Habló en primer lugar el H. Tomás Mercadal, y dijo haber observado -que nuestro -finado era muy amante de las cosas de la Congregación. Que se alegré mucho cuando le destinaron a acompañar a los misioneros en las misiones de esta isla de Mallorca. Que en ellas fue ejemplar para los fíeles y muy servicial y atento con los misioneros. Que desempeñó en casa con el mayor interés los oficios de cocinero y encargado de la ropa. Y a todo esto, que se le veía en estos últimos años de Malloca verdaderamente piadoso entretenido con sus frecuentes visitas al Santísimo o con su Rosario. El Padre que repitió después, insistió también en los mismos o parecidos conceptos.
Nació el Hermano Vidal en Igualada (Barcelona) el 16 de diciembre de 1873, y entró en el Seminario Interno, de Madrid, el 6 de marzo de 1891, emitiendo los santos votos en la misma Casa el 7 de marzo de 1893. En 1914 estaba en la Casa de Cádiz, y al año siguiente, 13 de noviembre de 1915, ve cumplido su deseo de pasar a la Provincia de Barcelona. En 1917, lo encontramos en Bellpuig, de donde pasa a Figueras en 1918 (agosto). La Cruzada de 1936 lo halla pasando unos días de descanso en la Casa de Mallorca. Cuando termina la guerra, no vuelve a Figueras, sino que queda destinado en Mallorca hasta su muerte.
No hay que confundir este H. Jaime Vidal con su hermano carnal, de nombre José, que fue también coadjutor y uno de los que fueron a fundar la Casa de Bellpuig, de donde pasó a Espluga y Mallorca, saliendo después de la Congregación. — Nota de la Redacción.
Habló por último el P. Superior, destacando en particular:
1.º Su espíritu de piedad orientado especialmente hacia el Santísimo Sacramento y la devoción a la Virgen. Durante su enfermedad, bastaba insinuarle: ¿Rezamos el Rosario, Hermano? Sí, Padre. ¿Comulgará mañana? Sí, Padre.
Otras veces era él mismo que pedía la Comunión. Su devoción a la Virgen se puso de manifiesto en su delirio cuando so le oyó cantar y repetir muchas veces el «Venid y vamos todos…» y otras cosas siempre buenas y piadosas. Llamó además la atención (como hizo notar antes el P. Bons) la santa conformidad y serena atención con que recibió los san-los sacramentos, pidiendo perdón a la Comunidad con mucha entereza. Fruto también de su piedad era sin duda el no manifestar desagrado ni queja, ni siquiera hablar casi de su enfermedad a pesar de lo mucho que estoy cierto sufría.
2.° Su espíritu de regularidad y obediencia. Murió a los 77 años y se levantó a las cuatro hasta un año antes de morir., y esto porque le ordenaron que no se levantase. Con lodo, se levantaba para la primera Misa y comulgaba todos los días. A causa de su vejez y achaques, se le dijo que no saliera de casa y ya no volvió a salir más, a no ser con un permiso expreso pedido en cada caso. Nunca le oí replicar nada a las órdenes, reconvenciones o indicaciones del Superior. «Bien, Padre—solía decir—, está bien, ya lo haremos así».
3.° Su espíritu de pobreza en la que creo era ejemplar it pesar de gustarle ir bien arreglado, sin exageración. En su habitación no tenía casi nada, sólo lo indispensable. Necesité un día una bata y él mismo, de acuerdo con su Superior, buscóse la tela, bien ordinaria por cierto, arreglóla y fuése después con toda inocencia y sencillez a una de las casas de nuestras Hermanas, y le pregunta a la Superiora, Sor Ana, qué le parecía, y si la podían acabar de arreglar, que creo ora solamente planchársela algún tanto.
4.° En materia de castidad, era intachable.
5.° Poco antes de su muerte, para que fuera mejor atendido, fue llevado a un cuarto de pago del hospital, regido por nuestras buenas Hermanas. Nosotros, con toda la caridad, no podríamos haberle atendido como merecía y como Io fue allí. Varias veces me demostró el enfermo su gratitud por esta medida, y las Hermanas, al decirles yo a veces cuánto sentía la molestia que con ello les dábamos, me cortaban en seguida: «Oh, Padre, no diga usted esto. El H.° debe continuar aquí hasta que Dios disponga de él para la vida o para la muerte». Y lo cuidaron hasta el fin como a un verdadero hermano. Dios se lo pague.
En la mañana del día de su muerte (7 de enero) estuvimos los dos repitiendo eI «Jesús, José y María…», que él iba rezando con gran fervor. Pedía perdón de todas sus deficiencias y besaba con amor el crucifijo y recibía con fe la absolución, dándose perfecta cuenta de todo. Poco después, mientras se le perdían en los labios las palabras del «Jesús, José y María…» fijé quedándose sin sentidos, y como a las tres de la tarde, se lo llevó el Señor a la paz de los justos.
FRANCISCO AMENGUAL C. M.







