Al leer el discurso de Pablo VI del 29 de abril sobre GOZOS Y TRISTEZAS DE LA IGLESIA, pensé que no era cristiano dejar en el confusionismo de las cenizas la figura de hombres que quizá en algunos momentos de su vida fueron leño verde, pero que la enfermedad transformó lentamente en BRASAS VIVAS llenas de luz y de calor.
El H. Bernardino Amézqueta nació para morir un veinte de mayo de finales de siglo en un pueblecito tan pequeño como desconocido: ATONDO (Navarra). y nació para vivir dos días antes de cumplir los setenta y un años. Dicen sus crónicas que entró en la Congregación el año 1919 y eme pasó sus tres largos años de guerra en la cárcel de Jaén. Allí, según decía confidencialmente, aprendí mucho. Aprendí a pasar hambre, a ser maltratado, qué es un verdadera dolor de estómago y otras muchas virtudes edu. cativas de la personalidad. Sencillo y franco escribía el 1939 aI P. Tobar: Me consulta Vd. si deseo cambiar de casa; estando bien donde estoy, no deseo cambiar. Por otra parte, estando tan cerca de la familia, pienso que me molestarían bastante; no obstante, haga lo que crea conveniente. De salud sigo recuperándome lentamente.
He convivido cinco años con él en esta casa de Madrid, pero no le conocí; por eso no hablo de su vida. Sólo sé que noventa días exactos de cama en el Sanatorio de La Milagrosa fueron suficientes para dejar traslucir su recia personalidad espiritual y humana. El H. Amézqueta era un HOMBRE DE FE. En vida fue un hombre sumamente puntual a la Oración y actos de Comunidad, convencido devoto de la Santísima Virgen y amigo de hacer pequeños favores y cortas visitas al Señor. En la cama seguía los actos de Comunidad: dedicaba expresamente a ORAR el tiempo en que la Comunidad estaba en Oración, rezaba muchos rosarios, y cuando el dolor, en ambiente de confianza, le permitía desahogarse un poquito y no reprimírselo totalmente, terminaba sonriendo para no dejar en los presentes la semilla de la contrariedad. Un largo día de cama me decía: «es difícil ORAR en la cama. El día se hace pesado y por más que te esfuerces, terminas medio atontado. Aquí se pasan los días a lo tonto. Espero que Dios mida el dolor, y esta larga enfermedad me sirva de Purgatorio».
Unos días antes de partir yo para la misión de Molina de Aragón, hablamos animadamente del milagro de la gracia en tiempo de misión. Estaba presente una de las Hermanas del Sanatorio y nos recordaba con ojos brillantes nombres de grandes Misioneros que, como arado en la tierra, han dejado abierto un surco profundo y seguro. Es necesario ORAR, nos decía, es Dios quien mueve los corazones. Y al decirle que contábamos con su Oración y… dolor, nos añadió: CUENTA CONMIGO.
Así quedó todo. A la vuelta, fui de nuevo a visitarle casi antes de hablar me preguntó: ¿Qué tal la Misión?… —Bien, Hermano, muy buena.
—¿De verdad?
—¿Por qué lo duda? De verdad.
—Porque, al menos yo, te digo que he sufrido.
El Hermano estaba emocionado de ver su dolor redentor. En el Cielo encontrará el recibo.
Al H.° Amézqueta, en sus últimos días, le gustaba hablar de Dios. Lo hacía con naturalidad, sin fingimiento, con rostro de espera y alegría de conquista. El día de S. Isidro, tres días antes de su muerte, me decía: «Muero contento; Dios ha sido bueno conmigo. Me ha dado el purgatorio en la tierra, pero también me ha rodeado de atenciones.
Le pregunté si estaba contento de la Comunidad y me contestó: «SI, no puedo tener quejas de nadie. Todos se han portado siempre muy bien, pero sobre todo en esta enfermedad». Al Hermano Amézqueta se le empañaron los ojos. Se había hecho sumamente sensible y se emocionaba con facilidad. Después le pregunté por las Hermanas, y me contestó: «Estoy muy agradecido, sobre todo a Sor Mercedes. En la tierra no se lo podré pagar, pero se lo pagaré desde el CIELO».
Nuestro Hermano pensaba en el Cielo como el niño pobre en la casa de verano. Cuando le hablabas de ese primer encuentro con la Virgen, San Vicente y tantas personas conocidas escuchaba con gusto y…, como los niños, cuando les cuentas un cuento agradable, te decía: sigue…
Su figura, a la hora de la muerte, me recordaba la del gran P. Langarica, a quien en su última noche de vida, después de hablarme de misiones y de misiones y de que no dejéis las misiones… le pregunté: P. Langarica, Vd. que dice que se está muriendo y que esta es su última noche, dígame: ¿MERECE LA PENA SER SACERDOTE MISIONERO?…
Hasta este momento su cabeza estaba reclinada, la levantó y con mirada fija me contestó: «Hijo, me estoy muriendo y te digo que SI merece la pena».
Me agradó ese testamento del P. Langarica y por eso, en parecidas circunstancias me atrevía a preguntarle al Hermano parecida pregunta:
—Hermano, ¿está contento de su vida? —HOY, sí.
Del Hermano Amézqueta hablan bien los médicos, los enfermeros, las Hermanas… todos los que le han conocido. Supo acoger la muerte «con elegancia» y dejar con su paso sentimiento de marcha y esperanza alegre de encuentro.







