HISTORIA DE LA FUNDACIÓN DE NUESTRA CASA-MISIÓN EN LA IGLESUELA DEL CID (VIII)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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XVI: PROSIGUE LA OBSCURIDAD

Pero los Paúles se quedaron a la luna de Valencia. Por­que después de algunos meses de preparativos para habilitar la que fue suya, se encontraron sin casa. No había otra en el pueblo que pudiera servirles.

Pues habrá que edificar una de planta. ¡Sí; pero ¡no cuentan más que con tres mil duros! Y ¿quid sunt hac inter tantos? Sitio, madera, cal, arena, piedra, yeso, albañiles, peones, carpinteros ¡la mar! ¿Cómo levantar con tan exigua cantidad una casa para Comunidad? Sin embargo, no se desconcertaron, no se amilanaron, no se entristecie­ron, creedlo. Se lanzaron a la calle en busca de casa o   de sitio para edificarla. Y registraron todos los edificios que ofrecían alguna probabilidad. Pasos en balde: Y miraron y remiraron sitios. Y tentaron los precios de ellos. Y forma­ban sus presupuestitos. Ab sit. Todo resultaba inútil, por­que por los sitios y por las casas que pudieran utilizarse provisionalmente les pedían mucho y sus recursos eran cortos. Muchas tentativas, caminatas é inquisiciones hicie­ron; muchos tratos incoaron, muchas conversaciones y arreglos entablaron. Y el tiempo transcurría tan de prisa como suele. Ya llevaban dos meses de idas y venidas, de subidas y bajadas, de entradas y salidas, de propuestas y tratos y tratitos, por decirlo así, y por ningún lado se veía la luz, siempre a oscuras, todo en vano.

Por fin propusieron el cambio o   permuta de nuestro huerto por un bancal cercado que hay en medio de la po­blación, en un sitio denominado La Guardia, para edificar en él. Ese huerto nos fue legado por la Fundadora ver­balmente por medio de un confidente. Se hablará otra vez de él. El dueño del bancal es hermano del Sacerdote Josefino, de quien se habló en el párrafo VII. Nos apreciaba y nos aprecia. Por eso se mostró deferente y admitió la pro­posición. Pero era menester entenderse también con el Ayuntamiento, porque el cercado toca en un camino pú­blico, casi calle, que hay desde el portal de San Pablo hasta la fuente de San Juan.

Y aquí fue ella. En dicha Corporación solamente el Alcalde, un Concejal y el Secretario nos querían bien. Los demás nos querían bien lejos. Propusimos y pedimos, y ellos discutieron entre sí, y difícilmente pudieron conve­nirse. Lo que suele acontecer en esas Corporaciones, y más cuando hay animosidad, prevenciones y aversiones contra los recurrentes a ellas. A la par van saliendo algunos huro­nes que estaban escondidos. Máscaras que ocultaban su malicia é inquina contra los frailes tras de las caretas, casi de beatos. Los Paúles no los conocían. Desde entonces empezaron a conocerlos. Ya se insinuó anteriormente el carácter falso, adulador, reservado y de trastienda que por lo general tienen estos habitantes. Y ya se dijo bastante sobre la atmósfera, adversa a los frailes, creada en La Iglesuela durante los seis o   siete años anteriores a su instala­ción. No es extraño, pues, que se encontraran con la opo­sición dicha en el caso presente. Van cayendo caretas y se descubre la guerra que a la sordina venían haciendo mu­chos. Interpelado uno de ellos —el médico que había en­tonces, para que ningún otro pierda— por el Superior, se vio forzado a confesar esa oposición, esa guerra. Después se ha ido y se va viendo todo más claramente. Otra oca­sión se ofrecerá en el curso de esta historia para volver so­bre el asunto y hacer un diagnóstico, una clasificación com­pleta que pueda ser útil a los Paúles venideros para su go­bierno. Se vio, pues, que no estaban solos los del Ayunta­miento que tenían enemiga contra los frailes. Se compren­dió que recibían alientos de los enmascarados que tiraban las piedras y escondían las manos.

El Ayuntamiento fue convocado al sitio. Y hubo dimes y diretes sobre si por aquí, si por allí, si más o   menos, si en esta, si en aquella dirección, si estrecho, si no estrecho para paso de carros, y otras zarandajas de este género. Y vista por el Superior la actitud nebulosa de unos y de otros; aquel mirar ceñudo y receloso; aquel silencio y reserva vio­lentos y estudiados; aquella resistencia a ceder lo que se les pide; aquellas exigencias injustificadas; y además otras dificultades que surgieron en la adquisición de algunos apéndices de edificios que habrían de agregarse al sitio, para que pudiera resultar un convento como ellos dicen; ni siendo para enamorar a nadie aquel proyecto, sino sola­mente aceptable, a falta de otros mejores, determinó aban­donarlo. Y con las fórmulas corteses de bien, veremos, es­tudiaremos, .se despidieron unos de otros con la urbanidad que el caso requería, llevándose todos y cada uno su pro­cesión por dentro.

