LXXIV. Los Misioneros de Argel
De la China nos volveremos a Berbería para hacer la relación de lo que los Misioneros han hecho en Argel. Hemos visto hasta ahora cómo el sr. Lorance se había instalado allí con el hermano Jacques Leclerc, en calidad de vicario del arzobispo de Cartago, y cómo se envió luego al sr. Duchêne para ayudarle. Prestaron allí sus servicios acostumbrados a los pobres esclavos cristianos, en buena salud y sin afrenta como señalaba el sr. Wáter en su carta del 1º de enero de 1705, añadiendo sin embargo que el sr. Lorance se hacía viejo y se cansaba mucho, habiendo pasado el año último dos ataques de apoplejía, de los que se habría muerto de no haber sido auxiliado a tiempo. Falleció algún tiempo después. Desde la muerte del sr. Lorance, el sr. Duchêne cayó gravemente enfermo y creyó morirse, de manera que llamó a un Padre capuchino vicario apostólico en su lugar. Para obviar un inconveniente parecido, urgía al sr. Wáter, no sabiendo todavía que éste se hubiera muerto, para que le enviara un compañero para vicario de Túnez; con lo cual el sr. Bonnet, por entonces vicario general dijo en su carta del 1º de enero de 1711 que parece justo prestarle auxilio y este consuelo; pero allí se necesitan hombres de una virtud muy sólida y dispuestos a morir en los tormentos en el primer alboroto que se organice en estas ciudades infieles. Invitaba a los miembros de la CM si se sentían atraídos para este empleo, que se lo dijeran.
Puso los ojos en primer lugar en el sr. Lamote, hombre fuerte y vigoroso, que estaba en Annecy; pero éste se excusó por su edad de 50 años y por la dificultad que tendría, siendo tan mayor, de aprenderse la lengua, escogió a otro más joven, al sr. Batault, por entonces asistente y profesor en el seminario de Vanes, hombre dulce y celoso, de un buen carácter. Le dio por compañero a un hermano llamado Joseph Berchon, activo y de buena voluntad. Vinieron los dos de París a embarcarse a Marsella al comenzar el año de 1712, y fueron atacados en el mar por una fuerte tempestad que los puso en peligro de naufragar y los arrojó por fin a las costas de Génova. Quedando el barco fuera de servicio para continuar la ruta, el sr. Batault se propuso venir a embarcarse a Marsella, y entre tanto ir a Roma; sin embargo se privó de este consuelo, y haciéndose hallado en Génova un barco para ir a Argel, aprovechó la ocasión con el hermano y llegó con buena salud, lo que causó una gran alegría al sr. Duchêne. Había por entonces en Argel un dey muy dulce y tratable, lo que les permitía servir a los pobres esclavos con mucha libertad. El sr. Duchêne no dejaba a pesar de todo de sufrir alguna mortificación. Los Padres de la Merced españoles, que van a Argel con grandes sumas de dinero para rescatar a los esclavos, tuvieron algún altercado con él. Uno de ellos portugués de nacionalidad, llamado el Padre De Mendes, hombre de calidad, presentó algunas quejas con las que llenó un sumario o memoria que se tomó la libertad de dirigir al Papa, en la que atacaba incluso personalmente su reputación, pero la cosa quedó ahí, y le era fácil al sr. Duchêne justificarse de todo lo que se le acusaba. Lo que giraba en torno a una pretendida avaricia con la redención de los esclavos en la que se mezclaba. Tenía para ello alguna relación con la archicofradía de la redención de los cautivos en Roma, y con la de Génova. Estos señores pareciendo a veces no quedar bien satisfechos de sus cuidados para rescatar a los esclavos, por los cuales mediaba, pero es imposible contentar a todo el mundo.
Estos señores vivían muy bien con el sr. de Clérambault, cónsul de la nación francesa, el cual sirvió útilmente al sr.Duchêne para apaciguar al dey quien, con todo lo bueno que era, le había dado con bastante brusquedad una orden para salir de Argel, por una falsa acusación de algunos judíos, como lo publicaba el sr. Bonnet en 1714, añadiendo: La paz y la guerra se suceden allí, como aquí la lluvia y el buen tiempo y, por consiguiente, estos señores tienen necesidad de mucha fuerza y confianza. Tenían, como puerta la carta del sr. Bonnet, en 1715, una gran libertad para la práctica de las reglas y los ejercicios de las funciones con los esclavos cristianos, siempre en gran número en diversas mazmorras, a quienes sirven con mucho celo, fervor, éxito y consuelo. Sin embargo, al año siguiente, tuvieron que enfrentarse a algunas afrentas y amenazas por parte del dey, prevenido igualmente por falsos informes: indignos tratamientos se habían dado a turcos en Italia; se desengañó enseguida y se ablandó con respecto a los misioneros, dejándoles vivir en paz, dedicados al servicio de los pobres esclavos cristianos. Se comprendía por esta nueva borrasca que debían estar preparados a todos los eventos; no los habían tenido en ese momento desagradables. Hablaban en una carta al general, en 1716, de una joven esclava española quien, desde hacía diez años, sufría por guardar su fe y su castidad un martirio parecido al de los primeros mártires.
Más tarde, el hermano Le Clerc falleció y se debe enviar a otro hermano en su lugar. El sr. Bonnet pensó oportuno mandar hace allí una visita según la costumbre de la Co, introducida en todas las casas; dio esta comisión al sr. de Garcin, superior de la casa de Marsella quien, después de largo tiempo en esta ciudad, donde se realizan los asuntos de estos señores de Argel para los embarques, y donde se guarda su dinero que no estaría seguro con los Turcos, tenía más conocimiento de esta fundación; se fue allá y volvió a primeros del año 1720.







