Identidad de la Compañía de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Introducción

San Vicente estaba convencido de que, con la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad, Dios había suscitado algo nuevo en la Iglesia. Y esa novedad no estaba sólo en el fin de la Compañía (servir a Cristo en los pobres); ni tampoco en el estilo de vida (la movilidad para ir a donde estaban los pobres; o ser la primera expresión de la vida consagrada femenina que no vivía en clausura; vistiendo como las jóvenes campesinas; con votos o sin ellos, temporales o perpetuos etc.). Todas estas expresiones eran nuevas. Pero para San Vicente, el rasgo principal que identificaba a la Compañía, lo que la diferenciaba de las demás congregaciones femeninas de su tiempo, era un espíritu propio que Dios había infundido en la Compañía. Por eso ponía tanto interés en que las Hermanas conociesen y asimilasen bien el espíritu que les era propio y que se sintetiza y expresa en la práctica de la humildad, la sencillez y la caridad. Recordemos algunas expresiones claras y precisas de San Vicente sobre la novedad e identidad de la Compañía.

La conferencia del 2 de febrero de 1653 («sobre el espíritu de la Compañía») comienza con la enumeración del espíritu que caracteriza a algunas de las congregaciones existentes entonces en la Iglesia (capuchinos, cartujos, jesuitas y carmelitas). Tal enumeración termina con estas palabras: «Ved, pues, mis queridas Hermanas, cómo Dios da su espíritu de forma diferente a unos y a otros, de tal manera que el espíritu de unos no es el espíritu de otros» (San Vicente, IX, 524). «Cuando Dios hizo la Compañía le dio también un espíritu particular. El espíritu es lo que anima al cuerpo. Es muy importante que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste ese espíritu» (SV. Iden). A explicárselo dedicó San Vicente las conferencias del 2, 9 y 24 de febrero de 1653.

Sin duda que otro elemento de identificación de la Compañía es el fin (servir a Cristo en los pobres). Pero, consciente San Vicente de que también hay otras congregaciones que tiene ese mismo fin, añade: «Es preciso que sepáis la diferencia que hay entre vuestra Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera como vosotras lo hacéis» (SV. IX, 533). Todo esto equivale a decir que el elemento más identificador de la Compañía en la Iglesia es su espíritu.

También podríamos señalar otros rasgos identificadores de la Compañía: su espiritualidad de siervas de los pobres. La C. 24d dice: «Se mantienen ante los pobres en una actitud de siervas, es decir, en la práctica de las virtudes de su estado: humildad, sencillez y caridad». Ellas son «la vía por la que las Hijas de la Caridad han de dejarse conducir por el Espíritu Santo» (C. 13)

Finalmente, podríamos señalar como rasgos distintivos de la identidad de la Compañía la manera como las Hijas de la Caridad asumen los consejos evangélicos por votos «no religiosos», anuales, siempre renovables» (C. 28a); su «voto específico» de servir a los pobres corporal y espiritualmente (C. 24a); el Superior General de la C. M. como Superior General de la Compañía (cf. C. 2); su «vida fraterna en común con miras a la misión específica de servicio» (C.32a)

Todos estos elementos –y otros- podemos considerarlos como distintos aspectos o notas de la identidad de la Compañía. Por eso, las Constituciones –el libro de la identidad de la vida y misión de las Hijas de la Caridad- dedican un capítulo (o unos números) a tratar cada uno de estos rasgos enumerados. No es posible detenernos a desarrollarlos todos, pero era conveniente que los hayamos recordado.

Cuando en una Sesión o en unas Jornadas de formación para Hijas de la Caridad (para Nuevas Visitadoras en este caso) se me pide exponer el tema de la «Identidad de la Compañía» acostumbro a concretarlo en tres rasgos o notas distintivas:

  1. La Compañía de las Hijas de la Caridad es una Sociedad de vida apostólica.
  2. Es una institución secular (no religiosa).
  3. La manera de asumir los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia en la Compañía es por «votos no religiosos, anuales y siempre renovables» (CC. 28a).