Y dijo entonces el Superior a su compañero en la intimi­dad que los unía: Ea, amigo, vámonos a la Pedrera, no hay más recurso que la Pedrera, veamos si el Ayunta-­miento quiere cedernos por poco dinero la Pedrera. Y si no quieren cedérnosla, les digo que esto se va haciendo ya intolerable, que es ya un escarnio, una burla que se hace de los Religiosos, que nuestra dignidad, como tales, está más alta de lo que ellos, sin duda, se figuran, y no hemos de consentir en que se nos menosprecie hasta envilecernos. Y, en fin, que si no se nos facilita un sitio para establecer­nos convenientemente en La Iglesuela, nos iremos al Lo­sar, porque no tenemos obligación de residir precisamente aquí. El Losar es un ermitorio que pertenece a Villafranca del Cid, y se encuentra a media hora de distancia de él. Llámase la Pedrera en La iglesuela un sitio abandonado que hay a la salida del pueblo por el camino de la ermita de Nuestra Señora del Cid, en el cual arrojan cuantos quie­ren todos los escombros y todos los ripios o   piedra me­nuda de sus fincas.

Llamó, pues, el Superior al Alcalde y al Secretario, les comunicó su pensamiento, tal como queda indicado, les en­cargó que lo transmitieran fielmente al Ayuntamiento, y esperó.

No es que tuviera tal intención el Superior, porque bien llegó a penetrar los deseos de la señora fundadora; pero si que es verdad que por lo que mira al contrato hecho con los albaceas no tenemos obligación precisa de residir en La Iglesuela, y también desde el Losar se podrían levantar las cargas contraídas. Solamente quiso amenazar con esta arma para rendir más fácilmente al enemigo.

Y se rindió efectivamente. La píldora produjo su efecto. Cuando el Ayuntamiento oyó esa intimación, la juzgó se­ria, factible, eficaz. Se preocupó, entró en reflexión madu­ra. Creyó que pudieran irse al Losar, temió al qué dirán del pueblo y se apresuró a acceder a la petición. Y el Ayunta­miento en pleno, después de haberle avisado con antelación, buscó al Superior y con él fue al sitio y le dejaron libre para que él mismo señalase la extensión de terreno que le con­viniese, y pactaron, y por lo que cedieron, et amplius, si con el tiempo necesitase más, les entregó doscientas cincuenta pesetas.

Al momento se buscaron jornaleros que empezaron a arrancar piedra en el mismo sitio, mientras niños de doce a quince años allanaban las enronas allí acumuladas.

Entre tanto, algunas mujeres, a quienes era sensible que se alejasen tanto los Padres, sentimiento contrapuesto a este otro que exhaló algún infeliz: «cuanto más lejos, mejor», concibieron la idea de hacer una colecta para comprar un sitio más próximo. Quisieron disuadirlas los Padres dicién­doles que conocían al pueblo ya más que ellas, que harían un papel ridículo y que sufrirían un desengaño. No quisieron de­tenerse, y lo sufrieron. Burlas, dicterios y «más tienen ellos que nosotros», tuvieron que escuchar. Hasta las dos más ricas, con ribetes de piadosas, les contestaron que ellas es­taban por las monjas y no por los frailes. Y lo poco que recogieron fue más bien de pobres.

Por otro lado, las de la Costera se entusiasman porque tendrán siempre cerca el convento, y cuando ven que co­mienzan los trabajos, animadas de un sentimiento seme­jante al del día de Ramos, si no exclaman: Benditos los que vienen en el nombre del Señor, porque no llega a tanto su instrucción, por lo menos se arman de azadas, espuertas y escobas, y dan el edificante espectáculo de limpiar los caminos y avenidas para que las caballerías y los volquetes funcionen mejor, ¡Pobres gentes! ¡Dios se lo pague! Pero no sabían ¡ni quién podía saberlo! que aquel sitio no era el que había elegido el Señor para sus siervos, como se verá en el párrafo siguiente.

.Sí; estaba de Dios. No era la Pedrera el sitio donde Dios quería que se edificase la casa de los Misioneros. El sitio era otro más oportuno y conveniente para que éstos tra­bajasen con mayor fruto y provecho en su labor, propia de la santificación y salvación de las almas: un bancal conti­guo al pueblo, al Poniente de éste. Tal era la voluntad de­terminada de Dios. No de otro modo se puede compren­der lo que sucedió, como se va a ver.

