En sus meditaciones, Luisa de Marillac se detiene con mayor frecuencia en el misterio de la Encarnación y se extasía en ese Amor inmenso de Dios hecho hombre por amor al hombre.
«Tan pronto como nuestro primer padre hubo pecado, la bondad de Dios, apiadándose de la naturaleza humana, prometió reparar su falta por la Encarnación de su Verbo…
¡Oh admirable amor! ¡oh secreto escondidol ¿Qué hablas querido hacer, Dios mío, con la creación del hombre? Porque no ignorabas su flaqueza. Pero era necesario que fuera así para damos a comprender, oh Maestro nuestra los efectos de tu inmenso Amor.»
Luisa contempla la humanidad santa de Cristo, signo de la grandeza, de la excelencia que Dios desea para todo ser humano.
«…el designio de la Santísima Trinidad era que el Verbo se encamase ya desde la creación del hombre pare hacerle llegar a la excelencia del ser que Dios queda darle por la unión eterna que queda tuviese con Él, como la más admirable de sus operaciones exteriores… «
Las dos fiestas dedicadas a celebrar la Encarnación, es decir, la Anunciación y Navidad, encaminan la meditación de Luisa de Marillac de Jesús a María, de María al Hijo de Dios. ¡Qué mirada admirativa de mujer dirige a esa Mujer elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo!
«He aquí que ha llegado el tiempo de cumplir tu promesa. Sé por siempre bendito, oh Dios mío, por la elección que haces de la Santísima Virgen… ¿No merecía acaso el diablo que tu divinidad decretara su última perdición? Fue preciso que tu omnipotencia se valiese del sexo más débil de la naturaleza humana para aplastar su cabeza, como de ello le había amenazado tu justicia. Y para esto te sirves de la sangre de la Santísima Virgen para formar con ella el cuerpo de tu amado Hija ¡Oh admirable bondad! ¡Qué camino tomas para esta ejecución…!»
En una carta dirigida a San Vicente, Luisa le habla de una plegaria que le es muy querida porque celebra ese tiempo del alumbramiento de Cristo, los nueve meses durante los cuales María llevó en su seno a su Dios.
«…Es para honrar la vida oculta de Nuestro Señor en su estado de encerramiento en las entrañas de la Santísima Virgen y para felicitarla a Ella por su dicha durante aquellos nueve meses; las tres cuentas pequeñas (del rosarito) son para saludarla con sus hermosos títulos de Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo…»
En su reglamento de vida, redactado probablemente al quedarse viuda (hacia 1625), Luisa hace constar:
«A mediodía en punto (haré) medio cuarto de hora de oración para honrar al instante de la Encarnación del Verbo en el seno sagrado de la Santísima Virgen.»
Al contemplar la unión íntima entre Jesús y Marfa, Luisa desea vivir esa misma unión profunda con su Dios.
«…el mayor honor que podemos ofrecerle (a Marfa) es el de unir nuestro espíritu a la Intención de la Santa Iglesia en las preces con que cada tiempo (litúrgico) la saluda, regocijándonos y felicitándola por la elección que Dios hizo de Élla para unir en su, seno la naturaleza humana a su divinidad, con el deseo de no romper jamás esa unión en nosotros. «
Cuando Luisa se dirige a María es siempre para pedirle que la conduzca a Jesús, su Hijo.
«Soy toda tuya, Santísima Virgen, para ser más perfectamente de Dios… ¡Que toda criatura honre tus grandezas, te mire como el medio seguro para ir a Dios!… «
Al hacer sus Ejercicios Espiritualas anuales, Luisa gusta de meditar en el Misterio de la Encarnación. En Jesús recién nacido, en María que da a luz al Verbo de Dios, admira la pureza del Amor, la profunda humildad y la sencillez, las tres virtudes que habrán de constituir el espíritu de las Hijas de la Caridad:
«Al nacer en pobreza y abandono de las criaturas, Nuestro Señor me enseña la pureza de su Amor no manifestándoselo a las criaturas, sino que se contenta con hacer por ellas cuanto es necesario… De ahí tengo que aprender a mantenerme oculta en Dios con ese deseo de servirle sin buscar para nada el testimonio de las criaturas y la satisfacción de su comunicación, contentándome con que Dios vea lo que quiero ser para Ël…».
