Cuando la Comunidad de la Casa Central de Madrid está esperando, o mejor, temiendo de un día para otro, oír la noticia de la muerte del H.° Amézqueta, nos sorprendió inesperadamente la de otro Hermano, Ulpiano Vidán.
Nació en Larrión (Navarra), el 3 de abril de 1892, ingresó en la Congregación en Madrid el 7 de diciembre de 1910. Antes de cumplir los dos años de Noviciado le destinaron a Avila, donde emitió los Santos Votos; pero al año siguiente fue destinado a Cuba y casi en seguida a Puerto Rico, donde ha pasado la mayor parte de su vida. Por eso, aquí apenas se sabe nada de su vida y actividades.
Por el año 1948, los Superiores aprovecharon la ocasión de la venida a España del P. Amador Crespo, completamente ciego, para encargar al H.° Vidán que le acompañara y le cuidara en el viaje, y así pasara también él unos días en España. Por cierto, que, aunque llegó a finales de agosto, apenas llevaba unos días en Pamplona visitando a sus familiares, ya escribía al P. Visitador diciéndole que allí tenía demasiado frío, pidiéndole permiso para venir pronto a Madrid a pasar el resto de sus vacaciones.
Al cumplir los setenta años, ya se sintió con pocas fuerzas para el trabajo y bastante decaído de su salud, con molestias, sobre todo en la garganta, y pidió volver a Madrid, como lo hizo en 1964. Aquí le hemos tenido estos 6 años, recibiendo de él los buenos ejemplos de su alegría y buen humor constantes, a pesar de las molestias de su garganta y de su temperamento nervioso, de su laboriosidad, ayudando cuanto buenamente podía, y, sobre todo, de su piedad y observancia. Era edificante verle llegar por la mañanita a la capilla, siempre de los primeros, y, antes de colocarse en su sitio, mirar en el Manual de Meditaciones al menos el ramillete espiritual, a cuyo recuerdo durante el día parece que tenía devoción especial.
En la mañanita del día de San Isidro, cuando estaba la Comunidad comenzando la meditación, nos avisan que se le ha encontrado muerto, atravesado, la puerta misma del cuarto de aseo. Al parecer, fulminado por una embolia. Es de esperar que su delicadeza de conciencia habrá hecho que su muerte, aunque repentina, no habrá sido imprevista para él y que el Señor le acogería pronto en su seno.