Todos los vecinos lo comprendían; los amigos lo seña­laban; al Superior lo habían indicado varias veces muchas personas. ¡El bancal de D. Jaime! ¡El tancado —aquí ha­blan medio en valensiá— el tancado o  cerrado de doña Dolores! Lo mismo da decir D. Jaime que D.’ Dolores, su hermana, porque ésta heredó de aquél. «Este es el sitio pro­pio para ustedes —había dicho al P. Garcés el difunto Cura Izquierdo—; no hay otro como él.» Esto repetían las almas buenas y cuantos del asunto hablaban, y eran todo el pue­blo. Esto estaba en la mente de todos, porque indiscutible­mente era el lugar más a propósito.

Pero no estaba su adquisición en manos de ellos sin la intervención manifiesta de Dios, la cual se presentó cuando no era ya de esperar. Requerida había sido la dueña para que enajenase su tancado. Todas las gestiones fueron in­útiles. Desvaneciéronse todas las ilusiones, todas las espe­ranzas, todos los buenos deseos. Y hubo necesidad de recurrir a La Pedrera, en la forma y manera que se ha visto en el párrafo anterior.

Y estaban trabajando en ella hacía dos semanas seis u ocho hombres y otros tantos mozalbetes. Y muy ajeno» se hallaban los nuestros de pensar que aquella obra, recién comenzada, no hubiera de pasar adelante, y que hubieran de abandonar aquel terreno, ya propio por compra hecha al Ayuntamiento. Y, en fin, engolfados se encontraban ya en esos trabajos preliminares de edificación, y en los sue­ños y cálculos de la forma y distribución que habían de dar al futuro edificio, y en las risueñas esperanzas de lo agradables que serían el vistoso panorama y el extenso horizonte que desde él tendrían siempre a la vista, particularmente por el Sur, cuando el 25 de Junio se presenta en el cuarto del Superior un hombre de aspecto grave y formal, y con formas de fina y respetuosa educación, y se entabló el siguiente diálogo:

—¿No me conoce usted, P. Garcés? ¿No recuerda usted de mí?

—No, señor; paréceme haberle visto alguna vez, pero tengo el sentimiento de no recordar…

—¿Se acuerda usted que cuando, allá por el año 96, vino con otros Padres a este pueblo, fue   a visitarles por la noche del día en que llegaron un hermano del albacea So­ler con su mujer?

—Perfectamente; sí, señor; usted es Jaime Soler, me ale­gro mucho.

Entre paréntesis. Este señor está en una posición regularcita, para lo que se estila en el país. Compró una alquería en las huertas de Castellón, y en ella reside durante el invierno y primavera, pasando el verano y otoño en su pueblo, La Iglesuela. Tanto él como su mujer y familia son muy piadosos.

Y prosiguió el importante diálogo:

—P. Garcés: hace tres días que he venido de Castellón, y me he enterado de todo lo que ha sucedido con respec­to a la instalación de ustedes, y de todas las porquerías (sic) —este hombre suele ser muy enérgico en sus modos de expresarse—; que han hecho con ustedes, y de todo lo que, ustedes han sufrido, y de cómo se han visto redu­cidos a salirse a La Pedrera.

—Sí, señor; exacto todo; no le han informado mal. —¡Pues esto no puede ser!

—¡Vaya si puede ser! ¡Como que ya lo es! El otro día pagué al Ayuntamiento el terreno, y en él tenemos traba­jando hace semana y media una porción de jornaleros. Mire usted si puede ser, puesto, que ya es.

–¡Pues yo digo que eso no debe ser! ¿A quién se le ocurre dejar marchar a los Padres fuera de la población? ¡No saben lo que se hacen las gentes de mi pueblo! ¿Cómo van a ir a Misa, ni a confesar, ni a nada, a tanta distancia, y sobre todo en invierno? Toda la vida tendrían que arrepentirse. ¡No, señor; eso no debe ser, eso no puede ser, eso se tiene que remediar!

—¿Remediar, tío Jaime? No sé cómo; usted discurre como un libro, usted piensa y siente como un buen cristia­no, sus lamentos están muy justificados, sus deseos son santos, pero los hechos, hechos son. Todas nuestras tentativas para encontrar sitio en el pueblo fracasaron. Hoy estamos ya en La Pedrera, y ya ve usted…

—Escuche usted, P. Garcés: cuando al marchar ustedes a La Pedrera, algunas buenas gentes manifestaron a usted su pena y su esperanza de que aún volverían al pueblo, usted contestó que si no les regalaban el sitio, si no les re­galaban el bancal de D.’ Dolores, tarde los verían instala—dos en el pueblo; ¿no es así?