El amor verdadero es sencillez y humildad. Ninguna barrera puede existir entre el que ama y el que es amado. Luisa prosigue su meditación en aquel domingo de sus Ejercicios:
«…adorando la Divinidad en ese estado de la Infancia de Jesús e imitando cuando pueda su santa Humanidad, en especial en su sencillez y caridad que le han movido a hacerse Niño para facilitar a sus criaturas el libre acceso a Él.»
Durante otra tanda de Ejercicios, su meditación se detiene más en la humildad:
«Amar el anonadamiento puesto que Dios lo asumió, como nos lo muestra en su Natividad, quiso que reconozcamos que dicho anonadamiento llena al Cielo de admiración y nos ha mostrado que Dios debe ser glorificado por él, pero es necesario que el mío (mi abatimiento), ruin y miserable, se una al suyo glorioso.»
Un día de Navidad, Luisa de Marillac ora ante el Pesebre. Su corazón desborda de alegría al mirar a María y a Jesús, su Hijo e Hijo de Dios. ¡Qué misterio de Amorl
«Virgen Santísima, bien sabes lo que mi corazón ha pensado hoy al considerar a tu amado hijo en el Pesebre y cuán grande me ha parecido este Misterio… ¡Oh santo tiempo de Gracia! ¿Cómo no inundas nuestros corazones de continuo gozo y alergia? ¿Cómo no bastas para llenar toda nuestra vida de amor hacia un Dios tan bueno?…»
En sus cartas, Luisa de Marillac propone a las Hermanas que contemplen al Hijo de Dios y de María, que mediten los diferentes momentos de su vida, para aprender de Él a vivir como cristianas y como Hijas de la Caridad. Al meditar en la Encarnación, al contemplar a Jesucristo venido a este mundo, al mirar a María su Madre, toda Hija de la Caridad puede aprender las tras virtudes fundamentales de su vocación.
El 28 de diciembre de 1659, Luisa de Marillac escribe a las Hermanas de Chantilly. Después de haberles explicado el lugar en el que aquel año se ha colocado el Belén en la Casa Madre, añade:
«De Él (del Niño Jesús en el Pesebre), aprenderán ustedes los medios para practicar las sólidas virtudes que su Santa Humanidad ejercitó en el Pesebre desde su Nacimiento; de su Infancia alcanzarán cuanto necesiten para llegar a ser verdaderas cristianas y perfectas Hijas de la Caridad, si le piden su Espíritu tal y como se lo dio ya en el Santo Bautismo, con la diferencia de que entonces no tenían ustedes uso de razón para obras en conformidad con tan preciado don, mientras que ahora, queridas Hermanas, si nuestro Salvador se lo concede de nuevo, ¡cuánta fortaleza tendrán para trabajar en la perfección que pide de ustedes!»
La meditación en la Infancia de Jesús, en su vida oculta en Nazareth, en su sumisión a José y a María, en su humilde trabajo de carpintería, es una prolongación de la hecha anteriormente en su concepción y nacimiento.