1. La Compañía de las Hijas de la Caridad es una sociedad de vida apostólica. Algunas consecuencias

La C. 1b afirma que «la Compañía de las Hijas de la Caridad es una Sociedad de Vida Apostólica«. El Código de Derecho Canónico señala los elementos que caracterizan a tales Sociedades, como veremos más adelante.

En tiempo de los Fundadores no se conocía la expresión» Sociedad de Vida Apostólica». Pero, de hecho, al fundar la Compañía, fueron ellos los primeros en introducir en la Iglesia un modo de seguir a Cristo que incluía todos los elementos que caracterizan hoy a esas sociedades, aunque no le diesen ese nombre.

En abril de 1650 Santa Luisa escribe una carta a San Vicente en la que, entre otras cosas, le dice: «Fui ayer de pasada a ver al señor Procurador General (Magistrado Supremo)…Me preguntó si pretendíamos ser regulares (religiosas) o seculares; le di a entender que no pretendíamos sino esto último»[1]Al expresar esta pretensión, Santa Luisa no hace más que reafirmar algo que San Vicente repetía insistentemente a las primeras Hijas de la Caridad: «Vosotras no sois religiosas», sois «una Sociedad o Cofradía»; «ese nombre se os ha dado para que permanezcáis en el primer espíritu que Dios ha dado a vuestra congregación desde su cuna»

La palabra «secular» sí la utilizaron repetidas veces los Fundadores aplicada a la Compañía. En la próxima conferencia veremos qué querían expresar con ese término.

Todo esto quiere decir que tanto su condición de Sociedad de Vida Apostólica como su secularidad son dos notas de la identidad de la Compañía en la Iglesia, y, por lo tanto, ambas tienen que ser asumidas y defendidas por las Hijas de la Caridad.

1- Rasgos que caracterizan a las Sociedades de Vida Apostólica

Según el Código de Derecho canónico (731 &2), los elementos que las constituyen son:

  • No hacen votos religiosos
  • Buscan un fin apostólico propio
  • Llevan una vida fraterna en común,
  • Aspiran a la perfección de la caridad mediante la observancia de las propias Constituciones.

Vamos a explicar brevemente el significado de cada uno de estos cuatro elementos.

a) Sin votos religiosos

La manera de asumir los consejos evangélicos entre las Sociedades de Vida Apostólica puede ser diversa; unas lo hacen mediante voto, otras mediante promesa u otro vínculo, según determinen las Constituciones propias de cada sociedad (cf Canon 731 & 2). Sea por voto o por cualquier otro vínculo, los votos de las Sociedades de vida apostólica nunca serán votos religiosos. Los religiosos/as profesan, por votos públicos y perpetuos, vivir en castidad, pobreza y obediencia en seguimiento de Cristo casto, pobre y obediente. Las Hijas de la Caridad asumen y practican (las Constituciones nunca dicen «profesan», pues esto es propio de la vida religiosa) esos tres consejos evangélicos para mejor cumplir el fin de la Compañía -el servicio a los pobres- siguiendo a Cristo evangelizador y servidor de los pobres. A la vida religiosa se pertenece desde el momento de la profesión. Las Hijas de la Caridad lo son desde su ingreso en el seminario. Los votos que hacen, entre los cinco y siete años de vocación, vienen a confirmar lo que ya son: entregadas totalmente a Dios para servir a Cristo en los pobres. Si bien son necesarios para permanecer en la Compañía, los votos no son los que las constituyen Hijas de la Caridad. A esos votos las Constituciones los definen como «votos no religiosos, anuales, siempre renovables» (C. 28a)

Esta manera de comprender y asumir la castidad, la pobreza y la obediencia las Hijas de la Caridad tiene como finalidad «estar más disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres» y como confirmación personal de su donación total al Señor (cf. C. 8b). Además, «se comprometen por un voto específico a servir a los pobres corporal y espiritualmente, según las Constituciones y Estatutos.» (C. 24a). Este fin constituye la trama de la vida de las Hijas de la Caridad y da un carácter específico a su manera de asumir y practicar los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia (cf. C. 24a; 27). Por lo tanto, la práctica de los consejos evangélicos en la Compañía siempre está vinculada al servicio de Cristo en los pobres (cf. C. 52c).