—Sí, señor; así lo dije y lo repito. Pero ¿quién será el que ponga el cascabel al gato? Porque yo ya conozco su pueblo y sé que aquí, unos por ser pobres, la mayor par­te, y otros por ser poco afectos, nadie ha de tener ese arranque.

—¿Que no? ¿Pero usted se mantiene en su dicho de que no volverán sino en el caso de que les regalen el bancal de D. Jaime?

—Sí, señor, me mantengo en esa actitud, porque quise comprar y no quisieron vender; estuvimos meses enteros sirviendo de espectáculo nada envidiable, y, dado el paso de La Pedrera, para volver sería menester que nos regala­sen el sitio.

—Pues se les regalará.

Hombre, mucho decir es eso, porque D.’ Dolores… —Le repito que se les regalará.

-Pero el caso es, tío Jaime, que ya llevamos hechos algunos gastos en La Pedrera…

—Pues se les indemnizarán, P. Garcés—respondió con la firmeza propia de su carácter aquel buen aragonés.

—Bueno, bueno, tío Jaime, así me gusta a mí la gente; no hay más que hablar. Pero conviene no dormirse, por—que yo no voy a retirar a los trabajadores hasta que estas promesas sean un hecho, y ya ve usted que tendría poca gracia hacer gastos en balde.

Y el buen Jaime Soler se despidió asegurando que pronto estaría resuelto el asunto. Dio los pasos que juzgó conve­nientes, con diligencia pasmosa, y al siguiente día se pre—sentó otra vez al P. Garcés para preguntarle si tendría su­ficiente sitio con medio bancal.

Si esta pregunta fue   originada de no querer él comprar el bancal entero, en el caso de ser suficiente la mitad, o de no querer ella vender más, por la dificultad del desprendi­miento, averígüelo Vergas; o, si tiene humor e interés en ello, que lo averigüe el curioso lector, porque las crónicas de la historia que se está tejiendo no lo consignan, y, para su curso y satisfactorio desarrollo, poco o nada importa tal inquisición.

Lo cierto es que fueron al bancal y estudiaron el terreno, teniendo en cuenta las exigencias de la casa que había de levantarse. Y aunque era de desear la adquisición de toda la finca, porque es independiente, o constituye lo que en las poblaciones se llama una manzana, penetrando el P. Garcés la intención de la pregunta arriba hecha, y considerando que se trataba de un regalo, convino en que era suficiente la mitad, como lo es, porque en esa mitad está el edificio y sus dependencias, con huerto y sitio para hacer una Capi­lla; todo de bastante y cómoda capacidad.

Y a los pocos días extendía un Notario una escritura de compra-venta, en cuya portada se leía: «Escritura de com­pra-venta, otorgada por Dña. Dolores Dauden y Grau, a favor de D. Mariano Garcés y Mata, mandatario de Don Eladio Arnáiz y Nebreda, en 18 de Julio de 1902, ante Don Miguel Guillón y Ballestero, Abogado y Notario del Ilustre Colegio de Zaragoza, con residencia en Mirambel.

Cuyo importe, lo mismo que el de su inscripción en el Registro de la propiedad de Castellón, fue   pagado por el comprador con donativos más que suficientes para estos gastos y para la indemnización de los de La Pedrera, he­chos por D. Jaime Soler y per su padre político D. Ma­tías Pallares, según consta en el libro de Ingresos de nues­tra Casa de La Iglesuela.

Y no paró ahí la cosa, sino que todavía hubo otro emo­lumento, como consecuencia de la generosidad de estos señores, a quienes Dios bendiga y seguramente bendice. Adquirido por nosotros el nuevo y definitivo sitio, se preocupó el Ayuntamiento por el destino que pudiera dar­se al que él nos vendió en La Pedrera. Temieron, no sé de quién, ni qué, ó, si lo sabe quien esto escribe maldita la falta que hace el consignarlo en esta historia, y se apresu­raron a visitar al Superior: le propusieron y suplicaron la rescisión del contrato; accedió este, que no tenía interés alguno en lo contrario, ni perjudicaba, sino que favorecía los intereses de la Comunidad, y reunióse aquella Corpo­ración, y anuló el acta anterior con nueva acta, é hizo la devolución del dinero que se le había entregado, y sali­mos ganando por los dos lados; y justificado queda el título «estaba de Dios», colocado al frente del presente párra­fo, i3orque a nadie, ni aun a las buenas mujeres que intentaron hacer una colecta para impedir que los Padres salieran del pueblo, sede ocurrió imaginar que de Castellón habla de venir quien hubiera de recabar eso, cuando ya parecía imposible. ¡La Providencia de Dios! ¡Siempre la Providencia, bondadosa, sabia y omnipotente de Dios! ¡El Señor sea bendito!

ANALES 1907

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