, haciendo brillar sus obras ante la oscuridad del mundo (1 Ped. 2, 9)
b. Oficio profético.
El laico es un testigo del Evangelio, por eso está llamado a acoger en su vida con fe el mensaje evangélico y anunciarlo con la predicación y el ejemplo, pero también denunciando con valentía la maldad y las tinieblas para que brille la novedad del Evangelio en la vida familiar, social, política… (L.G. 35; A. A.6; 11).Este profetismo tiene como característica singular el ser hecho en las condiciones comunes de la vida del mundo.
c. Oficio real.
La participación del oficio real de Cristo hace que el bautizado sea dueño de su libertad y tenga la batalla sobre su propio egoísmo. El laico coopera con Cristo, para que todas las cosas sean sometidas a Él y participen de la libertad de los hijos de Dios (L.G.36). Es el llevar la salvación y la liberación allí donde hay injusticias, oscuridad, pecado…para implantar los valores humanos con la luz de Cristo y de su Evangelio. El hombre es rey y señor cuando sirve y trabaja por crear justicia y caridad en especial con los más pobres y marginados del mundo (Mt. 25, 40).
II. El Hermano…. un laico consagrado
La misión del hermano laico consagrado, en la Iglesia y en la Congregación no siempre ha sido bien entendida e identificada. Con dificultad se comprende que el hermano se pueda realizar totalmente como consagrado, sin el sacerdocio ministerial. Es necesario entender la vocación del hermano como una presencia significativa y viva dentro de la Iglesia y no como una carencia ministerial.
Sintéticamente veamos el lugar que ha ocupado la vocación del hermano dentro de la Iglesia:
- En la primitiva comunidad eclesial el ser hermano es elemento constitutivo del seguidor, del discípulo de Jesús. Quienes escucharon al maestro decidieron seguirlo lo hicieron como comunidad de hermanos, viviendo el espíritu de las Bienaventuranzas.
Una vez que Jesús ha subido a los cielos y ha enviado al Espíritu Santo, la primitiva comunidad evangélica vive una fuerte orientación hacia Dios con un marcado acento comunitario. La caridad fraterna es el distintivo de estos seguidores del Señor, que precisamente por esos lazos visibles de caridad son reconocidos como «hermanos». Estas primeras comunidades viven en común, oran juntos, comparten lo que tienen, celebran juntos la Eucaristía… (Hch. 2, 42-47; 4, 32-35).
- Es notorio cómo los escritos neotestamentarios resaltan que precisamente es en estas comunidades de hermanos donde emergen los diversos carismas y ministerios como don del Espíritu que los suscita según las necesidades que van resultando en la Iglesia. Es la experiencia de la Iglesia que como comunidad, como pueblo de Dios, la que va respondiendo adecuadamente a sus compromisos bautismales. (Hch. 6, 1-7; 1 Cor. 12, 1 -1 1; 14, 1 -1 1).
- Con el paso de los años, va pasando el radicalismo primitivo en el seguimiento del Señor y del Evangelio. Y es en este momento histórico cuando nace la vida religiosa como retorno a lo esencial de la vida cristiana: la caridad fraterna. Y este movimiento de radicalidad evangélica que se da en la vida religiosa surge como un movimiento laical, como movimiento de hermanos que quieren vivir la fraternidad que ha desaparecido del rostro de la Iglesia. Para citar la veracidad de esta corriente citemos unos pocos exponentes de la vida religiosa: San Antonio Abad (251-356), San Pacomio (276-349), San Macario (+ 390) y en siglos más recientes San Francisco de Asís en el siglo XIII, San luan de Dios en eI siglo XVI….
- Andando el tiempo, la vida religiosa se sacralizó llevando a la Iglesia a la clericalización y a la valoración excesiva del ministro ordenado que «acaparó» todos los ministerios del bautizado, dejando al laico como factor de segunda clase y relegado a una actividad pasiva y secundaria dentro del ser y quehacer de la Iglesia.
- El Vaticano II da paso a los clamores que abogan por una necesaria actualización de la teología del laico religioso. Son claras las nuevas sendas que abrió la L.G.; G.S; A.A.; P.C. en este campo. El Concilio desempolva la vida religiosa laical recuperando la originalidad primitiva, todo aquello que hace parte de la vida y santidad de !a Iglesia: el ser hermanos.
- En nuestros días la Exhortación apostólica Vita Consecrata nos dice así:
«Un gran aprecio por este tipo de vida consagrada, en la que los religiosos hermanos desempeñan múltiples y valiosos servicios dentro y fuera de la comunidad, participando así en la misión de proclamar el Evangelio y de dar testimonio de él con la caridad en la vida de cada día. Efectivamente, algunos de estos servicios se pueden considerar ministerios eclesiales confiados por la legítima autoridad». N2 60
- Y fue el Papa Juan Pablo II, el 22 de febrero de 1995, quien en la audiencia ,?eneral dirigió un mensaje a la vida consagrada de los Hermanos no sacerdotes, quien nos da una rica síntesis de lo que es la espiritualidad del Hermano consagrado:
«Estos religiosos están llamados a ser hermanos de Cristo, profundamente unidos a El, primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8,29); hermanos entre si por el amor mutuo y la cooperación en el servicio del bien de la Iglesia; hermanos de todo hombre por el de la caridad de Cristo hacia todos, especialmente hacia los más pequeños, los más necesitados; hermanos para hacer que reine mayor fraternidad en la Iglesia».
Concluyamos esta parte diciendo que el religioso hermano es dentro de la Iglesia, una manera original de vivir la fraternidad con alegría y sencillez de corazón (Hch 2, 42) Quien ante muchas posibilidades eclesiales, opta y vive simplemente como religioso, quien ocn su vida y misión presenta un camino de comunión y solidaridad con quienes como él han recibido su mismo llamado, y también con quienes han recibido otro llamado, y que con él sirven al único Señor y a la única Iglesia, pero de otra manera.
La vocación del hermano es un don de Dios, con identidad propia, como una manera peculiar de vivir la vocación cristiana, no como vocación de segunda clase.
Para la reflexión:
- ¿Qué es lo propio de los laicos seglares y lo de los laicos religiosos?
- ¿Como hermano vicentino de qué manera puedo vivir en mi vida de consagrado las dimensiones propias de mi ser bautismal?