Esta es la manera como la Compañía ha comprendido y concretado su modo específico de asumir los consejos evangélicos en cuanto Sociedad de Vida Apostólica La Iglesia, al aprobar sus Constituciones, ha reconocido que este modo de comprender y asumir los consejos evangélicos es fiel al proyecto de los fundadores. Lo expondré más detenidamente en la intervención de esta tarde.

b) Con un fin apostólico propio

Las Sociedades de Vida Apostólica deben su origen a necesidades apostólicas. La Iglesia las aprueba con la intención de que, desde un modo de vida evangélico adecuado, respondan mejor al fin para el que nacieron. La fidelidad al fin propio es, por lo tanto, la razón de ser de las Sociedades de Vida Apostólica. A la luz de ese fin tendrán que organizar su estilo de vida y discernir qué estructuras y prácticas deben conservar, actualizar o abandonar, pero conservando siempre la fidelidad al propio carisma, al espíritu heredado de los fundadores.

Desde sus orígenes, la Compañía ha tenido claro el fin para el que nació en la Iglesia: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a nuestro Señor, fuente y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres«. Las Constituciones actuales, uniendo fin, dimensión comunitaria y espíritu propio, ofrecen esta formulación más actualizada: «Las Hijas de la Caridad, en fidelidad a su bautismo y en respuesta a una llamada de Dios, se entregan por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos y hermanas, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad» (C. 7a).

Para mejor conseguir ese fin, las Hijas de la Caridad organizan todos los demás elementos que constituyen su identidad: su vida espiritual, la comunidad fraterna, el modo de asumir y practicar los consejos evangélicos, la formación, el gobierno, la administración y el uso de los bienes materiales etc.

Procediendo de dicho fin, o al servicio de él, están todos los demás elementos que constituyen su identidad. El fin de la Compañía es, por lo tanto, el elemento que más la constituye como Sociedad de Vida Apostólica.

c) En comunidad de vida fraterna

El tercer rasgo característico de las Sociedades de Vida Apostólica es la vida fraterna en común. La Iglesia piensa que la vida comunitaria potencia el fin apostólico. Para mejor conseguir el fin de la Compañía, también los fundadores quisieron que las Hermanas viviesen en comunidad. Ciertamente que la vida fraterna en comunidad está llamada a ser un icono de la Trinidad, un signo de los valores evangélicos, una célula viva de la Iglesia, lugar teológico donde se da testimonio de Cristo y se vive y comparte la fe, la caridad, el perdón… Pero todo ello empapado por y orientado hacia la misión específica de servicio y para rehacer las fuerzas con miras a la misión (cf. C. 32a; C. 9). Es, pues, una comunidad «hacia fuera», si bien necesita cultivar aspectos «hacia dentro» de la misma comunidad (cf. C. 37).

d) Aspirar a la perfección de la caridad mediante la observancia de las Constituciones

Este es el cuarto rasgo que caracteriza a las Sociedades de Vida Apostólica. Aspirar a la perfección de la caridad es lo propio de todo cristiano. Los consagrados tratan de conseguirlo según los diversos carismas y los distintos estilos de vida evangélicos que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia.

Tanto el Concilio Vaticano II como la Exhortación Vita Consecrata insisten en la fidelidad dinámica de cada congregación a su propio carisma. Para conseguirlo, el Concilio insistió en una vuelta a las fuentes y a los orígenes de cada congregación, a la vez que en la adaptación a las cambiantes condiciones de los tiempos (cf. PC. 2). Estos han sido los dos criterios que orientaron a la Compañía durante todo el proceso de elaboración y revisión de sus Constituciones. La Iglesia las ha aprobado después de un minucioso estudio hecho a la luz de esos dos criterios. Quiere decir que las Hijas de la Caridad pueden estar seguras que viviendo sus Constituciones pueden llegar a la perfección de la caridad, a la santidad evangélica, por la senda vicenciana.

Para San Vicente, las Reglas (las Constituciones) expresan el proyecto de Dios sobre la Compañía. Son el evangelio de Jesús acomodado al fin y al espíritu de las Hijas de la Caridad. Ellas «os hacen llegar a lo que Dios pide de vosotras», «el camino que Dios ha señalado«, «los medios que conducen a la perfección’» (SV. IX, 293-296).