A Bárbara Angiboust, que encuentra dificultades en la nueva implantación de Bemay, Luisa le escribe en diciembre de 1654 (las Hermanas habían llegado a aquella ciudad en septiembre):
«Ustedes han pasado un poco de necesidad y quizá la están pasando todavía; pero ¿no es verdad, querida Hermana, que tal estado da consuelo a su corazón, al asociada a lo que Nuestro Sellar y su Santa Madre pasaron con tanta frecuencia en la tierra?«
En 1659, Ana Hardemont va destinada a Ussel para un nuevo establecimiento que desea la Duquesa de Ventadour. Pronto, Ana se muestra impaciente: la duquesa había prometido dinero para cuidar a los pobres, un hospital para recoger a los indigentes; pero nada de eso se ha hecho. La duquesa parece haber olvidado sus promesas. Ana Hardemont y su compañera tienen la impresión de que están perdiendo el tiempo. ¿Por qué las han enviado tan lejos de París? Luisa de Marillac les escribe con frecuencia para ofrecerles ayuda en unos momentos difíciles como son los de toda nueva fundación:
«Bien sabe usted que las obras de Dios, aun las más grandes y que mayor gloria le proporcionan, son las más penosas para aquellas que las emprenden… (Honre) ‘el no-hacer’ del Hijo de Dios, que mientras estuvo en la tierra no trabajó siempre con toda la extensión de su poder; así nos lo da a conocer el tiempo pasado en casa de San José, y quizá usted misma lo ha admirado con frecuencia antes de que Él la colocase en estado de imitarle. Bendigo por ello su santo Nombre«
Luisa de Marillac recuerda a Ana Hardemont que la meditación no puede reducirse a una simple elevación del espíritu hacia Dios, sino que tiene que hacerse vida, pasar a la vida. Señala a las dos Hermanas que deben considerarse dichosas de poder poner en práctica lo que tantas veces han meditado y dicho a Dios en la oración. Pasados unos meses, en vista de que las dificultades persisten y las Hermanas están desanimadas, Luisa insiste en su meditación sobre la vida de Jesús en Nazareth:
«Comparto con usted la pena que siente al pensar que no hacen nada… sepa que está usted honrando el estado del Hijo de Dios cuando, al salir del templo, donde estaba trabajando por la gloria de su Padre, siguió a la Santísima Virgen y a San José para obedecerles y por ese medio cumplir la voluntad de Dios durante tantos años en un oficio tan abyecto como el de trabajar en la carpintería (en el siglo XVII se miraba con desprecio todo trabajo manual), Él, que habla venido a la tierra para realizar la salvación de todos los hombres.
No sabe usted, querida Hermana, por qué la Providencia la tiene ahí, dejándola oculta en su Hija; pero trabajando sin brillo y sin ruido en el servicio de los Pobres, lo que es cumplir el designio de la divina Providencia con gran seguridad.»
En la oración, en la contemplación de la humildad del Hijo de Dios durante su vida oculta en Nazaret, será donde Bárbara, Ana y las demás encontrarán la paciencia y la paz para los tiempos de inacción, de inactividad. Con Luisa de Marillac, las Hermanas volverán a leer el versículo del evangelio de Lucas:
«Bajó con ellos y vino a Nazareth y les estaba sujeto, y su Madre conservaba todo esto en su corazón. Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres.»
Durante los Ejercicios de 1633, Luisa había dejado resonar en su corazón los ecos de estos versículos del Evangelio, y entonces había anotado (era antes de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad):
«Debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra, el cual, habiendo venido para cumplir la voluntad de Dios su Padre, lo hizo toda su vida… Yo le suplico con todo mi corazón la gracia de imitarle en esto, aunque sea indigna… «
En muchas de sus cartas, Luisa de Marilac deja ver su deseo de que la vida de las Hermanas esté impregnada de la vida de Cristo, de la que debe ser la prolongación. A Juana Lapintre, Hermana Sirviente, en Nantes, le escribe en septiembre de 1651:
«…¡Qué razonable seria que aquéllas a las que Dios ha llamado al seguimiento de su Hijo, tratasen de hacerse perfectas como Él, intentando hacer de su vida una prolongación de la suyal…»
Aprovechando la partida de un grupo de misioneros (Hijas de la Caridad y Sacerdotes de la Misión) para la lejana Polonia, Luisa de Marillac escribe una larga carta a las tres Hermanas que sirven allá a los Pobres desde hace ya tres años. Y les recomienda:
«…Honren así a Nuestro Señor Jesucristo por la práctica de las virtudes que su Santa Humanidad nos ha enseñado por sí misma»
A las dos Hermanas de Richelieu, Francisca Calcireux y Carlota Roya; Luisa resume en pocas palabras el espíritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad:
«La mansedumbre, la cordialidad, a tolerancia han de ser el ejercicio propio de las Hijas de la Caridad, del mismo modo que la humildad, la sencillez, el amor a la Humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta caridad, son su espíritu. Ésto es, queridas Hermanas, lo que había pensado decirles como un resumen de nuestros reglamentos. «
Para ayudar a las Hermanas en esta meditación del Misterio de la Encarnación, y en su puesta en práctica, Luisa de Marillac propone tres medios: la lectura del Evangelio, el rezo del Ángelus, y la celebración de la fiesta de la Anunciación.
