Pasó casi toda su vida en Caracas. En concreto, en el Prado de María donde se le conocía como «El Hermano». No porque no hubiera otros del gremio, sino porque él lo había monopolizado. En «Memorias de un manchego en Venezuela» Molinero reparte así sus días: «Me encuentro en el cincuentenario de mi estancia en el Prado de María. En la primitiva casita, la de una sola planta, viví hasta que fue derribada para levantar lo que hoy es el Seminario. En la nueva construcción viví dieciocho años y, en la actual Casa Provincial, la que está adosada a la Iglesia, llevo viviendo casi veinte años»
Había nacido en La Mancha y el andarín misionero siempre recordará con cariño a su Villanueva natal Se gloriaría de que la había santificado Tomás de Villanueva y de que la había dado fama Don Francisco de Quevedo.. Pues, tanto del uno como del otro, Molinero había heredado algo. Del clásico, la palabra fácil y el gracejo para contar chascarrillos que, a nivel comunitario, le convertían en el «animador de la recreación». Al santo, le imitaba en la caridad. ¡Buen chico ese Molinero…! solían repetir los mendigos.
A los diez años, le puso su padre a cuidar ovejas. «No recuerdo haberle dado nombre a ninguna, como hiciera san Vicente,… pero, me encantaba pintar cruces en las pizarras y depositarlas en los huecos de los árboles.
Cuando comenzaba a apuntarle el bigote, se lo afeitó la vocación. Así que no pudo «echárselas de tenorio» sino que hubo de pensar en ser «fraile o cura» Antes de decidirse, hizo sus cálculos: «Soy demasiado viejo para iniciar la larga carrera eclesiástica. Seguro que me sorprende el servicio militar y tengo que abandonar. Pero si me meto a Hermano, profeso antes y, cuando me toque ir a la mili, seré profeso y me habré librado»
Como buen manchego, encarnaba a Don Quijote. No precisamente por su figura ya que era bonachón y regordete, como Sancho. ¡Ya quisiera para sí el ilustre escudero la vocación de servicio de nuestro Hermano! Molinero era Quijote por los fantásticos molinos que llevaba en su imaginación y. hasta, en su apellido… En su taller de orfebre, «La Metamorfosis«, «desfacía entuertos de santos» como Don Quijote de gigantes. A un san Ramón lo había «desentuertado» en un Vicente de Paúl «bien pincho» ¿Fue su vida una quijotada? Sí. La aventura más llamativa su salida para Venezuela, que le recibió en este clima de encanto:. «Al amanecer, nos encontrábamos remontando Orinoco arriba ¡Qué impresión! Selva a las dos orillas. ¡Bandadas de loros, pericos, guacharacas! ¡Qué paisaje! Todo tan distinto de La Mancha…. Así se lo narraba a sus familiares en la primera carta que les escribió.
Enamorado del selvático Orinoco, pasó tres años en sus orillas. Hasta que fue destinado a Caracas. El quijotino Hermano tenía, también, su Dulcinea: La Virgen de la Antigua patrona de Villanueva. Como habían llegado algunos del pueblo, organizó con ellos la fiesta del reencuentro A los infanteños les encantó. Molinero colaboró «rascándole el lomo al armonio».
Aventura fue, también, su decisión de iniciar estudios a los sesenta años El día que se ordenaba de diácono recibió felicitación del P. James Richardson quien le pedía que «después de un año, le escribiera dándole cuenta de su experiencia». En comunidad, nos hacía esta evaluación: «Ya he realizado más de ocho mil bautizos. Así que, fácilmente puedo llegar a los diez mil. Algunos han sido de gente mayorcita como la joven de veintiocho años y la universitaria de veintidós. No solamente he bautizado en Venezuela sino en Argentina y en España cuando voy de vacaciones. Matrimonios sólo he presidido ocho de los cuales, tres en España y uno en Argentina».
A pesar de su «diaconado», Molinero siguió deleitándonos con «su tradicional sopa de ajo». De tal forma que el cronista de Caracas precisa: «Manuel Molinero era un Hermano cinco estr3ellas: La de la servicialidad, la de la dedicación al trabajo,, la de la perseverancia, la del compañerismo y la de su devoción a la Virgen».
Tomado de www.paulesmadrid.org