Lo mismo podrán decir, sin duda, otras congregaciones respecto a sus Constituciones, y, en concreto, las reconocidas en la Iglesia como Sociedades de Vida Apostólica (Somos en la Iglesia unas cuarenta). Por eso el Derecho Canónico pone esta cuarta nota como un distintivo de todas estas sociedades: «aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las Constituciones«. Las Hijas de la Caridad pueden estar seguras que viviendo sus Constituciones llegarán a la perfección de la caridad, a la santidad evangélica en definitiva. Ciertamente por una senda distinta por la que camina la vida religiosa, con un fin, un espíritu, un estilo de vida, una formación, una comunidad, un modo de gobierno… específicos de la Compañía. Y todo ello, como expresión de su propia identidad en la Iglesia y en el mundo.

2-. La Compañía es una institución secular

Intención de los Fundadores

Las Hijas de la Caridad son seculares, sin duda. Tienen derecho a reivindicar esta cualidad como uno de sus rasgos distintivos. Los fundadores así lo quisieron. Recordemos algunos textos.

«Las Hijas de la Caridad no son religiosas sino Hermanas que van y vienen como seglares» (SV. VIII, 226).

«No puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosas hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas; maldición al que hable de hacerlas religiosas» (IX, 594).

«Si os pregunta (el obispo) qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios; y que no se trata de que no estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis tendríais que estar encerradas y por consiguiente tendríais que decir: adiós al servicio de los pobres» (SV. IX, 498)

«Si se presentase ante vosotras algún espíritu enredador e idólatra que dijese «tendríais que ser religiosas, eso sería mejor», entonces, hijas mías, la Compañía estaría para la extrema unción… pues quien dice religiosas dice enclaustradas, y vosotras tenéis que ir por todas partes» (SV. IX, 1176)

«Vi dos o tres veces al señor Vicario General para explicarle que no éramos sino una familia secular» (SL. C. y E. 290)

Las afirmaciones de los dos fundadores son claras y rotundas. Pero ¿qué entendían por secularidad? Según se desprende de los textos citados y de otros aún más explícitos, lo que intentaban, ante todo, era salvaguardar el fin de la Compañía. Secularidad equivalía a vida no religiosa. Hasta ellos, la vida religiosa incluía la clausura, la cual era incompatible con el fin de la Compañía: servir a los pobres allá donde ellos reclamasen la presencia de las Hijas de la Caridad.

La «Carta Magna» y la secularidad de la Compañía

El texto más explícito sobre la secularidad de la Compañía es, sin duda, el de San Vicente que está recogido en la C. 12. Un análisis de todo este número nos da a entender que las palabras de San Vicente han sido incluidas en este lugar para resaltar la movilidad y disponibilidad de la Compañía para ir al encuentro de los pobres, para vivir entre ellos. Y como las religiosas estaban obligadas a vivir en clausura, las Hijas de la Caridad no podían ser religiosas: «no se hallan en una religión, ya que ese estado no conviene a los servicios de su vocación». A continuación San Vicente enumera algunos elementos que distinguen el modo de vida de las religiosas (monasterio, celda, claustro, rejas, velo…) y el de las Hijas de la Caridad (casas de los enfermos, cuarto de alquiler, calles de la ciudad … ).

San Vicente era consciente de los peligros que corrían aquellas jóvenes lanzadas al mundo sin las defensas de la clausura. Por eso les pide que tengan tanta o más virtud que si fuesen religiosas. A ese nuevo modo de vida «en medio del mundo», viviendo su entrega total a Dios no en la clausura y en la contemplación, sino en el mundo y al servicio de los pobres lo llama San Vicente «secular»: «las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino Hermanas que van y vienen como seglares». No existía entonces otra manera de distinguir la vida religiosa de la vida de las Hijas de la Caridad que llamando a estas «seglares». Hoy habría utilizado la expresión «Sociedad de vida apostólica» como hace del Derecho Canónico y las Constituciones.

«Seglar», etimológicamente equivale a «secular», relativo al siglo, al mundo en definitiva. El Código de Derecho Canónico dice que la Iglesia se compone de clérigos y laicos (seglares), y que en ambos estados puede haber consagrados (cf. Canon 207).