El orden del día establecido en 1834, menciona la lectura y meditación diaria del Evangelio:
«De vuelta a casa (al anochecer)…, se lee algún pasaje del santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios…»
Luisa ayuda a las Hermanas a que asuman el Evangelio en su propia vida. Varias veces vemos cómo les recomienda que mediten los versículos de San Mateo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.». A las Hermanas del Hospital de Angers que están pasando por algunas dificultades comunitarias, les escribe:
«…recuerden la enseñanza que el Hijo de Dios nos ha dado al decimos que aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón… «
A las Hermanas de Nantes, que son víctimas de las críticas de los Administradores y otras personas de la ciudad, Luisa les propone meditar estas palabras de Cristo: «…mi yugo es suave y mi carga ligera.»
«Conozco las penas y dificultades de todas ustedes, pero sé también, queridas Hermanas, que ése es el yugo del Señor y que Él mismo tiene la bondad de tomárselo suave y ligero a los que lo llevan por su amor.»
Magdalena Mongert, Hermana Sirviente de Angers, recibe la exhortación de configurarse con la actitud de Cristo: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.»
«…la obligación que tenemos de imitar la vida y manera de obrar de Nuestro Señor, que siempre estuvo sometido y que pudo decir que había venido a la tierra no para hacer su voluntad; para servir y no para ser servido»
Impregnarse del Evangelio es dejar que el Espíritu de Jesucristo, que es el Espíritu de la Compañía, se apodere de nosotros. En enero de 1660, Margarita Chétif recibe una carta de Luisa de Manlac, será la última que reciba de ella. En dicha carta, Luisa expresa a la que habrá de reemplazarla al frente de la Compañía, lo que le parace esencial para permanecer fieles a los designios de Dios:
«¡Dios sea bendito por todo y dé fortaleza y generosidad a la Compañía para mantenerse en el espíritu primitivo que Jesús puso en ella, por el suyo y sus santas máximas! Démonos a Dios frecuentemente para obtener de su Bondad esa generosidad que necesitamos para gloria de sus designios sobre la Compañía.»
El rezo del Ángelus tres veces al día, recuerda el amor del Verbo hecho carne y la disponibilidad de María, la Esclava del Señor. A Luisa de Marillac le gustaría poder solemnizar esta plegaria con el toque de la campana, en la Casa Madre; así se lo expresa a Vicente de Paúl:
«Mucho desearíamos tocar las horas de la Salutación Angélica tres veces al día.»
La fiesta de la Anunciación que celebra el instante en que el Verbo se hizo carne, en que el Verbo es todo amor y entrega, es la que escogió espontáneamente brisa como día en el que las Hermanas ratificarán, en una actitud de amor, su entrega a Dios por medio de los Votos.
«(mañana es) nuestra querida fiesta de la Encarnación…» escribe Luisa de Marillac a Vicente de Paúl el 24 de marzo de 1646.
Y el lunes de Cuasimodo, 4 de abril de 1655, evoca la gran alegría de los Votos hechos por primera vez en la Compañía trece años antes:
«Mañana es nuestra gran fiesta, en la que debemos mostramos agradecidas por la merced que Dios hizo en tal día a las cinco primeras, que su bondad quiso que estuvieran del todo entregadas en el empleo de la pequeña Compañia»
Cuando Luisa contempla la maravilla de la Encarnación, su acción de gracias brota incontenible:
«¡Qué amor, qué inventiva, ha tenido la Divinidad para dar a conocer su omnipotencia en este hecho (la Encarnación del Verbo) único y sin par de que la criatura le esté tan unida que, en lo que la concierne, vaya de igual a igual con su Creadorl… «
¡Cómo desearía que su vida, a imagen de la del Hijo de Dios, fuera una vida toda de amor!
«Vivir tanto como tú quieras, pero de tu vida que es toda de amor, ¿Por qué no podré, ya desde este mundo, derramarme en el océano de tu Ser divino…?»