Está claro que según esta distinción global, las Hijas de la Caridad no son clérigos sino laicas con una consagración específica («entrega total a Dios para servir a Cristo en los pobres»). Pero la Exhortación Vita Consecrata presenta otra formulación: «Las vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas» (VC. 31c). Y en otros dos lugares vuelve a afirmar esa triple realidad que forma la Iglesia: laicos, presbíteros y consagrados (cf. VC. 4b, 29c) Y añade: «el concepto de una Iglesia formada únicamente por ministros sagrados y laicos, no corresponde a las intenciones de su divino fundador» (VC. 29c), pues no se pueden olvidar las diversas formas de vida consagrada (cf. VC. 29c).

Según esta descripción, la Compañía no pertenece ni al estado clerical ni al laical, sino a la vida consagrada, lo cual no es lo mismo que vida religiosa.

Los distintos Sínodos de los Obispos (sobre los laicos, los presbíteros y la vida consagrada) han tratado sobre las tres maneras de ser cristianos en la Iglesia. Las tres originales, necesarias y de la misma dignidad. No se contraponen, sino que se complementan; no hay competencia entre ellas sino estímulo mutuo. Es la Iglesia común con variedad de ministerios y carismas. Esos tres Sínodos han inspirado tres Exhortaciones Apostólicas de Juan Pablo II: «Christifideles laici» (sobre los laicos, 1988), «Pastores dabo vobis» (sobre los sacerdotes, 1992), «Vita consecrata» (sobre la vida consagrada, 1996). Supongo que las Hijas de la Caridad no tomaron como directamente dirigidas a ellas las dos primeras y sí la tercera, pues pertenecen a la vida consagrada no como religiosas sino como Sociedad de vida apostólica.

Radicalidad en el seguimiento de Cristo

La secularidad de la Compañía de ningún modo significa rebajar las exigencias evangélicas; al contrario. Recordemos algunos textos de San Vicente:

«No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentren tantos peligros como vosotras. Por eso es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad puesto que corréis un gran riesgo de perderos si no sois virtuosas» (SV. IX, 1176). «Vosotras no sois religiosas de nombre, pero tenéis que serlo en realidad y tenéis más obligación de perfeccionaros que ellas» (Ibid).

La secularidad de la Compañía no significa excluir determinadas prácticas que se dan también en la vida religiosa. De hecho, cuando San Vicente exhortaba a las Hermanas a abrazar ciertas prácticas y virtudes, acudía al ejemplo de las religiosas. Y en las conferencias «sobre las máximas evangélicas», «sobre el espíritu de mundo» y sobre la explicación de las Reglas, se percibe una fuerte influencia de la vida religiosa, si bien afirmaba con rotundidad que «vosotras no sois religiosas».

San Vicente sabía muy bien que para que la Compañía pudiese continuar la misión de Cristo era necesario que abrazase las máximas evangélicas y se revistiese del espíritu de Jesucristo. Por eso pide a las Hermanas una vida de oración y comunitaria intensas, sacrificio y ascesis, silencio y recogimiento, pobreza, castidad, obediencia etc. Las Hijas de la Caridad quieren ser buenas cristianas. Aquellas prácticas que podían ayudarlas a serlo, San Vicente las enseñaba, sin importarle de dónde procedían, aunque de hecho se inspirase en lo que hacían las religiosas. Lo cual nos dar a a entender que para el Fundador era un espíritu y un fin propios los que diferenciaban a la Compañía de la vida religiosa de aquel tiempo, más que determinadas prácticas coincidentes.

Cuando las Hijas de la Caridad reivindican hoy la secularidad de la Compañía será, por lo tanto, por fidelidad a lo que quisieron los fundadores, y no por rebajar las exigencias evangélicas que conlleva el proyecto de la Compañía. Está llamada a vivir en el mundo, sin dejarse influenciar por criterios mundanos. De lo contrario perdería su condición de ser sal que dé sabor evangélico y levadura que transforme la masa.

Secularidad al servicio del fin

Los Fundadores no quisieron que las Hijas de la Caridad fueran religiosas para que estuviesen más libres y disponibles para cumplir el fin apostólico. Dicho fin se vive en medio del mundo, en cercanía a los pobres. Las Constituciones afirman que la «vocación de las Hijas de la Caridad requiere constante apertura y presencia en el mundo» (C. 29b) Ahí hacen efectivo el amor afectivo a Dios. Se santifican en el mundo del dolor y en la historia sufriente de cada día, sin apartarse a la intimidad de la clausura, rejas o velo… El modelo de las virtudes que forman el espíritu de la Compañía y que San Vicente proponía a las Hijas de la Caridad para que sirviesen mejor a los pobres fue el de una joven laica, Margarita Naseau, y el de las buenas aldeanas (cf. SV. IX, 541-543)

¿Hay algunas Hermanas hoy que piensen que el estado de vida religiosa es más perfecto que el de la Compañía, incluida su secularidad? Puede ser que las haya. También entre las primeras Hermanas había algunas que pensaban de esa manera. San Vicente fue muy claro: «Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juzgarían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas. No es que tengan que considerarse por encima de ellas; pero la verdad es que no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a. la Iglesia que las Hijas de la Caridad si se penetran bien de su espíritu en el servicio que pueden hacer al prójimo» (SV. IX, 525). «Este es, mis queridas Hermanas, uno de los estados más excelentes que he conocido; no es posible encontrar ninguno que sea más perfecto. Si queréis ser grandes santas, aquí encontrareis los medios para ello» (SV. IX, 623). «Manteneos, pues, en el estado en que Dios os ha puesto» … Manteneos en el espíritu que tenéis». Y unas líneas más adelante, San Vicente define ese estado como «apóstoles de la caridad» (SV. IX, 732).

Sospecho que para algunas Hermanas que reivindican con insistencia la secularidad de la Compañía, no es la clarificación doctrinal lo que más les preocupa- pues creo que, en general, también ellas la tienen clarificada-, sino la manera de expresar hoy dicha secularidad en un estilo de vida consecuente con ella.

Las situaciones de la Compañía en el mundo son muy diversas: Hay Provincias en las que la cultura reinante les puede estar empujando al secularismo, y en otras al conventualismo. Desde una recta comprensión de lo que significa la secularidad de la Compañía habría que concluir: las Hijas de la Caridad tienen que evitar tanto la religiosización como la mundanización, tanto el conventualismo como el secularismo. Lo propio de ellas sería una agilidad y libertad al servicio del fin de la Compañía, sin rebajar las exigencias evangélicas y vicencianas. Para ello bastará vivir las Constituciones que no son de religiosas ni de laicas, sino de Hijas de la Caridad.

Para finalizar este apartado, y a modo de síntesis, recordemos la definición de secularidad que nos presenta el Léxico de la Compañía: «consiste en que las Hijas de la Caridad viven esencialmente su entrega a Dios en y para el servicio a los pobres, según el espíritu de la Compañía y de acuerdo con el estilo de vida que ofrecen las Constituciones y Estatutos, para ser fieles a las intenciones de los Fundadores» (Léxico, p. 205), Nos parece una buena definición que resume lo que he tratado de exponer.

Hay que reconocer que la vida religiosa no es hoy como en tiempo de los Fundadores. Desde entonces han ido apareciendo otras muchas congregaciones, religiosas o no, con unos fines y espiritualidades similares a los de la Compañía. Lo cual nos está demostrando que por la puerta que con tanto empeño lograron abrir los fundadores, han entrado otras muchas instituciones y, por lo mismo, las diferencias han disminuido.

Ello no obstante, sería contrario a la intención de la Iglesia minusvalorar esas diferencias. Tanto el Concilio Vaticano II como la Exhortación Vita Consecrata insisten repetidamente en la fidelidad a los distintos carismas que, a través de los siglos, ha suscitado el Espíritu Santo. Tal diversidad hermosea la Iglesia. La tendencia, que a veces se percibe hoy, a dejar en segundo plano tales diferencias en favor de la causa común del Reino, más que potenciar esa causa, lleva a una desidentificación e indiferenciación peligrosas que no respetan la dinámica creadora del Espíritu.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.